Jorge Asterión


La Noticia

Link para descargar

Levantó el cuello de su impermeable cuando la, húmeda y fresca, mañana de ese lunes de otoño le cacheteo el rostro. Había salido más temprano que de costumbre. Tenía motivos más que valederos. Después de cuatro años de indecisiones, al fin se había decidido a abandonar a su mujer, ahora solo faltaba darle la noticia tan esperada a ella, su amante, quien, en definitiva lo había soportado todo.
Caminó unas cuadras, hasta el viejo bar. En él hacía tiempo esperando  a que él saliera. Desde la ventana veía la entrada del edificio. Pidió un café y  encendió su primer cigarrillo,  el que disfrutó con fruición. A ella no le gustaba el aliento a tabaco y de hecho estaba dispuesto a dejarlo, después de todo hacía más veinte años que fumaba.
Le ofrecieron el diario y lo rechazó, no quería perder ni un minuto, en cuanto lo viera salir, apuraría el paso. Hoy no era un día común. Después de más de cuatro años de vivir con los códigos de la transgresión, ahora tendrían la libertad que tanto se merecían. Solo restaba que ella  hablara con él para que blanqueara su situación y terminara con esa parodia de matrimonio, supuestamente lo haría durante el fin de semana. Pidió otro café, el tiempo parecía correr más lento que de costumbre. Siempre había  una cierta  expectativa. El fin de semana le resultaba cada vez más largo, dos días sin verla, sin tocarla, sin olerla, últimamente se hacía casi insoportable, pero eso pronto terminaría. Si todo salía bien, hoy sería el día.
Ya habían hablado el viernes y él le había dado a conocer su decisión. Al fin hablaría con su mujer y le contaría la verdad, es decir solo restaba que ella, su amante hiciera lo propio con el marido. Si las cosas se habían dado como lo planearon. Hoy serían libres. Miró el reloj, él ya llevaba más de media hora de atraso, y eso, era raro. Era policía y sus horarios, al menos los de ingreso eran muy estrictos. Encendió otro cigarrillo sin dejar de mirar la entrada del edificio y pidió otro café. Las agujas de su reloj seguían avanzando, del mismo modo que lo hacia su inquietud.
Media hora después vio a la encargada del edificio, que con rutinarios movimientos conectaba la manguera en la toma de agua y comenzaba a limpiar la vereda. Decidió esperar un rato más, siempre quedaba la opción de llamar. Si contestaba él cortaría inmediatamente, sino, bueno, el camino estaba libre, tal vez hubiera salido más temprano o en el mejor de los casos ya habría abandonado la casa. Esa idea aceleró su corazón. Se sintió un adolescente a punto de tener su primer cita, a pesar de sus casi diez lustros de desilusiones.
El tiempo pasaba y no pudo soportar más. Marcó el número desde su celular, pero nadie contestó. Insistió varias veces con el mismo resultado.
Ya no pudo esperar más, decidió cruzar la calle y preguntarle a la encargada, que continuaba manguereando la vereda con el ímpetu de quien  intenta, con esa actitud, purgar los pecados de la humanidad. Ella lo vio llegar y frunció el seño. Sus pobladas cejas formaron una línea uniforme. Ya lo conocía, y el, sabía bien que ella no lo soportaba, hacía años que de alguna manera era cómplice de la situación. Igualmente, por alguna razón desconocida había mantenido el secreto.
-¿Buenas?
-Se…
-¿No sabría decirme si se encuentra en casa el matrimonio del 10 D? Es que los llamé varias veces y no contestaron.
– ¿She puede saber cuando los llamó?
– Hace un rato-
– Ahh… ¿Osted, no lee los diarios?
– Bueno, si, casi siempre.
– ¿No lo leyó, en el bar del frente? Hace rato que lo vi sentado.
– En realidad no.
-Yo le diría que lo lea. Y, ahora deje de hacerme preguntas que tengo que limpiar la vereda, ya contesté demasiadas y para serle sincera, su cara me molesta. Va, su presencia me molesta.

