Nicolás López Dallara
Novela de éste autor
El nonagésimo Noveno Nombre:
Asterión y Yo
In isto magno laberinto
vivimos modo duo personae:
Ego et Asterion.
¿Se me creerá que a estas escrituras no las perturba un solo diálogo? En esta historia de amor no se cuela ningún beso. Lo fantástico es propiedad de nuestra Mansión y de nuestra complicidad. Su mayor deseo sería sorprenderme dormido en el suelo de cualquier cuarto. Su furia no conoce sosiego alguno. Las paredes de nuestras piezas jamás admitirán garabatos de ningún niño. Y yo quisiera que este albergue no tuviera galerías. Quien comparte conmigo el claustro desearía que podamos asistir al menos a un sacrificio mientras durase este afiebrado concubinato. Pues mi Observante experimenta grandes erotismos si existen la hemofilias. Yo -Appolodro Tercero de Thiodessia-, soy ahora responsable de terminar el objetivo que ningún arriesgado ha logrado. El Soberano estará a la espera de mi regreso. De no volver nunca, se sabrá que otra vez ha ganado la Bestia.
Capítulo I: Designios
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mén de los espacios, la Bestia maneja la percepción de quienes usurpan la desolación de esta milenaria arquitectura, a la que los inteligentes y los eruditos han bautizado con un nombre que pretende imitar las dimensiones de lo divino: “Laberintos”.
Tras consumir largos años enriqueciendo la mente con las ciencias y las sabidurías de los semidioses y de los ángeles, uno acaba por preguntarse si la vida es azarosa o se extiende en complejos brazos de tiempo, pretéritamente meditados en la Eternidad. El director de estas tierras, nunca deja conocer a sus tributarios los secretos de tal proceder o de tales magias. Yo creo que hasta en la coincidencia existe cierto orden, y ese orden cumple leyes todavía desconocidas (o quizás negadas) para el entendimiento mortal. De ser real un orden para cada hecho de la vida, tal orden debe haber sido premeditado por el dueño de esta comarca. Contemporáneas teorías proponen las primeras pruebas para que se aclare de una vez por todas el por qué de viejas magias, de viejos misticismos, relacionados con el poder espiritual de cada hombre: relacionados con el deseo de asemejarse a nuestro Señor.
Todo entendimiento capaz de reconocer el nombre de Dios, deberá proferir primero las noventa y nueve partes conocidas del Malo. Hasta estos días corre un mito (de al menos ya veinte siglos) que promete en increíble prosa una esperanza para los hombres que codician la beatitud:
Quien tolere el martirio que involucra articular por noventa y nueve veces a la desgracia, habrá desarrollado sus facultades hasta el indiferenciable punto en que se confundan con las de nuestro Único Soberano.
Al mismo tiempo que la expresión evoca una por una las cualidades del mal, el alma se descorrompe. No todos los hombres nacieron preparados para servir al Magnánimo. Únicamente aquellos tan hábiles y de fuerte virtud serán dignos de ser llamados devotos. Mi naturaleza es curiosa, mi origen incierto. Nunca he necesitado rendir cuentas por mis actos a ninguno; tampoco he nacido con la urgencia de honrar las carencias de mis antepasados. Tal vez por eso fue que quise agitar la cotidianeidad de mi vida buscando lo inexplorado. El mundo tiene muchos Reyes, mas yo me decidí servirle al Único Monarca que sostiene sobre sus desmedidos lomos las abstractas vigas de toda esta impresionante bóveda celeste, para ganarme así Su preferencia y también gozar de Su protección. Pues mi aldea se ha convertido en un poblado inseguro desde hace ya mucho tiempo. ¿Citaré también que un día mi fama conmovió hasta la misericordia al Único Rey? Aquella vez, por el ruego de la grey, nuestro Soberano perdonó del merecido escarmiento a mi alma. Pero puedo asegurar que aquello solamente me lo toleró porque sabe muy bien que todos nosotros vivimos condenados a un infierno en común, pero nuestros sentidos terrestres lo disimulan como esperanzador. También por sentir que le debía una gentileza me vi un poco obligado a pagarle aquella asistencia. Pensé que mi Rey, tan querido por los miles de pobladores que se bambolean hacia aquí y hacia allá en este mundo de razas heterogéneas, era merecedor de que al menos alguno de sus fieles sacrificara su insignificancia en pos de convertirse en el portador de las revelaciones que santifican a los espíritus, o en pos de dar con algún sumo conocimiento que engendrara una doctrina para que se unifiquen todas las comarcas, todas las disnastías, que navegaron alguna vez por las heroicas rutas atemporales y que compusieron el total de las edades históricas de nuestros ciclos terrícolas.
Así fue que quise arriesgarme a cumplir con la empresa más peligrosa que nuestra Majestad nos había sugerido (o quizás, endosado) cumplir a los comarquinos de estos endiablados territorios, y que se ha quedado pendiente entre las labores humanas, más o menos durante dos mil años. Sin oponerme ni saltearlos, me fui enfrentando a todos y cada uno de los dolores reconocidos por el planeta. Sufrimientos que se dilataron entre los dos equinoccios, derrocaron súbitamente a mis bienestares y me persiguieron a todas las ciudades por nueve misteriosos años, sembrando en mi corazón el resentimiento y la desdicha. Luego, donde estuviera, preferiría la soledad. Pero aún entonces no enloquecí. Pude nombrar la esquizofrenia, la lujuria y la envidia; dolores y patologías intentaron sin éxito final acabar conmigo. Decenas de venenosas plagas y putrefacciones contaminaron a mi alma sin que yo estuviera preparado para la sanación. Todos han sido excelentes adversarios; su fantasmal corazón, digno de mis mejores espadas. Pero ninguno a sobrevivido a mi tenacidad o soberbia. Me familiaricé con toda la enfermedad para asumirla y luego de proferir sus variantes nombres, eliminarla.
Pero aún no he logrado matar al último enemigo que precede a la conquista de mi misión. Me ha traído hasta aquí el asombroso mito, templado en la antigua leyenda que cinco sabios nos revelaron: Quien presencie su muerte podrá leer en las estrellas el Nonagésimo Noveno Nombre, Sustantivo indispensable para merecer el primer nombre del Bien, que encierra el mismo poder del Monarca Primero.
Capítulo II: El Avistamiento
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lguien vive conmigo hace 28 años y no sé su nombre. Hombres y mujeres que defienden la existencia de un Universo único dudarán que mi historia fuera verdadera. Si no fuese porque el recuerdo testifica a mi favor, señalándome las paredes decoradas con sangre (a veces mía, a veces de la Bestia), yo también pensaría que mi relato no describe el pasado, sino imaginaciones producto de la locura misma. La Mano Divina me ha tocado para que pudiera sobrevivir a la tragedia y advertir a los demás soldados del ejército al que sirvieron mis virtudes más asesinas, cuáles son los riegos de ciertas decisiones que obligan a las conductas ermitañas y conceden a cambio un poco de sabiduría. Lo cierto es que deseando conocer aquello que la imaginación no concibe, ávido y ansioso por acabar la obra que (quizás por parecer un arte muy olvidado, quizás por mera cobardía) ningún humano deseaba cumplir, acabé yo una tarde o una noche perdido entre pasadizos bordeados por medianeras y concavidades extensas y ensortijadas que asilaban en su vacío aguas negras y divisorias. Todas las partes de esta mágica mansión se multiplican por infinito, ya sea un espacio o un tapial, un rincón o una enredadera. Sorprendentes recorridos en espiral sugirieron a mis pasos seguir hacia el fin del camino, pero me supe engañado cuando hallé la miseria y agotamiento.
Entre los perpetuos ángulos que configuraron la arquitectura de esta patitiesa vivienda, se esconde una bestia que es hombre y toro en dos mitades desiguales. Cuando lo vi correr hacia mí por primera vez, sufrí de miedo pero más todavía de repulsión. Dos ojos incendiados y dos pupilas de forma continental me transmitieron la insanía y la sed del homicidio. Ya a salvo de mi muerte, me preguntaría cómo fuera posible que la violenta desproporción que había entre sus distintas anatomías y su mollera le permitiera ir hacia sus víctimas con una estabilidad tan prudente. Cuando le vi descansando dudé de mi fe al imaginar que nuestro Soberano, vigilante de todas las muertes y todos los nacimientos, haya asignado, entre los cuerdos y los insanos, tan lujosa morada a tan tremendo adefesio. Creo que pastaba los restos de otro hombre anterior, mientras la gravedad mecía su cabeza como afirmando. Todo mi valor basado en incontables y decisivas victorias germánicas y anglosajonas, fue reemplazado de un solo soplo por el tremendo respeto que me inspiró tan temeraria visión. Recuerdo ahora que mi primer impacto fue intentar convencerme de estar frente a un espejismo. Creí estar admirando una figura que resulta de mi hambre carnívora y de mis semanas errantes. Como el toro que va a embestir, Asterión no dejó de correr en recto, pero adivinando que yo huiría apuntó algunos metros a mi derecha.
Si los fallecidos en manos de la Bestia conservaran la capacidad del idioma, tal vez le destacarían con mayor admiración los rasgos mentales antes que los físicos. Mas nadie podrá afirmar con fiel prueba los rituales que aquí les describo y fueron formando día por día una relación basada, más que en deseos y en citas, en los encuentros accidentales que nos ofrecía el azar y el tiempo inconmensurable, al comienzo o al final de alguna galería que al primer vistazo ya me amenazaba con la libertad: o en la sombra angular que recorría lamentablemente los muros de algún recodo ya casi familiar. No es raro que toda la atención (mía o suya, eso no cambiaría el desenlace de mi historia) de nuestra convivencia se resumiera en la vigilancia de los movimientos y los sigilos que pudieran entorpecer la desolación de nuestro castillo y que, para acotar algo más a la imagen de su arquitectura, estaba desprovisto de cualquier torre.
Capítulo III: La Leyenda
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uperando estrategias que debido a su complejidad han justificado el capricho de Dios (poblar el planeta con inteligentes), la Bestia merodea el encierro mientras ingenia planes sobrehumanos no solamente para desarraigarme, sino para que mi defunción sea un lema que advierta a los demás osados cuán peligroso es querer competir contra los poderes de nuestro Predilecto.
La diversión de Asterión es adivinar los pasadizos que yo elegiría y adelantárseme por las noches: Ya a los pocos días del claustro me acostumbré a negar mi primera elección y decidirme sobre la marcha por un camino impensado. De esta manera, Asterión permite inteligentemente que sólo me pierda en los corredores que ya conozco. Como si quisiera acobardarme demostrándome que su ingenio es más cosa de los héroes que de las bestias, como adivinando mis deseos (los generales también gozamos de esa virtud, aunque la eliminemos de nuestra comunicación), Asterión despuebla los dominios que ya han oído la acústica de mis pasos y con el ingenio me invita a vagarlos sin intervenciones ni estorbos. Yo lo imagino sonriente, como quien se frota sus manos planificando la desgracia de su adversario o de su enemigo. ¡Ay, si los dioses le vieran agazapado en la entrada de los corredores que conducen al espacio abierto! Y así me sugiere con la indeferencia a proyectarme en las galerías que desembocan en mis fracasos. Y mimetizándose con la misma arena que espera el rayo lunar, paciente e invisible acecha los aires ensordecidos para sorprenderme con su mortífero abrazo: si es que acaso algún día doy con la bendición que me conducirá a la infinita luz salvadora, que rescata a los vivos de las penumbras.
Hay un camino que ya varias veces he intentado sin el reconocimiento de la victoria. Cada tanto, mis pasos agotan esta superficie con el sólo propósito de sentirme poderoso ante la quietud o la insolencia de estos tapiales que nos rodean. Aquí mis escrituras demostrarán el punto que mis intensiones consideraban para expresar: Este camino es insalubre; Asterión lo sabe y jamás derrochará un día completo en esconderse tras la oscuridad de sus recorridos ensombrecidos a causa de las horas meridionales. Este otro Soldado de las Oscuridades, me aguardará pacientemente, ya sea en las grandes grietas que el tiempo le proporcionó a estas bastardas murallas, ya en los rincones que tienen la propiedad de vestir con el camuflaje a los visitantes: ya fueran un hombre, un inmortal o el mismo Asterión. Su Inteligencia solucionará el deseo del homicidio adornando con la desolación cualquier corredor que me guíe a la muerte o, lo que sería igual (considerando el ámbito siniestro donde convivimos), a la locura.
