Diego Martín


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EL PUNTO:

Soy muy malo para recordar fechas que daten de más de un año de antigüedad. Pero creo que a Juan lo conocí hace aproximadamente tres años. Él trabajaba como programador, y compartimos un viaje de trabajo, donde nos hicimos muy buenos amigos.

Recuerdo que la primera vez que lo vi, me pareció un tipo algo extraño, muy tranquilo y despreocupado.

Muchas veces, después de la jornada de trabajo, compartía unas cervezas con algunos de mis compañeros de trabajo, con quienes ya llevaba mas de siete años viéndonos las caras día a día. En realidad mi antigüedad en la empresa era de diez años, y mis compañeros de bar, habían ingresado unos años mas tarde.

Un día lo invité a Juan a disfrutar de esa hermosa ceremonia que es tomarse unos tragos, hablar mal de los jefes, y cuando el alcohol va surtiendo efecto, filosofar acerca de la vida.

Esa tarde, comprobé que con Juan me podía permitir volar alto con el pensamiento, ya que él volaba muy alto, y compartíamos, de alguna manera, muchas creencias acerca de cómo creíamos que “funcionaba” la vida.

Generalmente frecuentaba dos bares en la zona. Éste, quedaba a muy poca cuadras de mi trabajo, y además en él, atendían unas muy lindas meseras. Esto era muy importante, ya que no siempre había algún buen amigo para acompañarme, en esos días que necesitaba algo de distracción antes de volver a la soledad de mi hogar, y el hecho de que las meseras fueran lindas, por lo menos me mantenía distraído por el tiempo que durara mi cerveza.

Con el tiempo, comenzamos a reunirnos en la casa de Juan, ya que al parecer, a los dos nos había gustado eso de filosofar, picada y vino de por medio.

La charla casi siempre comenzaba con una especie de interpelación de él hacia mi, acerca de mi terrible e insensato lance hacia una chica que realmente me gustaba mucho. Digo insensato, porque a los ojos de cualquiera, era algo insensato, ya que todos los que la conocían (incluyéndome), sabían que estaba de novia desde hace muchos años. Pero como siempre fui un cabeza dura, le declaré mi amor, y acto seguido me estrellé contra una pared, viajando yo a 100 Kmts. por hora. Lo mas gracioso, o trágico (depende desde que punto se lo mire), es que yo sabía que me estaba tirando desde lo alto de un trampolín a una pileta sin agua, pero tenia las esperanzas de que en mi caída, se llenara del líquido vital, para luego poder zambullirme en él, y chapotear de felicidad. Creo que fue al poco tiempo de haberme roto la cabeza contra el fondo árido de la piscina, que Juan me invitó a su casa a charlar, ya que mi cara seguramente mostraba un importante deterioro de mi ánimo y autoestima.

Por aquel entonces, yo estaba estudiando filosofía, sólo por placer, ya que no me interesaba lucrar cómo filósofo. Además, creo que tampoco hubiera sido posible lucrar como filósofo …

Hay una palabra de uso muy frecuente en la filosofía, que es la palabra “verdad”. Muchas veces discutimos con Juan, acerca de cómo sería posible conocerla, y creo que para nosotros, la verdad sería algún tipo de conocimiento superior, que en mi caso particular, necesariamente debería conducirnos a lo que yo considero que es la meta última del ser humano: Ser felices.

Juan sostenía, que para acceder a la verdad, debíamos desprendernos del pensamiento, de la razón, ya que si dependiera del pensamiento cartesiano, hubiera sido posible, y con la tecnología que había hasta el momento, poner a una computadora a analizar variables, y llegar a través de secuencias lógico deductivas al conocimiento de la verdad.

Para apoyar su teoría, él me contaba que en varias oportunidades, se había topado con un problema de programación, cuya solución no había arribado a través del pensamiento, sino que solamente, dicha solución aparecía en su cabeza en el momento menos pensado, sin utilizar ningún método deductivo o racional. Yo, con problemas típicos de mi profesión, había experimentado lo mismo en algunas oportunidades. Dicho de otra manera, era como si la solución estuviera dando vueltas por el “eter”, y nosotros la hubiéramos captado con nuestra conciencia funcionando a modo de antena.

Juan solía utilizar una imagen muy metafórica al respecto. El me decía:

– ¿Viste cuando cae un rayo en el medio de la noche, y se ilumina todo alrededor? –

-Ésto es lo mismo, simplemente que tenés que estar atento, porque ese instante dura muy poco, y si no estas atento, te perdiste lo que iluminó el rayo al caer –

Creo que aquella vez, nos pasamos el resto de la noche teorizando acerca de cuál debía ser nuestro estado mental, para afinar la sintonía de nuestra conciencia, y poder atajar alguno de estos rayos milagrosos. Y cuando digo el resto de la noche, es porque nuestros diálogos se extendían hasta altas horas de la madrugada, lo cual era un grabe problema para mi, sobre todo llegado el momento de despertarme para ir a trabajar nuevamente.

En este momento, voy a contar un detalle, que todavía no se si echará algo de luz a este relato, pero no me parece que valga la pena omitir. Siempre que nos reuníamos con Juan, llovía. No en el preciso instante en que nos encontrábamos, pero las noches en que nos reuníamos, tarde o temprano, llovía.

El tiempo siguió su curso, implacable. Extrañaba las reuniones en el bar, que había logrado tener con la chica de mis desvelos, pero luego de una de esas reuniones, y por razones que para mi eran obvias, nos fuimos distanciando un poco. Este hecho, sumado a otros que eran de menor importancia, hicieron que cayera en una pequeña depresión. Me sentía como un adolescente, que no sabe que hacer con su vida, y eso realmente me preocupaba.

Había leído en un libro, que el ser humano era el único animal que necesitaba encontrarle permanentemente un sentido a la vida. Planteado de esta manera, pareciera que me estaban invadiendo pensamientos suicidas, pero realmente amo la vida, y no tenía en mente abandonar el juego, sin por lo menos haberme rozado con ese conocimiento superior al que estaba buscando. De alguna manera, lo que intento describir, es que me encontraba realmente perdido, y no sabía que camino debía tomar. Según la teoría del conocimiento a través del rayo, era inútil pensar, así que decidí dejarme llevar por el río de la vida.

En ese momento, y con mi pésimo estado de ánimo, eran muy bienvenidas por mi las reuniones con Juan, cuya frecuencia aproximada era de una vez al mes.

En nuestra siguiente reunión, además de llover, continuamos con el tema del pensamiento racional, y los problemas que generaba. En aquella oportunidad, y aludiendo a mi profesión de técnico, Juan me dijo:

-¿Sabés lo que es una interfaz?

-Por supuesto –le contesté-.

Una definición rápida para contestar qué es una interfaz, sería por ejemplo en electrónica, un circuito cuya función es adaptar niveles. Si quisiéramos manejar un motor eléctrico con una computadora, la interfaz sería la encargada de traducir las ordenes de la computadora y mover el motor con el consiguiente manejo de potencia necesario. En programación, una interfaz es la aplicación que media entre la computadora y el usuario de la misma, o puede ser una aplicación que sirva de mediadora entre dos programas diferentes, o un ejemplo aún más simple sería el del teclado de la computadora, que oficia de interfaz entre nosotros y la misma, a la hora de ingresarle datos.

Volviendo al tema, luego de preguntarme Juan qué era una interfaz, me dijo la siguiente máxima:

-El pensamiento, la mente, es la interfaz entre el mundo físico y el no-físico. El problema –me decía- es que no usamos el pensamiento como una herramienta. ¿Te imaginás si el martillo con el que estás clavando un clavo, te diera órdenes y te dijera lo que debés hacer?

No pude contener mi carcajada, pero entendía perfectamente qué era lo que me estaba queriendo decir.

Recuerdo volver a casa montado en mi moto, bajo la lluvia, lo que hacia que debiera extremar las precauciones, no sólo porque el suelo estaba mojado, sino por las copas bebidas aquella noche.

Por supuesto, al día siguiente llegué tarde a trabajar.

Esto de suponer que el pensamiento es una interfaz entre lo físico y lo no-físico, me dejó pensativo durante mucho tiempo, además de que ya estaba por creer que Juan sabía algo que yo no, y se estaba haciendo el misterioso.

Sea como fuere, se planteaba ahora un gran problema. Cómo sería posible anular al pensamiento, hacer que funcione como una herramienta, y no ser su esclavo. El problema, según mi parecer tenía dos puntos difíciles. El primero de ellos, es que hemos sido educados para usar siempre el pensamiento (o mejor dicho, hemos sido educados para ser esclavos del pensamiento). El segundo punto, era cómo saber que había logrado tomar control de la herramienta, siendo que mi estado natural, y el de todos, siempre viéndolo desde nuestra perspectiva, es que la herramienta nos controle, y es a través de ese estado que percibimos y reconstruimos la realidad. Sin lugar a dudas, el segundo punto era para mi el más complicado de resolver.

De cualquier manera, estaba dispuesto a experimentar con las posibilidades que fueran apareciendo.

Después de meditar un poco más sobre el punto escabroso, llegue a la conclusión de que si mi estado natural es el de un ser racional, dominado por su mente o pensamiento, tendría una percepción de la realidad determinada. Ahora, si lograba deshacerme del pensamiento, todo lo que mis funciones cognitivas captaran del mundo, debería llegar en estado puro, sin el filtro analítico de la razón, y a mi entender, esto me debería proporcionar una imagen del mundo totalmente nueva, radicalmente diferente. Tomé como válida esta hipótesis.

Tanto yo como Juan, habíamos incursionado bastante en la lectura de filosofías orientales, y en ellas se hablaba mucho acerca de la meditación como herramienta para detener el pensamiento, como herramienta para no-pensar.

Probé bastante con esta técnica, sin mayores resultados. Realmente me resultaba muy difícil no pensar en nada. Para colmo, mis practicas meditativas las llevaba a cabo en mi casa, y siempre algún sonido del exterior, lograba distraerme. En una oportunidad, creo haber llegado a algún estado meditativo, y experimenté algo muy extraño. Era como que mi ser, se hubiera desprendido de mi cuerpo y contraído dentro del mismo. Sentía que estaba dentro de mi cuerpo, pero no me sentía parte de él. Era como estar encerrado en un cascarón. La sensación no me resultó muy placentera, y de hecho me asustó. Creo que fue el miedo lo que me sacó de ese extraño trance. Me parecía interesante desprenderme del cuerpo por un tiempo, pero no quedar encerrado dentro de el !

Había logrado retomar el diálogo con mi chica imposible, cosa que me alegraba bastante, pero cada ves veía menos posibilidades de tener algún otro tipo de relación que no fuera una amistad. Además, era una amistad bastante extraña, porque varias veces ella estaba mal, pero no lo compartía. Quizás era su manera de vivir las amistades, muy diferente a la mía por cierto, ya que yo compartía muchas cosas con mis amigos.

Cierta tarde me sucedió algo muy extraño. Solía ir algunos domingos por la tarde a la costa del río a remontar mi barrilete. Me encantaban los barriletes, especialmente los de tipo celular, que no necesitan de una “cola” para poder volar. Los construía yo mismo, ya que disfrutaba mucho al hacerlo.

Estaba yo aquella tarde, tirado en el pasto de espaldas, el sol me pegaba en todo el cuerpo, y me agradaba porque era invierno y el astro rey me mantenía caliente a pesar del frío reinante. Entre los dedos, sostenía la tanza de mi barrilete, era una sensación hermosa. Me deleitaba observándolo flotar en el aire, inmóvil. De ves en cuando, algunos pájaros volaban a su alrededor, como queriendo saber qué era aquel intruso que invadía el reino de los cielos, que les pertenecía naturalmente. En un momento que no puedo precisar cuál fue, sentí algo muy extraño, muy difícil de describir con palabras.

Mi mirada se fundió con el barrilete, y ya no lo veía, veía los pájaros volar a mi alrededor, vi el río, la costa, me vi a mi mismo tirado en el césped … Sentí también alejarme y recorrer el espacio circundante, pude sentir el peso del barrilete, era como si en ese otro instante yo fuera el viento soplando en su velamen, y a la vez la tanza que lo mantenía anclado a la tierra. Estaba asombrado, pero a la vez también me parecía algo natural lo que estaba sucediendo, y por sobre todas las cosas me sentía muy feliz, no puedo explicar el por qué, pero sentía un estado de felicidad que jamás había experimentado.

Sentí la cara mojada, estaba lloviendo, y el agua me había sacado de ese maravilloso trance. No tenía conciencia de cuánto tiempo había transcurrido estando yo en ese estado, pero recordaba que el cielo estaba totalmente despejado cuando llegué.

Me incorporé, y comencé a recoger la tanza, para traer a la tierra nuevamente a aquel buen compañero. Afortunadamente, después de mi última experiencia en remontar barriletes en días lluviosos, había cambiado su velamen de papel, por uno hecho de bolsas de residuos que lo hacia impermeable. Cuando me agaché para recoger mi mochila, observé en el pasto unas cuantas florcitas en los alrededores, no recordaba haberlas visto cuándo llegué, quizás no había prestado atención cuando me recosté sobre el pasto.

Me apresuré en guardar todo dentro del auto de mi padre. Él solía prestármelo cuando yo salía a la costa del río con mi barrilete, ya que era mas fácil transportar el barrilete en auto que en moto. Me dirigí hacia su casa para dejar el auto, y tomar un café caliente con él y mi madre antes de partir hacia mi hogar. Cuando me vieron, sus rostros expresaban extrañeza, como si hubiera pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. El café tenía un sabor exquisito, hacia mucho tiempo que no disfrutaba tanto beber una tasa de café. Mi estado de ánimo luego de aquella extraña experiencia era fantástico, me sentía lleno de energía, y posiblemente es lo que deben haber notado mis padres, al menos esa era la única justificación que encontraba a la forma en que me observaban. No le di mayor importancia, no quería preocuparme por nada que me hiciera salir de ese estado de plenitud. Si, plenitud creo que es la mejor palabra para definir el cómo me sentía.

Dejé el barrilete en la casa de mis padres, me enfundé en mi impermeable, y monte mi moto rumbo a mi departamento. Hacía poco que me había mudado, era un departamento de un ambiente, en el centro de la ciudad. Era bastante pequeño, pero estaba en muy buenas condiciones, y la ubicación era la mejor: a sólo tres cuadras de uno de mis bares preferidos.

Estacione la moto en el estacionamiento que alquilaba, a una cuadra del departamento. Otra vez las miradas de extrañeza. El cajero del estacionamiento, me saludo como si yo hubiera vuelto de unas largas vacaciones. Cuando llegué a la puerta del edificio, el portero con la misma cara que la de mis padres …

Lo saludé, subí al sexto, y entre en mi departamento. Todo había sido muy extraño aquella tarde. A eso de las diez de la noche, me hice la cena, y luego me acosté.

Al día siguiente amanecí muy descansado. Llegue a mi trabajo quince minutos antes. Ese día, me lo crucé a Juan, y le dije que debíamos reunirnos, estaba impaciente por contarle la experiencia vivida en la costa del río, y fijamos fecha para la semana próxima. Los días transcurrieron tranquilos, de vez en cuando, alguien me observaba por la calle como quien ve a un forastero.

Cuando llegó el día de la reunión con Juan, fuimos a un supermercado para comprar los elementos necesarios: queso, fiambre y vino.

Le comente a Juan sobre mi experiencia del domingo, y me dijo lo siguiente:

-¿Sabés lo que es una línea recta?-

-Si, le contesté. Es una sucesión infinita de puntos.-

-Perfecto, me dijo. Ahora imaginate que vos sos un punto de la línea. ¿Qué verías?-

-Solamente vería puntos adelante, y puntos atrás, y todo mi universo se resumiría en un adelante y un atrás.-

-Bien, me dijo. Ahora imaginate que sin saber cómo, vos ahora sos el punto de un plano, cómo sería tu nuevo campo visual, o el universo, como vos le acabás de llamar-

-Ahora, yo podría ver en todas las direcciones, y además a los puntos de las líneas, porque un plano puede ser una sucesión infinita de líneas.-

-Correcto!, me contesto. Es ahí a donde quería llegar. ¿Cómo te vería un punto de la linea, ahora que sos un punto del plano?- No olvides que vos ahora podés moverte en todas las direcciones, mientras que el punto de la linea, sólo puede moverse hacia delante y hacia atrás, y esto hace posible que en todo momento te cruces con algún punto de una línea-

Estuve meditando un rato antes de contestarle, hasta que al final lo hice:

-Deberían verme como a un extraño, le contesté. O quizás, como algo peor porque dado que yo me muevo en todas las direcciones, cuando me cruzo frente a un punto de la línea, éste debería verme aparecer y desaparecer frente a sus ojos, porque no me puede ver cuando yo vengo desde un costado-

-Muy bien, dijo. Parece que entendiste cuál es la idea. Imaginate si existiesen más universos posibles: la pirámide, el cubo, la esfera …-

-Entiendo le conteste. Cada nuevo universo propone nuevas posibilidades de movimiento, o puntos de observación de la realidad, y ahora que lo pienso detenidamente, el habitante de un nivel superior, puede ver a los habitantes de los niveles inferiores, porque están incluidos en el universo del nivel superior, mientras que los habitantes de los niveles inferiores, no pueden ver a los habitantes de los niveles superiores, a menos que uno de estos habitantes se cruce accidentalmente con ellos.-

Luego de esto, me sonrió, y me dijo que él no había inventado esa hipótesis, sino que la había leído hacía tiempo en un libro de ciencia ficción y le parecía adecuada para buscarle explicación a lo sucedido.

La charla continuó inmersa en temas bastante mas terrenales. Esos temas que suelen hablar los hombres cuando se reúnen, y que se resume en un único tema: Mujeres.

Por supuesto, al día siguiente llegué tarde a trabajar.

Seguía pensando que Juan sabía algo que yo no, y cada vez estaba más convencido de ésto.

Al siguiente fin de semana, fui a visitar a mi hermano y mis padres, como solía hacerlo todos los fines de semana. Además, visitaba a mi perra, que no había podido llevar conmigo al departamento. Era un animal pequeño, muy sociable.

Estaba yo sentado en el living de la casa donde vivía mi hermano, era la hora de la siesta, me recosté en un sillón, y en una silla próxima a mi, se acurrucó mi perrita. La observé largamente, y sucedió nuevamente: esa extraña percepción de mi entorno, igual que aquel domingo en la costa del río. Por un instante fui ella, la sentí como parte del todo, y esa extraña sensación de felicidad. Sentía su respiración, los latidos de su pequeño corazón …

Comencé a tener de éstas experiencias, cada ves mas seguido. El mundo estaba siendo otro para mi. Todo empezaba a estar mucho más claro, como si al fin estuviera captando al universo sin el filtro de la razón, el pensamiento, y esa sensación de felicidad se estaba perpetuando en mi.

Cuando fue así, recuerdo que la llamé. Si, ya saben a quién, y le dije que necesitaba verla. Evidentemente, yo ya no era el mismo, porque aceptó sin dudarlo. Subí a la moto, y fui hasta su casa. Estaba esperándome en la puerta. No hubo palabras, nos miramos a los ojos, y por primera vez, conocí a esa mujer, toque su ser …Y en ese instante en que fuimos uno solo, pude sentir lo mismo que ella y pude comprender.

La abrasé con fuerza y le dije:

-Ahora entiendo.-

Luego de ello me marché.

Subí a la moto, y fui hacia la casa de Juan. Comenzaron a caer las primeras gotas.

Cuando llegué, toque el timbre en el portero eléctrico, bajó, me abrió la puerta y me dijo:

-Te estaba esperando.-

Subimos a su departamento, y cuando abrió la puerta, pude ver ya servido en la pequeña mesa, un amplio surtido de fiambres, una botella de vino tinto y una de vino blanco bien frío. Me miró y me dijo:

-No sé en que universo estemos: en el plano, el cubo, la esfera … Pero ahora, los dos estamos en el mismo.-

Descorché el vino tinto, llené las copas y le dije:

-Bien, entonces ahora, podemos compartir la búsqueda.-

-Salud!-

FIN

SIGUIENTE CUENTO:


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Volver a vivir es una decisión. Así lo indica la ley segunda.
Volver a nacer es un derecho adquirido desde el principio de los tiempos, pero para poder hacerlo hay que tomar conciencia, hay que tomar la decisión.
Lo paradójico es que lo descubrí en mi segunda vida.
Recuerdo aquel día…
Éramos muchos, cada uno buscaba dar el primer salto, el primer paso evolutivo.
Recuerdo el dolor. Volver a nacer causa mucho dolor, no dolor físico, lo que duele es el ser, lo que duele es el alma. Es un momento traumático, al igual que la muerte.
Lo primero que aprendí fue la Ley Primera: “Nada es caprichoso en el universo” y comencé a vislumbrar la Ley Tercera: “La magia es nuestro poder, nuestro poder es la palabra”.
Comencé a tomar conciencia de la vida, de las vidas que había pasado sin saber…
Y todo estuvo bien. Fui feliz, pero llegó el momento de decidir nuevamente, y así lo hice.
Nuevamente fuimos varios. Pero ésta ves fue mucho más difícil, porque comencé a conocer mi ser, y descubrí la Ley Cuarta: “La esencia del ser humano es la acción. Es el ser siendo”.
Y reconocerme me dio miedo, porque vi mi poder y empecé a entender para qué existo, y sentí responsabilidad por ello.
Lentamente fui descubriendo el poder de mi magia. Conocí mi verdadero nombre.
En ese tiempo me encontré con el que había sido mi hermano en otra vida. No se cómo, pero lo reconocí, quizás el también a mi. Descubrí lo que es el amor, el amor mas allá del tiempo y el espacio, el amor “aquí y ahora”, y eso me permitió vivir la experiencia mas grande que un ser humano puede experimentar: le di su verdadero nombre, le di vida.
Y me sentí poderoso, demasiado poderoso…
Sentí entonces que había llegado el momento, y nuevamente elegí. Ésta ves fue diferente, éramos pocos, y cada uno de nosotros sabía para que estábamos, qué éramos y qué buscábamos.
Conocíamos la magia, fluía dentro de nosotros, pero no la controlábamos.
Discutimos acerca de las leyes, que no estaban escritas, pero para nosotros eran tan obvias como la ley de la gravedad.
Compartimos nuestra búsqueda, y ésa fue nuestra misión. Nos juramos amor eterno, porque sabíamos que era la clave del éxito. Nos pusimos un nombre, y al instante fuimos uno solo.
Cada uno de nosotros eligió un compañero, un “hermano”, ya que sabíamos que el camino no sería fácil.
Todavía lo recuerdo, recuerdo su mirada, su sonrisa…
Compartíamos muchos momentos juntos, pero también respetábamos nuestra soledad. Ambos nos prometimos llegar al final del viaje juntos, y ese fue nuestro logro.
Cuando veía en sus ojos sólo había amor, en sus ojos me veía a mí. Jamás lo olvidaré.
Recuerdo el día en que comenzamos a practicar la magia. Cada sortilegio fue real después de pronunciarlo. La tercera ley se comprobaba…
Celebramos aquel gran paso y continuamos con la búsqueda. Algunos perdieron a sus “hermanos” en el camino, y sufrimos mucho por ello. Fue señal de que aún faltaba mucho por aprender y el tiempo se agotaba.
Y digo se agotaba, porque ya teníamos la capacidad de saber el día de nuestra partida.
Cuando ese día llegó, nos reunimos por última vez, y maldijimos por las tareas inconclusas.
Pero nos alegramos, porque nos dimos cuenta que la verdadera misión estaba completa, habíamos llegado al final juntos, y eso era lo más importante, nuestro juramento no se había quebrantado.
Era una noche de junio, hacía mucho frío. Nos albergamos en una vieja casa, perdida en algún lugar, y cuando llegó el momento, nos sentamos en círculo y encendimos velas. Nos cobijamos al fuego de un hogar, nos miramos por última vez y para no olvidar quienes éramos, gritamos al unísono nuestro verdadero nombre.
Luego de ello, elegimos una vez más…

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