Se cruzó al bar y pidió el diario. Lo ojeo rápidamente. La noticia estaba en la sección policial. Comentaba que luego de una feroz discusión, con su esposa, el sargento Castro había asesinado a su mujer Elena y luego se había suicidado. Los comentarios hacían referencia a una disputa pasional.
Cerró el matutino y lloró bajo la mirada bobalicona del mozo.
Salió del bar, volvió a levantar el cuello de su impermeable y caminó sin rumbo fijo ya no tenía a donde ir. La ciudad lo abrazó como una mueca burlona y fría de cemento.
Elena…

Sueños de Libertad

Link para descargar

(Año Cero)

Por: Jorge Asterión

Taino

Arawac estaba alegre, ya había demostrado ser un buen líder y sabía que los ancianos del concejo tenían cierta predilección hacia él. Por otra parte la mayoría de los adultos de la tribu, si bien no lo reconocían públicamente, por respeto a los demás miembros, también compartían su idea de que la tierra no terminaba en la orilla del agua grande.

Algunos ancianos contaban historias que a Arawac le fascinaban, sobre todo aquellas que aseguraban que después del agua grande, que esconde al fuego del día, había otra tierra. Él  estaba dispuesto a cruzarla con un grupo de valientes y traer el bienestar para su gente.

No  falta mucho – pensó – dentro de algunas noches se reunirá el concejo de ancianos y tienen que elegir al nuevo rey. Internamente se sabía el elegido. El viejo rey estaba cansado y ya debía sentarse y esperar  que los dioses reclamaran su presencia. Sabia que la decisión no iba a resultar fácil, varios ancianos consideraban herejías la idea de cruzar el agua grande y amenazaban con la ira de los dioses. Otros hablaban de la llegada de dioses  desde el agua grande e insistían en  esperarlos y no violar su territorio. Pero Arawac  sabía. Después de que fuera nombrado Rey, mostraría a todos  la gran canoa que tenía escondida.

Un grupo de adultos, dirigidos por él  la había estado construyendo desde hacía tiempo, era igual a las que usaban para traer los frutos del mar, pero más grande, lo suficiente para que en ella entraran varios de sus valientes y con los grandes remos cruzarían el agua grande que esta del otro lado, por donde se esconde el fuego del día.

Durante la mañana que antecedió a la gran noche de la reunión del concejo, Arawac estuvo muy excitado, ya había repasado mentalmente todo lo que pensaba hacer luego de su nombramiento. Incluso había elegido a su futura reina, atribución que se le otorgaba al nuevo monarca. Esperaría a que pasara la época de lluvias y luego emprendería el gran viaje.

Durante la noche, se reunió el concejo, todos los miembros de la tribu esperaban alguna señal, más, todos  sabían que por tradición jamás se comunicaban las decisiones antes del amanecer. Arawac no pudo dormir, tal vez por eso, fue uno de los primeros en enterarse de lo que ocurría.

Algunos pensaron que los dioses se habían enojado y venían a castigarlos, la mayoría, que se trataba de una bendición, por lo que se disponían a rendirles homenaje. Arawac observaba azorado desde la costa las tres grandes canoas que se acercaban lentamente, por donde  “nace” el fuego del día.  Sin saber porqué, tomó un puñado de arena y lo arrojo al viento, este, en vez de dispersarse, le cayó sobre el rostro. Se sentó sobre una pequeña roca, simplemente a observar la escena. No sabia que pensar sobre lo que estaba ocurriendo. Miro a su gente  y por primera vez sintió miedo, un miedo desconocido, mientras una lágrima corrió por su mejilla. Arawac nunca fue coronado rey.

Clarita (Muchos años después)

Pablo se arrebujo en su asiento, el diferencial a esa hora se podía tomar sin demasiados sobresaltos. Había comenzado a usarlo unos meses atrás, se viajaba bien y rápido. Lo único que no lograba explicarse era la obsesión de  los choferes de encender el aire acondicionado, aunque la temperatura ambiente no lo ameritara. O sea, a veces, se sufría un frío que incomodaba, en lugar de hacer más placentero el viaje.

En alguna oportunidad  le había hecho el comentario al chofer  pero no hubo respuesta o cambio de actitud al respecto. Pensó en la posibilidad de presentar una queja formal  en la empresa, pero descartó de plano la idea

– ¿Quién le daría bolilla? – Pensó- estamos en la Argentina después de todo y el no te metas se institucionalizó. Por algo será… no te metas, o, la mas nefasta de todas… en algo andaría. Frases recurrentes, de una época nefasta que no terminó de irse, al menos en lo que hace a las actitudes.

A la altura del barrio de Lugano, el transito se detuvo. Pablo vio como bajaba la barrera del paso a nivel del tren, de calle Larrazabal. Mientras miraba por la ventanilla vio a un chico rubio con el uniforme del Comercial 12, que al venir caminando se encontró con una chica del mismo colegio y luego de saludarse y charlar unos instantes continuaron la marcha.

