Luis F. García


Cuentos de este autor

Nerea García (link para descargar)

Nerea García

Quiero dedicar este cuento a una chica que me robó el corazón y me lo ha devuelto roto.
Aún así, lo único que le deseo en la vida es lo más bonito, felicidad.
Besos a todos.
Luis.
JUEGO DE DIOSES
1.‐DE SUPERSTICIONES Y BRUJAS
2.‐EL ANIVERSARIO DE PEGASUS
3.‐ESPERZ
4.‐EL MERCADER
5.‐NERTOLE
6.‐LAS PREDICCIONES DE ISPIRZ
7.‐EL JUICIO DE LUALEM
8.‐EL RESCATE DE NERTOLE
1.‐ DE SUPERSTICIONES Y BRUJAS
Pues no era precisamente una tarde clara de verano, más bien una fría y oscura noche de invierno, en el lugar más poblado de la región, cuando lo que más le apetecía a Lualem era un buen trago de Mau, bebida típica de los grandes valles, al este de las Manzaneras, por lo que salió de su morada rumbo a la alacena del cobertizo a recoger una botella de tan preciado licor. En el último festejo por una pérdida de amor, pues prefería festejar sus desgracias que dar la impresión de que éstas le estaban carcomiendo las entrañas, todas las botellas habían desaparecido, y de esto ya, hacía meses. Decidió pues salir a buscar ese trago por los alrededores, se puso los amuletos de la suerte, pues salir sin ellos era sinónimo de una muerte segura en cualquier rincón de la región. Miró al cielo y vio cientos de grandes cometas girando en órbita encima de su cabeza, pero sólo una de ellas llamó su atención. Una que, por dos veces, le hizo un zigzag y, de repente, cambió de color, a una luz roja brillantísima indicándole un camino a seguir. ‐“Esto tiene que ser una señal”‐ pensó Lualem, y en el reino más supersticioso del planeta esto era como una obligación, una tarea a realizar, seguir las señales. El mundo estaba cercado de señales, desde el uso o visión de un número desaconsejable, el “diez” era el número de la malísima suerte o de la muerte, hasta el color de una casa. Todo indicaba unas obligaciones o unas penitencias a quien las sufriese o presenciase. Trepar al Boumbar a por frutos de la limpieza de espíritu, o “penas” que te garantizaban inmunidad ante los malos augurios contra los colores amarillos y perdón ante las herejías, o maldiciones de la época. Los colores azules eran sinónimo de felicidad y buena suerte. Era habitual contratar los servicios de alguna bruja para aniquilar los fantasmas de
Bress,
seres que se metían en tu cerebro y no permitían controlar tus sensaciones positivas, simplemente te las ocultaban. Actuaban como puertas dentro de tu cerebro, abrían y cerraban la entrada o salida de las ideas a su antojo.
Y en este mundo de superstición y brujería, se movía Lualem como pez en el agua. Llevaba ya un año que los fantasmas le habían invadido, él lo sabía, pero no luchaba mucho por desprenderse de ellos. Estaba en un estado de letargo que él había aprovechado para meditar sobre el sentido de su existencia, sus ilusiones no cumplidas, sus expectativas familiares rotas por la definitiva ausencia del amor en su vida. Su soledad a veces le auto convencía de que era la mejor manera de subsistir, en un mundo donde encontrar ayuda era vital para la supervivencia. Pero la señal del cometa le convenció que nada de lo que ocurriría a partir de ese momento iba a ser casual, que todo lo había escrito el destino, y se fue, montado en su gaulo Seleón, en busca de la esperanza.
‐“Hoy tiene que ser un gran día, la luz roja significa riqueza, y se dirige hacia el norte, ¿la estará viendo más gente?” se iba preguntando Lualem mientras se dirigía sin prisa, pero sin pausa, a su destino. Seleón era un animal muy noble, su estómago almacenaba fresas que evaporaba y convertía el camino en una gozada de olores frutales, si corría era el más veloz de los animales, aunque podía andar a la velocidad de un caracol,
todo a voluntad de su amo. Su contacto aterciopelado hacía que Lualem se fundiera en su lomo, desde que le vio nacer no se había separado de él ni un segundo. Lualem estaba feliz, decidió espantar los fantasmas de su cerebro sin ayuda de brujas. Su madre era una de las mejores y había aprendido trucos para la mayoría de los males y supersticiones conocidas. Iba cantando canciones de amor, cosa que le ponía muy melancólico meses atrás, ahora, sin embargo, las cantaba con la convicción de que su vida partía de cero.
El paisaje era desalentador, mugre y desidia por todo el camino, los árboles eran refugio de gente buscando desesperadamente una señal que pudiera alimentarles, penitentes o buscadores de una mano amiga para eliminar sus males, y que lo único que encontraron en su vida fueron desdichas e infortunio.
Lualem se dirigía hacia el templo sagrado de Pegasus.
Dios absoluto de la suerte y destino de todos los seres vivientes. Era lugar de peregrinación de los grandes sacerdotes de la superstición, gente que promulgaba las leyes para la ejecución de obligaciones en caso de sufrir, o presenciar, signos de mal augurio o magia negra.
‐“Vaya, la luz roja señala el templo, entraré a pedir consejo, seguro que algún sacerdote listillo me indicará el camino a seguir”.
Tras ser examinado por la guardia del templo y asiendo fuertemente la solapa de su capa, de color azul por supuesto, dio pasos firmes hacia el portón de entrada. Una vez dentro se dirigió hacia la parte derecha, lugar donde solían reunirse los seres más supersticiosos del reino, para debatir y compartir experiencias y soluciones. El templo estaba diseñado
para albergar cientos de tablones, un tipo de mesa redonda fabricada en madera, material que no era muy común en los muebles de la época. Decidió sentarse con una pareja de ancianos que estaban solos, ella parecía no saber mucho de nada, se notaba que su cerebro era el lugar de reunión de los fantasmas de Bress, él intentaba animarla a base de gestos que Lualem no entendía muy bien. Lo que si comprendía eran los gestos de una chica que estaba sentada dos tablones más allá de donde él se encontraba, también junto a unos ancianos, y que Lualem pensó eran sus padres.
‐“Me está sonriendo, pero está con sus padres y no tengo valor de decirle nada”‐, Lualem pensaba mientras estudiaba las suertes de los números, ensimismado cada vez en esa sonrisa que le estaba desviando la atención. Decidió devolverle la sonrisa y se dio cuenta que ella llevaba el amuleto de la familia, un escudo que indicaba claramente la condición de desposada y cuyo trato personal estaba castigado con la muerte por mutilación.
‐“Casada y con sus padres, o con sus suegros, a saber”, y decidió ponerse a estudiar los números en profundidad, entre trago y trago de licor de Mau, intentando no mirar lo más bonito que había visto en el día, y en mucho tiempo, mucho más que el cometa que le había guiado hasta allí.
Pero no podía evitar, de vez en cuando, echar una miradita. Allí estaba ella, esa sonrisa que se le escapaba por la comisura de los labios, unos labios que invitaban al placer, un placer que ni en la más remota de sus ideas podría obtener.
Los ancianos que estaban sentados con Lualem decidieron irse. Los fantasmas de la mujer pudieron más que el hechizo del sacerdote, y juntitos y cabizbajos se despidieron de Lualem, dejándole sólo en el tablón,‐” como siempre” pensó. Se alegró de tener una visión más despejada del camino entre su tablón y el de la chica de la sonrisa rosa, ya no perdía ocasión de devolverle la sonrisa a su princesa de cuento de hadas, esa sonrisa, que Lualem imaginaba, tenía que ser otra señal.
De repente algo alegró a Lualem; la pareja de ancianos que estaba sentada con la princesa de la sonrisa rosa se levantan del tablón en el que estaban sentados y se van, dejando a su “no hija” o “no nuera” sola, pero seguía teniendo el amuleto de la familia, suficiente freno para Lualem, a pesar de sus intenciones. Había en el aire un ambiente de tensión, se notaba en la expectación que causaban las auroras boreales en todos los presentes del templo, todos imploraban por su número favorito, ofreciendo al Dios Pegasus gran parte de sus riquezas a cambio de multiplicar éstas.
Este Dios era muy caprichoso, lo mismo favorecía a un miembro del templo cuatro veces en el mismo día y a otros no había manera de incrementarles la fe, se dejaban las riquezas a cambio de nada, por lo que decidían irse del templo maldiciendo su mala suerte, y maldiciendo, lo que es peor, al Dios Pegasus, lo que les hacía culpables de sacrilegio. La pena era la muerte o el destierro a los Boumbar, árboles de la penitencia, en los que, por cada mil oraciones, crecían minúsculos frutos llamados “penas” y que era el único alimento de estos pecadores o herejes. El camino del templo de Pegasus a la casa de Lualem estaba plagado de este tipo de árboles, era el ejemplar más extendido en este reino. Y por supuesto estos árboles estaban llenos de herejes y difamadores del dios Pegasus.
Lualem hacía muchos años que no visitaba el templo del gran Dios Pegasus. En anteriores visitas, el gran Ooor (nombre con el que conocía Lualem al anterior dios del templo, hasta que Pegasus le destronó en pelea de titanes) le había favorecido con algunas decisiones, por lo que pensó que la buena suerte seguiría favoreciéndole.
Llamó la atención de Lualem que la princesa de la sonrisa rosa miraba mucho el utensilio que estaba encima de su tablón y que servía para cambiar el sentido de las auroras boreales, el llamado cetro de tablón, pero también miraba mucho el de Lualem.
Pensaba que la chica se alegraría si su número estuviera favorecido por Pegasus, ya que miraba más el utensilio de Lualem que el suyo propio. El también se hubiera alegrado mucho de haber sido ella la afortunada, y
de que su número estuviera protegido por el gran Dios. Cuando el utensilio de Lualem se desgastó, se preparó para volver a la soledad de su acogedora morada, lugar‐ “de dónde no tuve que salir hoy”, sin atreverse a maldecir su mala suerte por temor a las represalias del dios Pegasus. Iba andando hacia la salida del templo cuando se giró para ver por última vez a la princesa de la cálida sonrisa rosa. Un sobresalto en su corazón le indicó que la señal que le empujó hacía allí se estaba haciendo más fuerte. La princesa de la sonrisa rosa se había levantado también de su tablón e iba siguiendo sus pasos hacia la salida del templo.‐“Es como si me hubiera leído el pensamiento”, y sudando por todos los poros de su piel pensaba las palabras que debían salir de su boca para poder acercarse un poco a tanta belleza sin ser penado por la ley de familia, a tanta belleza sin meter la pata, a tanta belleza y no hacerle salir corriendo.
‐“Hoy el dios Pegasus ha favorecido seguro a quien más lo necesitaba” rumiaba Lualem sin levantar mucho la voz, a lo que una voz le contestó: “pues sí, otra vez será”. Lualem volvió a experimentar un soplo de vida tras oír esa voz. Era una voz amiga, espontánea, cálida, sensual, suave, tanto que levanto el ánimo de Lualem al instante. Dejó de pensar en números y en malos augurios y pensó que lo que necesitaba en ese momento era conservar esa voz, “¿y si pudiera retenerla para conversar?”, pero le abrumaba la posibilidad de que le dijese que no y que pudiera pedir una represalia para él. Su timidez iba en aumento cuando, al llegar al cruce de la salida, se despidió respetuosamente sin atreverse a decirle que era la chica más sensual que había conocido, que la sonrisa rosa que poseía era lo más bonito del universo. Al quedar espalda contra espalda, pues cada uno tomaba caminos diferentes, Lualem se giró y murmuró:‐” ¿quieres un trago en otro sitio? Inmediatamente la princesa contestó‐ “sí, me apetece” .El corazón de Lualem dio un vuelco, convencido de que la señal en el cielo era para encontrar a una mujer que ni en los más inimaginables de los sueños podría encontrar.
2.‐EL ANIVERSARIO DE PEGASUS
La noche ya no era noche para Lualem, los cometas giraban cada vez más rápido, y el cometa de luz roja hacía cabriolas en el cielo, fascinando a Lualem metiéndole en la cabeza sueños que nunca pensó tener al alcance de la mano.‐“si pudiera cumplir todo lo quiero ahora mismo aprovechando esta racha”, pero le frenaba en demasía ese amuleto que ella llevaba puesto en el dedo. Un sólo objeto, pero más fuerte que cualquiera de los hechizos provocados por las brujas más temibles del reino. Sólo Assna era capaz de hacer que ese objeto perdiera toda su fuerza, y eso lo conseguía borrando con su mazo mágico cualquier atisbo de unión que hubiera habido en esa persona, dejándola libre para futuras uniones si quisiera.
Lualem estaba pasando por la fase de liberación definitiva aunque ya podía sentirse prácticamente libre. El suplicaba a Assna para que liberase a su princesa de tan terrible castigo para él, pues si no era capaz de liberarla, sus sueños de acercamiento a ella serían sólo eso, sueños. Pero confiaba en que esa noche, era su noche, que los dioses le habían ayudado ya a, por lo menos, aumentar su autoestima, y sentir la felicidad como hacía tiempo no sentía.