En cambio existe otro camino que sería un brazo (entre un total de infinitos) de la libertad. Aquí durante el sol Asterión desafía al cansancio, durante la luna yace Asterión. Las cantidades de las ofensivas o de los sorpresivos asaltos me ha hecho sospechar que la Bestia no es un solo Asterión, mas se encuentra multiplicado a la largo y a lo ancho de las galerías.
Solamente con una rebuscada imaginación pude explicarme una noche el porqué de tantas apariciones, siendo que todas las sabidurías del reino sumadas a mis estudios catedráticos y religiosos, a todas mis teorías independientes, prometieron que la Bestia es única, primogénita.
El hombre ha nacido con una peligrosa soberbia que exige a su sensatez dar un origen para todas las cosas. De ahí que cinco antiguos tramaron sin ningún cimiento una Generalidad que acabó por mucho tiempo con cualquier duda lógica. Pero ello era más porque aún el tiempo no se había encargado de evolucionar las conciencias. Quizás fue por esta suposición que yo también conjeturé, basado en el recuerdo de una de mis teorías favoritas, el estorbo de infinitos Asteriones.
En lugar de elegir desde un principio el arte de las invasiones y de las hostilidades, pensé equivocadamente en invertir dos o tres años de mi juventud en conocer las fórmulas que hasta ese momento gobernaban en las opiniones del Universo o del mundo mismo. Claro, en ese tiempo pensaba yo que tendría a la perpetuidad como una de mis particularidades; si tuviese la oportunidad de reformar mi historia, de seguro eliminaría aquellas noches de investigaciones fútiles. Mejor hubiese dicho: “inútiles”, porque hoy otras verdades las han expulsado de mis anotaciones internas. El resto de aquellos años son unas pocas memorias, donde se diferencian nauseabundos hechiceros que me confiaron la receta de sus brebajes criminales. Me explicaban las propiedades de los ángeles y de las bestias y del corazón humano:
Se sabe –me decían- que los animales feroces carecen de ingenios más que para sobrevivir. Su arte es nacer, extender su linaje y morir. Pero ha nacido una camada de fieras malignas que se duplican su corpulencia doblándose en los espejos o en los arroyos. Y tal cual fuera una entidad respirante, su reflejo cobra la vida y se proyecta en el mundo de los luchadores para colonizar territorios y destronar a los emperadores. No toman ningún prisionero ni tampoco humillan a quienes derrotan con la esclavitud. Su instinto más débil se iguala con la inteligencia más sobresaliente. No experimentan metabolismos. Tienen a la eternidad como aliado, y consideran enemigos a todos los diferentes. Bautizados Los Astéridas, se les conoce una virtud que asegurará a su estirpe la proyección en el futuro del mundo: Tal cual se vieran en espejos o ríos o mares, miles se materializarán del recuerdo de los hombres que les mirasen.
Capítulo IV: Singularidades
Alguna vez, en algún rincón rectangular, mis recuerdos me pasearon por las numerosas teorías improbables de los aritméticos eruditos que tienen nombres popularísimos en los ambientes más elíticos de la comarca que tal vez no volveré a ver nunca. Entre un gran número de improbabilidades recordé la ciencia de un imaginativo, estudioso de la bóveda celeste y de las estrellas que se lucen más allá de la luna.
No quise pensar demasiado en aquella extrañeza, que más me pareció haber sido creada especulando con la reacción de la plebe que está permanentemente buscando identificativos analíticos para entretener a sus mentes, ante la importancia de algún renombre que la argumentaba. La descarté a los pocos pensamientos. Sin embargo la evidente refutación que se detectaba como se detecta una cacofonía pero que nadie se animó a remarcar, la dejó orbitando alrededor de los enloquecidos entendimientos que Asterión me fue desgastando debido a nuestra costumbre de jugar a la persecución. Esta teoría provocó espejismos en aquella otra comarca que ningún vivo más que yo puede ver amanecer. Así, voluntariamente y deseando combatir con la fuerza la petulancia de los grandiosos, imaginé universos donde el tiempo avanzara hacia el pasado. Imaginé que el final del día estaba en el amanecer. ¡Y basta ya de ejemplificar mis suposiciones! Ya que nadie que hasta aquí hubiera llegado necesitaría de un solo ejemplo más para dilucidar con su propia inteligencia la repugnancia que les tengo a aquellos filósofos que aprovechan el éxito de algún sistema coherente de creencias pasadas, para que todos sus inventos y sus retorcidos argumentos (que buscan compensar la falta de creatividades auténticas), alcancen el reconocimiento de toda una generación; e incluso de una civilización entera.
Deduje también que en ese universo de momentos antípodas, la manzana reveladora caería hacia arriba. Ahora quizá me alegre (quizá me aflija) el saber que la mente de los Generales utilice como defensa para sus integridades creaciones tan fáciles que me resultan absurdas. Sí me alegra por que en unos segundos conseguí abstraerme de mi calabozo sin necesidad de otro instrumento que no sea mi propia psicología. Quiere decir que ya estoy empezando a prescindir de mis viejas distracciones (que yo creía indispensables), y en cambio me he acostumbrado a completar mis soledades con el milenario vicio del pensamiento, todavía más antiguo que estos erosionados murallones. Pero por otro lado me he quedado un poco sorprendido, pues para un magno líder es difícilmente asumible que a pesar de tantas pruebas presentadas al Augusto, tantos triunfos que destacaron mi valentía y evidenciaron mi talento guerrero, uno que en otra era ha sido el dirigente de los miles y miles que han seguido al Soberano, tenga que conformarse ahora con la delirio o la inferencia para cultivar sus horas de sobreviviente y conseguir temporalmente la conservación. Otra cuestión que ocupa los causes de mi pensamiento, después de descubrir lo absurdo de imaginación chilindrina, es que al compararla con las primeras que he tenido al venir aquí, se podría completar en una pregunta: ¿Cómo es que yo, Appolodro Tercero de Thiodessia, relato ahora para mis inferiores e iguales con la misma afinación en el alma con que le hablaría a mi Único Líder?
Mis conjeturas han ido deslizándose por una vertiente que nace en lo normal y se disemina en lo enfermizo. Y esto no es algo que deba enaltecerme, pues intuyo que cuanto más excéntrico quedare acabado un suponer más debe adueñarse de la verdad individual, que aleja nuestras almas del control y de la igualdad. Pero, arriesgándome por enésima vez a la tramposa degeneración voluntaria, si las leyes que gobiernan el paso del tiempo y a las fieles intenciones de la gravedad le respondieran a un Dios en rebeldía y desenvolvieran sus acciones lógicas retrocediendo: ¿Entonces qué sería de Asterión y de mí? Pensé que si nosotros, los que asistimos al Soberano, somos solamente una gran sumatoria de reacciones afectivas e intelectuales. Entonces en este universo de singularidades (donde la las leyes de la materia son inverosímiles) también lo serían nuestras reacciones ante las observaciones del mundo natural, cotidiano y físico. Y así, similar al flujo y el reflujo de los movimientos, serían inversas nuestras conclusiones. Y así también nuestros comportamientos.
Fui tan feliz en este universo momentáneo que pude haber fallecido a manos de la Bestia y aún mi cara seguiría expresando vez la apatía que por primera vez sentí hacia la existencia mortal, pues había yo descubierto un mundo que va más allá de todas las Tierras y todos los calabozos semejantes al encierro donde peleamos día tras día Asterión y yo.
Por un segundo piensen todos los que puedan leerme (si es que acaso alguna vez mis proclamaciones cruzan los límites de mi encierro) que existe un planeta donde las cualidades e intenciones son el opuesto de nuestras virtudes y defectos inherentes. Si ahora me encontrara con el Monstruo y su encandilado mirar me ofreciera retroceder: en este mundo de demoradas paredes mi Demonio en lugar de embestirme me sugeriría la huída. En la Gran Mansión donde rumiamos la existencia mi adversario y yo, el Adefesio siempre ha encontrado motivos para perseguirme, para matarme, hostigando con su cornada mis paces y mis esperanzas. Pero en esta fantasía, mi Bestia es benévola y misericordiosa. Me imaginé irrumpiendo en los espacios inamovibles de alguna galería y Asterión me increpaba desde la distancia y corría hacia mí, ya no para descuartizarme, sino para guiarme al pasadizo que acaba alumbrado por los restos inevitables de iluminaciones artificiales, propias del hombre y de los instintos carentes de criminalidad. Y yo en lugar de huir, en lugar de temer los sanguinarios azares que enfrentaban mi cuerpo a sus cabezazos y a sus mordidas y a sus cornadas, me acomodaría en cualquier patiecito y esperaría el acercamiento de Asterión para conversar imaginariamente, pues a pesar de que el idioma es inconciliable con la vulgaridad animal, en este mitológico universo que había sido engendrado en la Madre Locura por el Padre Vicios, nuestras intensiones habrían sido el opuesto de nuestros deseos omnipresentes.
Capítulo V: El Magnánimo
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dmito que tras casi treinta cumpleaños (si tomásemos como referencia el calendario crístico), los dos pobladores de esta máxima suburbanidad fuimos enamorándonos de la amenaza que significa convivir con un brutal enemigo.
Multiplicándose en mi recuerdo, Asterión ha optado por sembrar su talante en todos los caminos de este planeta, que ya es para mí un Universo a la medida de nosotros y de nuestras culpas. Cuando la noche activa las aletargadas cuestiones de mi consciencia, se me da por suponer que la Bestia es al mismo tiempo mi mundo, mi asesino y mi enfermedad. Y tal vez será mi camino liberador.
Días antes he hecho una corta crónica de sus virtudes mentales. Asterión las usa para vencer al enemigo cuando se fatiga de trotar y golpetear las paredes carcomidas por los elementos universales. Aquí destaco la otra virtud que en los hombres carece y en los animales abunda: La perseverancia. Pues, aunque son las veces menos contadas, cuando la Bestia percibe que no puede ganarme en el cuerpo a cuerpo durante la noche absoluta o durante el día prometedor, da libertad a sus engañosas virtudes espirituales, y como si fueran propiedades del mismo laberinto, en ellas este Demonio encuentra el arma que vence a mis fuerzas mediante el uso de una inteligencia muy superior a la mía. Con el último rayo solar yo empiezo a notar que las corrientes de mis pensamientos cambiaron brutamente el sentido de sus corrientes. Es la Bestia, que utiliza mágicas cualidades que le ayudan a martirizar el ánimo de quienes hemos profanado la quietud de esta legendaria edificación, que más pareciera un templo sagrado para el que bien la viera. Si nadie patrullara por aquí, salvo la gran mole de músculos y carnes que reina sobre esta propiedad religiosa e inviolable, una serenidad traicionera incubaría en la complicación donde he pasado mis últimos veintiocho años. La Bestia se hace indulgente cuando la soledad se apropia de las extensiones de estas galerías sonámbulas.
Hubo contiendas que finalicé muy malherido. ¡Y cuánta sabiduría habita la precaución de este Gobernante!. Pues como prefiriendo que yo me sintiera endeudado con él, una gentileza tuvo Asterión conmigo en los años que yo he vivido en esta casa enredada: Agonizante entre mi sangre derramada y mis alientos hediondos, Él no me ha rematado. Ya sea que me necesita con vida para algo más de lo que yo sospecho, ya sea que igual a mí, el Sádico haya descubierto cómo sentir cariño por un competidor (debido a que el hábito de la visión se acostumbra redundantemente a las imágenes más despreciables), ya sea que me prefiere viviendo para jugar al defensor de la casa y al usurpador que viene de las afueras, ya sea para demostrarme una vez más que es Él quien decide mi muerte o mi pábulo, en mi agonía Asterión no remató al turista que le incomodaba en sus propios dominios. Quizás también para que en la prolongación de nuestra convivencia, yo no pudiera hacer otra cosa más que huir sin atreverme a dañarlo. Pues mi naturaleza alberga la desventaja de ser demasiado agradecido.