Clarita – pensó –  La imagen lo llevó a su época adolescente, cuando él también era un estudiante del comercial.

La pucha-  se lamentó- Y  se vio a si mismo caminando lentamente por Larrazabal, casi como haciendo tiempo, para encontrarse con Clarita. Se había enamorado de ella, pero nunca  se animo a decírselo, más, cuando se decidió ya fue tarde.

A pesar de ser casi un año mayor, Pablo veía a Clarita como algo muy lejano. La sentía muy desenvuelta, con mucha decisión y un empuje admirable. Sabía de sus desvelos y de su compromiso con los más necesitados. Clarita trabajaba los fines de semana en la villa, daba clases a los chicos y organizaba grupos para la autoconstrucción de viviendas.

Clarita ya había invitado a Pablo para que se acercara a trabajar con el grupo, pero éste nunca lo había hecho. Tal vez por falta de interés, por la educación recibida o simplemente por ese “no te metás”, tan instalado en la mentalidad de jóvenes y viejos. Aunque ahora, a la distancia, se arrepiente por ello. Pablo recordó las largas charlas con Clarita y sus deseos de interrumpirla con un beso apasionado, un beso que nunca llegó.

Recordó la primavera de 1976, pocos meses después de que el país fuera víctima de un golpe de estado, justificado por muchos, debido a que, según decían, hacia falta                “reorganizar “. De hecho llamaron a lo que vino después “Proceso de Reorganización Nacional “– ¡ reorganización…Ja!-

En esa primavera Pablo se había acercado mucho más a Clarita, es más, hasta se acerco los fines de semana cuando ella trabajaba en la villa. De apoco, y casi sin quererlo, se fue interiorizando de lo que allí sé hacia. Le pareció bueno, pero, la verdad es que estaba más centrado en la posibilidad de acortar las distancias con ella.

No obstante Pablo comprobó personalmente que existía otra realidad  en el país, que nada tenía que ver con lo que se comentaba o con lo que los medios de comunicación reflejaban. En esa época vio con asombro que muchos chicos no asistían al colegio por falta de recursos, lo que le pareció injusto y estuvo de acuerdo con Clarita y su grupo en iniciar algún tipo de reclamo para que al menos se les otorgara, a los de menores recursos, la posibilidad de abonar un boleto escolar más económico. No era todo lo que les hacia falta, pero en algo ayudaría.

A partir del 1 de septiembre comenzaron a elevar pedidos para que se reimplantara el boleto escolar, que había sido derogado por el gobierno de Onganía. Presentaron notas a cuanto organismo oficial se les ocurrió. Ya cerca de mediados de mes  y al no recibir ninguna respuesta decidieron hacer una reunión en casa de Clarita para analizar la situación y evaluar los pasos a seguir. Sería bueno destacar, que si las cosas habían llegado a ese punto se debía pura y exclusivamente a la voluntad férrea de Clarita que no estaba dispuesta a cejar en su inquietud de lograr una sociedad más justa. Una virtud admirable, o, por lo menos, que Pablo admiraba y que hacia que sus sentimientos hacia ella se hicieran cada vez más fuertes. Dicen que el amor adolescente es un amor tan profundo como efímero. Ahora reconoce que esa regla, en su caso no se cumplió, y, a pesar de los años nunca dejó de amarla.

No pudo asistir a la reunión, en la casa de Clarita, en realidad no se lo permitieron. Cuando le contó a sus padres lo que estaba haciendo pusieron el grito en el cielo, le dijeron que estaba loco, que lo único que iba a lograr sería quedar marcado como subversivo. ¿Subversivos? – Preguntó – ¿Pero de que subversivos haban, a quien le hacemos mal? – Cerrá la boca –dijeron- no se habla más del asunto.

Pablo pensó que era una injusticia pero no tuvo más remedio que obedecer. Ahora sus sentimientos están mezclados, no sabe en realidad si agradecer a sus padres por esa decisión o repudiarla. No lo sabe, como no lo saben muchos argentinos, tal vez por que en realidad, en ese momento eran pocos los que conocían lo que estaba ocurriendo, o al menos eran pocos los que se animaban a reconocerlo.

El día posterior a la reunión Pablo se encontró con Clarita y le contó el motivo de su inasistencia. Clarita sonrió, lo abrazó y le dijo que se quedara tranquilo, que entendía perfectamente. Después le comento que habían decidido hacer una toma simbólica del colegio y que algunos profesores habían accedido a realizar una clase pública en la puerta del establecimiento, para llamar la atención de las autoridades y de los medios de comunicación. A Pablo le pareció  fantástica la idea.