Ella tomó a su gaulo Volpassat de las riendas y siguió a Lualem hasta la sala de reuniones de los Echarmas, tribu dedicada a la elaboración de licores de todos los frutos del reino. Tenían licor de ‘dondis’, de frutos secos, de los frutos del árbol del amor, y sobre todo, tal y como quería Lualem, licor de Mau. En el camino iba Lualem pensando que había hecho él para merecer la gran suerte que estaba teniendo, y llegó a la conclusión de que el gran Dios Pegasus se había compadecido de él al verle en ese estado de soledad y depresión, y que le hizo sentir ganas de tomar una Mau justo en aquel momento, y le puso el cometa de la luz roja como señal para que la siguiera. Y así una tras otra todas las señales hasta llegar a…ella. –“¿Será ésta la riqueza que me tiene guardada el destino?”. “No creo que sea tan afortunado pues, si fuera verdad, adoraría al gran dios Pegasus, dando hasta la última gota de mi sangre
por su bondad”. Pero por otro lado pensaba que habían sido demasiadas las señales para obviar que era un augurio definitivo, y de los mejores.
La timidez iba desapareciendo en el alma de Lualem, machacó con fiereza a los últimos fantasmas que rondaban por su cabeza, y miró a la princesa de la sonrisa rosa y le preguntó:‐“¿cómo te llamas?
“Nertole”, dijo ella. Nuestro amigo no se cayó de espaldas porque ya estaba sentado, resulta que hasta el nombre era el más bonito que había oído en su vida, el tono era la más bella melodía escuchada por él hasta el momento, y los labios ponían una postura que desmayaría al más osado, así lo interpretó al oír de nuevo esa voz, le fascinaba. Estaba viviendo el día perfecto en la existencia de cualquier ser vivo, todo lo que le rodeaba le parecían colores azules, azules claros, azules más oscuros, azules violetas, azules cálidos.‐“¿De dónde viene ese nombre?” le preguntó Lualem, a lo que ella, ampliando la sonrisa hasta el límite de las orejas le dijo:‐“ me dejas que te cuente la historia?”.
Lualem se estaba volviendo loco de felicidad, ella quería contarle la historia de su nombre, y él suplicaba que no dejase de hablar, quería estar escuchándola, si fuera posible, toda la vida.
Lualem se sentía con una fuerza vital de la que no se acordaba hacía muchísimos años.‐“Estaría encantado, me encantan las historias de los nombres, de los números, tendremos muchas cosas de las que hablar”, dijo un animado Lualem, sintiéndose relajado por la seguridad que le daba su estado de ánimo, y sabiendo que si todo esto era una señal y estaba dirigido por el gran dios Pegasus, todo le iría bien.
‐“Pues es un nombre que ya lleva mi abuela, la gran bruja de los Córdobos, y que viene de muchos siglos atrás, cuando las diosas de la belleza tuvieron que exiliarse en las islas de Nertolesis tras los ataques al templo de la diosa Mel por parte del dios Jarel.”
Lualem conocía parte de esa historia, pero contada de boca de Nertole le parecía un cuento de hadas. Tras horas de amena conversación, donde la protagonista fue sin duda Nertole, contando las historias vividas por sus números, tanto los de la buena como los de la mala suerte, el cansancio
iba haciendo mella en los dos cuerpos y decidieron retirarse a sus moradas, no sin antes asegurarse Lualem que podría verla al día siguiente. Antes de montarse en sus respectivos gaulos, Lualem se acercó a Nertole y le dio un beso que hizo que estallaran varias neuronas en su cerebro. Ya antes se había asegurado de preguntar por el amuleto del dedo, y la alegría de saber que no era exactamente un amuleto de familia le dio el pequeño empujón que le faltaba para acercarse aún más a ella. Dio gracias a Assna por haber hecho que ese amuleto no tuviera el poder de la familia, uno de los más fuertes en el reino de Pegasus.
Se despidieron y Lualem se marchaba a casa con la mayor sensación de felicidad que se puede experimentar en la vida. Ya estaba contando las horas y los minutos que faltaban para poder volver a ver a su princesa, ” Nertole, qué guapa, qué sonrisa, ese pelo largo, brillante y sedoso, sobre todo, esa boca, esa voz…” iba Lualem ensimismado en sus pensamientos hasta llegar a la puerta de su hogar, cuando una vez dentro se sintió de nuevo…solo. Pero era una diferente sensación de soledad a la que sentía en tiempos no muy lejanos, era una soledad con esperanza, una soledad de disfrute de pensamiento, una soledad que esperaba que fuese…corta. Sus ilusiones flotaban en el aire, veía sus sueños, sus expectativas renacieron, y aunque quería que el tiempo pasase en un instante para poder volver a ver a Nertole, se decía que tenía que ir con mucho tacto para no perder lo que más estaba echando en falta en ese momento de su vida, el amor.
A la mañana siguiente se despertó y pensó que todo había sido un sueño, pero olió ese aroma que dejó en la ropa el roce de Nertole al despedirse y su energía se renovó de inmediato. Quiso salir en su busca, se puso de nuevo su capa azul y se encaminó hacia Seleón para ponerle sus mejores galas.
Cabalgando a lomos de su amigo llegó a dónde ella le había dicho que vivía,
a las afueras de la gran ciudad. Cuando la vio quedó asombrado.
Era aún más guapa que la noche anterior, su pelo suelto, largo como el de la diosa Floore, la diosa más guapa de los templos del reino, ondeaba al viento refrescando el aire con aromas desconocidos para Lualem, su sonrisa, esa sonrisa que cautivaba el corazón de nuestro protagonista, era más amplia y más sincera que nunca, su boca seguía teniendo el deseo dibujado en sus fronteras, y su cuerpo invitaba, invitaba….
Estaba loco por besarla, pero no quería estropear la felicidad que sentía de tenerla a su lado por querer ir demasiado rápido y sobre todo, no quería asustarla con sus presagios y sus señales.
Eran días de fiesta, se celebraban las fiestas de aniversario del dios Pegasus, todo el mundo acudía a él a loarle y a suplicarle riquezas, Lualem sólo quería a Nertole, por lo que no hizo mucho caso a las fiestas y pasaba el día pensando en su princesa. Entonces ella le contó que también recibió señales del cielo, que estaba aburrida y al mirar al cielo un cometa le hizo un zigzag y se convirtió en una brillante luz roja, haciéndole señales para que siguiera esa luz y que la llevó al tablón
dónde la conoció Lualem. Éste se desmayó al instante. Cuando despertó, creyó estar en el cielo, le recibió esa sonrisa que, para él, era lo más bonito del mundo. Le contó a Nertole cómo recibió él las mismas señales, y que si todo era así, habría que pensar que era una unión bendecida por Pegasus. Miraron al cielo y descubrieron a dos cometas, de brillante luz roja, que poco a poco iban alejándose, haciendo zigzag, dibujando una gran sonrisa en toda la galaxia. Lualem no tenía ninguna duda de que todo era obra del destino escrito de Pegasus, no obstante, Nertole tenía la cabeza más amueblada, y aunque no renegaba de la mano de Pegasus, de hecho era una gran estudiosa de los números, no daba tanta importancia a las señales como Lualem, las interpretaba de manera diferente a como él lo hacía.‐“Escuela de brujas” pensaba Lualem, para entender como una misma señal podía tener dos significados diferentes. Le dijo a Lualem que ella también andaba en manos de Assna para liberarse de un amuleto de familia, que lo había pasado muy mal y que quería darse un tiempo para estudiar las señales.
A Lualem esto no le importaba, quería que Nertole descubriese poco a poco lo que iban enseñándole las señales, él ya sabía cómo interpretar lo que había visto. –“Son demasiadas señales y tan claras, que no puedo echar a perder esta bonita historia”, pensaba. “Pero es demasiado bonita como para no aprovecharla ya, que el tiempo nos quita eso, tiempo”. Lualem empezaba a sembrar dudas en cómo afrontar sus deseos con Nertole. Decidió invitarla a pasar la noche de la gran fiesta de aniversario de Pegasus en su casa, con la seguridad de que, si todo esto era obra del gran dios, diría que sí, y con la intención de tomar un trago y celebrar un poco la fiesta de aniversario. Nertole ya tenía planes para la fiesta, pero prometió a Lualem hacer un hueco durante la noche para ir a visitarle. Lualem se dedicó ese día a limpiar la casa, recoger las habitaciones, en fin adecentar la casa ante la visita de su amor. Se dio un baño de aromas de lavanda, sacó sus mejores galas del ropero, se esmeró en sus arreglos y esperó a que llegara la hora de recibir en su refugio a la princesa de la sonrisa rosa.
Lualem miraba al cielo, ya no veía los dos cometas de brillantes luces rojas, habían hecho su trabajo y todo quedaba en manos de él. Pero veía felicidad en los demás cometas, para Lualem significaba que alguien estaba viendo cometas de brillantes luces rojas en el cielo como él había visto, ya que se dice que las luces rojas las ven sólo los elegidos. Y se sentía afortunado de haber sido uno de los ellos. “Mejor esto que la fortuna en los números”,” al gran dios Pegasus le daré riquezas a cambio de amor”.
Después de la medianoche apareció Nertole, preciosa, elegante, guapa, majestuosa. El deseo de besarla pudo más que cualquier freno, y Lualem la sujetó por la nuca y besó a su princesa de la sonrisa rosa, esa boca que Lualem no quisiera dejar de besar en la vida. Y esa misma noche hicieron el amor, aunque Lualem llevaba demasiado tiempo sin hacerlo y pasó algunos apuros.
Decidieron salir de fiesta, una amiga de Nertole, Silvfaa, se apuntó a unos tragos en la sala de reuniones de los Echarmas, que era el lugar más cercano a la vivienda de Lualem, y no había que llevar animales. No es que fuera una fiesta fuera de lo común, pero estuvieron los tres conversando amenamente, tomando licor y acabaron de madrugada en casa de Lualem, ya que donde vivían las dos amigas estaba un poco lejos y no podían montar en los gaulos, éstos porque estaban dormidos, ellas porque perdían el equilibrio de tanto tomar licor.
Al despertar de la mañana siguiente, vieron que Silvfaa se había ido… ”Tienes una amiga muy madrugadora” dijo Lualem,” lo mismo ha ido a buscar fruta para el desayuno”. Pero Nertole sabía que se había ido por otros motivos, “‐no, es que tenía que recoger a primera hora de la mañana unos mensajes del reino de Sanfnan, por eso ha madrugado tanto y se ha ido”‐.
Cualquier trabajo que se hacía en el reino de Pegasus estaba ceñido a un estricto horario. A todo aquel que se le viera trabajar de diez a once, estaba condenado durante dos semanas a permanecer encaramado a un Boumbar, todos los castigados por el dios Pegasus debían orarle para poder alimentarse, pues el gran dios era el que hacía crecer las “penas” según las oraciones recibidas.
Se vistieron y asearon, salieron en busca de frutas para el desayuno y se despidieron, Nertole montó en su gaulo Volpassat y se marchó.
3.‐ ESPERZ
Lualem estaba viviendo un sueño, ‐“no quiero despertarme”, y se pellizcaba una y otra vez en la mejilla para saber que todo era cierto. Y salió al bosque llevando de las riendas a Seleón en busca de audiencia con la bruja Esperz. El bosque estaba lleno de criaturas extrañas, animales que habitaban en los árboles por gusto, algo que extrañaba a Lualem, pues pensaba que si el castigo por sacrilegios, blasfemias y maldiciones en la ciudad era encaramarse a los árboles a rezar, como podían estar esos animales ser tan felices viviendo donde vivían. Pensó que el gran dios Pegasus hacía crecer los frutos más rápido en esos árboles que en los de la gran ciudad, por lo que estos animales no pasaban malas épocas, ni tiempos de hambre, ni de frío.
Seguía caminando cuando de repente algo le sobresaltó. Era una manada de lobos, la única criatura que consiguió esquivar la ira de Pegasus al ponerse de su lado en la batalla contra Ooor, una manada que tuvo como recompensa el señorío y el poder de todos los bosques del reino. Empezó a contar, “¡uno…dos…tres……diez!
“Vaya numerito”‐, lo único que le importaba a Lualem era el maleficio que surgía al contar hasta diez y por eso miró un poco más arriba y descubrió un lobo blanco que hacía el número ¡once!, estaba salvado.
Montó raudo en su gaulo Seleón, pero los lobos acababan de rodearle impidiendo que escapara. No tardó mucho en darse cuenta que estaba perdido, pero tenía fe de que al no ser el once un número malicioso, saldría de esta situación airosamente. Entonces gritó: “Busco a la bruja Esperz, reina absoluta del bosque de Torrlodn, necesito una audiencia para estudiar las señales, los nombres y los números”. Se acercó entonces el lobo blanco, abriéndose paso entre la manada de lobos que acechaban a Lualem. Era tan grande como Seleón, su jerarquía en la manada estaba bastante clara, los demás lobos eran la mitad de altos y fuertes que él, todos se apartaban metiendo el rabo entre las piernas al paso del gran lobo. Cuando estuvo frente a Lualem saltó, le empujó con sus pezuñas y cayeron los dos arrastrados por la inmensa fuerza del golpe, pero cuando caía a tierra, Lualem sintió que flotaba, que nunca llegaba al suelo y abrió los ojos. Mirándole fijamente estaba la bruja Esperz. Era alta, vestida de gris y verde, se le adivinaba el pelo negro debajo de su capa, pero parecía increíblemente joven para ser una gran bruja, su piel parecía la de una adolescente, su mirada era inexplicable, terriblemente poderosa. Todas las señales que había en el universo eran
de su creación. En la batalla de los dioses se alió con Pegasus para poder disponer de las señales a su antojo, pues antes era Ooor quien manejaba las supersticiones, él le arrebató a Esperz el poder de la creación, y hacía muchos “laxas”, tiempo que tarda la estrella del norte en dar una vuelta a su galaxia, que no creaba supersticiones nuevas. Esperz llevaba siempre en su mano izquierda el cetro del bosque y en la mano derecha un anillo verde, grande, y que era el centro de creación de todas las señales.