Sé muy bien que en lo profundo Él necesita sentir a mi espíritu en su plenitud, pues se alimenta de las cosas divinas. Por eso me da mi tiempo para recuperar los alientos. Desde que estoy aquí (tal vez veintiocho años), mi vida se resume en inmemorables descansos que sanan las inmemorables embestidas, y entrenan mi alma para resistir próximas seguidillas de crucifixiones a manos de su cornamenta estriada. Para confesar ante un Juez cierto sadismo, mi subsistencia también necesita un poco las heridas que me deja su encornadura. Miles de reiteraciones inútiles, leídas en epopéyicos párrafos religiosos, han logrado corregir subliminalmente a mi corazón para que yo fuese más indulgente a la hora de hablar del delincuente y del asesino. Esto no me concedió nada fructífero. ¡Y eso que yo esperaba la misma magia, el mismo poder, que utiliza quien nos dirige!
Si no tuviera tanta fe en la idea misericordiosa de que la Bestia goza de un favor probatorio (es cruel pues ha crecido entre los feroces), ya hace mucho tiempo que por la vía intangible de mis oraciones hubiera empezado a rogarle a nuestro Rey que engendrase un hermano para que con el degüello le vede de todos sus derechos naturales. Por lo demás, sé que sin tales humillaciones sentiría que mi vida ha sido tan ordinaria como la de cualquier víctima. Si mis carnes no fueran capaces de abstraer tales abusos, yo quizás hubiera militado como buen soldado al mando de otro Appolodoro Tercero de Giossia: Y estos párrafos preventores hubieran sido encomendados a la perspicacia de otro valiente que quisiera avivar su normalidad con este singular viaje que yo he comenzado casi veintinueve años atrás.
Es extraño, pero si me quedara quieto, Asterión nunca me atacaría, y yo podría vivir aquí para siempre. Pero a mi primera marchada, a mi primer intento de matarlo o de huir, encontraré a la Bestia como si fuera un siamés fantasma que nunca se hubiera separado de mí. Y yo no tendré oportunidad para desligarme de la ya fastidiosa tarea que se compone de seguir ratoneando por estos rebeldes caminos.
Adivinando mis pensamientos, Asterión se aleja de los caminos cerrados y me invita con el ingenio a curiosear sus puertos sin intervenciones ni estorbos. Y después de mis sin salidas, cuando mi ilusión de libertad es ahogada por un una tapia vedante al final del pasillo, yo me detengo y lo pienso sonriente, como quien se frota sus manos planificando la desgracia de su adversario o de su contrincante.
Si un mago o un brujo… o un semidiós, fuese capaz de vislumbrar toda esta tierra de un solo miramiento, y notara el cínico juego que los dos perpetramos, juzgaría a nuestra vida de ridícula e improductiva y fatua, al ver cómo se desperdician los días y las noches en la persecución y en la paranoia.
Yo desearía que nuestra cotidianeidad no tuviera costumbres tan sólidas, así un buen día todo se acabaría de una feliz vez; entonces Asterión y yo sucumbiríamos encima de las ensombrecidas o iluminadas baldosas. Y las murallas de nuestra casa, los tapiales y medianeras, se derrumbarían para la soledad póstuma. Y los arroyos divisorios serían un hidromuseo de los cascotes y los escombros. Pues no me parece que nadie después de nosotros dos se interesare nunca jamás por la dignidad de esta desperdiciada arquitectura europea.
Hoy Asterión se apropia de todos los corredores. Yo ya lo había conjeturado, y nunca fui tan infeliz como lo soy ahora por haber supuesto con verosimilitud. Asterión es muchos. Entonces yo me convierto súbita e inexorablemente en la Bestia que me esclaviza a padecer el encierro. Pareciera que estoy viviendo en una rutina teatral, donde una sola Bestia va luchando contra millones de voluntades que intentan, finalmente, desmembrarle. Los miles de Asteriones, la Bestia Única. Asterión… Yo. Todo lo recapitulado sería, más que para sumar las armas mentales de mi Verdugo, para advertir de una amenaza que amedrentará a las civilizaciones pensantes aún por nacer.
Una última descripción de su metabolismo inteligente ilustrará para quien confié en mi palabra las inequidades con que la Justicia prepara el juego de la vida:
Como si cometiera un pecado, como si yo me hubiera resignado a los artículos incognoscibles de (siempre hablando del Criminal) Su justicia básica y de ello dependiera la salvación o la punición de mi alma, Asterión corrige en mi mente mis pensamientos y mis palabras con severidad calumniadora. Recordándome siempre que le debo la vida, Asterión se aferra a sus pequeños y grandes aciertos para anular mis expectativas y especulaciones, haciéndome sentir responsable de nuestra despiadada convivencia. Ignoro lo que habrá hecho o en qué magia residirá su poder, pero aún cuando se aleja siento que a corta distancia vigila mis circulaciones, físicas o cerebrales. Ahora sé que no importará cuánto tiempo me nos distancia de nuestro separación, yo viviré para siempre soportando, ya no la brutalidad de sus embestidas, sino el pánico de que en algún momento tornara. Mientras vivamos juntos tengo decidido fingir las aprobaciones de sus actos.
Ya que la Justicia me sentenció desde antes de haber nacido a una cotidianeidad tan extraordinaria, opto por calmar la furia de Asterión con mis silencios y mis poesías. Para no endiablar aún más lo extraño de nuestra relación, de momento sólo me quedaré en un rincón y observaré sus pateadas. Quién lo sabe… quizá me guíen a mi libertad. Porque aunque él demuestra felicidad en la labor de custodiar este laberinto sé que ninguna vida, por más calabozos que haya arañado a través de los siglos, renunciaría a su anhelo de normalidad.
Suponiendo que estoy aquí con el fin de acrisolar mis intensiones y rectificar mis pensamientos, las incontables derrotas que ha sufrido mi orgullo reformaron mis egocentrismos para servir al prójimo, enseñando con mi ejemplo las consecuencias que atrae la repetida desobediencia de Su Doctrina.
Capítulo VI : La naturaleza del Laberinto
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ás que Asterión, lo que me hace fracasar en la búsqueda de mis libertades es el pánico de vérmelas con él y tener que sacrificar alguna que otra comodidad (de esas que tengo) al ir errante y despreocupado por las larguras de estos galpones. Varias veces dejo a mitad del tramo los caminos que emprendo, y otras que son en cantidad superiores, doy por sentado que la Bestia me estará esperando a los pocos pasos de la entrada o a los pocos de la salida.
A pesar de los ataques nocturnos y septentrionales, yo sé que en lo profundo él necesita sentir mi espíritu en plenitud, pues su alimento deben de ser las cosas divinas. Sino cómo es que yo, un luchador que ha padecido las pestes más rigurosas, va sufriendo el desgarro de sus entrañas y él (Asterión, el Destructivo) amén de nuestra inanición se sostiene tan erguida y decentemente que costaría esfuerzo para cualquier observante decir que nos estamos distribuyendo la misma ergástula siendo el uno emblema de los hombres, siendo el otro moraleja de los demonios. Además “el suponer” que se nutre de las distintas áureas mortales, es el único argumento que yo detecto para interpretar por qué será que calcula el poder de sus impactos y de la reacción de mis sangres. Pues pareciera que todo este jugar a la batalla, todas mis sanaciones, y todas las victorias que me llevaré de recuerdo (si es que alguna vez hallo el corredor que me conduzca a la liberación) han sido planeadas no por mí, no por Dios, no por el Azar… Sino por mi Matador: el Agresivo. Por eso mismo yo -el Segundo Héroe, no vayamos a olvidar que antes que todos mi soberano es el primero-, considero poco probable que mi supervivencia estuviera fundamentada en mi suerte o en mi voluntad o en mi capacidad de combatir o de matar.
Supongamos que algunas vez encuentro alguna sombra que me rescata de la incandescencia solar amarilla, Asterión viene hasta mí para ensangrentar los muros sin cuadros o el suelo cuantioso. Y pareciera que no se fija si la sangre es Suya o es mía. Creo que la Bestia planea todos nuestros encuentros y planea también su victoria y la puntada que ha de hacerme su cornamenta. Así ya sabrá cuándo embestirme de nuevo o cuándo buscarme, con el fin de tener una contienda digna de su fortaleza.
Otro apadrinamiento que le debo a mis afortunados azares, es la naturaleza del laberinto: confusa pero a la vez benévola. Al igual que nuestra Mansión, cada corredor tienen una virtud ambidiestra que puede otorgar al visitante la redención o la desdicha. Si este Diablo se esconde en las sombras trigonométricas de la hora del ocaso, quien encuentre a mi Violador, probablemente hallará la muerte o, por lo menos, una infelicidad que le durará lo que dura el dolor del apasionado topetazo. Pero si se le examina con atenta fe, cuando la Bestia se ausenta, los suelos visitados son curativos. Mi metabolismo es privilegiado en cuanto a su capacidad para sanarse. Atribuyo esta cualidad formidable a mi suerte de elegir pasadizos correctos. En nuestros enfrentamientos he perdido tres veces el volumen total de mi sangre sin que mi Ejecutor derrame un décimo de la suya.
Pero en general la mayoría de las contiendas han sido imaginarias. El poder enemigo que provoca esta alucinación viene del Damnificante, mi Corruptor. O quizás, y para restarle culpa a Asterión, estos espejismos que vienen y se marchan de las animadas rutas de mi conciencia, sean el último tributo de un pequeño resquicio sobreviviente de la esquizofrenia que tuve que extirpar de mis adentros para venir aquí, en busca de mi redención y de Su degüello, a fin de adjudicarme el Nonagésimo Noveno Nombre.
La Bestia se ha aprovechado de mi condición lógica y la ha sabido utilizar como una segunda cornamenta que arremete en mi contra. Aún hoy, que las circunstancias me han puesto a salvo de mi Atacante, atravieso los pasillos de mi privado laberinto (pues aquí sólo hay espacio para uno), sumido en la paranoia. Por eso será que después de las inmemorables embestidas, sanadas en inmemorables corredores, en todo sitio me acompaña su fantasma y se me hace difícil el cautiverio, pues casi no puedo descifrar cuál es el Asterión verdadero, o cuál el producto de mi acostumbramiento a su dañina embestida.
Capítulo VII: Los Rasgos Mentales de Asterión
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i es que el entendimiento humano tuviera las condiciones para asimilar el hermético código en que vienen al mundo las percepciones espirituales; y si es que, luego de haber desentramado ese intrincado significado de tales ideas, una meditación preparada pudiese resolver el presentimiento de haber descubierto algo importante, endosando la palabra ideal para cada molécula de ese artículo insustancial; si es que luego el ingenio pudiera armar una frase que advierta al mundo futuro sobre las interferencias del Mal, y que esta ideal oración preventora luchara contra los siglos demoledores, pasando de generación en generación la antorcha de un conocimiento -aunque efímero al fin- muy útil para la civilización compasiva: Entonces, por si acaso, yo intentaré desde aquí ilustrar, lo mejor que mis palabras lo puedan, el ya vaticinada brujería del depredador que me enfrenta, con el obediente fin de cumplir el propósito que nuestro carcelero le ha endosado desde que se iniciaron las eras: Atisbar los pasadizos de esta morada, intentando descifrar los casi infinitos misterios y juicios que se han ido cuantificando en los tapiales de este gran reino, a lo largo de los ilimitados ayeres.