El día 14 dos reporteros asistieron a la salida del colegio para hacer una nota a los chicos que estaban organizando la movida. Casi todos los consultados coincidieron en que la más indicada para hablar era Clarita. De hecho fue ella quien realizó las declaraciones. En el reportaje le preguntaron si había alguna organización o comisión organizadora y Clarita orgullosa nombró a todos lo integrantes, en ese momento, supongo que pensó que todos debían llevar su mérito. Los nombró a todos menos a Pablo y cuando éste le pregunto el motivo, simplemente le contesto que se le había escapado  ya que él se había sumado recientemente y había nombrado a los que estaban desde hace tiempo. A Pablo no le cayo bien la respuesta, se sintió desplazado y como Clara se dio cuenta agrego – A vos te reservo para mi sola-. Fue suficiente para él, casi se animo a besarla y Dios sabe cuanto lamentó no haberlo hecho.

El día 16, la toma simbólica y la clase pública fueron un éxito. Los medios se hicieron presentes y se tuvo la repercusión que se esperaba. Todos estuvieron presentes, menos él, nuevamente se lo habían prohibido. Pudo haberse escapado, pero no estaba acostumbrado a desobedecer.

Tres o cuatro días mas tarde, Clarita y su grupo estaban eufóricos, pero hasta el momento no habían tenido una respuesta oficial  por lo que ya estaban planeando otra actividad, la que dieron a conocer a los medios a través de los reporteros que los habían entrevistado la primera vez.

Los días subsiguientes estuvieron trabajando más que nunca en la villa y en la nueva movida. Nadie podía siquiera imaginar lo que se avecinaba, no había motivos para hacerlo.

La noche del 21 de septiembre todos los integrantes del grupo fueron secuestrados de sus hogares, por los llamados “grupos de tareas”. Nos  enteraros al día siguiente. Los padres de los chicos secuestrados iniciaron las tratativas pertinentes con las autoridades. Reconocieron como a uno de los secuestradores, al reportero que les había hecho la nota. Por su puesto nuca mas se supo de ellos. Jamás encontraron los cuerpos…y yo, yo nunca volví a ser el mismo…Clarita…

El Grito Silencioso

(Quinientos  años después de Arawac… solo una historia más)

Marita

El viejo y peludo perro rasco la puerta. Elena supuso que era el final de la tormenta, de no ser así, éste no intentaría abandonar el amparo del techo. Abrió la puerta, el cielo estaba plomizo pero ya se vislumbraban grietas luminosas por donde intentaba asomar tímidamente el sol.

La madera del rancho estaba hinchada de humedad y en el ambiente se acrecentaban los aromas. Sus cuatro chicos aún dormían, incluyendo a Marita, una beba de cuatro meses, que desde hacía dos semanas padecía una diarrea continua.

Cuando José partió a la zafra, llevaba el encargo de avisar al médico de la ciudad. Hacia una semana de ello y hasta ahora no tenia noticias. Sabía que José no podría volver al rancho hasta dentro de 15 o 20 días, ya que cuando empezaba el corte de caña, los patrones no permitían que nadie se vaya. Uno podía hacerlo, pero seguro que cuando regresaba ya no tenía el trabajo. Esperaba que, por lo menos, hubiera tenido tiempo de avisar al médico, ya que a veces el camión que llevaba los cañeros a la estancia no se detenía por nada.

Días atrás estuvo a punto de cargar a Marita y a sus hermanos e intentar llegar a la ruta, pensando que tal vez alguien podría llevarla hasta la ciudad, pero luego desistió de la idea. Solo hasta la ruta le hubiera llevado dos días a través de la sierra. No podía llevar los chicos en semejante travesía, además durante ese tiempo podría llegar el médico y no encontrarlos. El hecho, que los días fueron pasando y ni noticias del médico y a Marita no se le cortaba la diarrea.

Elena estaba preocupada, la beba tomaba cada vez menos el pecho, parecía que se cansaba rápido y a ella le salía cada vez menos leche. Sabía que debía darle mucha agua, pero igual la veía cada vez más delgada y menos activa, dormía casi todo el día. Lamentó haber tenido que vender el caballo, pero no quedaba otra alternativa ya que se habían quedado sin plata y los chicos no tenían que comer.