“Te concedo audiencia siempre y cuando cumplas tres condiciones” le dijo Esperz a Lualem. Y empezó a ver la luz de su salvación al oír esas palabras.‐ “dime qué condiciones son esas” le espetó Lualem de buen
humor. “Lo mismo no eres capaz de cumplirlas” le dijo Esperz. “Dime esas condiciones y yo las cumpliré”. “Si te digo lo que tienes que hacer no puedes echarte atrás o te devoraremos”.” Cumpliré, lo prometo”. Muy bien pues estas son, primera: “debes encontrar el número mágico entre las piedras que pisas”, segunda: debes pedirle al gran dios Pegasus que te sea perdonada la vida tantas veces como indique ese número mágico” y por último, la tercera condición: “no debes amar”. Lualem sintió una sacudida por todo su cuerpo al escuchar la tercera condición que le imponía Esperz para recibir audiencia. Se volvió hacia ella para explicarle que eso no iba a ser posible cuando lo que vio fue…un gran lobo blanco, enseñándole los dientes y apresurándole a cumplir todas las condiciones si no quería ser devorado de inmediato. No le quedaba más remedio que cumplir, la suerte estaba echada. Empezó Lualem a buscar por el suelo entre las piedras ese número mágico que debía encontrar, las dos primeras condiciones se basaban prácticamente en ese número. Estaba desesperado, “no podía amar”, pensaba una y otra vez, “no he venido a pedir una audiencia para no amar, sino para todo lo contrario”, buscaba y buscaba entre las piedras y no encontraba nada. Y por fin, tras mucho buscar y no encontrar nada, se sentó en un tronco caído y se quitó las botas para relajar los pies. Al tirarlas contra el suelo, una de ellas quedó bocarriba y Lualem se fijó en un detalle que le puso los pelos de punta. En los pliegues de la suela de la bota había dos piedras incrustadas y en medio de ellas estaba lo que buscaba, el número 8. “debes encontrar el número mágico entre las piedras que pisas” le había dicho Esperz, “De nuevo la suerte se alía conmigo”, saltó del tronco y se puso a rogar por su vida al gran dios Pegasus ocho veces. Y ahora estaba la tercera condición, la que no sabía cómo iba a ser capaz de cumplir, esa que le envenenaba el corazón, la que retorcía de mil maneras su cerebro, y buscó una solución. Se puso a pensar en Esperz, como esa carita angelical era capaz de transformar en caos cualquier signo de mala suerte, no, no la odiaba, en los dientes del lobo blanco esperando a darle una dentellada, tampoco odiaba al lobo blanco, en su antiguo amor. ¡Pleno! Aquí encontró lo que buscaba, una imagen que le desagradaba terriblemente, una imagen que le causaba un tremendo dolor, una imagen que había sembrado en él…odio. Se preguntaba
cuanto tiempo tendría que esperar a que la tercera condición se hubiera cumplido cuando Esperz, de nuevo con esa figura soberana, se puso ante él y le dijo: “todo ese odio que te he notado debes dejarlo aparcado, porque no te hará ningún bien”.
“Pero si no odio, amo, y si amo no podré pasar la tercera prueba para recibir audiencia por tu parte”. “No” dijo Esperz, “tú ya no tienes que odiar más porque has pasado la tercera prueba por amor. Esta prueba era para saber, en realidad, si aún tenías odio en tu interior por lo que te hizo tu esposa, ya que para amar no debes de guardar odio en tu interior, por lo tanto, si alguna vez vuelves a sentir odio ya no volverás jamás a amar a alguien”. “Debes volver, vivir como te dicten las señales, ponle más espacio en tus ruegos a Pegasus, que no siempre va a estar pendiente de ti, olvídate de tu pasado y céntrate en tu presente, ama a Nertole, pero no pienses que ella te ama, porque no es así, Pegasus todavía no le ha concedido ese don. Para que ese momento llegue queda un larguísimo camino que quizás no seas capaz de recorrer ni de soportar”.
Lualem estaba convencido que Esperz sabía en realidad que era el amor que sentía por Nertole lo que le había llevado allí, pero le tenía terriblemente confundido las últimas palabras pronunciadas por Esperz,” –“ella no te ama”. “Pero sin embargo me ha dicho que yo la ame, no entiendo nada, otro jeroglífico más”‐. Y se encomendó a sus señales, a su suerte.
Ahora montado sobre Seleón volvía de camino a casa, se giró para despedirse y allí ya no había nadie. Su caminar de vuelta era tranquilo, meditando en las palabras de la bruja Esperz, cómo viviría sabiendo que a quién él ama no le corresponde, que a quién él quiere proteger de todos los maleficios y supersticiones del mundo no le importa. Pensaba que nunca más podría odiar, pues odiar una vez más significaba ¡no amar nunca más! Y además tendría que amarla aun no siendo correspondido. Vislumbraba la gran ciudad cuando aparecieron a su espalda, ¡diez lobos! Y cuando quería descubrir al gran lobo blanco para quedar tranquilo, pues el diez es tan malo como la muerte, allí no había nada más que diez lobos, lo que asustó de tal manera a Lualem, que
espoleó a Seleón a la máxima velocidad que éste podía coger y huyó de allí como alma que lleva el diablo.
Por fin, tras una aventurada carrera delante de los lobos, Seleón era bastante más rápido que ellos, salieron del bosque y se dirigieron al templo de Pegasus a solicitarle clemencia por su desventurada decisión de impedir a Nertole amarle como él le ama a ella. Y cuando hay mal de amores hay suerte en el juego, y él tenía el ¡número mágico!, “jugaré esta noche con las auroras boreales” y se dispuso a pedir al gran dios Pegasus que fuese benévolo esa noche con él y con su número, olvidándose de pedirle el amor de Nertole como era su intención al ir hacia el templo. Y esa noche Pegasus atendió a sus rogativas y le concedió gran suerte a su número mágico, el mismo número que lleva grabado en su bota, el 8.
La noche discurrió plácidamente, en los sueños de Lualem se le aparecía Nertole una y otra vez, y todas las veces pensaba qué era lo que tenía que hacer para ganarse el amor de su princesa
Le apesadumbraba profundamente saber, porque fue la misma Esperz quién se lo dijo, que Nertole no le amaba, que sólo se había fijado en él, pero no podía sentir amor. Y toda la culpa la tiene Pegasus por no concederle el don de amar. Se lamentó de haber pedido suerte para su número mágico y no haber rogado por el don de amar de Nertole. Llorando se durmió.
4.‐EL MERCADER
Andaba esa mañana Lualem bastante desconcertado, sabía que Nertole estaba cumpliendo con sus labores diarias y Lualem no era un tipo que le gustase molestar a los demás cuando éstos estaban realizando sus tareas. Decidió pues a esperar a una hora conveniente para ir a visitar a Nertole. Los minutos parecían horas, las horas días, los días semanas. Lualem no tenía en esos momentos ninguna acción que realizar, parecía estar en paz con todos los dioses, se dedicaba a estudiar los idiomas de los demás reinos, pues su voluntad era recorrer mundo. También era un gran músico, tocaba varios instrumentos musicales y amenizaba las veladas de sus vecinos y amigos cuando éstos se lo solicitaban. Y por supuesto, estudiaba los números, esta era la gran riqueza de aquella época, quién se sabía los números y las consecuencias de ellos, tendría una vida placentera y sin penurias. Llegó la hora de ir a visitar a su princesa de la sonrisa rosa, su amor por ella no desaparecía a pesar de saber que ella no le amaba, aunque ella no se lo había dicho, “¿y si no tiene el don de amar por no saber el alcance de las señales? ¿No será que Pegasus esté castigando a Nertole por no saber interpretar sus enseñanzas? Debo ayudarla”. Llegó hasta la vivienda de Nertole y esperó en la puerta a que saliera de casa, seguía montado a lomos de Seleón cuando apareció Nertole vestida de tal manera, que Lualem tuvo que restregarse los ojos con el dorso de la mano para creerse de verdad lo
que estaba viendo. Estaba preciosa, llevaba un vestido que dejaba intuir parte de sus intimidades, pero sin enseñar nada, una capa de color azul, ‐buena señal‐ dijo‐; esa sonrisa que fascinaba a Lualem, para él sonreír significaba buena suerte en una persona, algo que había estudiado en los números cuando era pequeño, con su madre, por lo que estaba muy feliz de que a Nertole le pudieran ir bien las cosas en la vida, pero debía enseñarle a interpretar las señales tal y como quería Pegasus que las interpretara, para que así ella pudiera amarle. Dándole un beso le dijo –“vamos a pasar dos días en la meseta suroeste, debemos de pasar por el templo para rogar a Pegasus por un buen viaje”. ‐ mientras le ayudaba a subir a los lomos de Seleón, intentando que, bajo ningún concepto, pudiera arrugarse el vestido azul que, tan esplendorosamente, lucía Nertole. Tomaron el camino que lleva de casa de Nertole al templo, rodeado principalmente de mercaderes que vendían toda clase de artículos, desde gaulos recién nacidos hasta artilugios de cocina, pasando por toda clase de varitas hechizadas por grandes brujas del momento. La mayoría de estos artículos eran falsos, normalmente tener artículos creados por brujas era materialmente imposible debido al alto precio que éstas solicitaban por la creación de uno de estos artículos, los amuletos eran más fáciles de conseguir, aunque la mayoría de ellos no estaban “bendecidos” por los conjuros de las brujas. Los amuletos te valían por ejemplo para mantener a distancia a tus enemigos, tanto real como imaginariamente, de lo contrario los fantasmas de Bress actuaban contra ellos si las señales indicaban que habían cometido algún tipo de sacrilegio. Todo lo marcó el gran dios Pegasus el día que tomó posesión de este su nuevo reino, ya tenía miles de reinos bajo su control, pero su ansia insaciable de oraciones le llevaba a seguir conquistando reinos para su causa. En esto que pasaban Lualem y Nertole delante de un mercader que vendía “el libro de los números”.
Un ejemplar bastante raro de encontrar, sólo habían sido editados ocho ejemplares, cosa que todavía desconocía Lualem. Decidió Lualem echarle un ojo al libro, ver que contenía el famoso “libro de los números”.
La mano del mercader le detuvo por el antebrazo antes de que pudiera tocar el libro y le dijo,‐ “no puedes abrir el libro sin antes cumplir las tres condiciones que yo…iba a decirle su nombre, pero se cayó en el último suspiro,…te marcaré”. –“Vaya, tres condiciones” pensaba Lualem recordando la mañana en la que se adentró en el bosque en busca de Esperz, y de pronto, asustado, empezó a mirar a todos lados intentando ver donde estaba Nertole, ¡había desaparecido! Su gaulo Seleón estaba parado frente a él, pero de Nertole ni rastro. Dejó al mercader con la palabra en la boca y buscó por los alrededores alzando la mirada por si estaba mirando algún artículo en venta en algún otro puesto de la zona, visitó a los mercaderes de los alrededores, preguntándoles si la habían visto, muchos de ellos la conocían pues su sonrisa no solía pasar desapercibida. Nadie había visto a Nertole, nadie sabía nada de su princesa de la sonrisa rosa, estaba desolado pensando que algo grave había sucedido y él no se había dado cuenta por su maldita pasión por el estudio de los números, se culpaba por bajarse a ojear el libro, y de que su gran amor hubiera desaparecido. ‐¿sería una señal? –pensó‐ sabiendo que esa señal era una mala señal, señal del infortunio, señal de…‐“tengo
que ir a rogar a Pegasus por la vuelta de Nertole, esto es una fatalidad, pero antes veré en qué consisten las tres condiciones que me pone el mercader para poder echar un vistazo a ese libro, quizás estudiando los números de ese libro pueda liberar a Nertole, esté donde esté”‐. Su única preocupación era la de superar las condiciones que le marcase el mercader, estaba convencido de que las señales le empujarían a superar muchos obstáculos antes de conseguir para su querida Nertole el don de amar. Corriendo lo más rápido que pudo, con la capa atada por un minúsculo nudo a la axila de Lualem, una imagen realmente grotesca, el pelo pegado a la cara, con claros síntomas de preocupación y desesperación en el rostro, llegó a donde estaba el mercader y le instó a decirle las condiciones que debía cumplir para ojear el libro. “Primero” ‐le dijo‐ “debes prometer que cumplirás las condiciones, a riesgo de ser lapidado por mí y por diez mercaderes más”. De nuevo sobresalto, de nuevo aparece el número diez, de nuevo palidez en la cara, de nuevo…malas señales. También se decía que al ser diez más uno eran once, lo que debía tomar en serio para poder relajarse y concentrarse en realizar correctamente las condiciones que debía aceptar. Se autoproclamó en su interior como el príncipe guerrero que tenía que luchar por su princesa, que era la mayor y más peligrosa aventura de su vida y no podía defraudarse por no haber luchado hasta perder la última gota de su sangre, esperanza no le faltaba, confiaba en la primera señal, aquella que le marcó el cometa, aquella brillante luz roja mandada directamente por Pegasus, era el clavo ardiendo al que se aferraba con todas sus fuerzas.‐“ Prometo cumplir las tres condiciones, mi vida va en ello y acepto lo que me digáis”‐. –“Muy bien dijo el mercader, la primera condición es adivinar el nombre mágico, la segunda es que debes rogar a Pegasus por ese nombre, la tercera condición es que “¡no debes amar!”.
Ahora sí que se le planteaba un difícil dilema, la bruja Esperz le había predicho que dejaría de amar para siempre si volvía el odio a su corazón, y la tercera condición que le había puesto el mercader chocaba frontalmente con lo que vivía, con lo que sentía, con sus emociones. Y si ahora se echaba para atrás, sería lapidado por los mercaderes que ya empezaban a acercarse, lo que abrió la mente de Lualem, y contestó con voz grave;‐“buscaré el nombre mágico, rogaré a Pegasus por él y ¡no
amaré!”. Se concentró en buscar el nombre mágico, olvidando la tercera condición hasta que llegase el momento. Empezó a mirarse en las ropas, en las botas, en las rayas de las manos, pensaba que si en el bosque el número apareció en sus botas, esto podría tener alguna conexión. Cansado de hacer cruces de palabras, cansado de pedir una señal que le guiase a conseguir descubrir el nombre mágico, se sentó en el suelo y se encendió una pipa de marinuan, planta exótica de la que su madre le había enseñado múltiples propiedades, entre ellas poder relajar la mente para abrir nuevos caminos.
Y como decía su madre,‐“a nuevos caminos nuevos vecinos”‐. Y como si eso hubiera supuesto una señal, se encendió la pipa y empezó a echar el humo en varias direcciones, y lo que vio le sorprendió, bueno, sorpresa no es la palabra exacta, lo que vio le produjo pavor, y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Palidecieron sus gestos, lo que estaba viendo no podía ser posible, y aunque lo que veía le aterrorizaba, sentía una inmensa alegría, porque lo que turbaba su mente aparecía cuando el viento movía ligeramente el humo y ese nombre era… ¡Nertole! “Nertole es el nombre mágico, los dioses me vigilan y están ayudándome”‐ pensó Lualem‐ parece buena señal, me dejaré llevar por ellas, y rogó por Nertole a Pegasus. Iba pensando la buena sintonía, “yo tengo el ocho, el número mágico, y Nertole tiene su nombre, el nombre mágico, vaya pareja”‐ y con buen humor se dirigía a donde estaba esperando el mercader para terminar de cumplir la promesa. No se daba cuenta que pensando en Nertole estaba incumpliendo la tercera condición, hasta que tropezó con su gaulo Seleón, al que se le levantó un trozo de su aterciopelada piel al contacto con un abrelatas que Lualem siempre llevaba en su morral, dando un grito que pudo oírse hasta en los confines del reino. Esto despertó a tiempo a Lualem de su sueño pues el mercader ya estaba llegando a su altura y debía demostrar que no amaba para así cumplir con su promesa. Mientras atendía, maldiciéndose, a su gaulo de la herida que le produjo la raspadura con el abrelatas, empezó pensando en su ex‐ esposa pero el odio no afloraba por ninguna parte, lo que le hizo tener entre miedo y alegría, miedo por no poder demostrar que ‘no amaba’ y así incumplir la tercera condición y no tener acceso al libro de los números, libro que necesitaba para liberar
y ayudar a Nertole en su dolor, el no poder disponer del don de amar. Y alegría por saber que ya no albergaba odio hacia su ex esposa y así no perdía la posibilidad de seguir amando. Pero entonces empezó a preocuparse porque no encontraba nadie a quién odiar, no podría superar la prueba, y tras un largo tiempo intentando recordar alguien o algo que odiar y no encontrarlo se sentó de nuevo en el suelo, y se puso a llorar desconsoladamente. Sentía que estaba perdiendo a Nertole por no saber salir de ese laberinto en el que se había convertido su cerebro, todo lo que recordaba lo amaba, en todas las etapas de su vida fueron su mejor escuela la calle y su madre, entornos que por su dureza convierten a cualquiera en experto superviviente, y empezó a odiarse a sí mismo, cada vez más, y su capacidad de odio se vio rebosada y explotó. Cayó fulminado al suelo, víctima de uno de los fantasmas de Bress que había podido introducirse en su cerebro sin él darse cuenta, y le estaba bloqueando la salida de su mala energía.
Su desmayo atrajo a numerosos curiosos que por allí deambulaban, se inclinaban a mirar a la cara a Lualem y se iban, los niños, la mayoría hijos de los mercaderes de la zona, se reían de ver a Lualem tirado en el suelo pensando que era un borracho, y empezaron a tirarle piedras y ramas,
hasta que el mercader poseedor del libro de los números alzó la mano y todos se fueron de allí. Echándole un jarro de agua en la cara consiguió
que Lualem despertara, y éste , chorreando y empapando toda la ropa, que ya con el barro del lugar estaba mugrienta y maloliente, dijo al mercader;‐“, lo que antes odiaba ya no consigo odiarlo, buscando en mis recuerdos sólo aprecio que he amado, no encuentro a quién odiar salvo a mí mismo, por esto mismo no creo haber superado la tercera condición que me impusisteis y no soy digno de abrir el “libro de los números”‐. Y comenzó de nuevo a sollozar, –“Pues te equivocas Lualem, has demostrado ser el único digno de poder abrir este ejemplar, el último de los ocho que exiten en el mundo, sin duda Pegasus está guiando tu número mágico”‐. Los ojos de Lualem se abrieron como platos al comprobar que otra señal, bastante fuerte, iluminaba su destino, pero una idea le vino a la cabeza y le preguntó al mercader, ‐ “¿cómo sabes mi nombre, y lo que es más importante, cómo sabes que mi número es mágico?”. –“Verás Lualem, soy el druida Osporz, hermano gemelo de
Esperz, la bruja de los bosques de Torrlodn, estamos conectados directamente a Pegasus, sabemos que últimamente está tomando decisiones que nada tienen que ver con los números o con los nombres, excepto en casos excepcionales, como el tuyo, y debemos sustituirle”.
–“La profecía advierte que la descendencia de los números y de los nombres mágicos será quién sustituya a Pegasus y tome posesión del
diosado de Hafafax”. ‐ “Estoy metido de lleno en una ¿conspiración? contra el dios Pegasus”‐pensó Lualem,‐ “debo advertirle o Nertole nunca recibirá el don de amar”‐. –“Pegasus no te ayudará de momento”‐le advirtió Osporz, ‐“cuando sepas tu destino Pegasus intentará evitar que se cumpla la profecía. Todavía no lo ha hecho porque primero debías saber cuál era tu destino, y para eso te queda un largo camino por recorrer, pero cuando tú lo sepas, él lo sabrá”‐. “Lo que tiene que quedarte claro es que has sido elegido para una determinada misión que te será comunicada más adelante. Debes seguir amando a Nertole sobre todas las cosas, escúchame bien Lualem, sobre todas las cosas”‐. –“El equilibrio depende de tus decisiones, enfoca todas tus emociones en la misma dirección, hacia la mujer que amas. Sólo quiero revelarte que el cometa que viste de luces rojas brillantes te lo enviamos nosotros, no Pegasus‐.‐ El está ocupado en otras cosas, su templo está bajo el control, o mejor dicho, descontrol de sus sacerdotes, tu suerte con las auroras boreales las produjo Ispirz, nuestra hermana menor.
‐”Toma pues el “libro de los números”, tuyo es, pues con tu pureza de corazón te has ganado el derecho a ello. Acompaña a Nertole a casa… ‐en ese momento giró la vista para encontrarse frente a él a su princesa de la sonrisa rosa, unos labios sobre los que se abalanzó comiéndola a besos, y en ese momento comprendió que empezaba a vivir, sentía un radiante amor por tan preciosa mujer. De vuelta a la casa de Nertole, ella le iba comentando que, cuando se bajó del gaulo para ver el libro de los números, vio a Silvfaa que iba con sus padres a visitar un familiar que ella también hacía mucho tiempo que no veía, y como pensaba que iba a tardar un buen rato ojeando el libro, ya que tanto le gustaban los números, decidió ir con ellos y que volvería en un corto espacio de tiempo, pero le juraba que se lo había dicho antes de irse y que él no se habría dado cuenta. “Estaría tan ensimismado en el libro, que no te oí”‐ le comentó Lualem. “‐y me he llevado un buen susto”‐ no sabía si decirle a Nertole que su nombre era mágico, ‐“no lo entenderá, mejor no complico las cosas” se decía a si mismo Lualem. Y empezó a pensar en ¿cuál sería la misión que le sería encargada, porqué ha sido él el elegido, que pintaba Nertole en toda esta historia?
5‐NERTOLE
Nertole…un nombre que no se le iba de la cabeza a Lualem, ¿Qué hacía el resto del día cuándo no estaba con él? La notaba agarrada a su torso durante el camino de vuelta a la ciudad, montados en su gaulo Seleón, después de pasar unos días en la meseta, respirando nobols y marlobs, aromas y humos de los que no podían separarse. Nertole pasaba las mañanas, excepto de diez a once que se dedicaba a leer nombres, y de dos a tres que paraba para comer, escribiendo cartas a los fieles del gran sacerdote Ossc, líder de la orden de los nombres mágicos, con las consignas diarias que estos debían realizar para mantener el status social que poseían, bastante alto el de todos ellos, y las donaciones que debían efectuar. Su labor no era precisamente tranquila ni fácil, debía hacerse entender con personas de todas las regiones y reinos del mundo, por lo que hablaba varios idiomas y dialectos, algo que poca gente era capaz de dominar. Era de una inteligencia superior, las palabras que salían de su boca eran como el agua que fluye por un canalillo, con ese gracejo que solo ella sabía entonar, pero le extrañaba a Lualem el modo tan extraño que tenía de interpretar las señales, eran radicalmente distintas a como él las descifraba, era un mundo de otra dimensión, era incapaz de entenderlo. Para ella el cometa había sido simplemente, salir del aburrimiento. Sin embargo para Lualem era la señal principal de que algo estaba pasando, algo nada sencillo…‐para él era comenzar a vivir, su nuevo nacimiento. Nertole iba todas las mañanas montada graciosamente en su gaulo Volpassat a realizar sus tareas en el templo del gran sacerdote Ossc, en el centro de la ciudad, en el sitio de más lujo y riqueza, donde mayor concentración de fieles tenía. El gran sacerdote confiaba mucho en Nertole.
La mayoría de las tareas que realizaba no necesitaban de la supervisión de Ossc pues sabía que estaban bien hechas. No llegaba nunca tarde a su cita con el correo, entregaba al corredor las cartas, se les llamaba así porque iban corriendo, cual atleta, todo el día para entregar las misivas. Era tanta la confianza que tenían en Nertole que a Lualem le extrañaba que sólo se dedicase a escribir cartas y que no tuviera una labor más acorde a la gran categoría que poseía. Había viajado por los mares de medio mundo, conocía cientos de culturas de cientos de reinos diferentes, hablaba varios idiomas y dialectos y tenía una mano en la cocina…‐ “a ver si un día me invita a probar uno de esos excelentes bocados que dice que prepara”‐ se reía para sí Lualem, mientras sentía el abrazo fuerte de Nertole y el empuje de su cabeza en la espalda. Ella era de una familia de estudiosos, tenía un hermano dos años mayor que ella, de los mejores dragomanes, erudito, de los nombres y de los números de su localidad, sus padres eran jóvenes todavía, su padre era un gran jugador de pecnat, donde se usaban las auroras boreales para formar figuras extravagantes en el aire que luego caían al suelo de manera fulminante, haciendo círculos alrededor de un minúsculo boliche que de vez en cuando se rompía al sentir el impacto de una de las auroras boreales. Era un juego tradicional, de los más antiguos del reino y de los que más seguidores reunía. Su madre se dedicaba a asistir a una gran
bruja retirada, seguidora de Ooor, que quedó en el olvido tras la victoria de Pegasus, pero que seguía en la soledad de su morada hechizando objetos y salvando de las maldiciones de Pegasus a gran cantidad de personas. Ella preparó el amuleto que lleva Nertole en el dedo. Aparte de este llevaba otros más, un collar, regalo de uno de sus muchos viajes, bendecido por la pureza de dos niños del reino de Carees, amuleto que le daba paz en los momentos de más agitación, otro collar que le regaló su padre en uno de sus torneos, por darle suerte en la partida final, gracias dice, al anillo que lucía en el dedo, “y a que su sonrisa despistó al rival, seguro”‐pensó Lualem. También llevaba una pulsera que se encontró a la orilla del río, dice que debía pertenecer a una sirena por los nombres de los dibujos del fondo del mar. No sabía las propiedades que tenía ese amuleto, nunca tuvo que utilizarlo. Le gustaba mucho vestir con tonos negros, blancos y grises, colores neutros que no dan ni buena ni mala suerte, aunque si tenía que elegir un color para vestir que no fuesen estos tres, elegía el azul. Procuraba evitar decir nombres que tuviesen malas señales, le habían aleccionado desde pequeña que no pueden decirse ciertas cosas, a riesgo de ser castigada por la furia de Pegasus, a ser encadenada a un Boumbar, o ser condenada a la pena de muerte.
Y en verdad que su interpretación de las señales no había enfurecido a Pegasus hasta el momento. Era muy, pero que muy inteligente esa mujer. Le gustaba bailar, ‐“que ganas tengo de que un día me invite también a bailar con ella”, Lualem iba convirtiendo en deseos de compartir, con ella, cualquier cosa que Nertole le contase que hacía o le gustase. Pararon en el camino a descansar un poco del tortuoso viaje, se sentaron en el tronco de un árbol y conversaron largamente.
Lualem le contó que quería compartir con ella muchas de sus actividades, pero a Nertole estas cosas no le gustaba compartirlas con Lualem, decía que todavía no estaba preparada para introducir en su mundo a alguien que acababa de conocer, que ya habría tiempo más adelante para que conociera a su familia y a sus amigos, y que los caminos se andan despacio para apreciar todo lo bonito que hay en cada centímetro de tierra. –“Cómo, sin tener el don de amar, puede hablar del amor de manera tan fantástica, tan bonita”‐ susurraba Lualem,‐ “tu vida anterior a tenido que ser bastante dura para tener ese caparazón en tu corazón”‐ le decía Lualem a Nertole,‐“la precipitación en mis relaciones anteriores ha sido la causa de los sucesivos fracasos en ellas”‐ murmuraba Nertole, con cierta nostalgia en sus ojos y sin esa sonrisa que a Lualem entristecía, en verdad, no verla en su boca. Ciertamente Lualem sabía a qué se refería Nertole con sus frases, no quería volver a sufrir una decepción, su caparazón le protegía de ciertos recuerdos, había sufrido mucho.
‐“Yo no te haré sufrir”‐ pensaba Lualem, ‐“esperaré el tiempo necesario para que confíes en mí plenamente, me adaptaré a tus gustos e intentaré que seas feliz a mi lado, resolveré con Pegasus su deuda para contigo y que te conceda el don de amar”‐. Lualem daba muchas vueltas a sus pensamientos, parecía que tenía las noventa auroras boreales del templo sagrado de Pegasus metidas en la cabeza, su único pensamiento era conseguir el amor de su princesa y verla sonreír de nuevo.
Tras este pequeño descanso, montaron de nuevo a lomos de Seleón y prosiguieron camino.
Por fin llegaron a la gran ciudad tras un viaje cargado de emociones, y se dirigieron al templo sagrado para rogar a Pegasus el beneplácito para sus números, Lualem confiaba en su número, pues al ser mágico seguro que sería beneficiado por la gracia de Pegasus, y además tenía vacía la despensa pues no había recibido el salario por su última labor en el centro de viajes. Lualem se dedicaba a proporcionar enseres y víveres a todos los peregrinos de la gran ciudad, y después de las fiestas de aniversario del dios Pegasus no había vuelto a tener nada que hacer. Entraron en el templo y fueron a sentarse cerca de donde se conocieron por primera vez, buscando un tablón vacío para poder manejar a su antojo el cetro de tablón, ese utensilio que servía para cambiar el sentido de las auroras boreales. Ese día, y por más que imploraron al dios Pegasus por sus números, no había manera de ser agraciado, a lo que Lualem le sacó el lado positivo,‐“bueno, si no nos benefician los números al menos que seamos felices en el amor”‐, ya lo había vuelto a soltar por la boca, ‐“otro error”‐ pensó,‐ “la estaré agobiando y va a mandarme a paseo”‐.” Debo calmarme, mantener la compostura, ser respetuoso, así continuaba dándose órdenes para no incurrir en el error de la precipitación, que tanto daño había hecho a su amada”‐.Si por él fuera ya estarían haciendo locuras por medio mundo, pero respetaba y también compartía la opinión de Nertole sobre este tema. Notaba que algunos fantasmas se estaban introduciendo en su cerebro, le taponaban las ocurrencias ingeniosas, no conseguía sacarle la sonrisa rosa a Nertole, la suerte no les acompaño esa noche y salieron de allí. Esa noche se despidieron con un corto beso y Lualem regresó a su hogar.
6.‐LAS PREDICCIONES DE ISPIRZ
Esa noche fue larga, larguísima, conciliar el sueño era una utopía, habían pasado unos días desde la última vez que vio a Nertole, sólo le rondaba la idea de que no estaba haciendo las cosas correctamente, que aburría a Nertole, que no estaba a gusto en su compañía o no le gustaba, no había vuelto a verla sonreír de la forma que lo hacía cuando la conoció en el templo, notaba que los fantasmas de Bress se iban haciendo cada vez más numerosos en su cerebro, pues su estado de ánimo iba decayendo a un estado de hundimiento, como si el peso de un tranvía recayera sobre su espalda, un estado que no quería volver a sentir bajo ningún concepto. Su máxima preocupación era ahora recuperar el don de amar que Pegasus le negaba a Nertole, y así también, quizás, recuperaría su sonrisa. Para darse ánimos recordaba su hora cero, como después de mucho tiempo abandonado en su hogar a la soledad y el tormento, algo le empujó a salir a la calle, mirar hacia el cielo, la primera señal que vio, el cometa de brillantes luces rojas, cómo le guió hasta el templo sagrado
de Pegasus, como ese día el color rojo no significó riquezas de números sino de nombres, las palabras de la bruja Esperz sobre el odio y el resentimiento y la certeza de que Nertole no le amaba, los ruegos a Assna para eliminar todo rastro de amuleto de familia, los consejos de Osporz de que amase a Nertole sobre todas las cosas y la conspiración contra Pegasus, poseer el libro de los números en propiedad, y además siendo el octavo, número mágico de Lualem. –“Quizás encuentre en el libro de los números las respuestas que busco, debo estudiarlo mejor, perfeccionarme en el estudio de los nombres y las señales, debo visitar a la bruja Ispirz para que me enseñe a interpretar el libro”‐. Aprovechaba las ausencias entre visita y visita a su amada para estudiar los números, los nombres y los idiomas.
Con ese fin se encaminó a las lejanas montañas de Pedzare, en el reino de los sirras, gente que se alimentaba de frutos secos, y de unas extrañas hierbas que sólo crecían en la cima del Yelm, el pico más alto de esas montañas y desde donde casi se podían tocar los cometas. Pero también eran grandes negociadores y comerciantes. Iba pensando en cómo sería Ispirz, tenía el don de enseñar a interpretar las señales con poesía, ‐“será una artista”‐ pensaba Lualem, mientras repasaba todo lo que había podido aprender por sus propios medios del libro de los números. El libro de los números decía que el que poseyera el número ocho como número mágico, y además poseyera el octavo ejemplar de dicho libro, estaría destinado a librar una batalla por conseguir el amor del nombre mágico, por supuesto el libro no daba el nombre, pero Lualem sabía de quién se trataba. Sabía que debía luchar por el amor de Nertole, pero, ‐“¿contra quién, contra qué, cuál era su misión en la sucesión de Pegasus, quién más sabría el nombre mágico o la interpretación de las señales?”‐.Todas estas preguntas le tenían aturdido y sin respuesta, aunque iba adivinando parte de lo que le esperaba. Sabía que era Pegasus quién debía conceder a Nertole el don de amar, lo que le aterrorizó fue pensar que su enemigo fuera el poderoso gran dios Pegasus, y que éste no debía darse cuenta que estaba descubriendo su destino si no quería ser fulminantemente aniquilado por su poder. Atemorizado pero firme en su decisión de encontrar respuestas, se adentró en los espectaculares parajes de la falda del Yelm, esplendoroso pico en cuya cima habitaba la
gran bruja Ispriz, sus jardines de marinuan, sus inmensos pastos de hierba con ese olor fresco a mañana de primavera con sus miles de gaulos correteando salvajes por las laderas de la montaña. A Seleón no le costaba ningún trabajo subir por las empinadas sendas, miraba extrañado, eso sí, a sus congéneres pastar libremente sin nadie que les atendiera. Desde pequeño había acompañado a Lualem en todos sus viajes y nunca había visto nada semejante. Al llegar a la ribera de un río, ‐“es tan ancho como dos veces la calle principal de la gran ciudad”‐ dijo Lualem, le salió al paso una niña, ‐“tendrá 6 años o así”‐pensó, con dos coletas, largas como las crines de los gaulos, y ¡amarillas! color que no es precisamente un buen augurio, por lo que se puso en alerta. Nadie era capaz de llevar el pelo amarillo por temor a las represalias del dios Pegasus. Iba montada en un animal que Lualem conocía muy bien. Era el petocaulio, un ave capaz de arrancar, con sólo el roce de sus garras, más afiladas que los cuchillos de Barre, la cabeza de un gaulo. Barre era el mejor amigo de Lualem y se dedicaba a la fabricación de utensilios de cocina. Se llamaba petocaulio porque, las pocas veces que se usaba para desplazamientos, solían ser largos viajes, se usaba la cabina, en forma de peto, que llevaba en el pecho para su doma. Esto lo había aprendido Lualem estudiando los nombres. –“Alto ahí, soy la princesa Ispirz”‐ gritó la niña‐“no puedes pasar por aquí sin que cumplas tres condiciones”‐. Ispirz‐ pensó Lualem, “igual que sus dos hermanos, marcándome tres condiciones”, pero ella sí que era una niña en toda la amplitud de la palabra, le hacía gracia que esa niña fuera quién iba a enseñarle la interpretación de los nombres, números y señales. Lo que no veía era el peligro al que se tendría que enfrentar en caso de rechazar cumplir esas tres condiciones. Con Esperz fueron diez lobos, con el hermano de ésta, el mercader, o mejor dicho el druida Osporz diez mercaderes dispuestos a lapidarle, pero ahora no veía nada ni nadie que pudiera ponerle en peligro. Esto le turbaba. Tenía una niña de seis años enfrente de él, exigiéndole la aceptación de tres condiciones para poder continuar su camino en busca de respuestas. Eso sí, cuando miraba a los ojos o a las garras del petocaulio, un rictus de terror recorría su rostro.
No podía dar marcha atrás, pues el petocaulio les destrozaría en un instante, ni podía seguir adelante por la misma circunstancia. Decidió pues preguntar a la niña de qué condiciones estaba hablando. –“Pues primero… ”‐ comenzó la niña a hablar cuando un ruido estremecedor, proveniente del cielo, hizo girar la cabeza de Lualem hacia arriba e inmediatamente echarse las manos por encima de la cabeza, cubriéndose, porque una legión de petocaulios bajaba en picado, justo hacia donde ellos estaban. Al bajar el cuello a su posición normal, estaba prácticamente rodeado de petocaulios, justo diez, eran dos o tres veces mayores que el que montaba la niña e iban cabalgados por brujas de la escuela Ispirz del monte Yelm, la mayor y más famosa escuela de brujas de todos los reinos. – Princesa Ispirz ‐ dijo una de las brujas, ‐“tu tía está muy enfadada contigo porque no estás estudiando los nombres”‐. –“si ya me los sé”‐ gritó la niña con mirada desafiante, hecho que asustó a Lualem al sentirse a voluntad de una niña caprichosa, y viendo la reacción de la bruja inclinando la cabeza y retirándose en silencio. ‐“A ver tú”‐ le dijo a Lualem la niña, ‐“busca la parte del río dónde puedas
cruzar a lomos de tu gaulo, buscas el libro de los nombres, y me lo traes”‐. “Si esas son las tres condiciones enseguida tendrás el libro en tus manos, princesa Ispirz”‐. “No, no, esas no son las tres condiciones, esa es sólo la primera, cuando vuelvas te diré la segunda”. –“Y si me niego a aceptar estas condiciones, ¿qué me pasaría?”, se atrevió a preguntar a esa estúpida niña Lualem. –“Pues serás desgarrado por nuestros petocaulios”‐. Cuando se dirigía a la orilla del río a buscar el paso, oyó a su espalda una voz que le pidió educadamente que se detuviera. Se dio la vuelta y vio a una esplendorosa mujer, con el mismo dibujo en la frente que tenía Esperz, pero girado ciento ochenta grados, de inmejorable belleza, llevaba el pelo amarillo y muy largo, ”otra vez el pelo amarillo” mala señal,‐ se decía‐, sus ojos despedían el brillo de los cometas de luz roja brillante, y el cetro que llevaba en su mano derecha deslumbraba a los presentes hasta no dejarles casi ver. –“Ispirz, vuelve a tu sala, ahora iré a verte”‐dijo la mujer. “Sí tía”‐, contestó la niña, ahora bastante más dulce y angelical que antes, con una sonrisa traviesa y a la vez alegre, y con cara de no haber roto nunca un plato. “Esta sobrina mía tiene la fuerza de su madre, un día le da un disgusto grave a alguien”‐dijo la bruja Ispirz, pues ella era, la dominadora absoluta de esa parte del reino y a quién había ido a ver Lualem. ‐”Lleva mi nombre porque su madre dice que era igual que yo cuando nació”. –“Por suerte para ti Lualem, no has cruzado a la otra orilla del río, si no a estas horas habrías muerto. Y como verás, yo tampoco lo habría permitido. Soy Ispirz, la gran bruja de las montañas, dueña de todo lo que ves, dime a qué has venido”‐. Lualem veía como la princesita Ispirz y las diez brujas que la escoltaban, volaban hacia la cumbre, el espectáculo era realmente increíble, iban formando nombres cambiando la dirección del vuelo, y de pronto los vio, ¡Nertole!, ¡ocho!, ‐ y balbuceando consiguió contestar a Ispirz;‐ “quiero que me enseñes, debo rogar a Pegasus para que le otorgue el don de amar a Nertole, y necesito descifrar todos los códigos, hechizos y conjuros de los nombres, todas las artes, variables y posibilidades de los números y la interpretación correcta de las señales. Sólo tú puedes ayudarme”‐. Estaba convencido de que, lo que le estaba pasando, era como en los cuentos que le leía su madre de pequeño, esos
que hablaban de príncipes guerreros que tenían que liberar a la princesa de los dragones, unos seres de otra época.
Nunca supo de dónde provenían ese tipo de cuentos, tenían demasiada fantasía. Pero ahora se sentía igual que el protagonista de esos cuentos, un príncipe guerrero que sólo le importaba el amor de Nertole y que salía airoso de enfrentamientos con lobos, petocaulios o lo que se le pusiera delante. Ispirz sonreía, sabía perfectamente lo que Lualem soñaba, más que nada porque lo hacía en voz alta. ‐“Ahora también tendrás que cumplir tres condiciones si quieres el libro de los nombres y la interpretación de las señales y los números”‐. “Estoy dispuesto a llegar hasta el final, y dar mi vida por ello si hace falta, ¡lo juro!”‐. –“Entonces que así sea”‐, dijo la bruja, y le encomendó las tres pruebas que debía superar. “Primero: ‐debes subir a lo más alto de la montaña y convencer a Truc para que te dé, sólo a su voluntad, el amuleto que lleva en el dedo anular de la mano derecha”‐. Segunda condición: ‐“dentro de ese amuleto hay ocho piedras, debes quedarte sólo con una, el resto debes devolvérselo a Truc sin que se dé cuenta que le falta la piedra,‐ah, y debes saber”‐ continuó Ispirz, “que la piedra que elijas se convertirá en tu tercera prueba. Para ello tendrás que pensar muy bien las señales que
te dirán esas piedras y que te quedes con la correcta, siete de esas piedras te provocarán la muerte, sólo una te salvará y podrás llegar a conseguir el libro de los nombres y mis enseñanzas para estudiarlo. Si no consigues superar alguna de las pruebas morirás. Ahora ve”‐. Lualem la vio desaparecer delante de sus narices, se preguntaba cómo había hecho eso. Montó en Seleón y se dirigieron a lo más alto de las montañas, hacia el mismísimo pico Yelm. Llegaron cuando estaba anocheciendo, cuando más bonito estaba el cielo, lleno de cometas de brillantes luces rojas,‐” millones”‐ diría Lualem, precioso, cuando de repente un ser, enorme, alto como los Boumbar de su ciudad, se interpuso entre él y la visión de los cometas, como un eclipse total, oscureciendo poco a poco la silueta de Lualem hasta el negro más profundo.
La sorpresa del principio no impidió a Lualem entablar conversación con el gigantón ese, ‐“Me llamo Lualem, vengo buscando a Truc, me manda la bruja Ispirz,‐ debo conseguir el amuleto de su dedo anular de la mano derecha para salvar a mi amada y rogar por su nombre y que obtenga el don de amar”‐. Lo soltó todo de golpe, sin siquiera tartamudear, a pesar del tamaño de quién tenía enfrente.‐“jojojo ‐el titán se puso a reír a carcajadas, ‐“¿cómo un enclenque como tu va a conseguir quitarle el amuleto al gran Truc?”‐, sus carcajadas seguro que se oían hasta en la
casa de Nertole y ésta estaría… ¿qué estaría haciendo Nertole? Lualem se puso a pensar en esa sonrisa que conoció y que le partía el corazón no volver a ver, y su mente renacía como el agua del manantial. Escuchaba las risas del gigante como muy lejanas, absorto como estaba en ordenar las ideas, canalizar sus emociones, “todas hacia Nertole, sobre todas las cosas” –le dijo Osporz, Lualem luchaba por tener la idea correcta, era mucho lo que se jugaba. Tras mucho discurrir, decidió poner en práctica un juego que le enseño un amigo en la calle cuando eran niños, prometer y mentir, a veces daba resultado, como sabía por su madre. –“Truc, hagamos un pacto”‐, “¿qué quieres tú que no tengas? Lo que sea te lo consigo a cambio de que me dejes el amuleto ocho minutos”‐. Pensaba que al ser su número mágico, esto le ayudaría a descubrir, más rápidamente, las señales para encontrar la piedra correcta, empezaba a fiarse de su instinto de siempre, sin atender a los consejos que antes le habían dado tanto Esperz como Osporz, su hermano. Había dejado de canalizar sus emociones, desperdigando todo en su cerebro en direcciones diferentes, empezaba a sacar provecho del libro de los números, que en una de sus páginas apuntaba: “cuando un número mágico lucha como número, no hay nada en el mundo que pueda derrotarle”. Y su número era el ocho, el ocho mágico. Iba a demostrar todo su poder. Pero recordó otro apunte, en la última línea del libro que decía: la mezcla del número mágico con el nombre mágico cambiará el destino de los seres vivos. ¡Nertole! Había una relación en todo esto que Lualem todavía no había llegado a descubrir, pero eran él y su princesa, ellos eran los protagonistas, era su amor, era….‐“vale, ya sé lo que quiero”‐ indicó Truc interrumpiendo los pensamientos de Lualem,‐“quiero que me enseñes a contar, enséñame el libro de los números”‐. Truc sabía el contenido del libro de los nombres porque Ispirz le leía ese libro cuando se dormía en sus faldas de pequeño, pero años después Truc se rebeló contra ella intentando usurparle el poder del cetro, a lo que ella respondió exiliándole en el pico más alto de la montaña, sin poder bajar, ya que sólo podía respirar el aire de la cumbre. No quiso castigarle más gravemente por el cariño que le tenía desde que nació, y de vez en cuando iba a visitarle para departir amigablemente sobre el libro de los nombres. “De acuerdo”‐, le dijo Lualem a Truc, para sellar
nuestro trato nos vamos a fumar una pipa, de esta misma hierba de aquí”‐, y cogiendo unos cogollos de las plantas de marinuan de los prados de Ispirz preparó la pipa y se pusieron a fumar. Lualem tenía un plan, de niño, cuando jugaba con sus amigos siempre les hacía el mismo truco, les daba el cambiazo de las cosas despistándoles con juegos de falsa magia, ayudado por su amigo Barre. Intentaría hacer lo mismo con Truc, pero ahora estaba sólo. Lualem sacó el libro de los números de su morral y se lo dio a Truc, mientras este se estaba quitando el amuleto del dedo para prestárselo ocho minutos a Lualem. Lualem pensaba en qué tipo de señales tendría que ver para escoger la piedra correcta, pero cuando tuvo el amuleto en sus manos y observando que Truc no perdía de vista las páginas del libro, mirándolo fijamente, vació el contenido del amuleto en el suelo y ¡las piedras se colocaron solas!, o eso pensó Lualem, “siete en el lado derecho y una sola en el izquierdo”‐. Parecía que estaba claro, pero cuando se acercó a coger la piedra que estaba sola, se dio cuenta que tenía grabado el número diez en uno de los cantos. Retiró la mano como si se la hubiera quemado, “si toco esa piedra llenaré de ira y cólera a Pegasus y estaré sentenciado”. Empezaba a pensar que Pegasus estaba jugando con él, sabía que esa era la piedra y aún así no podía tocarla, no tenía más remedio que provocar la ira de Pegasus para conseguir sus objetivos. Le empezaba a gustar la idea de empezar una “revolución de las supersticiones”, y se ‘fue por donde termina la espalda’ al reconocer que su enemigo definitivo, al que tendría que enfrentarse era Pegasus, ¡sabía su destino! Pegasus iría a aniquilarle y esto era un juego para ver hasta dónde podría llegar. Era como una barquichuela contra las olas de un maremoto.
Confiaba en aliarse con los tres hermanos, las dos brujas y el druida, y juntos derrotar al gran dios. Aún así decidió coger la piedra con el grabado número diez y en su lugar puso el abrelatas que llevaba en su morral. “Te devuelvo el amuleto Truc, ya lo he tenido ocho minutos y no necesito más, ya conseguí lo que vine a buscar”‐. Al devolvérselo Truc sopesó el amuleto, metió la mano dentro de él y empezó a sacar una a una las piedras, “una, dos, tres, cuatro, cinco,…”‐contaba Truc,…seis, siete, ocho”‐quién contaba las últimas piedras era Lualem, en voz alta. El abrelatas hizo la número seis y Truc había tenido una parada en ese
número, “¿se habrá dado cuenta?” pero no le había dado importancia. Al sacar la mano pegó un grito que asustó sobremanera a Lualem, pensó‐“se ha dado cuenta de que le he dado el cambiazo y ahora me va a matar”‐. Resopló cuando vio al gigante Truc levantarse de un salto y gritar muy contento…“Sé contar hasta ocho, sé contar hasta ocho” y se fue, dando la vuelta a la colina, dejando el libro de los números de Lualem en el suelo. Se dio cuenta de que no sabía lo que tenía en el interior del amuleto antes de aquella visita, sólo sabía de nombres pero nada, nada de números. “Ya tengo la piedra”, ahora espero que haya tomado la decisión correcta, esperaré a recibir una señal”‐.
De la nada apareció la bruja Ispirz, extendió la mano y le dijo a Lualem:”entrégame esa piedra y la convertiré en tu tercera prueba”‐, así lo hizo Lualem‐,pero antes dime, “¿por qué has cogido el número diez en lugar del ocho, cuando es éste tu número mágico?”, ¿cómo sabías que
podías engañar a Truc?”, ‐ “muy fácil”‐contestó Lualem, ‐“cuando se puso frente a mí le vi girar el amuleto entre sus dedos, pero cuando pasaba por la quinta piedra se paraba y volvía a empezar por el mismo sitio”.‐ “Además, me he dado cuenta que es ciego porque cuando le pasaba la pipa de marinuan tenía que ponérsela en la mano porque no veía donde estaba, y además le falla el sentido del tacto porque tenía que apretarle bien la pipa en la mano para que se diera cuenta que la tenía, y me ha sido fácil hacer el cambio de la piedra por el abrelatas porque al no llegar nunca a ocho y no ver exactamente como eran sus piedras, nunca sabrá que ese abrelatas no ha estado siempre ahí”. ” Y he elegido el número diez porque me he dado cuenta que aquí, en este tu reino, las supersticiones se tratan de diferente forma que en el mío, nombres y no números, vuestro pelo amarillo, el color azul de las piedras significa muerte, vuestro cetro…”. –“¿Qué le pasa a mi cetro?” preguntó Ispirz. –“Pues que lo lleváis en la mano derecha, la contraria a la de tu hermana, aquí lo normal es ver cometas de luces rojas brillantes, los animales que os desplazan vuelan y no corren, en fin, las señales me decían que tenía que hacer lo contrario de lo que hubiese hecho en mi reino”‐. Por eso descarté mi número mágico y elegí el peor número posible para evocar la ira de Pegasus y poder enfrentarme a él. “Admiro tu agilidad Lualem, pero sabes que este camino ya no tiene ramales, es un camino fijo y hacia delante, tu lucha con Pegasus está servida”. Y de la piedra que tomó de Lualem, con el grabado número diez, apareció su tercera condición, Nertole. Había aparecido como por arte de magia, era una estudiosa de los nombres en la escuela de brujas del monte Yelm, “otra bruja”, iba allí de vez en cuando, sus labores con el gran sacerdote Ossc no le permitían estudiar más tiempo, afloraba su gran sonrisa, limpia y sincera, y se sorprendió de verle allí. “Nertole”‐ le dijo Ispirz‐ “ve con Lualem a la sala de los nombres mágicos, allí le será encomendada la tercera condición”. Juntos y abrazados llegaron a la sala que dijo Ispirz, él la besó con pasión, y también sintió que era correspondido por ella, sintió su ardor, sintió su pasión, eso quería decir que… ¡tenía don de amar!
Lualem estaba feliz, esperaba la llegada de Ispirz, quería empezar a aprender todo lo que había que saber de nombres, números y señales,
tenía a Nertole cerca y amándole, y no le importaba enfrentarse a Pegasus porque tenía la certeza de vencerle, “en los cuentos siempre gana el príncipe al dragón”‐ se decía Lualem. –“Lualem, acércate”‐ le dijo Ispirz entrando en la sala y acercándose a una gran biblioteca, donde se encontraba el libro de los nombres. Las estanterías eran enormes, el material con el que estaban fabricadas le resultaba desconocido a Lualem, eran firmes pero a la vez tenía un aspecto de poder derrumbarse en cualquier momento, tal era el peso de los libros que soportaba, el color era de un amarillo intenso, del color del limón, pero nada de eso parecía importarle a Ispirz que estaba sacando un libro de las estanterías más altas con su cetro mágico. “Escúchame atentamente Lualem”‐ dijo Ispirz con voz seca, ‐“te voy a decir la tercera condición que debes cumplir para poseer el octavo ejemplar del libro de los nombres y tener el honor de que yo, la gran bruja Ispriz, futura diosa de Hafafax, te enseñe a seguir las señales de manera lógica, estés donde estés”‐. “Futura diosa de Hafafax”, Lualem pensaba en las palabras de Osporz, “la descendencia de los números y de los nombres mágicos será quién destrone a Pegasus y tome posesión del diosado de Hafafax”. Eso quería decir que serían los hijos de Nertole y él mismo quienes se enfrentarían a Pegasus, no él. Empezaba a sospechar cosas raras en todo este asunto, el reino de Ispirz era completamente distinto al de sus hermanos, más acordes a la plegaria a Pegasus, parecía que estaba en el reino del mal augurio, pero afortunadamente supo interpretar las señales para no equivocarse. Le preocupaba que Nertole estuviera bajo la influencia de Ispirz, pero también sabía que allí tenía el don de amar, se estaba dando cuenta que era una marioneta, pero ¿de quién? ¿De Pegasus?, ¿De los tres hermanos?”,‐ pero‐, “¿porqué Esperz y Osporz?”‐. ¿Tendrían miedo del poder de Ispirz, la hermana pequeña? –“¿Cuál era la razón?”, le estaba dando a este asunto muchas vueltas a la cabeza cuando se acercó Ispirz con Nertole de la mano y le dijo:‐ “debes encontrar en el libro de los nombres, el nombre mágico y el libro será tuyo y te enseñaré a interpretar las señales”.‐ Lualem se lo tenía que jugar toda a una carta, estaba interpretando sus propias señales, cuando una gran sonrisa afloró en sus labios y mirando fijamente a su amada gritó su nombre como nunca lo había hecho, ni siquiera había abierto el
libro de los nombres, estaba seguro que allí el nombre mágico que aparecería sería el mismo, Nertole.