La ley militar me prohibe asumir ante ustedes mi derrota o mi debilidad. Para los generales es indigno y hasta peligroso el andar ventilando ante seres (que en nada igualan nuestros talentos) el Aquiles donde la daga puede hacernos sufrir. En lo que me toca aclarar, diré que siempre había admirado los discursos que no justifican sus descontextos con el yo elegiría o el yo en este caso. Aunque les suene demasiado riguroso, soy un pensador que prefiere las cosas tal como deberían ser. Por eso casi nunca apreciarán en la trama de esta cronología (ustedes que quizás me estuvieran leyendo) ningún asalto demasiado pronunciado que descoloque súbitamente al entendimiento. Pero aquellas contradicciones que se notasen, o aquellos párrafos sorpresivos en donde la imaginación de quien me inspecciona deba inventar visualizaciones para que esta historia mantenga su significado lineal, deberán serme perdonados con piadosas inteligencias: pues tanto el descuido de la contradicción como el error involuntario que cometo al no poder contar esta leyenda a la perfección, no es culpa de una capacidad insuficiente, sino que han sido responsabilidad de un Destino que me ha condenado a nacer en tiempos y territorios donde la mayoría de quienes conozco son analfabetos. Por eso es que ahora, en este punto supraconsciente, me doy el permiso para la vulgaridad y la tautología.
Dejo que algunas chilindrinadas se infiltren en este manuscrito, igual que la luz del sol y de la luna se cuelan en los tapiales y suelos de esta mansión, por la posible repugnancia que podrían sentir algunos de mis leyentes más susceptibles, cuando vivifiquen en sus oportunas imaginaciones cada oración que describe la carnicería espiritual y física que el Hermafrodita se animó a perpetrarme aquella tarde.
Mi deseo de ser entendido, logrará embellecer la mayoría de mis ideas, pues ningún pensamiento que inesperadamente se vislumbre en la conciencia es azaroso; muy al contrario: son deberes que nuestra intelectualidad deberá de perfeccionar en palabras humanas. Al ser el único testigo de esta Tragedia, me siento algo presionado por la esclusividad; además de liberar el alma del Amenazante, sé que estoy aquí para interpretar todos mis impulsos, todas mis intuiciones. Y de esa manera iré contando esta historia sin tamizar ninguna palabra, ninguna frase que se me vaya ocurriendo, sin omitir el más mínimo argumento que, por medio de distintos padecimientos, el Señor me revelase mientras cumplo estadía en este ilógico purgatorio. Aquí entendí que si Dios nos condena a la privación, lo hace no más para que Su generosidad no nos quede sin advertir. Mi Señor me ha salvado de un mundo demasiado verosímil, demasiado vulgar para mi capacidad de análisis. Y por la sugestión de sus influencias en mi propio albedrío, me situó tras este enredo de paredones y medianeras, a fin de enterar al resto de los vivientes acerca del Adefesio, de la mansión y de la soledad.
Dentro de los rangos que completaban los puestos vacantes en el ejército de mi Monarca, para llegar a tener una altura aceptable, mientras conviví entre los indiferentes he tenido que ser un pensador cauteloso. Agudicé así mi ingenio, y en un santiamén me vi trepando por la competitiva liana de las pociciones, hasta que se me condecoró con el puesto de general. Pudorosamente (pero sin arrepentirme del todo) admito que no merecí tanto honor. Pues me faltó perder sangre para igualar mis méritos con los de otro que que peleó a la par mía. Pero amén de sinceridad parecidas a ésta, de regreso en la corte de la Theoffiliapolis, adorné con toda la valentía que pude mis memorias de la lucha, y conmoví así el corazón de aquellos presuntuosos interlocutores que decidían sobre el poder. Todo aquel ardid sirvió a mis interesados sueños de progresar en la guerra. Y aunque la espada enemiga tajó mi carne mil veces, asumiré que yo también tuve miedo de que la punta isóceles de alguna flecha impensable me arañara los órganos. Muchas veces jugué al urgente escondite tras el escudo. Y condené al valiente halcón estampado a recibir el acero. Retrocedí muchos metros para que no se quemara mi vanidosa piel, y comtemplé a once milicianos enrredados en un tiovivo de largas llamas. De aquellas cobardías argumenté, en un intuido momento oportunista, que otro cuerpo a cuerpo me impidió ir al rescate. Y así, con fabulosos párrafos bélicos, compensé los flácidos defectos de mi alma.
Por eso elijo ejemplificar los distinguidos y privilegiados poderes de mi Bestia templando una X, donde en su encrucijado punto central coinciden los tiempos y las virtudes indescubiertas de los vivientes: La oscuridad del día.
Al ser de noche la valentía se convierte en inteligencia y pocos hombres se animan a fisgonear sobre las eternas dimensiones de nuestro distinguido palacio. Cuando no hay lunas ni estrellas, la inexpresión de las rutas aumenta el pánico de los curiosos héroes que ingresaran alguna vez en esta estructura, ya a estas alturas deslúcida. De haber nacido en estos jornales una intuición que, aún en las sombras, advierta el camino más acertado, es casi seguro que sus pasos no demorarían en hallar la involuntaria muerte en ese último enfrentamiento con el Rey de los Sanguinarios: ya que a estas horas es un triunfo poder distinguir si uno no se ha topado con alguna medianera, algún río separador, o con la amansada Bestia que intentaba compensar su cansancio con el sueño revigorizante. Al ocultarse la luminaria, Asterión no duerme pero descansa. Pero ingresados en la penumbra que nos regala la caída del rebuscado sol, aunque sé que mi próximo presente estará destinado a la sangre y a la mordida y a la estacada, por las noches muy a menudo me alegro de encontrarme con este Bárbaro. Donde Asterión aparezca, una constante: las galerías y los arroyos intermedios se iluminan un poco, y en la negrura de la noche espesa, donde todo tiende a imitar a todo, Asterión me irradia también a mí. Sin porqués comprensibles, pero quizás por un maleficio que lo hechizó con un infinito imsomnio, en cada uno de sus trotes el Engendro remolca consigo el reflejo lunar. Y entonces mi piel (que se ha vuelto hiperestésica a causa de las infiltraciones solares que me quemaron a lo largo de 28 aniversarios romanos), puede sentir el eléctrico baile de blancos fotones sobre mi superficie dorada. Con cada embestida nocturna y siempre gracias a la retorcida Bestia y a mi dolor, un milagro sobreviene sin que yo necesite pulir mi fe: en los rincones sonámbulos se logran ver grietas y madrigueras donde culebras o cascabeles desovaron su genealogía por la mañana o la tarde. Facilitándome la huída algunos pasos de más pero sin notar que me ofrece una oportunidad, mi Ejecutante ilumina algún diámetro que yo hubiese sido incapaz de ver sin su involuntaria contribución a mis logros, pues las estrellas tienen la luminaria ni distinguidora ni ausente. La notificación de mis percepciones se hace curiosa: pues me parece imposible que una única entidad pudiera endosarle a esta casa una reputación tan terrorífica, que sin nuestro hospedaje sería el patio favorito de los niños para jugar al escondite o a las imaginarias luchas que en algún tiempo ilustramos nosotros dos. Cuando ya me haya ido, cuando el tiempo arruine la virilidad de mi Conocido, quizás esta historia cruzará las cotas de mi secreto y de estas atmósferas; y tal vez esta dual leyenda pudiera trascender el cautiverio hasta la popularidad del vulgo. Tal vez entonces, tratando de dar réplica a las imaginaciones que les hubieran quedado, luego de haber oído mi historia y la de Asterión, los pequeños vengan aquí y jugueteen al correteo o al golpe; a los muros ensangrentados o al solitario que con resignación espera su suerte a manos del ya famoso mamífero. Quizás el sol requeme sus finas pieles y sus cabellos. Quizás consuman sus tardes aquí, quizás sus mañanas. Pero una sola ventaja me quedará sobre los que no enfrentan la Realidad: la tenue luz de las estrellas jamás les inspirará un solo relato abominable.
La personalidad de un laberinto se asemeja al mecanismo de los finos relojes, precisos y fríos. Antes de internarme entre estas despiadadas paredes, con sutiles consejos se me advirtió del peligro que significaba esta difícil calidad de misión. A través de muchas teorías, perfeccionadas por el lenguaje y también por las nuevas descendencias, se me avisó (por supuesto) sobre los distintos compases espirituales que pueden arraigarse al espíritu, en los enredados momentos que Dios le asigna a nuestra soledad, todos ellos bordeando los límites del desequilibrio. Sobre todo bienintencionados familiares y amigos han tratado de convencerme (por medio de ingenuas aunque demostrativas exhortaciones) para que me mantuviese en el regimiento de mi Amo y Señor, dirigiendo a mis tropas y liberando a los oprimidos por el Imperio. Hoy ya no recuerdo qué personajes dijeron también que, por su sacrificado entrenamiento en la santidad, únicamente los Cinco Sabios hubieran podido sortear los instintos asesinos del Encerrado que me busca. Y aunque Asterión no existiera, el solo atrevimiento de inmiscuirse en Su calabozo implicaba el desastre y el mare magnum. De lo que nadie me dio consejo, fue del grave peligro que correrían mis integridades autóctonas (o, más bien, ortodoxas) al querer despojar a mi Mártir del hogar que por ley sagrada le correspondía; ya que le nombró dueño y celador de estas paredes enclaustradas la misericordia de nuestro Director, ya más para nuestros ojos un dios que un ser humano mortal y defectuoso. De haber sabido, o intuido, o adivinado lo que ahora sé (que este Ángel Yermo era poseyente de semejantes magias incompatibles con la mortandad, de siniestros poderes que aplacaban la hombría de los hombres que le enfrentaban), probablemente jamás le hubiera buscado. En un ritual que para él sería vulgar, mi Controlador procuró humillarme (¿quién lo pudiera aún más?) con la visionaria meta de mi deshonra, para que no le pudiera contraatacar de nuevo. Ningún significado tendría recontar las mañanas y atardeceres que sepultaron esta derrota en la tiranía de la desmemoria. Aunque el pánico que se ha sembrado en mi corazón atestigua que ya han de haber sucedido muchas lunas redondas.
Usualmente, con el fin de marcar como míos los territorios, cuando nuestros cuerpos se lastimanban el uno con el otro, doblando en alguna esquina de esta soleada travesura de de corredores, sorprendo a Asterión rumiando los suelos áridos. Y él, como en una rápida defensa paranoica, se me incorpora. Por lo general corro y escapo todo lo que puedo, pero hay días y tardes que veo la partida infructuosa para cualquier cometido mío: ya fuera para salvarme de los hachazos, ya para jugar a que me persiguen. Pues el patio es largísimo y ancho; ninguna medianera es lo bastante enana como para saltarla; y, cuando existen, solamente las veo a lo lejos: no están a la mano de mi temor para que pueda esconderme del Atacante. Sumergido en la resignación, me quedo paralizado pero finjo una agilidad que ya no poseo en tales atardeceres. Esto es para que al menos el desdeseado Astérida imagine que yo le pueda hacer frente ante sus resoplos de diablo. Entonces, por muy malherido que esté, el resultado de la contienda podrá ser una riña de al menos unos minutos. En tales acorralamientos mi oportunidad de victoria es escasa, y si bien este Inmortal no conoce de códigos y de solemnes protocolos sensibles, yo no podría rechazar el desafío del Inhumano. Pues no para nada un día, en la frontera que separaba mi pueblo y la Tierra de los Progresivos, mi aorta eyaculó casi toda su sangre. A mi suerte y a mi Señor le debo cierta reputación que defenderé con mi vida, una vez más.
Alegre, el Cautivado viene hasta mí rebotando una y otra vez en las paredes rústicas de los innfinitos corredores que nos desconsideran infinitamente; yo calculo que Dios le dotó con desmesurada fuerza y mole incontinente, pero también, mientras corre, con una maldad asustante. Asterión padece de un defecto, propio de los mortales que alguna vez se hayan visto en la nececidad de elegir: su inestabilidad es un reflejo de muchas indeciciones. Puede que se la deba a que, en algunos ayeres, han contaminado este calabozo grupos de muchos, y mi amado Toro conoció la desesperación cuando no supo a cuál arrollar primero. Pero de todas formas aquellas almas no aguantaron aquí tantos meses, y todos partieron a una morada parecida a la mía, la diferencia es que allá el infinito está en tanto espacio.