Salió del rancho, retiro algunas ramas y hojas que fueron  arrancadas por la tormenta y luego camino hasta el sendero, de alguna manera albergaba la esperanza de ver venir a la ambulancia con el médico. Esperó unos momentos y decidió volver, los chicos iban a despertarse pronto. Cuando entro vio a Marita despierta. La tomo en sus brazos y vio con desazón que se había ensuciado nuevamente, por lo que se apresuro a cambiarla. Tenía la piel roja y escaldada. La caca era líquida, amarronada con una marcada incidencia rojiza. Ya había visto eso en otra oportunidad y la invadió el miedo. Luego de cambiarla y limpiarla la colocó en su pecho. La beba apenas intentó un par de mamadas y luego se durmió profundamente, en vano trato de despertarla para darle agua.

Elena rompió en llanto, lo que despertó a los chicos que la miraron asustados. Se calmó lentamente y comenzó a prepararles la leche, quedaba muy poca, para dos o tres días a lo sumo. De la comida, ni hablar, apenas quedaba un poco de arroz y algunas verduras de la quinta. Solo esperaba que José llegara antes de lo posible, con el jornal y algo de comida.

Luego de la leche, los chicos se prepararon para ir a pescar al arroyito, aunque hacia días que no sacaban nada, Elena albergaba la esperanza, tal vez – pensó – con un poco de suerte.

Dos días después, Clarita tenía un color amarillento, continuaba con la diarrea y no había querido probar nada. Había castigado a Carlitos, su hijo menor, por            que lo descubrió masticando tierra, ya lo había hecho antes, por que decía que le sacaba el hambre.

Estaba cambiando a Clarita, que nuevamente estaba sucia cuando escucho el ruido de un vehículo que se detenía en la puerta. Salió apurada pensando en el médico. No era la ambulancia, pero tal vez podrían ayudarla. Del auto bajaron dos hombres que la saludaron amablemente y le comentaron que estaban recorriendo la zona para conocer a los pobladores y a sus necesidades ya que eran integrantes del ” sistema de salvataje social”, implementado por el gobierno. Elena se puso eufórica y atropelladamente les contó lo que estaba pasando. Se miraron como indignados por la situación y prometieron que volverían, a los sumo, en un par de días, con el médico, ropa para los chicos y alimentos, pero previamente debía firmar unos papeles para que pudieran tramitar todo lo necesario. Elena quedo petrificada – Pero yo no se leer ni escribir – comentó. Los hombres se miraron nuevamente e insistieron en que si no llevaban esos papeles firmados no podrían ayudarla. Elena miró a sus hijos y comentó que tiempo atrás había practicado la firma para otro trámite y que podría probar. Los hombres le dijeron que estaba bien mientras firmara, pero que no comentara a nadie que no sabía leer por que sino le iban a retirar la ayuda. Por su puesto que Elena aceptó.

Luego de que firmó varios papeles, los hombres se retiraron, con la promesa de volver lo antes posible con todo lo prometido. Elena no podía con su entusiasmo, se imaginaba la cara que podría José cuando volviera de la zafra.

Al día siguiente, preparó casi un festín con lo poco que le quedaba. Total – pensó – mañana vendrá la ayuda. Por la tarde Marita ni se movió, Elena trató de que tomara el pecho sin resultado, tampoco quiso agua y ya ensuciaba de color rojizo. Por la noche la beba comenzó a respirar entrecortado y Elena la notó muy caliente. Se sentó en la cama y comenzó a acunarla. Pasaron las horas  y  la situación se veía cada vez peor, desde el mediodía que Marita no abría los ojos. Elena la sacudía y no lograba que reaccionara. Las lágrimas cubrían su rostro. Al amanecer, mientras el viejo perro comenzó a sacudirse Marita dejó de respirar. Durante horas Elena la acuno entre sus brazos, luego decidió enterrarla. Fue a los fondos del terreno y cavó una pequeña fosa al lado de una cruz de madera. La enterró antes de que despertaran los chicos, no quería que vieran la escena, ya la habían sufrido antes cuando murió el Claudio por la picadura de la víbora.

Volvió a su casa, pensó que para Marita había sido tarde, pero por suerte, si llegaba la ayuda, los otros chicos estarían bien.

Elena nunca supo que lo que  había  firmado, era un poder a nombre de un tal Carlos Ramírez, para cobrar, en su nombre,  durante un año un subsidio mensual de 150 pesos. Por  su puesto que la ayuda nunca llegó.

Ricardo González (Seudónimo literario Jorge Asterión)

Periodista  y Docente de Literatura

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: