David Redín


Cuento de este autor:

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Caminos

No sabía qué había sucedido pero estábamos allí. Quizá fue una casualidad o un encuentro del destino. No sabíamos qué decir. Y así pasó el tiempo, los tres, allí, juntos de nuevo. Callados, dejando pasar los pensamientos. Sintiendo todo de golpe. Como si todo aquello que había pasado fuera nuevo y correspondiese pensarlo otra vez como una idea nueva. Pero no decíamos nada. La  ruptura de ese silencio hubiera sido pensar que alguien tenía razón, que alguien sabía algo más que el resto. Yo no me había enterado de nada más, sólo sabía lo que sabía, lo que tenía que saber, o al menos eso creía.  Teníamos miedo. Pero nadie se atrevía a expresarlo. ¿Pero qué ocurría? Ni ahora lo entiendo. Tantas cosas pasaron. Sólo podía recordar el día en que expresamos nuestro deseo más inconsciente. Recordaba aquél día; un sol reluciente, una ciudad en medio de la nada, y la nada diciendo lo que no podía ser. Era un deseo imposible. Desdichados de nosotros, que solo sabíamos esperar al sufrimiento, ni siquiera éramos valientes para decir que todo había ocurrido, para admitirlo. Pero quizá no queríamos repetir ese dolor en nuestro corazón. La realidad era una herida abierta, un camino equivocado y la muerte  detrás. Queríamos pensar que las decisiones eran las correctas. ¿Cómo nos íbamos a equivocar? Imposible. Era lo soñado por todos, era real. Pero los caminos fueron equivocados. Una envidia inocente, o un deseo de querer ser lo que otro era fue el comienzo de todo. Estábamos llenos de terror de una vida que nos pedía más de lo que podíamos ofrecer. Era una exigencia condenada a no ser suplida. Tres vidas que tenían tres caminos que nunca quisieron. Éramos nosotros. Estábamos allí. Yo quería ser él y él quería ser yo. Era un cambio imposible. Pero nos atrevimos. Nos miramos. Y nos dimos las llaves de lo que nunca debió ser. La puerta que siempre había permanecido abierta cayó ante nuestros ojos y nosotros llenos de irrealidad la cruzamos pensando, no en el futuro, sino en el pasado que ya no sería. Me atreví a tener otra vida. Nos cambiamos los papeles. ¡Qué locura! Cada uno eligió ser otro. Nos cambiamos los nombres, las vidas, cada uno eligió otro camino. Era sencillo: tres trillizos exactamente iguales que nadie conseguía distinguir. Yo quería su trabajo, él deseaba todas las experiencias que vivía mi hermano, mi  hermano quería tener todo lo que yo había alcanzado. Y ahora, después de tantos años. Los tres, juntos, otra vez, sin atrevernos a hablar, a decir que  no estuvo tan bien, que quizá no fue tan buena idea, un error, un terrible error. Habíamos destrozado tres vidas, tres caminos que no nos correspondían. Éramos culpables de hacer realidad lo imposible. Culpables de haber vivido un sueño.

FIN

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