El terror me asfixiaba progresivamente mientras le miré viniendo. Como el valiente decepcionado, escuche la bípeda corrida y la repercusión de Asterión en cada pared que lo vio pasar, desproporcionadas por el cansancio.
Si a lo lejos advertí el vapor de su aliento, jamás tardé en escapar. Y ya no siento vergüenza. En lo que dura el camino sin descansar me giro para verlo correr, y veo los cuernos que dejan de mirar al cielo para apuntar hacia mis costillares. Pero su rareza también es hermosa. Como un engañado por sus deseos, de vez en cuando yo corro también hacia él, acaso probando mi suerte y esperando que un milagro me sorprenda. Pero en el choque casi nunca evité que su lanza me atraviese algún miembro de piel a piel. Y francamente me rompo. No quisiera decepcionar a mis líderes con estos hondos sentimentalismos, pero el corazón de los generales es vulnerable también. Pero por una triste adaptación de roles, siempre hemos esperado hasta que todo se pierde para desescudar del orgullo a nuestro espíritu.
Mas en aquella última contienda (pues desde aquel duelo he desistido del cuerpo a cuerpo), noté que Asterión se frenaba a pocos metros de mis enfrentes. Como los amantes que se reconocen a la distancia y de inmediato corren para entregarse al abrazo, Asterión y yo nos fuimos aproximando. Disminuíamos nuestras marchas cuanto más se achicaban los metros, mientras tanto imaginaba que el tan esperado milagro se escondía en algún gramo del Caminante: una vez más me sentí feliz. O observen hasta qué punto la vanidad me juega malas pasadas, pues pensaba que se hincaría a mis pies y me ofrecería la rendición. Me imaginaba que al estar frente a frente, Asterión me hablaría. En pocos segundos soñé que por intervención divina la Bestia habría incorporado una consciencia cristiana y me ofrecería el impronunciado Nonagésimo Noveno Nombre. Incluso quise que Asterión me pediera disculpas por cada cornada que me había golpeado. Suelo pensar en milagros así para contrarrestar la influencia depresiva de mis realidades. Y me mantengo firme en el territorio de mis ilusiones hasta que algún hecho tangible me demuestra que ya son muy poco probables.
Los dos nos quedamos parados un largo rato, uno respirando la putrefacción del otro.
Esta vez quien delató la verdad fue la naturaleza del Leviatán. Siguiendo la fantasía de los amantes, como para besarme, Asterión sujetó mi cabeza entre sus dos manos inmensas como si se tratara de una manzana que se sostiene entre los dedos de cualquier sobreviviente. Mi primer impulso fue creer que mordida tras mordida me engulliría. Pero hubiera encontrado el fin que yo deseaba hace tanto. El Repugnante me forzaba a que yo le viera a los ojos:
En esos dos continentes incendiados se reflejaban imágenes de mis queridos, desnudos y torturados, a gritos suplicando misericordias al Redentor y auxilios al Soberano. Las endiabladas pupilas de Asterión me causaron sentimientos más repugnantes que aquellos abrigados al ver los hígados que irreparablemente se desubicaban del vientre de mi enemigo. Luego de numerosos choques, cuantiosas cornadas, y un descuidado número de cicatrices, yo aprendí trucos de supervivencia y de refortalecimiento. Sin alimentos ni aguas podía quedar errando días y noches, que ya mi cuerpo sabría curarse mágicamente. Pero después de aquella interpretación, por primera vez me urgió encontrar el escape (si es que lo hubiera habido) sin haber conseguido el compromiso que le debía a mi Soberano, pues yo no sabía si aquella vista era la realidad o una fullería más de la Audacia.
Capítulo VIII: La línea sobre la piedra
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n momentos como este yo ya no sé si estoy luchando contra la Bestia en una lid sin sonidos pero terrible; o es que estoy solo y el hábito del caos me hace estar deseando las embestidas de este Animal Enemigo.
Algunos días Asterión despierta conmigo después de habernos enfrentado toda la noche en perdidas batallas que la Ley de la Casualidad nos ofrecía de tanto en tanto. Aunque debiera admitir yo que al principio de la noche también la Ley de la Hombría me obligaba a buscarlo para regocijarme en mi sangre o tal vez (de ser benevolente mis azares a la hora en que los demás prefieren el sueño a la reflexión), en la sangre del Asesino. En el momento de mis primeras respiraciones menos sedentarias pero mucho más especuladoras que las oníricas, me lamenta por un largo rato el no haber despertado en la tupida atmósfera nocturna para dale muerte con una traicionera estacada heroica. Claro está que únicamente sería heroica para los de mi especie, para los otros Astéridas yo sería un injusto que debería ser sentenciado a millones de violentas muertes atropelladoras.
Pero aún sabiendo que este Demonio que trota por los corredores petrificados es el responsable de todos mis dolores y el Cobrador absoluto de mis deudas kármicas, me siento un poco culpable al pensar en traicionarlo. Pues amén de mi desventaja fisiológica, desde antes de pisar este intrincado mundo de paredones y areneros aún desconocidos por Asterión y por mí, siempre he conocido las reglas de este jugar al héroe y a la muerte y al subsistir.
Ignoro cual será la lógica de mi piedad. Quizás me tienta la idea de que también mi Diablo estuviera encargado de los milagros que entorpecen a la raciocinio humano, y todavía vivo esperando por algo como una electricidad justiciera que se precipite desde los altos y elija como su victimaria guía al centro de la Tierra la cornamenta veteada de brillo marmolado, que reverbera en todos los crepúsculos con el causal y ultimo haz de luz natural. Y yo al fin tendré libre paso (de tener una existencia inmortal) de investigar todos los pasadizos y al final dar con mi especulada libertad. Y entonces en el mundo de las inconfesados, seré recibido como un redentor magnánimo, pues habré vencido a la Bestia por pura decisión del Universo, que combinó las impredecibles voluntades de los elementos para el sacrificio.
Mirando un murallón de cal, descifré ermitaños símbolos grabados a navajas por otras víctimas de la Bestia. Vi de tres en tres los días que algún peleador perdido tachó con su cuchilla criminal, supongo que no para llevar cuenta de las rutinas, más bien para que sus pensares aún mantuvieran un poco el hábito de la ejercitación. O quizás para sentir que aún en las encrucijadas más villanas una mente necesita de la distracción o de la creatividad para evitar la suerte de la insanía. Entonces yo también raspé en aquel muro color oro los tres nombres que armaron por casi 29 años la posibilidad que otros vivientes me buscaran o me humillaran o me honraran: Appolodro Tercero de Thiodessia. Y ahí fue que entendí el porqué de la voluntad de Dios al crear el laberinto y tal abominación: La mente de nuestro creador tiene una función ambidiestra.
Imaginé qué habría movido a los inteligentes a inventar el alfabeto y a la escritura. ¿Acaso la necesidad de comunicarnos a través de los siglos unos con otros ha sido causa del desarrollo de tal genial arte? ¿Acaso la necesidad de fosilizar nuestros pensamientos y su desarrollo en un papel o en una piedra ha despertado el impulso de crear el causal arte de la escritura? Pues hasta ese momento revelador yo pocas veces me había hecho la profunda pregunta, y en dos o tres ocasione he tenido una respuesta. Pero observando mis letras sin proferir pensamientos, descubrí entonces la verdadera razón por la que yo disponía de 7 alfabetos en el volumen inaccesible de mi consciencia.
Para que mis intuiciones cobrasen veracidad, ubiqué mentalmente a un hombre sobre la faz terrestre, cuando todavía no se había inventado la primera consonante o vocal, pero sí existía el arte de la oralidad. Entonces, en la quietud de este ajenísimo terreno, a la espera de la conocida cornada y la crucificante embestida, agregué vida a la imaginación de aquel analfabeto. Lo vi pensante, inquisidor… deseante. En sus cuestionamientos indagó la existencia divina. Creyó que el mundo no existiría sin alguien que lo admirara. Recordó todos los aciertos y todas las desventajas que podrían haber cabido en la memoria desde el ocaso al primer rayo de luz que buscaba la vida desprendiéndose del horizonte. Revisó todos sus conocimientos para no sentir que el tiempo podría hacerle tediosa la empresa de sobrevivir. Y al culminar el recuento se sintió sin vida. Una depresión que le impresionaba abarcó de extremo a extremo los lindes de su interioridad. Y luego todo fue quietud. Entonces una seductora impresión espontáneamente activo su pensar en otro sentido: El sentido de la creación. De inmediato vislumbró en su Esencia la obra que compensaría su vacío insoportable. Una a una se construyeron en imaginarias tintas los neófitos símbolos que honrarían a su sed de descubrimiento. Un Don desconocido lo inspiraba a la invención de un revolucionario sistema de comunicación. No era que este Talento iba creando las letras, era que el Talento se ratificaba en cada signo modificable, moldeable. Cuando un talento no halla fin, ese talento intenta por sí solo las creaciones y los descubrimientos… O por fin se muere.
Entonces, de poseer cabalidad esta conjetura, mi Soberano ha de ser un ente que, como si fuera la Bestia, asila en Su seno universal cualidades que aún Él mismo desconoce, e intuyo tan divinas artes requerirán de próximas Bestias y Laberintos como este. Hasta hoy no he conocido una morada o una invención tan compleja como el sitio en donde la tragedia me brindó hospedaje. Ahora entiendo que de ser la Tierra la mente de Dios, le debemos al desarrollo involuntario de Sus capacidades la existencia de este Genial Laberinto.
Capítulo IX: El Arquitecto
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a imagen del laberinto se sostiene en vastos y larguísimos corredores. Todos las galerías se tuercen al lo menos una vez por un ángulo. Esto genera la naturaleza de nuestra cárcel: El Laberinto es simple y tirano, su superficie se distribuye en complejos brazos de suelo divididos por tapiales y medianeras. Todos los caminos son de alguna forma paralelos y perpendiculares. He aquí la respuesta a todas las ironías y a todos misterios que nos acompañan, a quienes nos animamos a inspeccionar un poco más que la grey los diferentes aspectos de este fantástico encierro.
Cada tantos pasos, unos caminos se desintegran. Otros pasillos en cambio se limitarán a doblarse una y otra vez cada pocos avances, por todo el largo que tenga el viaje, formando un ángulo recto en cada esquina. Hay algunos claustros que parecen nunca acabarse: Pues luego de haber perdido al viajante en diferentes arquitecturas tramposas, de alguna manera su recorrido desemboca en el cuerpo del mismo camino. Esto es lo que da la idea de infinitud. Hoy sé muy bien que no es necesario ningún Asterión para matar o enloquecer o perturbar temporalmente a quién entrara aquí. La gigantesca brillantez de quien haya creado estas mazmorras, ha ingeniado una arquitectura que pareciera tener voluntades propias. Durante el espeso sol del mediodía, el genio del Arquitecto se ha presentado ante mi alma como otra Bestia que juega a ser desafiante; pero que mis impresiones juzgaron de criminal. Y yo le admiré igual que suelo admirar a mi Diablo: Secretamente y tal vez obligado. Ya que si Asterión gozara de la trágica virtud del habla, mi único confesor aquí presente sería este Oportunista.
Pero dos tipos de caminos hacen del laberinto un lugar peligroso y, por ese motivo, entretenido. En unos y otros en medidas iguales, el riesgo de la muerte se le adelantará a quien pisare estos suelos irónicos. En los unos, que no se diferencian en nada del resto del laberinto, acude cada cierto tiempo Asterión en busca de los hombres que vienen y van con la fantasía depositada en el degüello de nuestro Perpetuo Celador. A ellos igual que a mí, Asterión los embiste sin misericordia ni consuelo. En su mayoría, mueren resignados a la primera cornamenta. Con los ojos en el cielo y sin haberse desclavado de la estacada (que todavía los soporta embestidos y atravesados), como cuadros que rellanan las paredes de los aposentos las vidas que quedaron a la responsabilidad de Asterión primero, luego será de la descomposición, cuelgan a medio metro del suelo, sujetados entre el muro y la cabeza de toro, resistiendo sus viseras el último suspiro de vida, y con los ojos puestos en el cielo, dan la impresión de Cristos muriendo, intrigando a su Padre: ¿Elí, Elí… Lama sabacthaní?
