Nicolás López Dallara


Novela de éste autor (capítulo 1)

El nonagésimo Noveno Nombre:

Asterión y Yo

In isto magno laberinto

vivimos modo duo personae:

Ego et Asterion.

¿Se me creerá que a estas escrituras no las perturba un solo diálogo? En esta historia de amor no se cuela ningún beso. Lo fantástico es propiedad de nuestra Mansión y de nuestra complicidad. Su mayor deseo sería sorprenderme dormido en el suelo de cualquier cuarto. Su furia no conoce sosiego alguno. Las paredes de nuestras piezas jamás admitirán garabatos de ningún niño.  Y yo quisiera que este albergue no tuviera galerías. Quien comparte conmigo el claustro desearía que podamos asistir al menos a un sacrificio mientras durase este afiebrado concubinato. Pues mi Observante experimenta grandes erotismos si existen la hemofilias. Yo -Appolodro Tercero de Thiodessia-, soy ahora responsable de terminar el objetivo que ningún arriesgado ha logrado. El Soberano estará a la espera de mi regreso. De no volver nunca, se sabrá que otra vez ha ganado la Bestia.

Capítulo I: Designios

A

mén de los espacios, la Bestia maneja la percepción de quienes usurpan la desolación de esta milenaria arquitectura, a la que los inteligentes y los eruditos han bautizado con un nombre que pretende imitar las dimensiones de lo divino: “Laberintos”.

Tras consumir largos años enriqueciendo la mente con las ciencias y las sabidurías de los semidioses y de los ángeles, uno acaba por preguntarse si la vida es azarosa o se extiende en complejos brazos de tiempo, pretéritamente meditados en la Eternidad. El director de estas tierras, nunca deja conocer a sus tributarios los secretos de tal proceder o de tales magias. Yo creo que hasta en la coincidencia existe cierto orden, y ese orden cumple leyes todavía desconocidas (o quizás negadas) para el entendimiento mortal. De ser real un orden para cada hecho de la vida, tal orden debe haber sido premeditado por el dueño de esta comarca. Contemporáneas teorías proponen las primeras pruebas para que se aclare de una vez por todas el por qué de viejas magias, de viejos misticismos, relacionados con el poder espiritual de cada hombre: relacionados con el deseo de asemejarse a nuestro Señor.

Todo entendimiento capaz de reconocer el nombre de Dios, deberá proferir primero las noventa y nueve partes conocidas del Malo. Hasta estos días corre un mito (de al menos ya veinte siglos) que promete en increíble prosa una esperanza para los hombres que codician la beatitud:

Quien tolere el martirio que involucra articular por noventa y nueve veces a la desgracia, habrá desarrollado sus facultades hasta el indiferenciable punto en que se confundan con las de nuestro Único Soberano.

Al mismo tiempo que la expresión evoca una por una las cualidades del mal, el alma se descorrompe. No todos los hombres nacieron preparados para servir al Magnánimo. Únicamente aquellos tan hábiles y de fuerte virtud serán dignos de ser llamados devotos. Mi naturaleza es curiosa, mi origen incierto. Nunca he necesitado rendir cuentas por mis actos a ninguno; tampoco he nacido con la urgencia de honrar las carencias de mis antepasados. Tal vez por eso fue que quise agitar la cotidianeidad de mi vida buscando lo inexplorado. El mundo tiene muchos Reyes, mas yo me decidí servirle al Único Monarca que sostiene sobre sus desmedidos lomos las abstractas vigas de toda esta impresionante bóveda celeste, para ganarme así Su preferencia y también gozar de Su protección. Pues mi aldea se ha convertido en un poblado inseguro desde hace ya mucho tiempo. ¿Citaré también que un día mi fama conmovió hasta la misericordia al Único Rey? Aquella vez, por el ruego de la grey, nuestro Soberano perdonó del merecido escarmiento a mi alma. Pero puedo asegurar que aquello solamente me lo toleró porque sabe muy bien que todos nosotros vivimos condenados a un infierno en común, pero nuestros sentidos terrestres lo disimulan como esperanzador. También por sentir que le debía una gentileza me vi un poco obligado a pagarle aquella asistencia. Pensé que mi Rey, tan querido por los miles de pobladores que se bambolean hacia aquí y hacia allá en este mundo de razas heterogéneas, era merecedor de que al menos alguno de sus fieles sacrificara su insignificancia en pos de convertirse en el portador de las revelaciones que santifican a los espíritus, o en pos de dar con algún sumo conocimiento que engendrara una doctrina para que se unifiquen todas las comarcas, todas las disnastías, que navegaron alguna vez por las heroicas rutas atemporales y que compusieron el total de las edades históricas de nuestros ciclos terrícolas.

Así fue que quise arriesgarme a cumplir con la empresa más peligrosa que nuestra Majestad nos había sugerido (o quizás, endosado) cumplir a los comarquinos de estos endiablados territorios, y que se ha quedado pendiente entre las labores humanas, más o menos durante dos mil años. Sin oponerme ni saltearlos, me fui enfrentando a todos y cada uno de los dolores reconocidos por el planeta. Sufrimientos que se dilataron entre los dos equinoccios, derrocaron súbitamente a mis bienestares y me persiguieron a todas las ciudades por nueve misteriosos años, sembrando en mi corazón el resentimiento y la desdicha. Luego, donde estuviera, preferiría la soledad. Pero aún entonces no enloquecí. Pude nombrar la esquizofrenia, la lujuria y la envidia; dolores y patologías intentaron sin éxito final acabar conmigo. Decenas de venenosas plagas y putrefacciones contaminaron a mi alma sin que yo estuviera preparado para la sanación. Todos han sido excelentes adversarios; su fantasmal corazón, digno de mis mejores espadas. Pero ninguno a sobrevivido a mi tenacidad o soberbia. Me familiaricé con toda la enfermedad para asumirla y luego de proferir sus variantes nombres, eliminarla.

Pero aún no he logrado matar al último enemigo que precede a la conquista de mi misión. Me ha traído hasta aquí el asombroso mito, templado en la antigua leyenda que cinco sabios nos revelaron: Quien presencie su muerte podrá leer en las estrellas el Nonagésimo Noveno Nombre, Sustantivo indispensable para merecer el primer nombre del Bien, que encierra el mismo poder del Monarca Primero.

 

El libro completo se puede conseguir en las librerías…

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