Ricardo


Novela de este autor:

Link para descargar

Caminos:
La gente de peritaje, estaba empeñada en completar el cerco, para evitar que los curiosos, o los policías ineptos, borraran las huellas de la escena del crimen. De todas maneras no habría mucho para evaluar, todo había sido muy evidente.

Julio, tenía su uniforme salpicado de sangre, los oídos tapados por el efecto, de las detonaciones y el arma casi sin municiones. Lo peor era ese gusto amargo en la boca. Algunos de sus compañeros se acercaron, para ver si se encontraba herido o si necesitaba algo. Los secuestradores, a excepción de uno, que había sido detenido, habían sido abatidos en el enfrentamiento.

Se sentó en el cordón de la vereda. Alguien le pidió que entregara el arma, para las pericias. Así lo hizo. Mientras descansaba, y, se lamentaba de su suerte, le pareció divisar entre la muchedumbre a una figura conocida. Se acercó a ella y efectivamente, se trataba de Lucía, a quien el Cholo de alguna manera le había hecho llegar lo que iba a hacer.
–    Hola.
–    Hola, en verdad lo siento.- aseguro Julio.-
–    Seguro.- respondió Lucia, mirando para otro lado.-
–    No sabia que él estaba en esto.- argumentó Julio.-
–    ¿Lo mataste vos?- preguntó Lucía-
–    Te juro, que no fue mi intención.-
–    Da igual. Tarde o temprano iba a terminar así. Como siempre decía, los dados de la vida ya estaban echados para él. En fin…-
–    ¿Vas a estar bien? – Pregunto Julio.- Si llegas a necesitar algo…
–    ¡Que pedazo de hipócrita, como si alguna vez,   alguno de ustedes se hubiera preocupado por mí. Él fue el único que lo hizo!
–     Pero ya paso mucho tiempo.-Replicó Julio.-
–    ¿Y eso lo soluciona todo no?
–    No… pero te lo ofrezco de corazón, de veras.- argumentó Julio.-
–    Nunca lo tuviste, En realidad ninguno de ustedes. – Replicó Lucía mientras se alejaba con lágrimas en los ojos.-

Juan se quedo inmóvil por unos instantes y luego se metió en su patrullero. La vida le había jugado una mala pasada. Lamentó no tener el arma consigo, de ser así, tal vez se hubiera volado la tapa de los sesos…

CAPITULO I

Eran las dos de la madrugada y aún resonaban los cohetes y bocinazos. El país estaba de fiesta, una fiesta incontrolable. En una época dura, más bien nefasta, que se debatía entre los miles de desaparecidos, el “no te metas”, el manejo de los medios, por parte del ilegal gobierno, la ignorancia de muchos y el silencio cómplice de otros, además de algunas consignas que para muchos, hasta resultaron creativas, como “LOS ARGENTINOS SOMOS DERECHOS Y HUMANOS”. Casi sin temor a equivocarme, todos festejaban el triunfo de la selección argentina en la final, contra Holanda. Parecía que la marea humana de ese 1978, había encontrado un punto de inflexión entre la barbarie civil y la alegría popular.
Julio, “Orejas” y el “Cholo”, no se perdieron los festejos. Con sus 14 años y una vida ordenada en las costumbres adquiridas en  una periferia emergente de la gran urbe. En uno de los tantos barrios o Villas que se formaron con personas a las que no le quedó otra opción de vida que adaptarse a la marginalidad y a las consignas del sálvese quien pueda ciudadano, vivieron, o sobrevivieron, con los códigos de su adolescencia. De hecho Julio propuso entrar en el almacén de Don José, un viejo habitante de ese primer estamento social que es el barrio. Necesitaban  una bebida  fuerte para festejar, tal vez una Legui, o algo por el estilo. Orejas sabía como entrar, ya lo había hecho en varias oportunidades. Claro, no previeron que Don José también estaba festejando, y, las copas demás ya habían hecho lo suyo. Los sorprendió, revolver en mano, cuando estaban saliendo del almacén.. El Cholo, tal vez un poco más rápido que sus amigos, al menos en esa ocasión, permaneció debajo del viejo mostrador de roble. Cuando José, juraba por todos lo demonios del averno que vaciaría su revolver en ellos, Cholo le partió una botella en la cabeza. El viejo cayó desvanecido. Julio se preocupó, pensó que tal vez Cholo lo hubiera matado. Orejas, no paraba de reírse. Viejo idiota, gritó, no pasa nada, no se preocupen, del pedalín que tiene, mañana ni se va a acordar de lo que paso. Cargaron todo lo que pudieron y rumbearon para la plaza.
Don José nunca supo lo que paso. Orejas tuvo razón. Claro, siempre sospecho de ellos pero jamás hubiera podido jurar que    habían entrado esa noche en su almacén. De todas maneras decidieron guardarse por unos días, no fuera cosa que el viejo recuperara la memoria y cumpliera su promesa de dispararles a mansalva. Sabían que Don José, no bromeaba con esas cosas, de hecho, si el almacén había perdurado durante tantos años en ese barrio de malandras, era porque se había hecho respetar. Más de uno portaba de recuerdo la cicatriz de algún disparo del viejo.
Después de varios días Cholo Orejas y Julio, se encontraron en la obra en construcción abandonada. Era su refugio secreto. Bueno al menos eso creían. La obra había sido abandonada por sus dueños después de una fuerte disputa con los vecinos. Era eso o la vida Era una familia de Bolivianos que ocuparon el terreno y comenzaron a construir. Claro no tuvieron en cuenta que la zona estaba copada por familias paraguayas, y, eso, en la villa es imperdonable, nadie puede ingresar a la zona excepto que sea del mismo origen. De hecho estaba dividida en cuatro sectores, los paraguayos, los bolivianos, los peruanos y los argentinos. En definitiva luego de varias disputas, en las que no se escatimaron balas, tuvieron que poner los pies en polvorosa. Fueron superados en número y municiones.
El último en llegar fue Julio. Era cerca del mediodía.
–    ¿Cómo andan?- preguntó.
–    Viendo que hacer… ¿ y vos?- contestaron casi a dúo.-
–    ¿Que tienen pensado? –pregunto Julio.-
–    No hay una moneda… ¿vos tenés algo?- Respondió, el Orejas.-
–    Que giles que son ¿ cuando no los salvo?…Claro que tengo algo, pero hay que tener bolas …¿ se animan?-Comento Julio sobradoramente.-
–    Dale, desembuchá jetón, no te hagas el logi.- contestó El Cholo, mientras se rascaba displicentemente los genitales.-
–    El yuta cabezón, me ofreció un laburito para vender yerba, en la zona, y, por supuesto, yo no me olvide de mis cumpas.- ¿les va?-
–    Yo no le confió a ese botón. Dicen que lo abrocho al Turco y después lo mandó de vacaciones. Lo peor es que hasta ahora no volvió a aparecer. – Contestó el Cholo.-
–    Si eso es verdad, pero resulta que este yuta es amigo de mi primo, que también es cana, por eso me lo ofreció.- Comentó Julio.-
–    ¿Y como sería la cosa?- interrumpió el Orejas.-
–    Lo de siempre, él nos da la merca, nos pasa el dato de la zona liberada y allí nos movemos nosotros. Según dijo es yerba de la buena y nos daría el veinte por ciento. Después depende de nosotros, lo que podamos vender.- Comentó Julio.-
–    ¿ Sí después no nos garpa?- pregunto el Cholo.-
–    Va a garpar. Está mi primo de por medio.
–    ¿Y  quien lo juna a tu primo?- apuró el Cholo.-
–    Yo huevón…¿ o no confían en mi?- espetó Julio-
–    Ta bien, ¿ cómo hacemos?- preguntó nuevamente el Cholo.-
–    Yo lo tengo que ver en dos días, si agarramos viaje me da la merca. Después me canta la zona, y a vender nomás.- Dijo Julio.-
–    Che…¿ y no tiene cagazo de que nos quedemos con la merca y no le pasemos nada?- preguntó el Cholo.-
–    No ves que sos un logi, si llegaras a hacer una cosa así terminas en el fondo de la Tosquera.- respondió el Orejas.-
–    Ta bien, era una idea nomás. Lo que pasa es que no tengo una moneda. –se disculpó el Cholo.-
–    Por ahora podríamos ir a la estación y vemos como pinta para el arrebato.- opinó el Orejas.-
–    Y bueno, por ahí ligamos algo.- respondió julio, y todos estuvieron de acuerdo.