Ése será seguramente mi segundo fallecimiento. El primero: la misma permanencia en los adentros de esta monumental jaula.
En otros caminares, Asterión se reemplaza con un peligro más ingenuo. Quizás el verdadero peligro es que nuestro miedo nos abandone; pues al realzar el nuestro, se subestima el poder de los enemigos. El hecho es que algunas galerías tienen figuras inestables. El que entrare en cualquiera, quedará a merced de la Casualidad, dejando por sabido todas las extensiones que la Casualidad pueda tener. La incomprensión de sus formas tienta al corazón del desconocido a querer indagar sus periferias asimétricas. Además del engañoso camino que puede llevar al inteligente hasta la inconcordancia, dentro del pasadizo hay lagunas que solamente se miran a la luz de la luna llena. Como se da a entender, son invisibles durante todos los días y sólo se ven cada un período lunar. Sin quererme demostrar demasiado inmune a las leyes de este calabozo (pues mi larga condena me ha ido enseñando a sacar modestias de mis jactancias), unas veces he caído en ellas. Primero me precipite hacia lo hondo, pensando que había llegado al verdadero Cielo. Pero cuando la tibieza del agua corrompida me despertó de mi ilusión redentista, de inmediato regresé a los superficiales oxígenos. La orilla se había difuminado. En rumbo opuesto de brújula, debí nadar medio sol hasta que encontré la costa antípoda. Asterión me aguardaba con sediciosos ojos. Mis fuerzas ya no son las mismas que al entrar en esta prisión, y aunque braceé varias horas recuerdo aquella contienda sorpresiva como una de mis pocas victorias. En medio de la sangre que se alborotaba en las atmósferas y los jadeos míos y de la Bestia. Yo temía, no a la encornadura, sino a caer de nuevo en esas aguas pérfidas, pues por el cansancio, de ninguna manera hubiera podido volver a suelo firme. Y sin embargo tuve resto para ganarle a Asterión.
El Arquitecto ha ideado este laberinto para que todo el que entrare se perdiera, pero también ha pensado con justicia hasta el último de sus lugares. Por eso noto aquí dos puntos que me navegan hacia una misericordia que se afirmaba en la comprensión: La gran Mente del Creador; y, aunque el laberinto es para Él un juego de muertes y vidas a manos de la Bestia y también el hambre y el frío y también el rayo solar, como quizás el único observador de estas tierras mesuradas y precisas, yo destaco que este ludo ha sido siempre claro, pues su Inventor nos ha dejado sencillas reglas claras desde que nuestro entendimiento puede comprender complejidades más altas que un cuadrado o el exterior de las pirámides: Una, aquí dentro mora el Asesino; dos en cualquier momento es posible la muerte.
Capítulo X: La Preferencia
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tra vez en mi siamés aposento me enfrento como en tantas oportunidades a un triunvirato de pasadizos. El caminante que inicia un pasillo desierto no se imagina que la Bestia fuese capaz de ocultarse en una inverosímil sombra de los caminos traidora. De haber nacido más paciente registraría de a uno por vez, y al reinar de nuevo el ocaso se me revelaría en cuál de ellos me esperaba la libertad. Quizás en el inicio de mi debate interior (ocasionado siempre por el hecho de que ya no confío en mi Suerte) se me hubiera ocurrido elegir un corredor que aceptara mis pisadas sin oponerse con resistencias ni morales ni teológicas, y así dejarían testimonio de las ansias de luz mis inmortales huellas en nuevos y aún desconocidos territorios que armaron la arquitectura de este Gran Laberinto. O tal vez como casi siempre acabe mi jornada en la reflexión inspirada por el fracaso y la desilusión.
Mientras el atardecer iba demandándome movimientos que me salvaran de la oscuridad, yo ya había elegido entre las tres a mi primer galería, pero retrocedí antes de llegar al final cuando el vaho de la putrefacción me advertía que tres esqueletos adornaban la veda del camino deshabitado. Uno, todavía sostenido en la tapia que asesinó de una única mirada las tres esperanzas de libertad, reemplazada por la certero asalto de la Bestia. La cornada que le dio muerte fue tal, que el tiempo y los elementos pudieron desintegrar la carne, mas no descolgaron a aquel hombre con el que la embestida de Asterión decoró el muro. Una costilla o una cadera, debieron de engancharse en la profunda grieta que el cuerno punzó en el paredón. Las osamentas restantes aún conservaban la postura de quien se arrastra en medio de una sequía y cae fulminado por su propia sed a pocos metros del oasis. Las 3 calaveras, todavía conservaban la expresión de socorro, ya que los gestos eran imposibles, eso podía advertirse por las desesperadas falanges en garra o la posición de los brazos extendidos al cielo. Y de nuevo mi cansadora mente no pudo evitar conjeturas imposibles para explicar esta parcialidad:
Por uno de sus sorpresivos caprichos el Espléndido ha dotado a la Bestia con las cualidades más sorprendentes. En cambio a nosotros, que hemos nacido auténticos hereditarios de todos Sus bienes y generosidades, únicamente nos dispuso en la Tierra con virtudes que ni aseguran ni aniquilan la subsistencia. Por ejemplo -respecto al Sacrificador- de una sola voluntad puede confundir con una avasallante neblina todos los cruces verdaderos con los ilegítimos. Y yo, por miedo a ser repetida víctima de sus fauces, o a perderme todavía más, o a apresurar aún más mi muerte con un camino quimérico, me cedo un descanso y permanezco inamovible en el lugar que el entre tanto me designe. Suponiendo aún más (y que esta deducción se dilate hasta donde los dioses conozcan), tal vez cualidades tan mágicas como la de mi Bestia hayan hecho a mi Rey figurarse las mías. Y temió la rivalidad. O quizás en un momento la alucinación complicó también a mi Líder, y dejando de lado que los marciales somos fieles a las raíces que Él mismo había sembrado en nuestros laberintos interiores, imaginó en mí el peligro que implican las artes y los conocimientos más fantásticos en el poder de un ser humano que pueda preferir una representación a un directorio.
Capítulo XI: El Inusual Laberinto
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e siento en paz cuando el silencio impera en la totalidad circunstancial del tiempo. Cada cierto número de días amanezco alejado de todo camino. Como para recordar que todavía no he muerto, parecido a un momificado, observo a mis alrededores esperando atisbar cualquier camino. Cualquier tentativa para moverme es censurada por la evidencia: No existe más que el sol y que yo. El hábitat en el que yo me muevo es intrínseco pero no sobreviviría de no existir la tendencia a la dinámica. Por momentos acometiendo, casualmente escapando… a veces temiendo, nunca me han faltado dos pasillos similares para que mis intenciones de huída se debatan entre elegir una pavimentación o un piso cementado. Tardes completas pensé qué camino era el mejor entre catorce. Como un fantasma entretuve a las insociables galpones noches enteras. Corrí inviernos completos durmiendo únicamente la octava parte de lo común. Pues el galope del Monstruo me alarmaba de que la muerte venia para llevarme, y no consideraría mis descuidos ni mis necesidades biológicas. Faltaban dos o tres galerías para el fin (confieso, a veces, “deseado”), y yo elegía comenzar otra vez mi escapada en lugar de quedar tumbado en cualquier enlosada y que todo se acabara. En cambio ahora ni avanzo ni me defiendo. No hay ningún lugar que yo pueda elegir para sufrir. El miedo al Demonio fue reemplazado por el de la sed. Pues la ruta que el sol completa es en verdad inapelable. Tal vez la Naturaleza me perdone algunas veces con algún temporal. Pero será seguro que mayormente sufra de insolaciones. Una cruel noticia me ha dado mi deducción: Pareciera que la Bestia se ha convertido en todo el ecosistema. Pues la furia de su cornada, ahora se manifiesta en otra furia que es para mí igual de dañina: la furia de la incertidumbre. Los caminos aún siguen ahí, indistinguibles. Yo puedo imaginar paredones quebrándose en las esquinas rectangulares, e irme de mi sitio jugando a que aún estoy en mi laberinto. Como cuando era un niño, puedo imaginarme que estoy en una aventura, y que me arrastro por las galerías enmudecidas, a esta altura ya sufriendo la fiebre que me impuso mi sol. Puedo irme corriendo y zigzagueando, extendiendo con inútiles recodos imaginarios la dimensión de mi fuga. Cada vez que despierto en un patio como este, yo siento que mi sueño se ha cumplido. Pues me hallo en un sitio absolutamente desolado de cualquier galería. Un patio cuya única largura implica la impresión del mismo laberinto (el infinito), pero que está desprovisto de esas arquitecturas que a mí y a mi Asterión tanto nos lamentan. Y en cuanto a mi Demonio, él también está allí. El Engendro sólo se ha reemplazado por otro Asterión, más indulgente pero también mas ruin. Mis ojos lo ven presente en cualquier dirección que mirasen. A mi derecha, a mi izquierda, hacia arriba o abajo, Asterión se divisa en el cuerpo de la Desesperanza.
Otra vez los pasadizos vienen hasta donde yo estoy sin pedirme permiso alguno. Esta parte de la encerrada es la más engañosa. Asterión aparece pocas veces aquí. Yo preferiría que él estuviera presente para herirme o matarme, pues si nos encontrásemos apenas ingreso a estos pasillos, yo decidiría si retroceder hasta mi galería inmediatamente pasada, o de ser mis ahoras uno de aquellos momentos en los que no soporto la igualdad de lo cotidiano, entregarme a la muerte a merced de la cornamenta fosilizada que adorna el crepúsculo con un lucimiento reverberarte.
El encarcelamiento donde Asterión y yo vemos caducarse un día tras otro, debe parecerse al debate interno que sufre el hombre de conocimiento cuantioso a la hora de decidir: Pues si yo tuviera un solo suponer, siempre sabría qué salida tengo al alcance o, en su caso, desistiría de cualquier tentativa o esfuerzo científico para hallar un camino que me guiara a una posible luminiscencia, pues estaría al tanto de mis posibilidades victoriosas. Pero cuanto más conocimiento completa la biblioteca de mi sabiduría, más he de perderme en debates detallistas de los posibles caminos. Por ejemplo: Si yo nunca hubiera curioseado en aquel libro que encapsula a las razas y a la cultura y a la vida en canónicas filosofías, como si todo formara parte de un único y gran Misterio, hoy no existiría en mis adentros ese asunto escrupuloso que interfiere mis decisiones de suicidarme cuando no hallo la paz que me han prometido al ser yo un infante las Eruditas Escuelas que suelen sugerir mis antepasados. Y si el infierno fuera mi casa final, a mí no me importaría quedar condenado para siempre a los azotes o a las calderas, o a ambas resignaciones. Pues al fin me evadiría de este rutinario temor imperecedero, que ha residido siempre en elegir un camino equivocado y encontrar en el azar la complicidad de la Bestia que me espera, y sentirme traicionado pero al fin salvado de la continuidad de esta vida incierta, pues inocentemente la casualidad me habrá llevado al último de mis enfrentamientos. El miedo también es una forma de Asterión.
Y aunque hasta hoy sólo he tenido magulladuras que las semanas lograron quitarme, de verdad algunos miedos mellan mi valentía poco a poco pacida por cada fracaso mío, cual si fueran murallas de esta vieja mansión raspadas por el pasar de los inviernos. Pues sin que me haya dado cuenta me fui convirtiendo muy despacio, con la influencia de la luna en mi sangre y de los años en mi memoria, en un viviente al que le van quedando cada vez menos horas para lograr su cometido. Y satisfacer así al Monarca Único.
Capítulo XII: La Antorcha
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l no encontrar a mi Asterión en mucho tiempo ni por ningún lado, el laberinto se vuelve inseguro, inconocible… increíble; y mis ánimos inestables. De los miles de miles de Irracionales que atropellan la nada y castigan con sonoro trote las arenas cortantes de los distintos miles de corredores del laberinto, luego que mis 28 años de trasteadas tardes y picadas noches y toreadas mañanas me han hecho un hombre que ajusticia con la violencia, ahora sé que pocas Barbaries aún comparten conmigo la compleja excentricidad de estas reñidas arquitecturas. Quizás sea su mezquina naturaleza alquimista y tramposa, pero cada cierto tiempo estas faunas deben de reagruparse en una sola Bestia salvaje. O quizás exista una Grandiosa Mente, trabajada por un Magno Asterión (enorme como la impresión de inacabables lugares que da este mundo de multiplicados encierros), que genera espectrales copias de la genial Bestia. Y se me da por suponer que las está ubicando o después quitando de los umbrales que inician las distintas galerías de nuestra perfecta métrica casa. Esta Gran Inteligencia debe situar a las distintas moles homicidas sobre las dunas de los corredores desiertos, a medida que mis ingenuidades tientan un poco más sus sedes malditas. O los va quitando, cuando mi valentía le desafina la creación de estrategias criminales. También soy de imaginar que esta Gran Mente se parece en su detallismo puntilloso a la Gran Mente de Dios, a la hora de elegir nombres para sus obras.
Sumergido entre tolerancias que logran apaciguar mis odios y mis lamentaciones, supongo que toda obra como esta se le debe atribuir a la existencia de una Metódico. Todo laberinto presupone entonces la vida de un Constructor al menos. Mi Soberano libre a la Tierra de la tiranía que los adelantados han ejercido al mundo sin haberlo notado siquiera. Como genios ulteriores, el sobresaliente Creador de esta casa, favorito por el Rey entre todas inteligencias mortales de su tiempo, ha inventado una obra de virtud ambivalente. Hasta los veintitantos años yo escuché de la boca de los más sabidos que una idea maestra puede tener las mismas virtudes beáticas y demoníacas. Todo dependiendo de la sensatez y la intensión con que se utilizare. ¡Vamos! Como un ejemplo grosero puedo nombrar las fundiciones de mi comarca donde los artesanos del metal engendran día tras día espadas salvadoras o mortales. Esta última adjetivación opcional, quedará a disposición de quienes las empuñaran alguna vez en su existencia. El hierro no es imperecedero si quien lo refiere tiene los años de mi Amo. Pero aquí, tal vez, haya yo descubierto algo ciertamente auténtico: El laberinto ha sido útil para el Rey y su Reina, y quizás también lo hubiera sido en algún tiempo para mí. Pues antes de mis 28 aniversarios, yo ignoraba una existencia criminal como la que me acecha y si la evolución de mis articulaciones y mis músculos nunca hubiera pretendido de mí una prueba, un agradecimiento, una jactancia que hiciera honor a mis virtudes fisiológicas, jamás me hubiese invadido la codicia o la tentadora intención de competir o de demostrar mi virtud de valiente. Y entonces nunca hubiera yo pisado semejante mundo de piedras y rocas, donde la bondad debe ser acompañada por una imagen caótica, de lo contrario Asterión se animaría con más insistencia a embestir a los eruditos. Pero esta tarde la realidad me demostró con áspera fatiga, que eso a lo que mi ignorancia o mi cobardía hubiesen tildado como ingenioso o extraño (cruzar la entrada de esta perdedora mitología), mi osada inocencia ha convertido en lo que es ahora para mí una vida de peligrosos despertares y anocheceres.
La reflexión me ha conducido hasta algún recuerdo misterioso que aún no pude relatar para la oscuridad o para el sol.
A la entrada siniestra, un camino tienta al errante con el dibujo de una luna llena amarilla. Dos o tres veces mis pasos intentaron el encontrar allí dentro la vida que yo esperaba. El medio recorrido inicial se empina hacia abajo. Cada tres metros, un rectángulo incita al justiciero que va tras la Bestia a cambiar sus direcciones iniciales. Cuando me familiaricé con aquel corredizo, me guié confiado hasta el final sujetando en sus paredes mi mole atrofiada por el paso del tiempo y la inexistencia de ejercicios cotidianos y triviales, mientras la piedra erosionada me cortajeaba las palmas de las manos, generándome cuatro o cinco líneas del amor. Me inmiscuí en el camino embarazado pensando que allí encontraría la libertad o si no, al menos, un arma que hiriera el cuero de la Bestia en próximos acorralamientos. Cuando ya no podía caminar, la esperanza hizo que me arrastrara. Un perfume invisible confundía mis intuiciones, cegándome el buen criterio que me recomendaba retroceder. Siempre atraído por la perfección de aquella luna ambarina, fui guiado hacia el meollo del pasillo que se entretejía a sí mismo en un nudo de marinero. Doblé tres o cuatro veces el mismo pasillo, pero me pareció ver siempre la misma esquina; el mismo ángulo que debería ser único se propagó varias veces entre los límites de internada, otorgándole a mi sentido de orientación estar avanzando, no en espiral, si no zigzagueando. Insospechadamente, allí donde la calma era la reina, con su sorpresiva asta mi Diablo me atravesó de punta a punta la vida. ¡Él me aguardaba allí desde el último desafío! Qué soberbia paciencia mora en el desconocimiento del Destino. Pues luego de haberle dejado herido y agonizando en su sangre de toro, mi Asterión calculó en sus repetidas imaginaciones una manera para humillarme nuevamente. Y otra vez me indultó de la muerte. Yo siempre supe que mi dolor es para Él un divertimento.
Hasta que mi metabolismo me curó la carne, por nueve meses me escondí en las oscuridades de los rincones que encontraba ausentes de mal y de bien, para lamentar las heridas que poco tiempo tardaron expeler fetidez. Asterión rumiaba el entorno, y yo percibía sus pasos cercanos. En esa época yo temía con cada ruido a la muerte, pues si una sola gota de sangre caía al terrenal, ésa sería la alarma que delataría mi rastro. A veces le vi quieto, como esperando, como para que yo supiera que me observaba, como para hacer una demostración más de su inteligencia divina, para demostrarme que su distracción era inventar nuevas reglas al juego de la vida y de la muerte y que no debía consultarme para que ambos las aceptáramos. Pues el Monstruo era quien reinaba. Para ser un poco más puntilloso definiré algunas estrategias que pude deducir con las pistas que Asterión me iba dejando a medida que lo quería: Uno, yo estoy aquí y te observo. Dos, yo puedo matarte pero mi vida sería sin sentido si tú no tuvieras miedo. Tres, te observo y sé que me temes pero haré que dudes si en realidad propias cavilaciones.
Gracias a la tragedia uno descubre algunas veces una cura para sus discapacidades. Y así fue que, finalmente, en una superficie depresiva di con el arma que detuvo mi hemofílica supuración. Desde entonces y no hace mucho, ahora ando por estos corredores endemoniados sin temer mucho a que alguna vez me atraviese su cornada. Y Asterión y yo, convivimos ambos sin embestidas que no se puedan sanar. Desde que encontré mi antorcha disolví mis cicatrices y ya no le temo a próximas seguidillas de cornamentas calizas. Ahora sé que los caminos donde Asterión gane con su estacada inmerecido perímetro, yo podré con mi antorcha amedrentar sus ánimos y sus intensiones. Entonces mi llama recuperará la luz que, la Bestia, invade con sus malditas rachas de oscuridad.
Capítulo XIII: La Teoría del Héroe
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a intuición o la sospecha me dijeron que cierta vez iba por el camino correcto. Durante un ciclo lunar entero ninguna tapia bloqueó mis pasos. Yo ya me estaba preparando para la feliz despedida. Aunque no me importaría demasiado volver a los pies de mi Soberano y dejarle mi fracaso en lugar del Nombre Número XCIX con tal de salir de aquí. Como todo buen militar me sentía algo inconforme respecto al éxito con el que posiblemente abandonaría mi atemporal refugio. Y sé que nadie me creerá, pero mis pasos devoraban el suelo virgen de las arenas sin poder desprenderse de cierto remordimiento al abandonar a mi Bestia en los insatisfactorios brazos de la soledad. ¿Me recordaría con honor mi más fiel enemigo? Si los Brutos intercambiaran impresiones por vía de la fonoaudiología, y otros Astéridas le preguntasen acerca de cierto rival que cierta vez utilizó este posadero como ilusionado mundo: ¿Qué opinaría de mí este insobornable Desalmado? Yo lideré los victorinos ejércitos de Teofiliápolis. Yo sangré en las afueras y en las inmoladas ciudadelas para honrar a mi Comarca. Sólo para cerrar la boca de los eruditos más engreídos yo duré maltrecho nueve inviernos y luego comandé repetidas batallas boreales y antárticas. Con una millarada de distintivos y escarapelas me condecoraron por mi incuestionable servicio al Rey. Más esta tarde acepto que este solo Insociable ha manejado mi vida y mi libertad como mejor quiso, por casi veintinueve años de trayectoria.
En este instante descifro en una imagen de mi recuerdo el mapa momentáneo de quizás aquella sola vez que me codeé con la liberación segura:
El camino que nos conduce a las afueras de este encarcelamiento tiene aires suaves y dulces. Tentadoras figuras reemplazan las sangres rupestres en todos los muros del recorrido. Sin ningún lindante que vede el paso, este sendero únicamente se estorba por las unidireccionales esquinas rectangulares. Sensibles soles cotidianos iluminan el cielo turquesa de los dos crepúsculos. Quien anduviere por este camino jamás divisará una sola tempestad. Si quieres recorrer estos rumbos, guíate solamente por la ausencia de fatalidades.
Pensé que sería un buen signo de mis demostraciones: Quizás para verle la cara por última vez, sabiendo que no estaría me volví sobre el camino que abundaba en piedras calizas. Quizás por el hábito al que yo mismo acostumbré a mis milicias, finalicé un pasillo y me di la vuelta para rendirle culto al laberinto que abandonaba. Como si le hubiera tomado amor a esa nueva casa de infinitudes asimétricas, o como si veintiocho años de cárcel me hubieran hecho desdeñoso respecto a la vileza que reina en las afueras, yo mismo retrocedí al ver la luz exterior. Una vida dedicada al campo de batalla y a las estrategias, a las espadas y a los yelmos, habituaron mis éticas a la cordialidad. ¡Maldito momento que me diste mi primera victoria! Ahora el remordimiento me llena, pero en su época creí que el honor era más importante que la subsistencia.
Acabé en la desolación más espantosa, más terrible. Sin tregua la Bestia impactó mi pecho. Sorpresivo y sagaz y silencioso, Asterión había seguido cada uno de mis pasos dejándome de ventaja una galería entera, como sabiendo que mi final movimiento sería la moralidad. ¿De donde proviene tu astucia, Asterión?
Inmediato pero enloquecido, huí de mi Asterión que me iba mordiendo los lomos: Parece que todo este recorrido ha servido, nada más, para que yo me apenara doblemente de estar cautivo. Lo difícil, lo doloroso, lo extraño, fue huir con Asterión en mis encimas. Los secos cascos de toro sonaban uniformemente tras mi recursivas zancadas inútiles. Por donde vine me moví con resucitado vigor y sin indulgencias, reclamando en elevadas voces los procederes de Dios. Ya que yo estaba loco, decidí mostrar mi demencia al mundo que nos rodeaba, a mí y a la Bestia, a ella o mí: A ambos dos. Agrandándome todavía más en la pena, últimas diosas que inspiraban la valentía iban visualizándose en todo el largo de la corrida. Luego, para empeorar todavía más la prisión, el arrepentimiento. De mis veintiocho navidades, me lamenté ocho años continuos, me lamenté todos sus meses, me lamenté todos sus días. Mi quejido no extinguió los frecuentes ataques de mi Contrario.
Ahora mucho más encerrado que de costumbre, agonizo en una galería de siete metros. El Demonio está oculto en alguna parte. Francamente no me conforma esta vida ni tampoco Asterión. Tampoco me conforma la soledad; aunque debo admitir que de las tres opciones enunciadas estando solo puedo si quiero pasar el tiempo sin preocuparme demasiado por mi posible sacrificio. Aunque a estas alturas de mi febril convivencia que elegí solamente para complacer al Majestuoso, la soledad me resulta devastadora, asumo que de todos los posibles ánimos que yo he de poseer en esta prisión, el aislamiento es en el que más seguro me siento. Estando apartado de la Bestia logro abstraerme lo suficiente para no pensar en el laberinto ni en la muerte. Imagino lo que me aguarda fuera de estas geografías aritméticas. Pero no quisiera soñar demasiado con un futuro hartamente diferenciable de este. Se supo de un solo hombre que sorteó los ardides de la confusión y las encrucijadas perdedoras de esta guarida. Entró en este palacio con el fin de ponerle espada a mi enemigo; inclinando a su favor el azar con su valentía. Se dice que el azar es respetuoso con el hombre de coraje. Este hombre evitó el extravío luego de la contienda gracias a un rastro de seda. Del resto del ejército que aquí había conocido, nada supimos nunca. Ningún mito les hizo honores. Ninguna leyenda contó de ningún hilo guiador en ningún recorrido, además de aquella primera madeja que se usó como carta marítima del laberinto, mío y de Él. De todas aquellas almas valientes que intentaron conocer el último nombre del mal, un único rumor póstumo se ha encargado de desfigurar la lógica de la historia: Aquellos que entraron y ni murieron ni asesinaron, han sido condenados a fatigar estos longevos corredores hasta el último de sus días.
Y ahora que el sufrimiento y el miedo han arrinconado en un angular recodo la fe anteriormente gigantesca con que me armé cuando mis espadas fueron secuestradas por las tropas enemigas, yo me pregunto: Si la espada de nuestro héroe fulminó de una estacada el bestial aliento de vida del Hereje, entonces es que mi Asterión es otro Asterión. Y esta contradicción que pone en duda la veracidad de la leyenda, me concede el derecho a conjeturar que, ni la Bestia ni el Laberinto son únicos en la comarca donde reina mi Soberano. De estar acertado mi insólido criterio, ha de existir un Asterión por cada hombre; para cada hombre una Mansión; y por cada Posada, un redentor que pone fin a las embestidas.
Otras imaginaciones menos probables se fueron corrigiendo unas a otras. Desarrollaré tal vez las dos, tal vez las tres, que sobresalieron en mi ocio mientras los encuentros cesan o cuando Asterión calma su sueño yaciendo, en un orden que decrecerá de lo posible a lo ilógico.
La historia del héroe había sido escrita por el mismo grupo de los Cinco Sabios para que los valientes fanáticos de las fábulas y de las hadas, engañados por las voces populares entrasen decididos a las mazmorras de este gran calabozo, y murieran al fin por la cornada de su propio Asterión. Otra idea que logró seducirme (pero esto fue por ser esperanzadora, no por ser probable), es que la Bestia, existía solamente en mis fantasías, pero apareciera en mis frentes y en mis costados por decisión de mi último pero caprichoso vestigio de esquizofrenia, que hacía tanto yo había nombrado, para que se me permita el próximo nombre del mal.
Decapitadas mis esperanzas de libertad, vivo aquí ya sin buscar aquella conocida caminata, esperando que algún día la suerte de agotar corredores inéditos, más la memoria que resguarda en su esencia las entradas de cada uno, me permita dar de nuevo con aquel sendero libertador.
Capítulo Final
En las claridades más abatidas, doy por sentado que la mayoría de los caminos no me conducirán a ninguna libertad. Hasta me siento culpable cuando me animo a fisgonear las arenosas y soleadas ramas de este galpón iluminado. Ahora, tras una insuperable vida escapando de un último y retrasado duelo que decidirá el destino de ambos, aguarda impaciente mi aparición, lo mismo que yo esperé la suya, invisible y a veces pávido en un rincón del laberinto cuando aún no encontraba las armas que le pudieran dar mortandad. Pero tras veintinueve años de desvividas contiendas, el Tiempo y la Inteligencia me han ido enseñando a tolerar, a comprender, y a consentir trucos de batalla creados en la audacia de un enemigo infinitamente más poderoso que yo. Las numerosas derrotas sufridas a manos del Acechante lograron habituar mis instintos o mis intensiones al pánico; entonces ya no visito los recorridos que común y probablemente acaban en el encierro: Examino una y otra vez las callejuelas de mi edificio y sólo fatigo aquéllas que me inspiran una gran corazonada de libertad. Siendo generoso cuando opino sobre mi suerte, diría que de una decena de corredores sólo es seguro que me arriesgue en uno. De ser posible que el azar bendiga todas mis elecciones con el acierto, si alguna vez lograra yo salir de esta ciega prisión, entonces nueve de cada diez galerías me causarían el desprecio. Y me seguirían siendo desconocidas. Y ya sea por mi cobardía, atribuida al temor que la Bestia me inspira, o ya a la soberbia intuitiva, atribuida a tanto conocimiento relevante (adquirido hace tiempo por la necesidad de provocar los milagros que sanarían a los maltrechos), yo andaría entre los insensatos y entre los cuerdos reconociendo a las populosas calles, maldiciéndome por haberme desperdiciado en tantas elecciones victoriosas, y omitido la oportunidad de conocer en su absoluta profundidad este magnífico mundo que se conforma en galerías que se enmarañan unas con otras. Aunque por esta vaticinada infidelidad, en mis adentros ha nacido una presunción que consuela el amor que yo les tengo a estos insensibles murallones, que de paso quedará bien que diga: fue creciendo día a día, embestida tras embestida… Derramamiento tras derramamiento. Y creo que se quedarán ajusticiados mis desdenes con próximos sufrimientos:
Mi casual desprecio por ese mundo exterior que habitan tanto diversos como corruptos, me hace saber prematuramente que en medio de los seres pensantes me estará esperando otra prisión, mucho más cautivadora que ésta, pero también más cruel. Pues aquí dentro yo de verdad estoy esperando durante semanas, a toda hora, la puntada que no me sorprende más. Y la muerte no me será sorpresiva. Pero en la tierra de las vanidades ningún actuar podrá ser absolutamente previsible. Y si ellos quisieran podrían tramar los planes de mi desaparición o de mi tortura. Y yo participaría en un juego que se educa en los entendimientos más traicioneros.
Percibo todo esto, al igual que intuyo cuáles serán los próceres pasadizos de mi liberación. Pero con cierto sabor fingido, paladeo la idea que tengo sobre mí mismo. Mi fama es de ser un eterno. Pero el fundamento más posible que confirma mi mortalidad es que, conociendo su pedantería, no me creo que mi Soberano haya permitido en la comarca una existencia que siempre pudiera dar con el pasadizo correcto, cuando a la hora de elegir se debaten diez corredores similares y desconocidos. Además sólo pueden verse los primeras profundidades de cada uno de ellos; el resto del camino está vedado a los ojos por la propia naturaleza de los laberintos: En este caso, el secreto. Para añadir una dificultad más a esta tesis de los casos afortunados a la hora de decidir una salida en los laberintos, no olvidaré que los pasadizos que puedan conducir a la liberación (por lo menos a la mía), tienen la arquitectura de un largo considerable, pero también son acabables, terminables. Y una vez que se recorren sus dimensiones, el caminante se encontrará de nuevo frente a la necesidad de elegir uno entre diez. Y aunque la decisión inicial fuera certera, cabal, mesurada, es improbable que su suerte atine siempre con un camino salvador.
Para todos aquellos que alguna vez se aprisionen voluntariamente en un laberinto como este, me gustaría corregir todo este drama con un consuelo reservado que durante casi 3 décadas me sostuvo dando vueltas en estos patios sin volverme demasiado loco. Incluso estoy hablando de su creador, pero amén de que los antiguos genios y eruditos que han estudiado hondamente esta ingeniosa guarida de las almas que prefieren la soledad antes que la fama, hayan afirmado que los corredores y las perpetuas paredes y todas las partes de esta obra gigantesca implican al infinito, yo (tal vez por que me siento propietario momentáneo, pues no me olvido de que el Refugiado es el amo, y yo, simplemente un usurpador azaroso), yo, daré total fe que el número de corredores y rincones y ángulos de esta mansión es cuantioso… pero se acaba. Este presidio sólo es un infinito si su habitante confunde sus recorridos con los rumbos que aún permanecen incluidos en el descuido; o también la enormidad de este Universo puede incluirse en el desdén de aquellos que le atribuyen cualidades divinas a su intuición, pero que en realidad pecan de normales sintiendo que su particular desgracia es único caso en el Universo. ¿Añadiré que mi soledad no es un producto de mi deseo? Más bien diré sin faltarle el respeto que le debo, sin olvidarme de las tantas veces que me perdonó la vida, que mi soledad ha sido siempre una forma de pagarle al Primer Líder aquélla gentileza milagrosa que me ha concedido hace ya mucho tiempo. Creo que coinciden las eras: Su favor y mi soledad. ¡Y muerte a aquél que confunda el nombre de nuestro Redentor con el de la Bestia! Pues a través del exclusivo fin de que aclarar con mis entendimientos esa indistinguible línea que divide a uno del otro, mi Amo y Señor me ha enclaustrado aquí dentro. Pero también diré algo a favor de mi contrincante:
Inmerso en la locura pude haberme imaginado amenazas de una entidad que, igual a mí, añoraba la peligrosa libertad que circunda las murallas de este fantástico universo de piedra. Si mi Ofensor buscaba salir de este inmenso cautiverio, los dos debimos de ser al mismo tiempo que involuntarios prisioneros, guardianes de otro corazón. Pues una sola encomendación le ha obligado nuestro Creador: La extinción de toda miseria humana que se atreviera a cruzar la entrada de esta milagrosa residencia, intentando el gobierno de la magnánima mansión que es nuestro encierro. Por eso doy fe, si algún día me tocara ser testigo en el juicio que le espera, de su lealtad a la Responsabilidad.
La Bestia murió poco antes que yo cumpliera mis veintinueve años. El recuento de batallas y cicatrices me dio un número menor a infinito. Asumo que de tantos enfrentamientos me he guardado el recuerdo de pocas victorias. Pero finalmente he derrotado al intruso que merodeaba los inagotables corredores de mi mansión. ¡¿Qué se creerán los que fallecen para desafiar a la verdad con sus silogismos alfeñiques?! A lo largo de veintinueve mágicos años, dilatados por soledades y heridas espirituales que luego la carne adquiere como propias, ahora tengo el respeto que me debía mi último enemigo, usurpador de mis soledades, responsable de todas mis fobias. Yo, Asterión, -soberano del mundo que me encomendó la Causa y el Efecto- puedo decir ahora que ya soy libre de oposiciones a mi felicidad: Atisbar los pasadizos de mi morada, intentando descifrar el misterio y la sabiduría que se ha ido impregnando en los tapiales de mi gran reino a lo largo de mis ilimitados ayeres. Entonces nadie después de mí volverá a ser víctima de la traicionera Desgracia, entre los muros de esta fantástica estructura que simula llamarse “vida”, pero que en cambio es una prisión: “Laberintos”.
Índice
Capítulo I ………….…………………..……..… 4
Capítulo II………….………… …..…………..…7
Capítulo III ………..…………………………..…9
Capítulo IV…..…….……………………………12
Capítulo V……..……….……………………… 15
Capítulo VI………………………………………19
Capítulo VII …………………………………… 21
Capítulo VIII……………………………………28
Capítulo IX .……………………………………31
Capítulo X………………………………………34
Capítulo XI …………………………………… 36
Capítulo XII ……………………………………39
Capítulo XIII …………….…………………… 42
Capítulo Final …………………………………46
FIN
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