Ispirz, intrigada y sorprendida, quiso averiguar cómo había adivinado el nombre sin abrir el libro, pues había gritado el nombre mágico de su reino y suponía que iba a decir totalmente el contrario, el del reino de Ispirz.‐Le preguntó‐“¿cómo adivinaste el nombre?”‐ “Tampoco fue difícil, verás, dije el nombre mágico de mi reino gracias a mi número mágico”.‐y se quedó tan tranquilo. Ispirz no había quedado conforme con esa explicación y exigió a Lualem su interpretación de las señales. “Muy bien “–dijo Lualem, “mi número mágico es el ocho, cuando me presentaste el libro dijiste que era el octavo ejemplar, por lo que he deducido que en esta sala, en esta biblioteca, las señales se interpretan como en mi reino, y este libro estaba en esta sala. Ispirz estaba anonadada, no tenía nombres para describir tan astuta decisión en un “no‐druida” para enlazar números, para enlazar nombres, le enseñaría con gusto por considerarle digno de ello.
Estuvieron ocho semanas sin salir de la biblioteca, excepto para las necesidades más básicas, asearse, comer y dormir. Nertole asistía a las enseñanzas que Ispirz impartía a Lualem, y quedaba maravillada de las cosas que estaba aprendiendo, y aún más cuando Lualem le hablaba de los números y los enlazaba con los nombres, quedaba perpleja. Ispirz había encontrado alguien con quién intercambiar “poderes”, Lualem había sido el mejor alumno que había pasado por sus manos, su poesía pasaba por ser la más leída de la escuela de las brujas, llegando incluso a ponerse a su nivel en algunas interpretaciones, y en algunas pocas a superarla. Quiso que se hiciera druida, iban a ser otras dos semanas más, pero Lualem rechazó la oferta, su única intención era llevarse a Nertole a su reino, ya sabía interpretar las señales en diferentes circunstancias, entendía los nombres y los idiomas, y enlazaba los números más rápido que nadie. Ya entendía, por ejemplo, que a Nertole, aquel cometa de brillantes luces rojas, sólo era para ella salir del aburrimiento. Ahora quería enseñarle su propia interpretación de las señales.
7.‐EL JUICIO DE LUALEM
Salía de casa Lualem con la sensación de que ese día no vería a Nertole, que iba a ser un día que no pasaría a la historia, iría a recoger hierbas de marinuan a las tierras bajas de Holdan, y se quedaría en casa a construir su propio amuleto, tenía suficientes nociones, aunque nadie de sus vecinos sabía esto, para realizar conjuros y hechizos, gracias al libro de los nombres que tenía en su poder. No necesitaba trabajar de momento, no había peregrinos a quién vender víveres y la suerte de su número mágico le sacaba de los apuros que pudiera tener en ese sentido. Arregló a Seleón como si se fuera a un gran viaje, cogió su morral, ya había repuesto su abrelatas, su amigo Barre le había fabricado uno, cuando divisó a lo lejos, como dos niños, uno de ellos con el pelo rojo, el otro de tez oscura, corrían hacia él gritándole: “señor, señor, le traemos una orden del gran templo sagrado de Pegasus”. Eran aprendices de corredores, seguro que de la escuela de corredores de Floo, gran amigo suyo y la más cercana a su casa.” ¿Cómo os llamáis?”‐preguntó Lualem a los dos chiquillos‐ “Yo soy Kolor”‐dijo el niño del pelo rojo; ‐“y yo soy Aba ”‐dijo el de la tez morena. “Tomad, os regalo estos amuletos para que tengáis fuerzas para estudiar los números, cuando queráis saber de ellos, venís a verme”‐.”Muchas gracias señor”‐dijeron los dos al unísono y volvieron corriendo por donde habían venido. “Una orden del gran templo, uhm…a ver que pone”. Lualem sabía que el día de su enfrentamiento con Pegasus se acercaba. Montó en Seleón de un salto, y se dirigió rápidamente hacia el templo, le inquietaba la urgencia de este asunto. Al llegar a la puerta, los guardianes le detuvieron. Le acusaban de sacrilegio, Lualem sabía que la condena sería la muerte, pero él no había hecho nada, entonces…‐“Debe ser obra de Pegasus, sabe que conozco mi destino, la lucha ha comenzado”.
Comenzaba el juicio contra Lualem, la sala estaba muy concurrida, los tablones estaban a rebosar, no había prácticamente ni un hueco libre, seguro que las ratas tendrían dificultades para pasar por entre las piernas de tanta gente.
El gran sacerdote del templo abrió el turno de palabra, las auroras boreales estaban paradas dentro de unos bombos gigantes, aún así su brillo atraía la mirada de muchos de los presentes. Lualem estaba asustado ante la expectación generada por su detención, era conocido por su estudio de los números y las enseñanzas que de éstos hacía. La mayoría de los presentes estaban allí, únicamente, por si Lualem tenía que responder alguna pregunta relacionada con los números, eran auténticos fanáticos de su lectura y estudio. Muchos no comprendían como, siendo más joven que muchos de ellos, había llegado a tan altos
conocimientos en la interpretación de la mayoría de las señales. “Yo tengo las pruebas de que ha cometido sacrilegio”‐ se oyó una voz al fondo de la sala, era una voz de mujer. Lualem no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo, esa voz era de…era de… ¡Nertole!
“No es posible”‐repetía una y otra vez Lualem, “¿por qué me acusa Nertole de sacrilegio?, ¿será por las setenta y nueve veces que la he llamado?” “En verdad que lo siento, eso fue una confusión producida por varios fantasmas”‐ se decía Lualem. Llevaba pocos minutos sentados allí, pero ahora parecía que había estado quemándose en un Boumbar durante siglos. El mundo se le caía encima, todo por lo que luchaba se derrumbaba, como un alud de nieve. Nertole, su princesa de la sonrisa rosa, la mujer de la que se había enamorado desde el primer día que la vio, aquella por quién estaba dispuesto a enfrentarse hasta al gran dios Pegasus, le estaba acusando, le estaba traicionando. Veía como una legión de fantasmas de Bress estaban intentando colarse en su cerebro, pero ya era muy difícil que Lualem dejase que éstos consiguieran su objetivo. Su interpretación de las señales le decían que estaba de mala suerte, pero todavía tenía esperanzas. Quería tener la cabeza despejada, orientaba sus emociones a los sitios indicados, ahora mismo pensar en el amor de Nertole sería su perdición. ‐“Primero tengo que salir de ésta”,” para relajarme voy a contar a la gente de la sala”. Y empezó a contar uno a uno a todos los asistentes al templo, mientras Nertole iba abriéndose paso entre la multitud para llegar al tablón del gran sacerdote. Cuando la mirada de Lualem se cruzó con la de Nertole, una lágrima afloró en sus ojos. Lualem buscaba señales, respuestas en forma de números o nombres para defenderse de los ataques a los que iba a ser sometido. Había un total de ochocientas sesenta y cuatro personas. La señal era inmejorable para Lualem, ‐“Ocho veces ciento y ocho veces ocho”‐se decía. Pero esta vez no estaba satisfecho de su rápida resolución. De nuevo palpaba esa tensión en el ambiente que sentía cada vez que iba al templo. Pero las auroras boreales estaban paradas, la tensión era por él. Se oían murmullos continuos, Nertole ya estaba a escasos metros del gran sacerdote con un libro en la mano, un libro que Lualem reconoció era de la biblioteca de Ispirz. Lualem tenía el sexto sentido de la calle, ese que te ponía en guardia al ver señales amañadas, señales
manipuladas para hacer creer lo que no era verdad. El había visto muchos de esos signos a las patrullas callejeras, muchos de sus vecinos habían sido víctimas de ese tipo de trampas. Su corazonada le decía que tenía que rogar y encomendarse a… ¡Pegasus! Recordaba las palabras de Esperz, las de Osporz, pero lo que le hacía decidirse, y ponerse del lado de Pegasus fueron las palabras de la bruja Ispirz, ‐“seré la futura diosa de Hafafax”. Contradecían esos nombres lo predicho por su hermano Osporz. Lualem empezaba a pensar que tanto Esperz como Osporz le habían dado pistas, señales para poder defenderse en este juicio contra su hermana Ispirz, hermana pequeña pero tremendamente ambiciosa. Le habían enfocado las emociones hacia Nertole para llegar a Ispirz, estaba todo preparado para poder a frenar a la hermana pequeña. Sabían que si Ispirz llegaba a ser diosa de Hafafax, todos los reinos estarían bajo la mano de la más terrible bruja de todos los tiempos.
Lualem rogaba a Pegasus en voz baja, pidiéndole señales positivas, oír su número mágico por parte de otra persona era la mejor señal que alguien podría percibir. Intentaba oír, entre los murmullos de la gente, nombres que le pudieran animar, intentó odiar a Nertole, no podía.
“Este libro”‐ empezó Nertole – “tiene las señales de los números de forma diferente a como lo tenemos en este reino”. Los abucheos de la multitud hicieron que el gran sacerdote se viera obligado a pedir silencio. Todos miraban a Nertole fascinados, una mujer valiente, acusando al más conocido estudioso de los números, ‐“él lo utiliza”‐dijo refiriéndose a Lualem señalándole con el dedo, ‐los abucheos y los insultos hacia Lualem se iban incrementando, el volumen en la sala del templo era ensordecedor. Sin embargo, quién estuviera viendo a Lualem, diría que no le estaba importando en absoluto las acusaciones de Nertole. Estaba tranquilo, a Nertole le estaban turbando miles de fantasmas de Bress, el los veía a través de los nombres que decía Nertole, y también sabía que eran del reino de la gran bruja Ispirz. Nertole estaba siendo manipulada por los fantasmas, no tenía ninguna culpa de la acusación que estaba haciendo contra él. Si Ispirz era la causante de esta acusación, debía poner toda la carne en el asador para salir del trance. Recordaba las enseñanzas de Ispirz, se preguntaba qué
era lo que había aprendido que pudiera usar Ispirz en su contra. Miles de números y de nombres rondaban el cerebro de Lualem, se jactaba de ser rápido en la interpretación, que lo era en verdad, y buscaba en lo más recóndito de su cerebro la clave. De repente se oyó la voz atronadora del gran sacerdote, ‐“¿Tienes alguna defensa contra estas acusaciones?”. Se hizo un silencio fúnebre en la sala. La expectación era tremenda, todas las miradas de la sala estaban centradas en Lualem. –“Por supuesto”‐contestó Lualem,‐“las acusaciones de sacrilegio son falsas, todo esto es una farsa provocada por la gran bruja Ispirz para derrocar a Pegasus y apoderarse de su diosado, y lo voy a demostrar”. Un murmullo de sorpresa levantó como un resorte al gran sacerdote de su tablón, su mirada furibunda hizo palidecer a los de más cercana presencia y dirigiéndose a Lualem le dijo: ‐“la pena por herejía es la muerte, el gran dios Pegasus no debe verse inmiscuido en ningún tipo de confrontaciones”. “Explícate si no quieres ser condenado”. Lualem sólo rogaba que el gran sacerdote le diese el tiempo suficiente para poder demostrar su teoría. “Pues sí, es verdad que yo utilizo ese libro, pero no creo que sea ningún delito, cualquiera de los aquí presentes, algunos de ellos grandes eruditos de los nombres y los números, pueden comprobarlo”,”usted también gran sacerdote”. El gran sacerdote llamó a cuatro de sus más íntimos alumnos y abrieron el libro. Dirigiéndose a Nertole le dijo,” ¿se puede saber que significa esta tomadura de pelo?”‐Nertole no sabía responder, no estaba lo suficientemente preparada, en realidad no sabía lo que estaba ocurriendo, además los fantasmas le impedían defenderse como seguramente lo hubiera hecho de no estar bajo la influencia de Ispirz. El libro decía exactamente las interpretaciones de Pegasus. Al momento empezaron las auroras boreales a salirse de los gigantescos bombos, girando a una velocidad que ningún cetro de tablón podía controlar, los presentes, asustados, no podían mover ni un solo músculo de sus cuerpos, y entre todos ellos apareció. Con un gran cetro luminoso en su mano derecha, fue abriéndose paso entre la muchedumbre sin que nadie osase siquiera molestarle el paso, pocos conocían a la gran bruja Ispirz, sólo aquellos a quienes interesaba el estudio de los nombres, y en ese templo no había muchos. “Lualem”‐ gritó‐ “¿Qué clase de argucia has utilizado ahora para
cambiar las pruebas?”‐. “Yo ninguna Ispirz, fuiste tú quién no pensó en lo que ocurriría si ese libro entraba en el interior del templo de la mano del nombre mágico, en la sala de los números”. –“Tal y como ocurrió en la tercera condición que me impusiste para adueñarme del libro de los nombres, he usado mi número mágico”‐. Los reunidos estaban boquiabiertos. Jamás hubieran pensado ver un espectáculo de la magnitud de éste. Los estudiosos de los números empezaban a ponerse de parte de Lualem, murmurando entre ellos posibles soluciones a las interpretaciones de Lualem, “‐seguro que ha usado el número mágico para asegurarse el beneplácito de Pegasus”‐ decía uno. Otro comentaba ‐“pues yo creo que ha usado el número mágico cruzado con algún nombre, alguno de las enseñanzas de Ispirz”, los más estaban callados esperando las respuestas de Lualem. “Cuando me preguntaste cuál era el nombre mágico en las montañas de Pedzare, ¿recuerdas que no abrí el libro?” –“Sí, lo recuerdo”‐contestó Ispirz. “Pues ahora ha pasado lo mismo, en tu reino quedaste sorprendida de que hubiera acertado el nombre mágico, pensando que iba a decir el contrario por estar en tu reino”.”Pues aquí, en la sala de los números, y sorpréndete, las señales de tu reino se transforman en señales de Pegasus”. Ispirz estaba sorprendida, de nuevo había superado la interpretación de Lualem a la suya propia. Y empezó a recitar poesía, ya como un reto personal para sentirse superior a cualquiera de los presentes. Había perdido el control, Lualem la había humillado en público, se estaba volviendo irascible, tomó su cetro y apuntó al cuerpo de Lualem. “Tú”‐ le dijo a Lualem con cólera,‐” tenías que ser ejecutado en el templo de Pegasus. No puedes tener descendencia con el nombre mágico, la profecía no puede llegar a cumplirse, yo seré la nueva diosa de Hafafax”‐. El gran sacerdote ya no se preocupaba ni de herejías ni de sacrilegios, sólo pensaba cómo podía controlar el tumulto que se estaba empezando a generar. Todos en la sala sentían… pánico.
Lualem se enfrentaba a Ispirz, “mal rival “–y empezó a pensar en las palabras de Esperz; “para amar no debes de guardar odio”, esos nombres tenían un significado y Lualem lo sabía. Comenzó a sospechar que Esperz le había empujado a conseguir el libro de los nombres para descifrar el sentido exacto de esa frase, para poder derrotar en este
momento a Ispirz. “Lo que más valoro es que en tu reino Nertole tiene el don de amar”, estaba en su terreno, en su reino, conocía cada rincón del templo de sus últimas visitas, sabía que en la sala de los números, siendo el suyo el número mágico, ningún poder era tan fuerte como el suyo. En ese momento aparecieron Esperz y su hermano, pero fue ella quién alzó la voz para decir:‐“Ispirz es culpable de traición a Pegasus, debe ser condenada por nuestro gran dios”.
De repente, y como si hubiera llegado de ultratumba, apareció una figura que hizo inclinarse a toda la sala, había llegado… Pegasus.
Había sido invocado con urgencia por Esperz, sabiendo que en ese momento estaría su hermana Ispirz en el sagrado templo y que sus poderes e interpretaciones tendrían un rival que pudiera superarla, abriendo puertas a la entrada de fantasmas creados por Esperz exclusivamente para ella, bloqueando las interpretaciones de los números. Y estaban en el reino de los números, y más importante, estaba el mismísimo Pegasus. Y éste sentenció: “Serás desterrada al reino de Cadaz, serás esclava de la sirvienta de la muerte, comerás ‘penas’ por cada 5000 oraciones que me entregues…”‐ a todo esto Ispirz iba encontrando la puerta de salida del templo siendo agarrada por la espalda por Nertole, las dos andando de espaldas sin perder de vista la enfurecida mirada de Pegasus. Nada más poner un pie fuera de la sala de los números las dos desaparecieron.
“Tranquilo Lualem”‐ le dijo Pegasus, sé tu destino y te ayudaré a que lo consigas. Lualem no podía dar crédito, el mismísimo Pegasus, gran dios recolector de oraciones, administrador de todas las señales e interpretaciones posibles, buenas y malas, se estaba dirigiendo a él. “Yo viajaré a otras galaxias, dejaré aquí a mi sustituto según mandan las profecías, pues yo mismo las predije”. –“Pero mi señor, qué pasa entonces con Nertole?”. Esta pregunta era de vital importancia para Lualem, quizás la única que le afectaba. “No te preocupes Lualem, si ves que las he dejado ir es porque necesita encontrar la señal en las montañas para volver convencida, dale tiempo”.‐ “Ahora mismo Ispirz debe estar sufriendo el tormento al que la condené.
Pero Nertole está en el pico Yelm junto con el gigantón Truc, tenía que irse con Ispriz para este cometido. No debe saber que te ayudaré a que consiga el don de amar, pero todo depende de ella. Recuerda las palabras de Osporz.
8.‐EL RESCATE DE NERTOLE
“Recuerda las palabras de Osporz”‐. No las sacaba de su cabeza, lloraba desconsoladamente mientras pensaba que se enamoró de una súbdita de Ispirz, que el don de amar sólo podría tenerlo en el reino de los sirras, en el reino de los sirras…“eso es”‐ según el libro de los nombres los sirras significan ‘el que siempre acierta la señal sin mirar’. Tenía que avisar a Nertole para que buscase una señal, pero con los ojos cerrados. Lo que tardó en llegar al pico Yelm y lo que yo he tardado en escribir este párrafo, pues es lo mismo. Lo encontró todo diferente a su primer viaje, los cometas ya no eran de color rojo brillante, no había hierbas de marinuan ni prados de hierba, ni petocaulios ni rastro de la niña. “¿Qué habrá sido de ella?‐ se preguntaba Lualem. No tardó mucho en comprobarlo. Montada en un gaulo bajaba ladera abajo, eso sí, acompañada de siete brujas de la escuela del monte Yelm. “Hola Lualem”‐ dijo la niña. A Lualem le sorprendió esta reacción tan educada de Ispirz, el número que veía le gustaba y pensó que ese reino había vuelto a un estado de normalidad un tanto extraño. “Hola Ispirz, vengo a hablar con Nertole”.‐ “Ya lo sé, lo veo en las señales, me las está enseñando mi madre”. Esperz estaba aquí, ¿sería para vigilar el correcto funcionamiento de la profecía? “Quiero hablar con tu madre, ¿está en la cumbre?” – “Sí, te está esperando, me ha mandado venir a saludarte”. Por fin un poco de educación en la niña, “así parece más maja” pensaba Lualem. Subieron a donde se hallaba Esperz, estaba ojeando unos libros en la sala de los nombres, parte de la biblioteca donde Lualem aprendió de Ispirz las interpretaciones de la mayoría de las señales. “Hola Lualem, te estaba esperando, pero pensaba que vendrías antes” le dijo Esperz a
modo de saludo. “He querido dar tiempo a Nertole a encontrar las señales, creo que está en condiciones de interpretarlas y volver a su casa, este no es su reino”. He venido a llevármela conmigo para que pueda obtener el don de amar”.‐ “Nertole se irá contigo, las condiciones en las que se vaya dependerá de su solución al enigma”. Si no interpreta bien las señales no obtendrá el don de amar, la profecía necesita que este sea el nombre mágico que garantice la descendencia para la sucesión de Pegasus en el diosado, si no fuera ella, la sucesión de Pegasus no sabemos cuántos ‘laxas’ más necesitará”. “Y yo, que estoy aquí vigilando sus interpretaciones y sus estudios, no la veo preparada para afrontar un reto de este calibre”. Esto preocupó un poco a Lualem, si ella no fuera el nombre mágico que garantizase la descendencia, y esto sería con el número mágico, es decir, él, quizás Nertole no iba a ser la persona elegida y nunca obtendría el don de amar, algo que rompía el corazón de Lualem y los fantasmas empezaban a acecharle sin él poner gran resistencia. Esperz notaba la cara de preocupación de Lualem e intentó animarle: “si por alguna razón no interpreta las señales correctamente, no conseguirá el don de amar, pero si tendrá descendencia, porque así lo quiere Pegasus”. Esto no satisfacía a Lualem, el soñaba con el amor de Nertole, juró ante Osporz dar hasta la última gota de su sangre si hiciera falta, amaba a Nertole sobre todas las cosas, “sobre todas las cosas”. Esto significaba, ahora que las señales se interpretaban como en su reino, que allí Nertole no tenía el don de amar, pero que en su reino podría recuperarlo. “Quiero llevármela conmigo”‐le dijo Lualem a Esperz. “No te lo voy a negar, las consecuencias sólo Pegasus las sabe, no estoy aquí para tener a nadie secuestrado, pero si interpreta bien las señales se irá de aquí con el don de amar”. Lualem dudaba, y al final decidió que fuera la propia Nertole quién con sus propias interpretaciones, consiguiera su objetivo. “Está bien”‐dijo, “vayamos a ver la interpretación de las señales de Nertole, confío en su sabiduría”. Estaba convencido de que todo saldría bien, había visto una señal magnífica en forma de número, lo que no había visto era el nombre correcto para cruzarlo con él. Rebuscaba en su memoria. Terminó desistiendo en el intento, no encontraba buenas señales en forma de nombres. “No va a ser fácil, se decía” y a punto
estuvo de arrepentirse. Subieron donde estaba Nertole, Truc le enseñaba el amuleto y ella le contaba los números hasta ocho, pero lo que no estaba era su abrelatas. Nertole se lo había cambiado por una piedra del mismo tamaño que las demás, el abrelatas lo tenía celosamente guardado. “Nertole, llegó la hora” oyó decir a Esperz.
Nertole no parecía la misma, la mueca de los labios indicaba hastío, tampoco es que se hubiera alegrado mucho de ver a Lualem. Éste pensaba que cuando consiguiera el don de amar todo sería diferente.
“Para conseguir el don de amar debes adivinar el siguiente enigma que se te va a plantear”‐ subió su mano derecha hacia el cielo enseñando la bola que llevaba y señalando el cielo con el cetro que llevaba en la mano izquierda, punteó una estrella roja y una estrella azul. Empujó una a cada lado del cielo, separándose éstas a una velocidad vertiginosa. Y le preguntó a Nertole: “¿Hacia dónde se dirigen esas dos estrellas, qué va a pasar con ellas?
Nertole estaba absorta con lo que había visto, nunca vio nada igual, se quedó…paralizada. Había visto cometas girar, hacer figuras extrañas, estrellas de colores, pero nunca había visto su creación. Tan estupefacta estaba que soltó lo primero que se le vino a la cabeza: “es lo más bonito que he visto en mi vida, dudo que el amor sea tan bonito”. Esto fue como si le clavasen una espada en el corazón a Lualem. Él, que sentía amor, sabía que ese sentimiento era mucho más bonito que cualquier estrella del cielo. “¿Es esa tu interpretación de las señales?”, le preguntó Esperz.
Las estrellas, unas rojas, otras azules, todas indican vida. Van a morir hacia el norte, en el sur son bien nacidas.
La roja va de camino, la azul se aleja en el cielo. Cuando lleguen al destino, se darán un beso tierno.
La azul camina despacio, la roja parece que vuela, a cada una su espacio, y a cada uno su vela.
Lualem se quedó maravillado de la interpretación de Nertole. “Pegasus decidirá si esa es la interpretación correcta para otorgarle el don de amar”. Con estas palabras desapareció Esperz, desapareció la escuela, los libros, Truc, las brujas, la niña, tan sólo quedaron en la cima del Yelm Nertole y Lualem.
Regresaron a la gran ciudad, Lualem estaba muy contento de la interpretación de Nertole, iba todo el camino recitando, sabiendo que pronto Nertole caería en sus brazos rendida de amor. Cuando llegaron Lualem la llevó a su casa, estaría rendida del esfuerzo de los estudios, de la presión sometida, pensaba en su labor con las cartas, todo el retraso que acumulaba, todavía no pensaba en el amor. Se encontraba a gusto al lado de Lualem, pero no quería que la visitase en unos días, quería descansar. Lualem se fue a su casa contento de que Nertole ya estuviera cerca de él, aunque respetaría su decisión de darle tiempo para ordenar sus pensamientos. Lo que no podía imaginar es lo que sucedió uno de los días. Pegasus se le apareció y le mandó cumplir una misión en los
confines del mundo, por lo que dejó todo lo que tenía y montando en su gaulo Seleón abandonó la ciudad.
¿Volvería a saber de Nertole? En su fuero interno se decía que nunca la olvidaría, renació el día que la conoció y eso lo tenía grabado en el corazón de por vida, y estaba seguro que algún día Nertole encontraría el don de amar y sabría qué hacer con él.
Seguía teniendo esperanzas, nunca más odiaría, lo que le daba la posibilidad de amar,
y amaría a Nertole sobre todas las cosas,
¡Sobre todas las cosas!
FIN
Quiero dedicarte este cuento, por ser la persona que me ha hecho comprender que el amor debe ser cosa de dos, y no uno más uno.
Que si uno corre mucho se estrella, pero que si el otro frena, no se llega nunca.
Quiero pedirte con este cuento, que no me eches en el olvido, y que pueda encontrar la velocidad correcta para que nuestra relación, sea del tipo que sea, no acabe. Pero que tengas seguro que has ganado un amigo, y puedes contar conmigo cuando lo necesites.
Uno de los dos sí siente amor, desde el principio. Por eso, nada de lo que puedas hacer va a molestarme. Será que haces lo que te hace feliz, y eso, me produce alegría. No tienes que buscar excusas para no verme, basta que me lo digas y no nos vemos.
Gracias a ti, y te lo digo de corazón, he vuelto a conocer lo que es enamorarse, con sus gozos y sufrimientos, me has hecho ver la vida de manera diferente. Sólo busco compañía, nunca fue mi intención acosarte ni molestarte, pero te necesitaba como se necesita respirar.
Te quiero, y quiero conquistar tu corazón, pero sólo el tiempo me dirá si he llegado a conseguirlo.
Quiero pedirte perdón por la multitud de molestias que te he causado en este poco tiempo que nos conocemos, para eso te he escrito este cuento, del que sólo haré una copia, para ti.
Gracias, muchas gracias por existir y por haberte cruzado en mi camino, nunca olvidaré tu nombre.
Pedirte, por favor, que me disculpes los fallos, es la primera vez que me lanzo a hacer algo así, y seguramente tú, que tanto lees, encontrarás cientos de ellos.
También tengo que agradecer, aunque no creo que lo vayan a ver publicado, a los dibujantes; Cinderella, Boris, Maikel, Ceade, Santi Iborra, Seúl, Arnán, Rafita y Malanda, creadores de la decoración del cuento.
A ti Nerea, te dedico este cuento, escrito por un pobre tonto hombre enamorado. Lo que de verdad lamento, es poder haberte hecho daño.
De todo corazón, muchos besos.
Luis F. García

FIN

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