A los pocos días ya eran reconocidos como los vendedores oficiales de droga en toda la zona. Sabían que estaban protegidos, ello los  hacía casi intocables. Sin embargo, había un arreglo previo con sus protectores. De vez en cuando alguno debía ser fichado, para evitar sospechas, sobre los policías destinados en la zona. Claro que apenas permanecían detenidos unas horas y jamás tomaba intervención juez alguno. Toda una organización, y, valga la redundancia, bien organizada, en donde participaban casi todos los actores sociales necesarios, desde los propios vendedores, los traficantes, los policías, los Jueces de turno, los punteros barriales, hasta los políticos destacados de la zona. Una geografía repetida, en casi todas las zonas marginales, y, no tanto; con una fauna predadora, en la que sobrevive el más fuerte; el más poderoso, aquel que tuvo la suerte de portar apellido o alguna otra cuestión vinculada con el poder;  que, por su puesto, todos niegan a viva voz.
Orejas, Cholo y Julio ya habían empezado a disfrutar de los beneficios, se habían ganado la confianza, tanto de los compradores, como la de sus protectores, a tal punto que ya habían encontrado el modo de escamotearse algo entre venta y venta. En unos meses sus reservas habían aumentado considerablemente. De alguna manera la vida les sonreía. Como podría sonreírle cualquier demonio escapado de algún cuento de terror, antes de fagocitarlos sin contemplación alguna. Algo así como la boca grande de una ciudad. Si,  como ese gigantesco monstruo de cemento llamado Buenos Aires.

CAPITULO II

LUCIA

Lucía, tenía 13 años. Hacía cuatro que había venido con su madre desde el Paraguay, y dos que se habían instalado en la villa. El lugar no era tan bueno, como el que tenían en su terruño, pero al menos su madre había conseguido un buen compañero, algo alcohólico, pero trabajador, y al menos no las golpeaba como su padre. De hecho luego de la última golpiza que Lucía  había recibido, terminó internada, y, fue allí cuando su madre decidió abandonarlo. Tuvieron que esconderse por un tiempo en casa de sus abuelos, pero las continuas amenazas de su padre motivaron que su madre tomara la decisión de emigrar a la Argentina. Aquí tenía unos familiares que las ayudarían, al  menos hasta que pudieran encontrar un lugar donde asentarse.
Al principio fue duro, su madre tuvo varios compañeros, pero con ninguno se llevó tan bien como con éste.
Todas las tardes Lucía, se paraba en la puerta de su casa y miraba pasar al Cholo. Le atraía ese muchachote, tan famoso en el barrio, que se movía con la seguridad que da el saberse respetado y hasta temido. Sabía que él lo había notado. De vez en cuando él le hacía un guiño al pasar y a  ella le subían los colores al rostro. Su corazón palpitaba con fuerza cada vez que lo veía ¿sería eso el amor? No lo sabía, pero esa sensación que la inundaba era muy placentera.
Los Domingos iba a caminar a la placita de cemento, así la llamaban en la villa. El lugar ocupaba unas dos manzanas. La habían construido durante el último gobierno democrático unos meses antes de la última elección para Intendente de la Capital Federal. La inauguraron con una gran parafernalia, que incluyó hermosos discursos, en donde se les aseguraba, que las cosas iban a cambiar y  lo mucho que se los consideraba. Además prometieron grandes obras si eran reelegidos para un nuevo mandato. Fueron reelegidos, y no hicieron más nada, ni volvieron a aparecer por el lugar. Su padrastro decía que siempre había sido igual, pero al menos,  cada nueva elección, les traía algún beneficio, aunque después se olvidaran de las promesas. Normalmente a eso de las seis de la tarde pasaba a buscar a su amiga y recalaban en la plaza. En verdad no había mucho para ver. Apenas unos canteros ralos, casi sin vegetación, algunas mesas rotas y a la mayoría de las sillas les faltaba el bloque de hormigón para sentarse, solo quedaban los pilotes donde se apoyaba, pero nada de eso importaba, al menos vería a su amor.
Se ponía su mejor vestido, el rosa, con florcitas blancas y las sandalias. Luego simplemente se sentaban en algún lugar o caminaban. Siempre intentando mantenerse a la vista del Cholo y sus amigos. Ella sabía que tarde o temprano, él la iba a invitar a salir, algunos amigos ya le habían hecho llegar el comentario de que el Cholo también gustaba de ella. Eso por un lado le causaba emoción, pero también cierto miedo. Jamás había hecho el amor, si bien había tenido varios novios, con ninguno había querido hacerlo, pero con él sería distinto, sentía que debía ser él, el primero y el único. Si, estaba segura, siempre y cuando fuera dulce con ella y no la golpeara. El solo pensarlo le aceleraba el corazón. Su amiga la golpeaba con el codo para advertirle que disimulara un poco, que era muy evidente y que de alguna manera debía hacerlo desear un poco. Pero ella no podía evitarlo. Se imaginaba paseando de la mano con el Cholo, o apoyando su cabeza en esos hombros tan fuertes. También imaginaba su primera cita y eso la hacía feliz. Ya podía ver las caras de envidia de todas sus conocidas.
Pasaron los días, y la primavera se hacía sentir en el aire. Lucia ya había conseguido cruzar algunas palabras con el Cholo. Días atrás, su galán se había detenido en la puerta de su casa y le había preguntado el nombre. Lucía sabia que en realidad había sido una excusa, ya que él lo conocía perfectamente. Después charlaron unos minutos del clima y esas cosas, hasta que su madre, a quien no le gustaba el muchacho, debido a la fama que portaba, los interrumpió e insistió en que Lucia ingresara a la casa, no antes de que Cholo  prometiera  pasar otro día.
Días después, Cholo volvió a detenerse en su casa y antes de que Lucía le advirtiera de su madre, este la  invito a que el domingo no faltara  a la plaza, ya  que él la estaría esperando. Lucia se puso roja y aseguró que no faltaría. Cuando lo observo alejarse, sintió como si  su corazón estuviera a punto de estallar. Incluso hasta su madre, cuando Lucía ingreso, advirtió el cambio y no perdió la oportunidad para advertirle, que no le gustaba la idea de que ese muchacho la rondara, ya que tenía fama de malandra. Lucia lo negó rotundamente y adujo que la gente hablaba por envidia, ya que a él le iba muy bien con su trabajo.

El Sábado previo, Cholo Julio y Orejas, estaban tomando unas birras en el barcito del barrio. Julio repartió, con disimulo, la ganancia de la semana. Había sido una buena recaudación. El negocio se había ampliado, no solo en la variedad de estupefacientes que vendían, sino, en lo que hace al entorno geográfico en que se movían. Ya habían incorporado varias jurisdicciones. Por su puesto que eso se debió a las recomendaciones pertinentes de sus protectores, quienes les habían abierto las puertas de otras seccionales. Por su puesto que, con todas tenían arreglos distintos, pero el sistema de protección era prácticamente el mismo. De alguna manera tenían una impunidad envidiable, y, eso a veces nubla la vista.
Luego de una charla, para organizar las actividades para la semana entrante, Julio propuso que el domingo fueran a la cancha. El Cholo, respondió que no podría ir.
–    No me digas que te vas a ver con la paraguayita.- Dijo Julio.-
–    Y si, esta buena.- contestó el Cholo.-
–    Si, buena está. Lindas tetas, además te apuesto que es virgen.- aporto Orejas.-
–    Eso es verdad. Me dijeron algunas minitas que nunca se la comió. Al menos eso contó ella.- comentó Julio-
–    Y bue, será cuestión que le haga el favor entonces.- dijo el Cholo, con una risa socarrona.-
–     Che, no te olvides que nosotros compartimos todo eh.- apuró Julio.-
–    Eh, aguanten un poco, primero papá, que le hizo el entre. Cuando me aburra se las entrego. Claro si les da bola. No se olviden que, mina que toca el Cholo, queda enamorada para siempre.- respondió Cholo, parándose en la silla y tomándose los genitales.
–    ¡Andá, quien sos José pedazo!- dijo el Orejas- Los tres rieron por un rato, llamando la atención de todos los presentes.

El domingo amaneció plomizo, grandes nubarrones amenazaban con arremeter contra toda materia, orgánica u inorgánica, que no tuviera la precaución debida. Lucía, se lamentó profundamente, ella esperaba un día soleado. Le hubiera gustado que todo el barrio la viera del brazo del Cholo, además, existía la posibilidad de que éste decidiera postergar la cita. No obstante, desde temprano comenzó a prepararse. Eligió su mejor ropa, se acicaló con esmero. Esperaba impresionarlo.
Las horas pasaban y los nubarrones seguían allí, sin embargo, la lluvia se negaba a caer. De alguna manera, ello mantenía las esperanzas de Lucía. Cerca de las cinco de la tarde, su amiga pasó a buscarla. Caminaron hasta la plaza de cemento, que estaba casi desierta y se ubicaron en uno de los pocos bancos enteros que había resistido el embate de los vecinos. Una hora más tarde, que le pareció una eternidad, divisó a lo lejos la figura del Cholo. Éste se acerco hasta unos 50 metros y le hizo seña a Lucía para que se acercara. Lucia no dudó un segundo, se despidió de su amiga y fue a su encuentro.
–    Hola.- Dijo el Cholo.-
–    Hola…pensé que no ibas a venir.- respondió Lucía, aliviada.-
–    ¿Cómo te iba a dejar plantada?…eso no es de caballeros…¿caminamos?- preguntó Cholo.-
–    Claro, como quieras.- dijo Lucía embelesada, mientras tomaba la mano de su sueño, ahora,  echo carne.-
–    Estas hermosa. Tanto, que me gustaría besarte. – apuró el Cholo, mientras apretaba con fuerza la mano de Lucía.-
Ella, no contestó, solo apoyo la cabeza en su hombro  y mantuvo el paso. En verdad, pensó que no veía la hora de que  la besara, pero no quería demostrar tanta ansiedad.
–    ¿Que pasa?- dijo el  Cholo.- ¿No quieres besarme?
–    Claro que quiero. Es lo que más quiero, pero acá pueden vernos y ya sabes lo que es el chusmerío de éste barrio.- Dijo Lucía.-
–    ¿Te molestan que sepan que andamos juntos?- preguntó él.-
–    No seas tonto. Me encanta. Pero prefiero que se imaginen lo que hacemos, pero que no nos vean.-
–    Esperá – dijo el Cholo- y luego de mirar para todos lados apoyó a Lucía, en el único árbol, que estaba al final de la plaza, y la beso profundamente.

Lucia sintió que le temblaban las piernas. Jamás la habían besado de esa manera. Ahora estaba segura, de que él era el elegido.
–    ¿Te gustó?- preguntó el Cholo.-
–    Claro que me gusto, y, esta vez fue Lucía quien lo besa con pasión.

Siguieron, besándose, cada vez con más pasión. Él puso su mano en los pechos de Lucía y comenzó a acariciarlos, cada vez más fuerte. Ella ni atino a negarse, en definitiva era lo que esperaba de él. Lo que había deseado por tanto tiempo. Luego de un rato él se detuvo y la miró a los ojos.
–    ¿Me querés?- preguntó-
–    Claro que te quiero.- contestó Lucía, inmediatamente.-
–    Mira yo conozco un lugar, acá cerca, donde podríamos estar solos.- comentó el Cholo.-
–    Pero, es la primera vez, que nos vemos.- replicó ella, con timidez.-
–    ¿Y que hay con eso…no nos queremos acaso?- Dijo el Cholo con cierta molestia.-
–    Es que yo nunca lo hice con nadie y me da vergüenza y algo de miedo.- comentó Lucía.-
–    Entonces no confías en mi.- dijo él simulando molestia.-
–    No, no es eso.-
–    Si confiaras de verdad y me quisieras como decís no dudarías.- afirmó él con gesto adusto.-
–    Esta bien, vamos – dijo Lucía- … ¿queda lejos?-
–    No, es acá cerca, es un lugar que usamos con mis amigos desde hace mucho para juntarnos. Esta en la zona paraguaya. Es una construcción abandonada, pero la tenemos bien equipada. Vamos a estar bien no te preocupes. Apretó su mano y comenzaron a caminar.

Lucía estaba nerviosa, pero al mismo tiempo ansiosa. Hoy sería su primera vez, y con el hombre que soñaba desde hace tiempo. Lo siguió sin preguntar más nada, apretando fuerte su mano. Cuando llegaron a la derruida construcción, el Cholo la guió hasta el primer piso. La lluvia se había decidido a caer finalmente, y, lo hizo en forma torrencial. El Cholo la apretó salvajemente contra la pared y comenzó a manosearla y besarla con una carencia total de dulzura. Ella se sintió incómoda, pero no se quejó. El Cholo se bajó los pantalones y dejó al descubierto su miembro, mientras le quitaba el vestido a los tirones. Cuando comenzó a besarle los pechos, ingresaron Julio y Orejas. Lucía se sobresaltó y casi gritó, de alguna manera, entendió lo que estaba pasando. Fue Julio quien hablo.
–    Quedate piola perrita, te aseguro que la vas a pasar bárbaro.
–    Pero Cholo, por favor.-suplicó Lucía.-
–    Cholo las pelotas – contestó- y ni se te ocurra gritar, ya sabes que acá nadie escucha nada, además si te haces la mala, vas a cobrar en forma. Quedate tranquila que vas a gozar como nunca.
Ella, estuvo a punto de decirle que lo amaba, que no lo hicieran, que de alguna forma se había reservado para él, pero los estertores del llanto y la mano en la boca de Julio se lo impidieron. De alguna manera Julio quiso reclamar, algo así como un cierto derecho de pernada, pero el Cholo se negó rotundamente. Argumentó que él había hecho el trabajo y que le correspondía primero. La arrojó sobre un colchón sucio y desecho y mientras Julio le separaba las piernas el Cholo la poseyó salvajemente, un par de veces. Lucía, solo lloraba, por el dolor del alma, y el dolor físico que le provocaba la actitud salvaje del Cholo. Cuando éste terminó, Julio le dijo que lo ayudara a darla vuelta. Cuando estuvo boca abajo la penetró sin miramiento alguno, desoyendo los gemidos de dolor de Lucía, mientras el Cholo lo alentaba. ¡Dale, dale con más fuerza…escucha como le gusta! Luego invitó a Orejas a que,  le pusiera el miembro en la boca. Orejas se negó, de alguna manera, no le caía bien lo que estaba pasando. Luego Julio la volteó, y sin motivo alguno le asestó dos puñetazos en el rostro y la penetró nuevamente. Terminado él, lo increpó a Orejas a que también lo hiciera. Orejas se volvió a negar, adujo que no quería.
–    Dale no seas cagón…¿ Cuándo te comiste una yegüita  así?- dijo Julio.-
–     Es verdad, pero mira como está la pobre , ya no puede más.- dijo Orejas.-
–    ¿Y a vos que te importa si no puede más…que sos el novio acaso? – replicó el Cholo-
–    Mejor no.- insistió Orejas.-
–    No las pelotas – lo increpó Julio.- estamos todos en ésta y le damos todos.-
Ante la insistencia, Orejas se bajo los pantalones y también la penetró. En verdad no sintió placer. Veía sus ojos inundados de lágrimas y fingió el orgasmo, ante el aplauso de sus compañeros. Luego todos se vistieron, la obligaron a que hiciera lo mismo. La acompañaron hasta la salida, como parodiando un gesto caballeresco. Luego Julio le asestó una patada y la echó, no sin antes advertirle sobre las consecuencias que tendría si contaba algo de lo ocurrido.

Lucia caminó bajo la lluvia. En el trayecto tropezó varias veces. Llegó a la esquina de su casa casi con el último aliento. Trato de arreglarse lo más que pudo e ingreso a la vivienda. Jamás comentó lo ocurrido, a pesar de las presiones de sus padres y de la policía. Si bien la habían visto con el Cholo, ella negó rotundamente que así hubiera sido, y, por su puesto, en esos barrios nunca hay testigos. A los dos meses, confirmó que estaba embarazada. Su madre tomó la decisión de que se  fuera a vivir con su hermana, a la provincia, así evitaban la vergüenza. A los pocos días se marchó.

Días después de su partida, Julio se reunió en forma urgente con sus compañeros.

–    Muchachos, tenemos que desaparecer por un tiempo.- comentó.-
–    ¿ Por qué?- preguntaron casi al unísono.-
–    Por lo de la Paraguayita.- contestó Julio.-
–    Yo sabía que iba a hablar.- dijo el Orejas- por eso no quería hacerlo.
–    No habló, pero el padre, sabe que fuimos nosotros.- replicó Julio.-
–    ¿Y que hay con eso?…no creo que tenga huevos para hacer nada y si nos toca, ya sabes lo que le pasaría…¿o no tenemos protección acaso?- razonó el Cholo.-
–    Si, te van a proteger de un cuetazo. Una vez que te lo puso, té podes ir a quejar a cadorna. El otro día me paro, estaba calzado y me dijo que nos la iba a poner a uno por uno. Yo le pregunté a mi primo y me dijo, que lo conoce, si se empeda, no mide consecuencias, y de hecho, se empeda seguido. Me aconsejo que desaparezcamos por un tiempo, hasta que se enfríe la cosa. Me parece lo más seguro, al menos yo le voy a hacer caso. – comentó Julio.-
–    ¿Pero adonde podemos ir?- preguntó Orejas.-
–    Es mejor que nos vayamos por separados. Yo me voy a Córdoba, allá tengo otro familiar que es poli y me va hospedar un tiempo. Ustedes no sé. – dijo Julio.-
–    Que quilombo.- gritó el Cholo.- En fin si no queda otra…yo tengo juntado unos cuantos mangos, ya veré donde voy. Pero mantengamos el contacto. ¿y vos Orejas?
–    No se, ya se me va a ocurrir algo, yo también tengo guita encanutada. ¿ pero como vamos a hacer para mantener el contacto?- preguntó Orejas.-
–    Podría ser por intermedio de mi primo.- Dijo Julio.-
–    Me parece bien.- contestó el Cholo.-
–    Igual .-dijo Orejas.-
–    Bueno, no se ustedes pero yo me rajo hoy mismo, no sea cosa que al choborra, hoy se le ocurra empezar a los cuetazos. Ya tengo pasaje, para dentro de un par de horas, así que en un rato me piro para la terminal.-comentó Julio.-
–    A volar entonces, – dijo el Cholo.-

Se despidieron con la promesa de mantener el contacto y cuando se enfriara la cosa juntarse de nuevo. Jamás se volvieron a encontrar, al menos no, como ellos suponían.

CAPITULO III

CHOLO

El Cholo subió a su automóvil; claro ya nadie lo llamaba así, ahora era el contador Jiménez, y, vivía en un barrio residencial. Había pasado mucho tiempo desde que tuvo que irse de la villa. En verdad jamás pasó del primario, pero como siempre, el Cholo, supo acomodarse con las personas indicadas, quienes necesitaban a un contador, y, como todo, en este país, se puede conseguir con el dinero y las influencias suficientes, le habían conseguido el título.
Después de lo sucedido aquel domingo de primavera, el Cholo, se alejo del lugar y recaló en una villa del sur de la Provincia de Buenos Aires. Compro; bueno, al menos de la forma en que se estila en esos lugares; un terrenito y construyó una vivienda. Allí nadie pregunta, quien eres o de donde obtuviste el dinero, aunque todo se sabe.
A los pocos meses ya había hecho los contactos apropiados, para tender su propia red de venta de drogas; en definitiva era lo que más conocía, y de alguna manera lo que le había permitido hacer una buena diferencia de dinero. En ese lugar conoció a un puntero barrial del partido oficialista. Era una persona, astuta pero poco inteligente, por lo que antes de que se hubiera dado cuenta el Cholo ya le había copado la parada.
Comenzó a manejar los planes sociales, que se repartían en la villa, para las campañas y otras yerbas. El intendente, no tardó en reconocer en el Cholo, a una persona más que útil para sus propósitos electorales, y, de hecho, no se equivocó. El Cholo le manejó su zona de influencia de tal modo que el Intendente logró su reelección en el cargo. Éste, reconoció su trabajo y se lo llevó a la intendencia. Desde allí, comenzó su impresionante ascenso. En principio pasó a ser testaferro del Jefe Comunal, luego su fama se extendió y sumó a varios políticos, policías y a otros tantos actores sociales, que por su calidad de mediáticos, necesitaban mantener ocultos sus negocios sucios. Por su puesto que tenia la fachada de un importante estudio contable y que el Cholo, hoy contador Héctor Jiménez, tenia sus grandes beneficios, por los servicios que brindaba, no obstante intentaba mantener un perfil bajo,  para no llamar la atención de los medios de comunicación.
Puso en marcha su vehículo y como siempre, miro por el espejo retrovisor, para verificar que la custodia estuviera atenta. Arrancó y tomo el camino de siempre hacia su estudio. Habría recorrido unas veinte cuadras cuando sintió un tremendo ruido detrás de él y vio azorado como una camioneta había atropellado al auto de sus custodios. Se detuvo inmediatamente y bajó del auto. No terminó de hacer unos pasos cuando de otro vehículo que  freno intempestivamente, descendieron tres hombres y lo tomaron por sorpresa. Le pusieron una capucha, lo introdujeron en una ambulancia y emprendieron la huída. Dentro de la ambulancia el Cholo, les gritó, que seguramente se habían equivocado de persona. Lo golpearon y le ordenaron que se callara la boca, no obstante insistió y volvió a ser golpeado. Después de unos minutos que le parecieron horas, la ambulancia se detuvo, lo bajaron a empujones y lo maniataron en una habitación sin ventanas, luego de lo cual le sacaron la capucha y sus captores hicieron lo mismo. El Cholo, sabía de esas cosas e interpreto que si mostraban sus rostros, no tenían la intención de dejarlo salir con vida, así que trato de intimidarlos.
–    Ya les advertí que se equivocaron de persona.- no tienen idea de con quien se están metiendo.- gritó –
–    Quedate tranquilo Jiménez , que tenemos bien claro quien sos.- contestó uno de los captores.-
–    Entonces sabrán que tengo amigos muy poderosos…no se van a salir con la suya.- replicó el Cholo.-
–    Siempre hay alguien más arriba, eso deberías saberlo.-contestó otro de los captores mientras le asestaba un culatazo y le ponía una venda en la boca.-

Los días pasaban. El Cholo, trataba de llevar la cuenta. Calculaba que al menos una vez por día le traían algo de comer y beber, así que según estimaba ya hacía una semana que lo tenían allí. No lograba entablar diálogo alguno, apenas intentaba hablar lo hacían callar inmediatamente. Nadie le había mencionado nada sobre dinero, o al menos había podido escuchar algún tipo de negociación y ni siquiera podía imaginarse con quien podrían estar llevándola a cabo. El, no era una persona normal, socialmente hablando. No tenía familia, ni amigos, solo socios y la mayoría de ellos, si bien poseían gran fortuna, seguramente no les gustaría quedar expuestos ante la opinión pública, ya que, todos ellos eran poseedores de dinero mal habido. Estaba casi convencido, que había algo mas complejo en todo aquello, es más, por las pocas palabras que había logrado obtener de sus captores, todo esto le traía mala entraña. De alguna manera sabía que  cualquiera hubiera sido el motivo de su secuestro, las posibilidades de salir vivo de ese lugar eran muy pocas. Ello lo motivaba para tratar de convencer a sus captores, que él podía darles buen dinero, a cambio que lo dejaran salir, pero eran pocas las oportunidades que tenía para hablar. No obstante cada vez que le quitaban la venda para darle de comer, trataba de hablar del tema. Extrañamente, por que jamás le prestaban atención, y, o hacían callar ni bien comenzaba a hablar, ese día uno de ellos le preguntó sobre cuanto dinero podría juntar. El Cholo, tiró una cifra más que apetecible.
–    ¿Tanto?- preguntó el secuestrador.-
–    Por su puesto…solo deben dejarme hacer una llamada y en 48 horas, tendrán la plata.- dijo el Cholo entusiasmado por la situación.-
–    Veremos – dijo el secuestrador.- si esto no se soluciona para mañana…veremos.
–    ¿Pero que es lo que se tiene que solucionar?- preguntó el Cholo.-
–    Come y callate.-
–    No…necesito saber.- insistió el Cholo.-
–    Callate,  o te tapo la boca y me llevo la comida.-
–    Escucháme, la plata está, te lo aseguro.- apuró el Cholo, antes de que el secuestrador reaccionara y luego  de ponerle la venda le asestara un culatazo.-
Luego se retiró sin más. El cholo quedo nuevamente solo con sus pensamientos. Se sintió solo, pero no solo por la situación, más bien, solo en la vida. Pensó que sus únicos amigos, habían quedado atrás, allá en la villa y recordó sus andanzas con Julio y Orejas.
Esta vez el tiempo le pareció más largo, como que había pasado más de un día y no le habían traído nada para comer o beber. Minutos más tarde sintió que la puerta se abría y vio ingresar al mismo captor de la vez anterior. Se acercó despacio y le quitó la venda de la boca. Curiosamente ésta vez no traía nada para darle de comer o beber. El Cholo pensó que tal vez, vendría a hablar de dinero.
–    Bueno, le dijo el tipo con una sonrisa, llegó el momento. El Cholo, no supo como interpretar esas palabras y estaba a punto de balbucear algo cuando vio entrar a dos tipos más.-
–    ¿Qué van a hacer?- pregunto-
–    ¿No querías, que todo esto terminara? .-le dijo uno de ellos.-
–    Si pero…no entiendo.- contestó el Cholo.-
–    Que para vos se terminó jetón, contestó uno de ellos, mientras desenfundaba su arma.-
–    ¡No! – grito el Cholo.- escuchen… y los disparos  partieron certeros. Luego, simplemente salieron y  cerraron la puerta.

CAPITULO IV

OREJAS

Después de lo de Lucía, el Orejas, no se alejó mucho de la villa. Se afincó en un nuevo asentamiento, que había sido creado por un grupo de cartoneros, provenientes de la provincia de Buenos aires, y, que la distancia le complicaba la tarea de  recolección de desperdicios, por tanto se habían afincado, en unos terrenos a la vera de una nueva autopista en plena Capital Federal. En general permanecían en el lugar durante la semana y luego, en los fines de semana, en su mayoría retornaban a su asentamiento de origen, con el producto de lo recaudado. En un principio fueron 10 o  20 casillas, luego, en la misma proporción en  que aumentaba la pobreza, fue aumentando el número. En unos meses ya se podían contabilizar más de cien y día a día aparecía alguna nueva, entre ellas la del Orejas. Algo así como una burla, a los razonamientos de los teóricos de la posmodernidad, o de la modernidad tardía. Mientras, por un lado, se escribían tratados sobre el gran desarrollo logrado en el último siglo, por otro, la brecha entre ricos y pobres aumentaba en forma desproporcionada, como también se acentuaba, a un ritmo incontrolable, la acumulación de las riquezas entre algunos privilegiados sociales. De alguna manera, a la balanza del bien común, alguien le robo uno de los platos.

En poco tiempo el Orejas se ganó la confianza, de quienes ocupaban ese asentamiento que irónicamente había ocupado los terrenos linderos de esa impresionante  autopista, como si fuera una publicidad burlona de la realidad y  que cualquiera con cierta sensibilidad podría interpretar como un cachetazo a la indiferencia. Por cierto, Orejas nunca había tenido, como se dice vulgarmente, muchas luces, pero ciertamente inspiraba confianza a pesar de que no se dedicaba al cartoneo. De hecho muchos de los que durante el fin de semana retornaban a sus casas, ya le confiaban el cuidado de las pertenencias del lugar.

De todas maneras, no había olvidado su oficio y comenzó poco a poco a contactarse con las personas adecuadas. Al cabo de un tiempo, ya estaba nuevamente en el circuito comercial de la droga. Por alguna razón lo ocurrido con Lucía, lo torturaba a diario, y decidió buscarla. No tenía muy clara la razón, pero debía hacerlo. Empezó por averiguar, a través de algunos conocidos en su viejo barrio. Supo que luego de lo ocurrido, se había ido a casa de unos familiares en un barrio de la zona oeste del conurbano bonaerense. Le llevó meses ubicarla. Lo malo es que no sabía como acercarse a ella. Temía que no quisiera verlo y por cierto, que si ello ocurría, estaría más que justificada. La vigiló durante un tiempo y allí se enteró que tenía un hijo. Más tarde supo que ese hijo había sido producto de aquella violación. Se sintió mal por ello y eso lo motivó a acercarse.

El encuentro fue traumático para ambos. A pesar de lo ocurrido Lucía, acepto el encuentro. Orejas se enteró de que, al quedar embarazada, los familiares decidieron enviarla a otro lugar, lejos del barrio, tal vez, para ocultar la vergüenza. Nada había sido fácil para ella, sobre todo cuando decidió no abortar y hacerse cargo del bebe. Quienes la hospedaban se opusieron, pero no lograron doblegar su decisión. Incluso se negaron a mantenerla, por lo que Lucía se prostituyó para mantenerse. Luego de un tiempo logró independizarse y criar a su bebe, que en pocos días cumplía un año. Por su parte, Orejas no se cansó de ofrecerle disculpas por lo ocurrido. Trató de explicarle, que él nunca había estado de acuerdo con lo que hicieron. Tal vez, simplemente la vida había sido la culpable y tal vez, Lucía así lo interpretó ya que no quiso que se hablara más del tema. Tampoco afirmó que verdaderamente lo perdonaba. No obstante siguieron viéndose durante un tiempo, hasta que el Orejas le propuso que se juntaran. Apenas un esbozo de convivencia. Lucía aceptó y se mudaron a la casa del Orejas.
De alguna manera, ella sentía cierta contención y él intentaba resarcir su error. Ambos continuaron con sus ocupaciones Lucía en el prostíbulo y Orejas en la venta de drogas. Poco a poco fueron mejorando económicamente. En un par de años Lucía puso su propio burdel. Orejas, de alguna manera se sentía disminuido, en tanto que Lucía era quien más aportaba a la casa, ello lo motivó a cometer el primer error. Aceptó cruzar a Bolivia y hacer de mula. El ofrecimiento había venido por parte de una banda conocida, pero que Orejas estaba lejos de conocerlos realmente. No obstante aceptó, porque había un buen dinero, a pesar de que muchos de sus conocidos le advirtieron que quienes lo contrataban para el trabajo no eran de confiar en absoluto. Realizó un viaje con éxito y le reportó una buena cantidad de dinero, por cierto mucho más de lo que recaudaba durante un mes completo en la venta. Lucía desconfió y le previno que esa gente no era de fiar, pero Orejas no quiso escuchar.
En su segundo viaje, cuando cruzaba la frontera, de regreso, fue detenido por personal de Gendarmería. Lo buscaron directamente. Había sido una encerrona, organizada por quienes lo contrataron. Terminó preso y condenado a ocho años, por tráfico de estupefacientes, en un instituto de  menores, hasta que cumpliera su mayoría de edad y luego sería trasladado a una cárcel de mayores. Luego se enteró que, efectivamente, había sido entregado por quienes lo habían contratado. En la cárcel le explicaron que siempre usaban a algún “pajarito” como él para limpiar las sospechas de la opinión pública sobre la connivencia entre miembros de la fuerza de seguridad y los narcotraficantes. Por ello los jueces habían sido tan duros con un menor y el caso había sido expuesto a la prensa con todas las pompas. Orejas, no podía creer cuando escuchaba que cuando se referían a él lo nombraban como uno de los narco más importantes del país. De hecho el apenas portaba cinco quilos y le endilgaron mas de 50.
Lucía lo visitaba regularmente. De hecho se casaron en la cárcel y Orejas dio su apellido al hijo de Lucía. Después de todo, podría en verdad se su hijo.

Luego de seis años de cárcel el Orejas recuperó la libertad. Quiso volver a vincularse para vender, como en los viejos tiempos, pero nadie acepto darle nada. El hecho de que ya tuviera antecedentes lo hacía una persona muy expuesta para ese tipo de negocio. Si bien Lucía ganaba lo suficiente para los tres, él se sintió frustrado y ello lo llevó a la bebida y al consumo indiscriminado de droga. Por alguna razón inexplicable, Lucía soportaba todos los exabruptos que cometía. Tal vez, a su modo sentía cierto agradecimiento hacia él, debido a la actitud que había tomado luego de la violación. Tal vez, y a pesar, del hecho, Orejas había sido la única persona que la había tratado como una mujer de verdad.

Como no encontraba nada para hacer, se asoció con unos levantadores de autos. Ese fue su segundo error. Comenzó a portar armas. Luego de unos meses lo atraparon con un vehículo robado, cuando lo transportaba al reducidor. Si bien no se resistió, a pesar de que iba armado le dieron seis años de cárcel, de cumplimiento efectivo, por los antecedentes que tenía.
La vida del Orejas, se convirtió en una sucesión de entradas y salidas de la cárcel. Y Lucía…Lucía siempre estuvo allí.

En la última entrada al Orejas le dieron 18 años. Casi una vida. A los cinco años un grupo de guardia cárceles, le ofreció un trabajo. Debía salir, hacer un par de encomiendas y volver, a cambio le llevaban algo de dinero a Lucía y le ofrecían todo tipo de privilegios en la prisión. Orejas aceptó, a esa altura de la vida ya no tenía nada que perder y al menos, sentía que ayudaba a Lucía y a su hijo. Lo hizo durante años y los guardia cárceles, implicados confiaban plenamente en él. Tal vez por ello le ofrecieron esa oportunidad. Era un trabajo difícil y comprometido pero a cambio le permitirían que se fugara y cruzara la frontera. Orejas lo aceptó.

CAPITULO V

JULIO

Julio tomo distancia de la villa, como se lo habían  aconsejado y se dirigió a la provincia de Córdoba. Más precisamente a la capital de la provincia. Allí fue recibido por un tío que se desempeñaba como personal civil en una delegación de la policía federal. A fuerza de mucho pelear el tío logro que Julio completara sus estudios secundarios. Para luego usar sus influencias para que lo aceptaran en escuela de policía Federal.
Con alguna ayuda extra rindió el examen de admisión y luego fue trasladado a Buenos Aires para iniciar sus estudios. En principio, Julio no estaba de acuerdo con la idea de ser “yuta”, como él acostumbraba a nombrarlos, de hecho siempre se había encontrado en la vereda de enfrente. No obstante con el tiempo descubrió que el hecho de portar el uniforme, y como oficial, le ofrecía un sinnúmero de posibilidades para delinquir con chapa.
Nadie en la escuela daba un centavo por él, de hecho, quienes tenían cierta experiencia, sabían que clase de policía estaban preparando para que saliera a la calle. Su paso por la escuela estuvo a punto de truncarse en varias oportunidades, pero la influencia de su primo, quien ya tenía cierta antigüedad en la fuerza logro, que finalmente concluyera la carrera. A la ceremonia de colación, no asistió nadie de su familia, ni siquiera su primo.

Lo destinaron a una seccional en la zona de Villa Soldati. Es una forma de foguear a los novatos. La villa era similar a la que él se había criado y había dado sus primeros pasos en el delito. Es decir, lejos de sentirse perjudicado, Julio comenzó a moverse como un pez en el agua. Algunos superiores apreciaron la actitud, otros sintieron cierta desconfianza, ya que, lo  consideraban demasiado osado y bastante altanero. En poco tiempo ya se había relacionado con la mayoría de los punteros del barrio y había puesto en caja a todos aquellos que podrían generarle algún tipo de problemas.

Dicen que lo que se mama de chico, nunca se olvida. Tal vez por ello, Julio, reclutó a algunos adolescentes del barrio para organizar un grupo de venta de todo tipo de estupefacientes en las zonas aledañas. El hecho no tardó en llegar a los oídos de sus superiores. La situación se tornó tensa, dado que un inspector de la seccional, amenazó con denunciarlo a Asuntos Internos. Julio, era una persona astuta y conocedora del ambiente, así que tentó con el negocio a algunos integrantes de los estratos superiores, quienes, por su puesto, no desecharon la posibilidad de incrementar notablemente sus ingresos. Por lo tanto  presionaron al inspector de tal manera, que desistió de todo intento de poner fin a las tropelías de Julio.

Muchos recuerdan que Julio debió batir el record, en cuanto a los ascensos. Según se comentaba, nadie había  logrado ascender tan rápido en la fuerza y menos sin merito alguno. Julio, continuó ampliando la red de contactos. Logró exceder el estamento policial y se relacionó con políticos de mediana línea, que de alguna manera tenían ingerencia en la zona, y que tampoco veían con disgusto la idea de un buen negocio, sobre todo si tenían la garantía de que no existían riesgos para su carrera. En ese sentido él sabía como convencerlos de que no había posibilidad alguna de que se los vinculara con el negocio. Con el correr de los años Julio, ya era todo un personaje siniestro. Temido por muchos y apreciado por otros tantos, que no solo veían incrementar su patrimonio a un ritmo desmesurado, sino que también le pedían favores especiales. En varias oportunidades le encomendaron sacar de escena a algún personaje molesto para sus fines y, por su puesto,  Julio lo hizo de una manera impecable.

Un dirigente de la zona sur del gran Buenos Aires, con la anuencia de los superiores de Julio, le propuso hacerse cargo de ordenar los prostíbulos de su área de influencia. Julio acepto de buena gana. Si bien nunca había incursionado en esa actividad, estaba seguro de que podría con el encargo. Ello, no solo incrementaría sus ingresos, sino que,  también ganaría puntos con ese dirigente que asomaba como uno de los más prominentes de la actualidad y con grandes posibilidades de llegar a ocupar un cargo nacional.

Poco a poco comenzó a recorrer los prostíbulos conocidos y a poner en orden las condiciones de funcionamiento. También ubicó a los que no tenían identificados. En pocos meses, ya todos sabían con quien tenían que tratar para poder trabajar sin inconvenientes. Una noche, salió de recorrida. Le habían pasado el dato de que existía un prostíbulo al que aún no le habían puesto los puntos. Fue al lugar acompañado de dos de sus subalternos, vestidos de civil y en un vehículo secuestrado, al que le cambiaban la patente a diario. Ingresaron como clientes, pero las chicas no tardaron en sospechar e inmediatamente llamaron a la dueña.

Lucía se acercó con cautela, cuando identificó a Julio, su primera intención fue  escapar, pero su responsabilidad con las chicas era mas fuerte, además, no permitiría que el pasado, se interpusiera en el presente. Tomo fuerzas y lo encaró ¿qué haces acá?
–    ¡Lucía!… cuanto tiempo ¿cómo estas?
–    ¿Que carajo te importa?
–    Vamos, esa no es forma de tratar a un viejo amigo.- contestó Julio con sorna.-
–    Caradura ¿que queres acá?
–    Bueno, necesito hablar con el dueño, o la dueña.- solicitó Julio.-
–    Yo soy la dueña.- aclaró Lucía.-
–    Ah bueno, toda una empresaria, por lo que veo.- dijo Julio.-
–    No seas hipócrita y vamos al grano.-
–    Bueno. Entonces sabrás que soy el que maneja la zona, así que tenemos que arreglar la colaboración con la caja de la cooperadora policial. Para que puedan trabajar sin problemas. Por su puesto que la cuota incluye la protección a las chicas. Si pagás religiosamente puedo enviarte un custodio, por las dudas. Es más por ser una vieja amiga te voy a hacer una atención especial en el precio. – desgranó Julio.-
–    Yo no soy tu amiga. Solo decime cuanto queres por dejar de molestarme y permitir que  las chicas trabajen en paz.- preguntó Lucía.-
–    Para vos un 20 por ciento de la recaudación. Desde ya que confío en que no me vas a trampear, ya que si me entero vendré a visitarte, para rememorar viejas épocas ¿te acordas?… ¿Lo pasamos bárbaro no?
–    Sos un hijo de puta.
–    Epa, supongo que se te habrá escapado… ¿te hago descuento y encima me insultas? A propósito de los viejos tiempos ¿viste a alguno de los muchachos?
–    No te importa.-
–    Entonces viste a alguno.- reflexionó Julio.-
–    Ya te dije que no te importa. Ahora andate que me espantas a la clientela a fin de mes te doy lo que pedís, pero no vuelvas por acá.- gritó Lucía.-
–    Seguro que lo viste al Cholo. Después de todo era tu noviecito.
–    Ya te dije que no te importa y por mi ese hijo de puta puede irse al mismo infierno. Ahora andate por favor.-  le pidió Lucía.-
–    Entonces viste al Orejas. Me entere que estuvo guardado varias veces. En fin siempre fue medio gil, pero eso sí, nunca traicionaría a un amigo. Tal vez por eso lo quería.-
–    Andate.- Grito Lucía.-
–    Bien. No me falles a fin de mes. Espero lo hayas entendido. Ah saludo al Orejas. .- dijo Julio y después se retiró.-

Lucia, explotó en llanto. Toda su entereza se desplomó ante ese personaje siniestro, pero la vida debe seguir. Como dicen el Show debe continuar, así que se arreglo un poco y continuó con su rutina, muchas familias, incluida la suya dependía de ello. Julio no volvió a aparecer por el lugar, siempre mandaba a alguno de sus fariseos.

La vida de Julio, trascurría sin complicaciones. Cada vez más vinculado y al mismo tiempo más comprometido. Los trabajos especiales se daban con mayor asiduidad y si bien ello no le reportaba, al menos en la mayoría de los casos, buenos dividendos, al menos seguía acumulando deudas personales a su favor y Julio tenía claro que, tal vez en alguna oportunidad él también podría necesitar un favor especial. Es así que una tarde, su jefe le avisó que el otrora dirigente, hoy con un cargo ejecutivo a nivel nacional, al que le había organizado los prostíbulos quería mantener una reunión con él. Por su puesto que la misma debía llevarse a cabo con la mayor discreción. Julio acudió a la reunión. En líneas generales le solicitaron que se hiciera cargo de un periodista que estaba husmeando más de lo debido y que ponía en riesgo negocios  de gente muy importante. Desde ya que nunca se usó la palabra asesinato, pero Julio entendía los códigos.
Casi dudó en aceptar el encargo. No era la primera vez, pero en ésta oportunidad, su olfato le indicaba que en todo ello había un trasfondo que le producía un cierto mal olor. No obstante aceptó. Pensó que podía realizar el encargo, sin comprometerse, después de todo, no le habían pedido que lo hiciera personalmente, solo, que lo hiciera bien. Le llevó unos días planificar el hecho. Decidió utilizar a un preso de la comisaría que estaba esperando sentencia, seguramente de cadena perpetua, desde hacía dos años y que ya había realizado algunos trabajos para él. Sabía que el tipo era astuto y que podría; bajo su supervisión y ante la promesa de facilitar su fuga con una buena suma de dinero en el bolsillo; realizar un trabajo perfecto.
Se tomó su tiempo, no mucho ya que le habían encargado cierta celeridad. El periodista apreció muerto en un baldío, pero contrariamente, a lo que había planificado de una manera grosera y el preso había puesto los pies en polvorosa sin siquiera retirar el dinero que él le tenía preparado. El hecho se hizo público y la prensa revolvió el avispero como pocas veces se había visto. En poco tiempo la policía tenía identificado al asesino y a los pocas semanas lo habían capturado cerca de la frontera con el Paraguay. Julio estaba desesperado quienes le habían realizado el encargo, no solo le pedían explicaciones, sino, que, también le exigían que solucionara el problema. Julio no perdió el tiempo y el convicto fue asesinado en su celda a los dos días de capturado. Afortunadamente, no lo había comprometido, pero la notoriedad que había adquirido el hecho hizo que la  justicia  centrara sus investigaciones en las causas probables del asesinato del periodista y descubriera que éste estaba tras ciertos negocios turbios del dirigente. La prensa no paró de presionar y se descubrió una red de lavado de dinero dirigida por quien le había encargado el trabajo a Julio. Ello motivo que el dirigente terminara entre rejas.
Julio sabía que había cometido un error, que en el ambiente no se perdona. Sus superiores, le recomendaron que se tomara unas vacaciones, para ver si se aquietaban las aguas. El negocio descubierto había involucrado a personas muy importantes y algunas voces ya pedían su cabeza. Julio no desechó la recomendación de sus superiores y se fue para la Provincia de Córdoba, donde todo había comenzado. Allí se mantuvo, durante un tiempo, desconfiando hasta de su sombra, sabía que solo un milagro podría salvarlo. Incluso pensó fugarse del país, pero luego desistió de la idea. Sabía que si hacía eso, empeoraría las cosas y nada podría impedir que lo encontraran. De alguna manera podía aceptar que su vida terminara de un balazo en la nuca, pero nunca preso, tenía muchos enemigos que lo estarían esperando con los brazos abiertos. En principio se alojó de sus familiares, pero luego, se mudó a un departamento, en un barrio de mediana categoría. Los días le parecían eternos. Pensaba que durante su carrera, había ayudado a muchos personajes, que hoy ostentaban un gran poder y de alguna manera, imaginaba que alguno de ellos, podría salir en su rescate, aunque lo veía más como un milagro que como una realidad.
Luego de unos meses, el milagro ocurrió, sus jefes le dijeron que podía volver, que alguien había hablado por él, pero ese alguien necesitaba un favor de los grandes. Cuando solicitó que le explicaran que debía hacer, le exigieron que volviera, que se lo comentarían personalmente. Julio titubeo, pero lo convencieron de que no había nada que temer, ya que si hubieran querido su cabeza, la habrían tenido hace rato. Preparo las valijas y retornó a Buenos Aires.

CAPITULO VI

OREJAS   JULIO Y CHOLO

Los guardia cárceles reunieron a tres convictos noches después de la primera charla, en la que el Orejas aceptó la propuesta. En la más absoluta discreción y sin dejar librado al azahar, cualquier posibilidad de que se vulnerara el ambiente, plantearon a los presos el plan que tenían preparado, no sin antes repetir que si cumplían bien con la misión encomendada tendrían como premio, la libertad, una buena suma de dinero y la ayuda necesaria para cruzar la frontera. El Cholo le sintió mal olor al asunto, no obstante ya había decidido que a esta altura no le quedaban muchas posibilidades. En definitiva, había llegado la hora de jugarse, tal vez, si las cosas salían bien podría de una vez por todas darle a Lucia y a su hijo una nueva vida.

En líneas generales, los guardia cárceles les dieron una dirección a la que tenían que llegar en punto de las 23,00 horas. Allí se encontrarían con tres individuos muertos, que habrían sido ultimados minutos antes de su llegada. Según los guardias, esos individuos cumplían la función de custodiar a un empresario secuestrado. La idea es que media hora más tarde de su ingreso a la casa habría un operativo policial que rescataría al secuestrado  simulando un tiroteo. Obviamente se cambiarían las identidades y ellos pasarían por los muertos, de esa manera   podrían escaparse tranquilamente y refugiarse en una dirección que les darían, a su debido tiempo, hasta tanto se arreglaran las cosas para su salida del país. Aseguraron que estaba todo arreglado. Les explicaron  que, los tres  fiambres que se encontrarían en la casa y, que custodiaban al empresario, habrían hecho un arreglo fuera de lo convenido, por tanto habían perdido toda credibilidad y ello ponía en peligro toda la operación. Solo les dijeron que en el asunto estaba implicada gente muy importante, que lo mejor era que no supieran nada de ellos e incluso les prohibieron entrar a la habitación donde tenían al empresario cautivo, fundamentalmente para que no supieran de quien se trataba, y, que si lo hacían, y él les veía los rostros, estarían dictando su propia sentencia de muerte. Luego de las explicaciones los devolvieron a sus celdas y les dijeron que por seguridad no les informaban del día en que todo ello se llevaría a cabo y que por su puesto si alguno hablaba, no terminaría el día.
Orejas y los otros dos convictos aceptaron sin dilaciones. Todos estaban jugados y nada tenían que perder. Habían sido seleccionados cuidadosamente.

Dos días más tarde cerca de las 22,15 los reunieron, les dieron armas y los llevaron al domicilio donde mantenían al empresario cautivo. Llegaron al lugar a las 23,00 en punto.

Julio llegó a Buenos Aires e inmediatamente se reunió con sus superiores. Le informaron que debía hacerse cargo de un operativo para rescatar a un empresario que estaba secuestrado desde hacía semanas. El tema era que el empresario era un importante testaferro de gente muy vinculada al poder y que estaba todo dispuesto para el rescate ya que no querían que la prensa siguiera hurgando en el tema, dado  que podría poner en peligro la integridad de personas muy importantes. El problema era que quienes los custodios estaban vinculados  con la fuerza y debían ser limpiados, porque habían descubierto que no eran del todo confiables y en este caso no se podían dejar cabos sueltos. Le explicaron que los que custodiaban al empresario sabían la hora y el día en que se realizaría el operativo y que esperaban la llegada tres perejiles para remplazarlos, por lo se irían ni bien se hicieran presentes, así se evitaba cualquier vinculación con la fuerza. Es decir, se irían de la casa unos minutos antes de la llegada de los policías, pero lo que no sabían, era que en realidad, no había perejiles y quienes llegarían unos minutos antes era la policía haciéndose pasar por los reemplazos, lo cual les daría la oportunidad de ultimarlos. El plan era perfecto. Rescatarían al empresario, matarían a los captores y Julio se llevaría los laureles, ya que se diría a la prensa que su ausencia se debió a que estaba realizando las tareas de inteligencia que llevaron a la resolución, con éxito, del caso. De ésta forma Julio, pagaría su deuda por el error cometido y todos contentos. Le aseguraron que toda la gente que participaría del operativo había sido cuidadosamente seleccionada, para evitar cualquier tipo de filtración y que todos tenían claro cual era la misión que debían cumplir.

El plan parecía perfecto, si bien Julio mantenía cierto resquemor, quedo conforme con la explicación y la aceptó sin más dudas, después de todo durante semanas había estado esperando un milagro, y, tal vez, alguien había escuchado sus ruegos.
La noche del operativo los superiores, reunieron a toda la tropa, les proveyeron armas, incluido a Julio y les dieron las últimas recomendaciones. Subieron a los automóviles sin identificación. La idea era llegar sin despertar sospecha.

Luego de ultimar al Cholo, o al contador Jiménez, como se llamaba actualmente uno de los custodios disparó imprevistamente sobre sus compañeros y se fue sigilosamente de la casa.
Una hora después hicieron su ingreso el Orejas y sus dos compañeros. Ni bien entraron vieron los cuerpos de los dos mal vivientes. El Orejas fue el primero en notar que no había tres cuerpos como les habían dicho, sino dos. Ello le llamó la atención y alertó a sus compañeros. Uno de ellos decidió entrar en la habitación del secuestrado, ya que preveían una trampa. Ni bien entro gritó ! Nos jodieron, el tipo esta muerto! Orejas y el otro compañero entraron inmediatamente a la habitación y se quedaron pasmados. Estamos listos gritó uno de ellos, mientras afuera de la casa los autos se detenían en silencio. Orejas no pudo dejar de ver el rostro del empresario. Un velo frío cubrió su alma, cuando reconoció a su viejo compinche muerto en esa sucia cama. Se sentó a su lado y mientras sostenía el arma con una mano, con la otra le acarició el cabello.
Sintió las detonaciones en la otra habitación.  Sus dos compañeros no estaban dispuestos a rendirse. Orejas quedó allí, sentado al lado de su compañero de adolescencia, tal vez inundado por los recuerdos, tal vez, solo tratando de ignorar lo que estaba pasando. Segundos después los disparos cesaron e inmediatamente Julio ingresó a la habitación y vio a las dos personas. Orejas giró de repente y cuando reconoció a Julio, arrojó el arma. Julio no pudo detener el disparo, que dio en el pecho del Orejas. Luego miro la cama y también reconoció al Cholo. Bajo el arma y se sentó en el suelo. Inmediatamente la habitación se pobló de policías, que se felicitaban mutuamente por el éxito del operativo. Julio notó que lo miraban de una manera extraña y se apuró a aclarar que él no le había disparado al empresario. Su superior lo llevo afuera y le dijo que esperara, que todo estaba bien.

…Luego de su charla con Lucía, Julio se dio cuenta de la jugada. Seguramente el arma que había usado sería la misma que mató al empresario, por algo se la habían quitado tan rápido. Inmediatamente dos oficiales se sentaron a su lado, en el patrullero, y le recomendaron que se quedara tranquilo. El auto se puso en movimiento lentamente y casi como una mueca burlona, éste se detuvo unos segundos, los suficientes, para ver por la ventanilla  a un jovencito que portaba un equipo de audio portátil del que se escuchaba a todo volumen  una canción  de Vicentico “Los caminos de la vida…no son lo que yo esperaba….no son lo que yo creía… no son lo que imaginaba…”

FIN

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: