Maite Abascal


Cuento de ésta autora

Gusano de Seda (link para descargar)

Gusano de seda  (LIBRO)

El que no sabe y sabe que no sabe,
es humilde, ayúdale.
El que no sabe y no sabe que no sabe,
es un necio, huye de el.
El que sabe y no sabe que sabe,
es un despistado, despiértale.
Y el que sabe y sabe que sabe,
es un sabio, síguele.

PRÓLOGO

Camina sola por los pasillos silenciosos y blancos del hospital. La madrugada esta bien entrada, y al cruzar junto a las ventanas ve traspasar la luz naranja de las farolas. Luz que tiñe de dorado su traje de plumas empapado y sucio de barro.
Cuando entra en la habitación se estremece. La ve ahí tumbada. Tiene el collarín puesto, esta vendada y amarillenta en las zonas heridas. Esta quieta en la oscuridad y ella se acerca.
Cree que al principio no la ha visto. Tiene los parpados caídos y el cuerpo deshecho en cansancio y dolor, y no se ha dado cuenta de su presencia. Pero una de sus lágrimas cae en su mano y la mira.

EL AMANECER

1

Aún me acuerdo del día en el que Ruth pidió a Marina que fuera su mejor amiga. Eran días ligeros allá por la primavera de 1999 y estábamos en aquel campamento escolar al que ya había atrapado una noche clara.
-¿Quieres ser mi mejor amiga?-preguntó Ruth con el nerviosismo de los once años.
-Ruth, yo no tengo mejores amigas-contestó Marina haciendo ese amago de sonrisa que seguiría repitiendo mucho después.
Marina y Ruth eran compañeras de clase desde los tres años, pero de manera extraña, nunca antes habían cruzado más de media palabra la una con la otra, hasta casi ocho años después, cuando un cuento las cruzó en el mismo camino.
A veces cuando me he preguntado el por qué de tan tardío acercamiento, pienso que en aquellas dos niñas, existía un miedo que las alejaba la una de la otra. Un miedo a encontrarse con alguien que fuera capaz de leer sus pensamientos, de saber demasiado, de ser tan igual que no diera lugar a las dudas.
Pero sin querer, supongo que ese mismo miedo las atrajo como los mosquitos a la luz de una farola, y acabaron encontrándose. El destino llegaría a plantearme después.
Ambas vivían en el siempre gris y triste barrio Urbi, en Basauri. La colmena, le llamaban a aquella masa laberíntica de edificios, construidos casi uno sobre otro. Cada uno con cientos de pequeñas viviendas donde se tenían que hacinar los vecinos como un enjambre de abejas. Un mar de cemento que se extendía hasta las explanadas de fábricas. Antiguo centro de revolución industrial, que ya apenas anidaba la vieja fabrica de neumáticos Firestone, y alguna que otra con los cristales hechos añicos, a punto de cerrar.
La madre de Ruth, Azucena, solía contarle que en algún momento en el ahora poco aconsejable río Nervión se había bañado su abuela, antes de que las fábricas lo convirtieran en cloaca al aire libre.
Azucena siempre detestó Basauri a pesar de haberse criado allí, o quizá solo por eso. Detestaba aquel paisaje de ladrillos al que nos sometía la ciudad, y aquella sensación de aglomeración tan típica en la colmena.
Sea como fuere, otra mucha gente parecía pensar como ella. Que la ciudad solo rezumaba tristeza y vacío, y quizá por ello, en la escuela siempre nos llevaban desde cuarto curso una vez por año, a un campamento en Pedernales. Tal vez, como queriendo enseñarnos un lado más dulce de la vida.
Aquello era bonito, o así lo recuerdo yo en mis ensoñaciones. Siempre soleado, con ese cielo azul y limpio que solo puede ser producto de los sueños. Y aquel caserón de teja verde y paredes de piedra, con naranjos y limoneros alternados a la entrada de la gran escalinata. Un enorme eucalipto al que no éramos capaces de abrazar ni entre tres, o el pinar que nos guardaba a la sombra, dejando atravesar solo algunos haces de luz, como si de las largas uñas del sol se tratara.
Me acuerdo de patinar por aquella cuesta empinada, que bajaba a los columpios y al campo de fútbol. O quizá no era tan empinada y es solo que el recuerdo todo lo crece.
Aún así, me acuerdo de aquella noche mejor que de cualquier otra, porque después sabría que entonces se selló un pacto con el destino, que de no haber ocurrido, quien sabe que otra vida nos habría servido.
Pero la noche repartió cartas y fue con esas, con las que más tarde jugaríamos nuestro porvenir.
Aquella noche le había salido novio a la Nuria. Un crío rubito y bajito que al cumplir los quince se convertiría en una enorme paella de granos, pero que en ese momento tenía carita de ángel. Y la Nuria, niñita precoz a sus once se estaba planteando enamorarse de el. Como cotilleo nocturno, todos los mocosos querían enterarse, pero Marina, quizá derrochando la madurez que a nosotros tanto nos faltaba, decidió apartarse del gentío.
Y aunque Bea, fiel e inseparable de la Nuria entonces y en el futuro sí decidió acompañarla, en aquella ocasión, Ruth decidió separarse de aquel par de niñas que algún día serían sus mejores amigas. Mientras tanto se dejó llevar por aquella inquietud que perseguía a Marina hasta la jaula de los columpios.
Esta, se había colgado bocabajo, sujeta por las rodillas, con el pelo corto pendiéndole como una cortina oscura. Decía que así no se podía caer porque las estrellas la sujetaban de las rodillas.
Ruth trepó también a lo alto de la jaula junto a ella. Cuando miró al cielo aterciopelado y la luna inundando todo con sus halos de luz, sintió un poco de vértigo, pero Marina la agarró de una mano y la sonrió, con esas sonrisas de leche que prometen ese mundo entero que no tienen para dar.
Aquella noche, antes de acabar tan mareada, que sus rodillas flaquearan y la dejaran caer al suelo de arena, Marina y Ruth hablaron de cuentos y de sueños, de promesas y juramentos, pero sobre todo de amistad.
Y a la luz de la noche la cara morena de Marina y sus ojos almendrados hicieron un guiño a la suerte, esperando que esta se diera por aludida, y velase por ellas un sueño que colgadas allí, esperaban fuera mágico y lleno de esplendor.

2

La escuela nos sirvió un año más de inocente amistad antes de dar nuestro pequeño gran paso al instituto. Aquel edificio paralelo a nuestra escuela, con aquellas cortinas grises y aquel patio diminuto, me parecía el fin de una vida. Una vida de juego y de ingenuidad. De regalices y gusanitos los viernes por la tarde, o de cuentos inventados en nuestro rincón favorito del patio.
Creo que no pasamos tanto tiempo jugando en ninguna parte, como lo hicimos en el patio de la escuela. Ya podía llover a cantaros, helar, o que un sol abrasador nos aplastase, que siempre nos juntábamos allí para imaginar que eran bailarinas o princesas.
Dejábamos que la noche nos fuera envolviendo hasta que la farola encasquetada en la pared rosada de la escuela, era la única que nos alumbraba como miel derramada.
Entonces aparecía la madre de Ruth o la de la Nuria, que habían estado tomando un café a la espera de que las niñas se cansaran de jugar. Pero las niñas nunca se cansaban y siempre había que ir a buscarlas. A Marina nunca iban a buscarla. Sus padres vivían pluriempleados todo el año, y la madre de Ruth y esta, la acompañaban hasta la puerta de su casa, donde solía abrir Gaizka, su hermano mayor.
Después volvían por la plazoleta gris. Urbi siempre fue gris hiciese el día que hiciese. Ruth caminaba de la mano de su madre, viendo languidecer las calles bajo una bruma espesa que olía a humo y cansancio.
Por aquel entonces en casa de Ruth no había mucho dinero. En realidad, Ruth nunca tuvo mucho dinero. Sus amigas siempre tenían el doble de ropa y juguetes que ella. Les daban más paga, e iban a muchos más lugares que ella. Pero Azucena, siempre supo explicarle el porque de aquellas cosas, y Ruth aprendió a comprenderlo, sin que nunca sintiera ganas de quejarse siquiera. Era cierto que a veces sentía algo de envidia, pero en general aprendió a vivir sin ello.
Su padre y el hermano de este, habían abierto una ferretería a medias, y tenían que trabajar muy duro para pagar las deudas iniciales, y sacar adelante su pequeño comercio. Por eso Ruth nunca llegaría a tener hermanos, como tenían Marina o la Nuria. Por eso ella nunca se iría de vacaciones, y por eso vivirían en la colmena durante tanto tiempo.
Creo que Azucena, no era feliz en aquella casa vieja. Aunque no creo que nadie que viviese en la colmena estuviera feliz con su vivienda, las cuales solían dar montones de problemas. Pero creo, que a ella le ocurría algo más. No solo era la casa. Era la ciudad, y esa sensación de estar siempre cansada. Solía mirar con ojos brillantes las imágenes de casas junto al mar, con aquel azul que se extendía hasta el infinito.
-Vivir.-murmuraba en aquellas ocasiones.
Fue entonces cuando Ruth empezó a escribir historias. Historias de príncipes y animales parlantes. Desde pequeña aprendió a crear cuentos para los demás. Siempre movida por un impulso extraño que la obligaba a trasladarse a cuentos mágicos en los que los sueños de todos se podían volver realidad.
Su madre los leía y la veía sonreír para si, y cuando su padre llegaba a casa, ella le pedía que los leyera también, y su padre, por más cansado que estuviera, siempre tenía un ratito para leer.
El último día del curso, cuando toda la clase despedíamos la escuela y nos lamentábamos del fin de aquellos dias, Ruth temía sobre todo perder su capacidad de imaginar, inventar. Siempre padeciendo complejo de Peter Pan.
Mientras Bea pintarrajeaba a la Nuria en un rincón de las piscinas de Gamarra, con un set de maquillajes que le habían regalado por su cumpleaños, Marina y Ruth observaban el panorama desde la fuente en la que estaban llenando los globos de agua.
Las dos tiritaban de frío, porque aunque fin de curso para nuestros tempranos doce, en aquella tarde de junio el tiempo aún no invitaba a permanecer mojadas bajo la sombra de un roble.
Con los labios morados, que ya entonces prometían llevar a la desesperación carnal a más de un chico, Marina le contó, que Bea pintaba a la Nuria, porque esta quería verse radiante ante David, el único chico de clase que no nos pegaba, o nos tiraba del pelo.
Ruth rió, sosteniendo la boquilla de un globo naranja en el morro de la fuente, y este llenándose lentamente, mientras el murmullo de los niños y el chapoteo de las piscinas llegaban a lo lejos.
Marina hacía nudos a los globos con los dedos que ya le amarilleaban, y cuando terminaron, se quedaron mirando a los demás, apoyadas en el muro del que asomaba la fuente.
-¿No te da pena?-le preguntaría Ruth entonces.
-Un poco, pero mi hermano esta en el instituto y dice que esta muy bien. Que me va a gustar. Que vamos a hacer más amigos.
Ruth asintió aún sin estar convencida, mientras veía a la Nuria avanzar a paso cándido por la hierba hasta David, que ocupado en lamer su helado de chocolate, ni siquiera había reparado en ella.
La pobre Nuria, maquillada por Bea, parecía un payaso con resaca, colocado en un cuerpo demasiado rechoncho para convertirse en la modelo que siempre había soñado ser. Bea, en tanto se había acercado a ellas cerrando el estuche de maquillaje con mucha parsimonia, como para que sin querer repararan en el.
Marina suspiró cogiendo un globo fucsia y haciéndolo bailar entre sus manos.
Bea sonrió mostrando aquella tira de hierros que luciría durante años, y les dijo;
-Nuria va a pedirle a David, pero no podéis contarle a nadie.
Bea, siempre miope, no fue capaz de esquivar ni por un centímetro el globo fucsia que Marina le estampó con todas sus fuerzas en la cara.
La niña salió corriendo y berreando, con el pelo crespo que siempre le perseguiría, tapándole toda la cara.
Marina y Ruth se rieron, pero esta seguía en las nubes y Marina lo notó.
-No quiero crecer, no quiero hacerme mayor-le explicó.
-Hay que crecer, Ruth. Y cada año siempre será mejor.-dijo ella de forma misteriosa-Ya lo veras.
Sonrió, esperando que las palabras sabias de su amiga la convencieran de que seguir creciendo solo le traería sueños hermosos e ilusiones eternas.

3

El que vino entonces fue un mágico verano que quiso insinuar que a pesar de todo, nosotras nunca íbamos a dejar de jugar.
De nuevo solo me vienen a la cabeza días soleados. Días en que todas llevábamos mallas cortas conjuntadas con camisetas de colores. Corríamos con alegría por los montículos de hierba del nuevo parque de Bizcochalde, hasta el estanque de agua, donde en algunos días de mucho calor, los gitanos de Adbarren se aventuraban a entrar, ante las sorpresas de los transeúntes.
Jugábamos al escondite, a las alturas o al pasimisi. Íbamos hasta la zona de los columpios donde las sandalias se nos llenaban de arena tratando de subir a la torre de cuerda roja.
Cuando la veo ahora, pienso que a fin de cuentas, tampoco era tan alta, pero entonces, al llegar arriba, me sentía la reina del mundo.
Allí solían sentarse Ruth y las demás, en las cuerdas de la cima, amarrándose a las de los lados, cerrando entre las cuatro el circulo de la punta, soñando despiertas con su futuro.
Y mientras un cielo púrpura escondía al sol, dando una dulce tregua al día caluroso, se hacían revelaciones secretas en susurros velados.
La Nuria, con aquella camiseta que se remangaba para lucir el ombligo, les contaba que de mayor ella sería una gran modelo. Que pasearía por pasarelas en París o Milán, y que la fotografiarían en paños menores, en grandes revistas internacionales.
Y aunque Marina y Ruth se dirigían miradas escépticas de cuando en cuando, a pesar del entusiasmo con el que Bea asentía, no podían negar que en el fondo a ellas también les gustaba creer en aquellos sueños que entonces la Nuria tenía por tan ciertos.
-…Y como Domínguez Gómez no es un apellido muy comercial-decía ella muy resuelta, tratando de estirarse para que se la viera más estilizada-Me voy a poner “Do” de Domínguez, y “go” de Gómez. Nuria Dogo. Así todo el mundo se quedará con mi nombre, y me harán montones de entrevistas…
-Dogo-repetía entonces Marina mordaz-¿Cómo el perro?
Ruth reía, pero Bea en seguida salía en su defensa, como si el sueño que arruinaran fuese el suyo propio.
-No le hagas ni caso, Nuria. A mi me parece que lo tienes todo muy bien pensando, si señor.
A Bea le bastaban los sueños de la Nuria para sentirse crecer. Siempre que la oía, se le encendía la mirada en una luz de maravillas, como si de pronto la que llevaba una banda de Miss Mundo fuera ella.
Sin más poder de decisión que el color de calcetines que iba a ponerse, nunca pareció tener un carácter propio. Seguía a la Nuria, como si la personalidad fuese la fuente de sus decisiones. Siempre en pos de otros, en busca de la seguridad que tanto le falto siempre.
Mientras tanto en jóvenes trece, desarrollaría una personalidad de seguimiento con la Nuria, mientras que en casa se dejaría mover por los hilos que le manejaba su madre. Doña Violeta, como gustaba ser llamada.
-Yo seré medica-decía tratando de ganar seguridad en un terreno en el que no confiaba.-Me lo ha dicho mi madre.
-Bea,-decía entonces Marina con la cabezonería propia de su persona.-Eso lo ha dicho tu madre, pero ¿Qué es lo que tú quieres ser?
-Medica-añadía con un vaivén de pupilas tras sus gafas que delatarían siempre su inseguridad- Para cuidar a los enfermos y ganar mucho dinero.
-Estas repitiendo lo que dice tu madre-continuaba Marina frunciendo el ceño.
-¡Que no!-se enfadaba Bea, que miraba a la Nuria en busca de una ayuda, que esta nunca le prestaría.
-Bueno, vale-intervenía Ruth, con esa diplomacia que la caracterizaba siempre-¡Dejadla en paz!
Marina se callaba entonces, aunque por supuesto, solo porque Ruth se lo pedía. Bea siempre miraba con ira a Marina. Esa ira que nunca aprendería a encajar en su amistad. Esas ganas, que sabía que no debía de sentir, de que las cosas le salieran mal a su amiga.
-Yo seré escritora-rompía el hielo Ruth entonces, haciendo que las demás se volvieran a ver como se ponía de pies en la cuerda en la que había estado sentada-Escribiré libros. Libros de intriga y misterio, de amores y de abandono. La gente los leerá, y me felicitara, y un día ganaré un novel de literatura, y…
Paraba ahí, sin más ideas, y con la incertidumbre de no saber que más. Suspendida allí mientras las otras la miraban sonrientes pensando en que lo lograría y que le saldría bien, ella no sabía que más.
Con la brisa haciendo que su pelo rubio jugara a las curvas sobre su tez, volvía a sentarse pensativa. Y las niñas que se habían sentido encandiladas por un segundo, esperando el momento álgido del discurso, decepcionadas agachaban la cabeza, al ver que este no llegaba.
Ruth se quedaba pensando en que más. Mientras las demás, desencantadas, se quedaban mirando la línea que se perfilaba clara en el horizonte y la que iba atenuándose en un borroso azul marino. Los mosquitos se agrupaban a la luz de dorada de las farolas, y el parque se vaciaría lentamente, hasta que cansadas de pensar en ilusiones que esperaban impacientes, descendían de la torre de red y se separaban para ir a casa.
Bea, vivía en la senda de chalets que subían a Bazozelai. Su madre, divorciada en dos ocasiones, había encontrado supuestamente al fin, al marido de sus sueños. Un dentista con clínica privada, al menos una década mayor que ella, que le había comprado en palabras de la mujer “Modesta casita” de tres plantas y parcela de jardín.
La niña se despedía siempre la primera, y se alejaba frente a la explanada de la Ertzaina, con una sombra que se empequeñecía y se agrandaba al paso de las farolas.
La Nuria, Marina y Ruth, descendían por Lendakari Aguirre hasta que llegaban a la parada de autobuses frente al bar “Beitia”, y dejaban a la Nuria en su portal.
El resto del camino hasta Urbi, Marina y Ruth siempre lo hacían unidas, parloteando sobre nada en especial, cruzando el largo y firme puente de Ariz y entrando en la atmósfera espesa de su barrio, donde el aire se podía cortar con tijera.
Se despedían en su portal hasta la mañana siguiente, esperando un nuevo juego que llegaría con el amanecer de un sol, que no se dignaría a entrar en los recovecos de la colmena, donde la noche, siempre reinaba.

4

Bea subía sola por la empinada cuesta de Bazozelai hasta que alcanzaba la entrada de su casa. No era que aquello no le gustara, pero lo cierto es que estaba muy lejos de todo, y el camino le daba algo de miedo.
Cuando sus padres aún vivían juntos, habían vivido en la colmena, como muchos otros compañeros suyos. Pero un día al llegar de la escuela, su madre le abrió la puerta mientras se gritaba con su marido, como hacían a menudo. La diferencia radicaba en que aquel día, en lugar de hacer entrar a la pequeña Bea, le pasó una maleta, y salió al rellano con ella.
-¡Ja! Claro que me la llevo. Ningún juez permitirá que se quede con un borracho como tu.
-¡Maldita zorra!-contestó su padre a voz en grito, saliendo a la puerta detrás de su mujer-¡No te voy a dar ni un céntimo! ¿Me oyes? ¡Ni un céntimo!
Y sin dirigirle ni una sola mirada a Bea, cerró la puerta de un terrible golpe, dejando paradas en el felpudo a madre e hija con apenas dos maletas viejas.
Bea, mirando sin comprender a su madre, comenzó a llorar con mucho hipo, y tubo que quitarse las gafas para ver algo.
-No, no, cariño-le dijo con un tono dulce que apenas usaba con su hija. Y arrodillándose junto a ella, le borró las lagrimas con un pañuelito blanco-No vamos a quedarnos en la calle. Tú eres mi princesita. ¿Crees que sería capaz de abandonarte como lo ha hecho el maloliente de tu padre?
La niña incapaz de contestarla entre sollozos, la miró un segundo, en el que su madre negaba con la cabeza como para ayudarla. Pero Bea, no fue capaz de dar respuesta. No fue capaz de asentir, ni de apoyar a su madre con un leve pestañeo siquiera.
Creo que fue en aquel momento, cuando hizo por primera vez aquel gesto que después repetiría siempre. Aquel vaivén de pupilas que frecuentaría hacer en los momentos de mayor inseguridad.
Doña Violeta, comprendiendo entonces la mirada de su hija, se irguió, se colocó las abundantes joyas falsas que acostumbraba a llevar, y con un tono gélido que desde aquel día congeló el corazón de Bea para siempre, le dijo;
-Vamos a vivir con Cesar. Aquel amigo tan simpático de tu padre.-le dijo- Lo conocimos en la excursión que hicimos a la Peña.
-Yo no quiero vivir con…Cesar-gimoteó la niña entonces.
-Tu harás lo que se te diga-ordenaría entonces doña Violeta.
Algunas vecinas alertadas por el griterío, se asomaron tras las puertas, o por el hueco de la escalera.
-¿Y ustedes que miran?-preguntaría insolente doña Violeta tirando de su hija llorosa de la misma manera que lo hacía con las maletas viejas.
Un coche las recogió en el subterráneo de la colmena, conducido por el ya mencionado Cesar. Un hombre huesudo con barba castaña, que a Bea siempre le recordaría a los dibujos de Cristo de la catequesis.
Doña Violeta besaría a Cesar con sus ridículos labios estirados, y después se volvería al espejo retrovisor para retocar aquel maquillaje exagerado y su pelo rizado, teñido del escarlata más brillante.
Bea mientras tanto seguiría haciendo pucheros en el asiento de atrás, diciendo que quería ver a la abuela, y que no quería ir a casa de ese señor.
Daría igual todo lo que entonces la niña llorase o patalease, porque doña Violeta ya había decidido por las dos. Sería la última vez que Bea llevara la contraria a su madre o la discutiera. Cuando la niña vio que sus esfuerzos eran inútiles, acabó por sumirse en un obediente silencio que la acompañaría durante mucho tiempo.
En mi opinión aquel día, más de la mitad del carácter de Bea perdió la batalla contra el de su madre. A partir de entonces, Bea se convirtió en una dócil niña que llevaba acabo todas las órdenes de su extravagante madre. Desde el día en el que la hizo jurar con total seguridad ante la abogada, que no deseaba seguir viendo a su padre, hasta apenas un año después cuando Doña Violeta le anuncio que iba a casarse con Carmelo y que ya no vivirían más con Cesar.
Todo fue aceptado por la chiquilla con suaves asentimientos de cabeza que mermarían su personalidad hasta reducirla a cenizas.
Entonces se trasladarían al chalet de Bazozelai, donde doña Violeta triunfal, encontraría su nido de gloria desde el que poder mostrar todo el esplendor de su persona. Poder lucir el escaparate que siempre quiso tener. Convertirse en la burbuja más grande de todas las que algún día, habían soñado con salir de la cloaca en la que había vivido. Vivir de la apariencia como tanto había soñado.
Y por fin, desde su palacio en la cima de Basauri, celebrar su victoria, eso si, en solitario. Por que a fin de cuentas, doña Violeta siempre tendría muy presente, que a pesar de los caprichillos que le permitiría su nueva vida, estaba sola. A pesar de todo lo que había peleado y aguantado por lograr ese nivel de vida, nunca se sentiría completa, si no eternamente sola. Había perdido incluso el cariño de su única hija.
Para compensar esa sensación de vacío que la acompañaría siempre, procedería a gastar todo el dinero que se le pusiera a la mano en cosas innecesarias, y trapitos caros, que por desgracia conjuntaría del mismo modo destructivo de antaño.
Llenaría la casa de objetos absurdos, y se negaría a tirar nada viejo, aunque estuviera en total desuso o siquiera le gustara. Siempre con la idea, de que al menos todas aquellas porquerías no la abandonarían.
Al parecer, su nuevo marido, dejaba que la mujer se gastara todo su capital, a cambio de las perversiones de alcoba de las que era afamada en todo el pueblo.
Según Bea me contaba, su madre no quería a aquel hombre con quien ahora vivían. No había querido a Cesar, quien probablemente hizo  de padre más que ningún otro, y tampoco quiso a su padre.
-Como tampoco me quiere a mí-murmuraba a veces muy, muy bajito, porque sabía que nadie aceptaría esa idea.
Según Bea, su madre no podía querer a nadie que no fuese ella misma.
La niña se conformaba con que al menos no fuera mono de feria para su madre, quien lejos de adoptarla como la próxima doña Beatriz, la había apartado deprisa de su vida, decepcionada con el hecho de que su hija, menos belleza, había decidido derrochar miopía, dientes torcidos y pelo crespo.
Y así fue como durante años la niña se iría retrayendo en un fantasmagórico letargo que la dejaría sumida en un confiable sueño, del que sin que nadie lo esperara terminaría amaneciendo del golpe.

5

Nosotras éramos como gusanos de seda que esperaban ser mariposas. Esperando que nuestro momento llegase pronto, para alzar el vuelo en un aleteo de colores, que a la luz del sol debía verse inimaginable.
Y así, con ese brillito de esperanza, que solo los ojos más sabios acertarían a distinguir en nosotras, iniciamos nuestro primer año en el instituto de Urbi.
Este, que a pesar de estar separado de nuestra escuela, a penas por una valla, a mí me parecía que estaba a años luz de aquella joven vida que dejaba atrás.
Un edificio de tres plantas con escaleras y pasillos interminables. Corredores que se perdían entre vuelta y vuelta, bajo luces tenues. Un laberinto de aulas donde el calor de la escuela; con sus dibujos en la paredes, las alfombras de colores, y los juguetes, ya no estaban permitidos. Un limbo entre la niñez y la madurez.
Como si el destino supiera ya de antemano lo que tenía guardado para nosotras, metió en la misma clase a Bea y a la Nuria, que pasara el tiempo que pasase, siempre permanecerían unidas. Y de la misma cruel y traicionera manera, separarían a Marina y a Ruth en un susurro que indicaba que había sueños que también se quebraban.
El primer día de clase, el día de la presentación, acudimos puntuales donde por fin, íbamos a poder entrar en aquella fortaleza para  mayores, que debía prepararnos para el futuro.
La Nuria feliz como unas castañuelas de verse rodeada de adolescentes, había acudido a la cita con sus prendas preferidas, y se iba retocando los bucles de su pelo castaño, a la espera de que en cualquier momento algún quinceañero fijara sus ojos en ella.
Las demás sonreíamos nerviosas, a la espera de ese mundo desconocido que había prometido abrírsenos tras aquella puerta verde de cristal.
Mientras que los más mayores iban pasando, algunos profesores, alzaban un cartel con el número de cada clase de primero. Una mujer con exagerado moreno y pelo de permanente alzó el tercer cartel.
-1.A-dijo nerviosa Marina- ese es el mío.
La Nuria y Bea rieron inquietas, mientras que Ruth apenas mirándola por una décima de segundo, dejó escapar un leve “suerte”. La vio partir por la explanada del aparcamiento hasta llegar al tejadillo de la entrada, y seguir a su profesora estirada, con un sequito de otros niños nerviosos.
El cartel de 1.C asomó entre la multitud. Lo sostenía un hombre bajito al que siguieron la Nuria y Bea agarradas de la mano, al tiempo que decían a Ruth que se veríamos a la salida.
Ya solo quedaba su clase. Se frotó las manos sin saber a donde mirar. Incomoda y sola como se sentía.
-¡Hola Ruth!-la saludaron por detrás.
Se volvió y se encontró con Nekane. Una niña que iba con ella al taller de pintura y con la que no se llevaba muy bien.
-Hola-dijo tímidamente.
-¿Tu también estás en D?-le preguntó.
Ruth asintió, pensando en que su suerte parecía haber cogido más inercia que nunca en un descenso inevitable.
-¿Y con quien te vas a sentar?-rió ella mirando a los lados recordándole que estaba sola.
Un hombre muy delgado de barbas, saco el cartel de primero D, y Nekane pasó de lado riéndose con unas amigas, que la miraron a penas de reojo.
Con la respuesta en la boca de quien tiene para contestar un mundo entero, y sabe que ha perdido su oportunidad, caminó gacha hasta la puerta.
No solo no estaba con ninguna amiga en clase, si no que además tenía que aguantar a Nekane. Aquella niña de pelo a lo chico y vaqueros permanentes, la tenía tomada con ella desde el día en el que la conoció. Hasta entonces solo tenía que aguantarla los martes y jueves un par de horas en la clase de pintura, pero al parecer su suerte había cambiado.
Entraron por la puerta de cristal a un vestíbulo alargado, que ofrecía toda una gama de corredores y escaleras que tomar. Ruth miró al techo, pensando que se elevaba hasta el infinito, y se sintió eternamente pequeña. El profesor, subió por unas escaleras negras que torcían a derecha e izquierda, y tomó el corredor que se alargaba en una gran ele.
Los niños le seguían hablando en susurros, como quien se adentra en una gran catedral. Ruth caminaba casi en último lugar, observando los ventanales a su derecha que daban a un patio interior ajardinado, y a su izquierda, donde las puertas con letras de cada clase guardaban ya a montones de niños silenciosos y asustados en su primer día.
Allí estaría Marina, pensó.
Llegaron a la última aula, junto al lavabo de las chicas. El profesor entró y les pidió que tomaran asiento. Las mesas estaban colocadas de dos en dos, y Ruth miró con aprensión a todas las parejas de pupitres, mientras los niños se sentaban.
David, le tocó el hombro y le dijo;
-Ruth, ¿Te sientas conmigo?
Observó que estaba muy cohibido por la petición, y agradeció eternamente a aquel niño de maneras suaves, que quisiera de su compañía.
Miró entonces a Nekane, como para contestarle, pero ella no la prestaba atención.
El profesor había escrito en la pizarra “Francisco Ibáñez” y les hablaba:
-Bienvenidos a todos. Yo me llamo Francisco como he puesto aquí, y seré vuestro tutor en los próximos dos años, así que espero que nos llevemos bien.
Tenía la mirada triste, vidriosa, cual perro viejo. Parecía tener alma de poeta. Poeta melancólico y cansado, como lo eran todos los románticos. Un Don Quijote del siglo XXI. Movía sus manos huesudas en un aire de cansancio en todos sus gestos, como si la espontaneidad con la que hablase a sus alumnos antaño, se hubiera perdido en algún momento del camino, y a Ruth le dio la sensación de que aquel, debía de ser al menos un genio reprimido.
Cuando media hora después salían de clase, a la luz del día veraniego, los demás ya esperaban fuera.
-¿Cómo te ha ido?-preguntaron casi a la vez sus amigas.
Cuando intentó responder, solo Marina continuaba esperando la contestación. Bea y la Nuria se habían puesto a hablar a la vez sobre su clase, donde al parecer la Nuria ya había fichado a un chico de ojos azules.
Ruth solo asintió, sin revelar su estado de animo que notaba desastroso, y cuando se separaron en el semáforo de la tienda de golosinas “Bikain” y Marina le preguntó porque estaba triste, Ruth no le respondió, temiendo que tal vez se habían equivocado. Que tal vez no todo sería lo que habían planeado.
Desde luego, y sobre todo a partir de aquel día, solo encontraría la seguridad que le faltaba, en sus cuentos. Escribiría continuamente. A veces en clase bajo la mirada distraída de los profesores que veían en ella una alumna aplicada. Otras, y quizá con resultados más sombríos, escribía de noche hasta altas horas de la madrugada, con el flexo de su pupitre lo más inclinado posible para no despertar a sus padres.
Una tarde de las muchas que pasaba en la biblioteca, se encontró con su tutor, quién ya había advertido su afición por la literatura. A diferencia de muchos alumnos suyos, Ruth leía a J.K Rowlin, a Carlos Ruiz Zafón, Tolkien, o incluso Antoine de Saint Exupéry en su famosa obra El Principito.
En ese momento un libro de hojas amarillentas había captado su atención. Uno de esos volúmenes que tienen los bordes estropeados y huelen a viejo. Y sin embargo a ella solo le olía a mar y a oleaje revuelto, en aquel barco en el que se sentía viajar junto al malvado John Silver.
-La isla del tesoro, ¿eh?-le dijo Francisco leyendo la tapa por el otro lado-Si te gustan los libros de aventura, deberías de leer a Julio Verne.
-Ya lo he hecho-contestó ella bajando el libro y mirando con el ceño fruncido-20.000 leguas de viaje submarino y La vuelta al mundo en 80 días. Pero el decía escribir ficción. Nunca sospechó que todo aquello se haría realidad.
Francisco amago una sonrisa que siempre desentonaría en su rostro triste y arrugado.
-Dime, Ruth-diría entonces mesándose la barba-¿Te gustaría ser escritora?
-Más que nada en el mundo-contestó ella con sus pupilas clavadas en las suyas, pero con la mirada perdida en un horizonte imaginario.
El sonrió y le palmeó la espada.
-Entonces lo serás-dijo.
Después se marchó, dejándole con el libro de Stevenson en las manos, pensando en que su mentor había sentenciado.

6

En los años que precedieron a aquella conversación. Francisco y Ruth, más que una relación de profesor y alumna, trazarían una de amistad, en la que todos sus esfuerzos se concentrarían en brindarle todas las oportunidades para escribir que, ella creía que la vida no se iba a dignar a ofrecerle.
Y aunque sus padres temieran que la cabeza se le estuviera embotando, cuando les hablaba de Hobits traviesos o de Umpa Lumpas que fabricaban chocolates, al final del segundo trimestre su tutor y protector les aseguró que a su hija le esperaba un magnifico futuro como escritora.
Mientras tanto aquel Imanol de la clase de Bea y la Nuria, se convertía en el Don Juan de todas las niñas del curso, incluidas sus dos amigas. Aunque de manera más inocente, la Nuria, al igual que lo haría más adelante con decenas de chicos perdió la cabeza por el jovencito Imanol. Y Bea, de la misma manera que había pasado toda la escuela pisando sobre las huellas de la Nuria, lo siguió haciendo en el instituto, colgándose por el mismo chico.
Por supuesto, aunque Imanol se pasara todo el verano siguiente ofreciendo posturitas en la piscina municipal a todo un grupito de fans bajitas, ninguna de ellas sabía aún lo que era el amor.
En realidad, siempre que lo pienso, a todas esas niñas seguro que les hubiese apetecido más que alguien les hubiera prestado una comba. Pero como siempre las inquietudes que nos carcomían por dentro, no nos dejaban tomarnos con calma nuestro amanecer, y la impaciencia nos cegaba por hacer cosas de mayores, por sentir que hacíamos algo nuevo, que dejábamos las chiquilladas, porque teníamos que estar preparadas para un destino que nos aguardaba cerca.
Por eso, tanto Bea como la Nuria pasaron todos sus jóvenes años amando y desamando a todos los chicos que les sonreían un par de veces. Pero quizá porque, aunque Imanol no fuera al más importante, pero si el primero, recordaríamos siempre aquellos ojos azules que a tantas niñitas cautivaron.
Recuerdo sobre todo aquel verano de primero a segundo, cuando salíamos a andar en bicicleta por el parque de Garbigune, o subíamos hasta el campo de tiro o al castillo. Cargábamos con las mochilas llenas de bocadillos de tortilla, quesitos, galletas y batidos. Subíamos un balón y una baraja de cartas, y pasábamos el día corriendo de un lado para otro, jugando y riendo.
Para entonces todos los chicos ya se derretían en la proximidad de Marina, quien a pesar de ser la última en legarle el periodo, su cuerpo, hacía tiempo que había perdido la candidez de los trece. Ahora, esta se deshacía en curvas que parecían menearse como flanes, al compás de su andar.
Con la sonrisa blanca e inocente de los niños, pero con un envoltorio mucho más maduro, se convirtió en la fruta prohibida para muchos chicos.
Para la Nuria aquello era un absoluto estorbo. Continuamente se sentía eclipsada por aquella belleza tropical, con la que no tenía por donde competir. Daba igual cuan trapitos exquisitos se pusiera la Nuria, pues allá donde iban, siempre era a Marina a quien miraban, siempre a ella.
Lentamente, la fina amistad que habían tejido las niñas en el pasado, se fue quebrando por unos celos irremediables. Y así, de la forma en la que la envidia aumentaba, un rencor suave se mecía al vaivén de los sueños frustrados de la Nuria. Y pronto aquel malestar no soportaría más a la sombra, y terminaría saliendo a flote, en los momentos que compartiría a solas con Bea.
Esta, aunque en un principio incapaz de sentir ese desagrado por Marina, acabaría dejándose aturdir, por las palabras ponzoñosas de su amiga. Y pronto, comenzaría a encontrarle una razón a aquel odio que le salía a veces a flor de piel.
Lo que Bea no sabía era que aquel odio que sentía a veces, no era otro que la sensación de tener destrozados sus sueños, sus ilusiones. Ver que alguien no se sentía esclavo de nadie. Que prometía volar lejos sin tan siquiera echar de menos a los que nunca podrían levantar el vuelo, olvidándose de todos, de ella misma,…aquello era lo que realmente temía, y por lo tanto odiaba.
Pero en su ignorancia, concentraba toda la rabia de su interior, allá donde la Nuria le iba indicando, como un veneno que solo afecta a base de constancia, tiempo, que lentamente se la iría comiendo con el paso de los días.
A veces, en los muchos momentos de los que Ruth pasaría a solas con ellas, mientras Marina dedicaba su tiempo a uno y otro novio, le confesarían sus pensamientos de forma velada. En algún momento, su ignorancia la haría compartir aquellas ideas. Más las de Bea que las de la Nuria, con la que Marina salvo las maneras, ya habría perdido todo amago de amistad.
Pero si sentiría en muchas ocasiones aquella quemazón de olvido, de promesas incumplidas y de abandono. En algún momento del trayecto, Marina había estirado sus alas y se había elevado por encima de sus cabezas, sin esperarlas, alto, muy alto, dejándolas atrapadas en sus gusanillos de seda. Pero como contaba el cuento de Pegaso, al acercarse mucho al sol, uno corría el riesgo de ver prender sus alas en un letargo de calor y llamas, que habría de acabar de un golpe seco en el suelo.

El MEDIODIA

1

Tercero fue un año para todo. Aquel año Ruth suspendió su primera asignatura. Las matemáticas por más que su padre se empeñara, serían una materia perdida en ella. Y aunque sus notas en lengua, euskera e Ingles, continuarían siendo excepcionales, consiguió menguar su fama de empollona.
Su físico adolescente, a diferencia del de Bea, fue clemente con ella. No podía quejarse de granos, ni dientes torcidos. Usó gafas, pero enseguida se paso a las lentillas. Además era alta, y aunque nunca vería las curvas acarameladas de Marina en su cuerpo, era delgada, y podía presumir de un llamativo pelo rubio, descendencia Sueca de su abuela.
En el instituto, a pesar de todo no tubo ningún pretendiente. Ahora, con las mismas inquietudes que habían perseguido a las seguidoras del cada día más pasado de moda Imanol, Ruth se preguntaba cuando llegaría el día en el que recibiera su primer beso.
Marina, había tenido desde segundo, un novio por año, y aunque fue la primera en besar a un chico, ni siquiera bajo las insistencias de Bea, quiso hablarnos de ello.
La Nuria, por supuesto, había besado ya a más chicos de los que era capaz de contar. A sus quince, besar a alguien era como sonarse la nariz con pañuelos de papel. Los usaba y los tiraba.
Incluso Bea, se había dejado besar por Joseba, el amigo gordito de Imanol.
Pero Ruth no estaba dispuesta a que su primer beso fuera cualquier cosa. Después de haber leído tantos libros en los que los idilios amorosos se ocurrían bajo una puesta de sol, con hombres apuestos y valientes que susurraban palabras de amor a sus amados, no esperaba cualquier cosa.
Tenía el listón muy alto según sus amigas, pero Ruth opinaba, que ellas nunca podrían recordar su primer beso con mariposas en el estomago.
Recuerdo que una vez, en los vestuarios del instituto, después de una clase de gimnasia, Edurne, una repetidora con carácter de ordeno mando y hago saber, comenzó a darse aires de manera obscena, sobre el último chico con el que había estado.
Contaba, que en fiestas de su pueblo, después de haber bebido tanto que sus piernas ya no se tenían en pie, se había dejado llevar por un chico de veintiún años a la parte trasera de la verbena. Una vez allí el chico la había sentado en el morro de un coche y había procedido a manosear a la beoda quinceañera.
-Me tocó la pocha-añadió de manera triunfal.
“Vaya guarrada”había dicho por lo bajo Nekane mientras se ponía los calcetines blancos.
-¿Qué has dicho?-Por un momento a Edurne le pareció que no había oído bien.
Había reinado en aquella clase de niñatos desde el primer día del curso. Ser un año mayor y la manera tajante de hablar, había intimidado a los alumnos, confiriéndole cierta autoridad.
Por ello, no fue extraño que Nekane se sumiese en un silencio vergonzoso, que no le dejó alzar la mirada.
-¿Tu que coño tienes que decir? Si no has besado a un tío en tu vida. A lo mejor es tortillera-dijo a las demás-Siempre en vaqueros.
Iratxe, otra repetidora, le rió la gracia a Edurne quien le choco la palma.
Nekane, miró hacía el suelo, aún solo con la ropa interior, sin acertar a ponerse el resto, mientras las demás no éramos capaces de dedicarle siquiera alguna palabra de animo.
En aquel instante Ruth comprendió que tras esas chiquilladas que Nekane le había dirigido años atrás, no había más que una niña asustada. Y de pronto sintió que la heroína que llevaba dentro le salía a flor de piel. Que podía hacer cualquier cosa, como las protagonistas de sus historias.
-¡Edurne!-llamó entonces Ruth.
La chica se volvió hacía ella, y con una mueca de asco le preguntó;
-¿Qué quieres?
Pero Ruth no sabía que iba a decir. Estaba de pies ahí, en medio del alargado vestuario, con las paredes totalmente pintarrajeadas de nombres, insultos, canciones, y poesía. Pero ella no tenía superpoderes como los espadachines o los karatekas de algunos cuentos. ¿Cómo se iba a defender ella, de semejante abusona?
Miró a la chavala que aún solo llevaba puestas las enormes bragas que le sacaban michelines por encima y debajo, y entonces pareció comprender. Más sueños frustrados. Y la lírica de la que tanto gustaba saciarse pareció salirle cual poeta o filósofo;
-No se si Nekane a besado a un chico nunca, pero te diré que yo no lo he hecho-hablaba tranquila y con seguridad, y nadie se atrevió a interrumpirla-Tal vez creas que soy una cría, aunque me da igual. Tengo quince años y es lo que tengo que ser. Pero, créeme. Dejarte manosear por chicos que te son indiferentes, y que solo usas para sentirte mayor o más importante, no te hará mejor que las demás. O desde luego ahora no lo eres.
Largo silencio siguió al discurso de Ruth, el cual nos amartilló los oídos a todas. Nadie habría podido describir mejor a aquella chiquilla escondida en aquel cuerpo de abusona. Y sin embargo ninguna nos habríamos atrevido a dirigirle una sola palabra. Pero Ruth si. Ruth lo había hecho, y de algún modo, en aquel instante, una oleada de admiración nos envolvería a todas. La misma admiración que le perseguiría a cualquiera que se parase a hablar seriamente con aquella chica, de allí en adelante. Una seguridad y una estabilidad que parecería rodearla continuamente, como si de un aura protectora se tratara.
Pero en aquel instante Ruth no estaba segura. Le temblaban las rodillas al pensar lo que acaba de decir. Por un momento pareció que Edurne iba a pegarla, hasta que de pronto lo vimos. Una lágrima silenciosa caía por su mejilla haciendo curvas hasta su barbilla, donde se quedaría pendiendo, brillante durante un segundo eterno, tras el que caería al suelo.
Fue entonces. Tras la pataleta y el terrible llanto que nos dedicó Edurne encerrada en uno de los inodoros, de los cuales Iratxe la llamaría pidiendo que saliese, cuando Nekane se acercaría a Ruth.  Con la mirada brillante de admiración le diría;
-Gracias.
Desde aquel día Nekane y Ruth se harían amigas para una eternidad. Solo el tiempo, paciente, limaría más adelante su amistad, cuando sus caminos volvieran a separarse. Pero en ese instante ambas comprenderían, que unos fuertes lazos las acababan de unir.
Lo único que Ruth lamentaría de aquel día sería aquel discurso el cual, a pesar de parecer improvisado para Edurne, en el fondo de su corazón sabía que había sido construido durante mucho tiempo para su amiga Nuria. A quién por no herir, nunca llegaría a dirigir.

2

La Nuria se había criado en una familia borona, de gente buena, aunque algo ignorante. El padre de la Nuria había venido desde Burgos a trabajar a Basauri hacía ya más de veinte años, cuando el pueblo aun prometía ser mina de prosperidad y futuro. Había llegado con una mujer de diecinueve años, embarazada de una criaturilla, que prometía salirles muy cara si no encontraban trabajo pronto.
Manuel, que así se llamaba su padre, fue contratado como soldador en una fábrica de fundidos, con lo que ganó suficiente como para comprar un pequeño apartamento en el pueblo y tener pañales y biberones en cantidad abundante.
Alicia, la madre de la Nuria, una mujer regordeta de pelo lacio, quería tener un bebe hermoso con pantorrillas de esas que da gusto ver. Por eso durante toda la niñez de la Nuria cargó sus papillas con carnes y legumbres que engordaran a gusto a aquella niña tan hermosa.
Su madre, estaba orgullosa hasta lo enfermo de la criatura de ojitos azules y pelo ondulado, que había concebido. Y a pesar de que ni ella ni su marido eran hombre y mujer altos, pronto vieron que la niña contra todo pronóstico tomaba altura frente a sus compañeras.
Para Alicia, que había tenido que ser madre temprana, y por lo tanto madurar antes de lo que ella había querido, su hija, se había convertido en su única vía de escape. Incapacitada para llevar acabo sus pequeñas ilusiones al haberse metido tan de lleno en la vida familiar, la Nuria representaba su juventud, y su vida. Y todo aquello que esta llegara a lograr en el futuro, su madre lo vería como una hazaña propia. Haber tenido una niña, no le creaba ninguna satisfacción si no podía ver los frutos de haber perdido su juventud reflejados en esta.
-Pero mira que hermosa esta nuestra Nuri, ¿Verdad?-diría la madre orgullosa, poniéndole enormes lazos azules en el pelo a su hija.- Es la más guapa de todo el colegio, ¿Verdad que si Nuri? ¡No como esas delgaduchas que no sirven ni para alimentar a una mosca!
El padre de la Nuria encogería la nariz en una señal inequívoca de lo estúpidas que se le antojaban las palabras de su mujer. Habiéndose criado en una familia de la vieja escuela, encontraba absurdas las ensoñaciones de su mujer, que pretendía inventar un futuro de purpurina para su propia hija. Estaba seguro de que lo único que hacía Alicia, era llenarle la cabeza de pájaros a su hija, la cual lo único en lo que debería pensar, sería en buscar a un buen hombre que la mantuviese adecuadamente.
Aquellos eran los pensamientos de Manuel, claro que el no solía manifestarlos en voz alta, pues la loca sociedad en la que ahora vivían no lo admitiría. Pero al pasar los años y al ir descubriendo la personalidad que iría desenvolviendo su hija, su frustración como padre y educador crecería, primero en pos de su mujer, después de su hija, y al fin hacía todas las mujeres en general.
Terminaría contestando con gruñidos a las palabras de su esposa y su hija, y concentraría todo su interés en su hijo pequeño, Aitor. Y a pesar de haber predicado en innumerables ocasiones a su mujer que no debía convencer a la niña de estupideces, él si quiso compartir con su hijo el sueño de ingresar en las fuerzas armadas, y otras opiniones mucho más discutibles, que con la sensación de no tener a nadie a quién revelarle, terminaría contando a su hijo.
-Son todas unas putas-le diría por lo bajo, cuando ambos se encontraban viendo el partido de fútbol en el sofá de la salita.-Juegan con los hombres, provocando, unas putas…
Se callaría, cuando las risas de su mujer y de su hija, que llegaban desde el vestíbulo, se hacían más fuertes. Y sin que por aquella casa pasara a menudo la inteligencia, el joven y regordete Aitor, confirmaría las palabras de su padre, y se dedicaría a insultar y a hacer imposible la vida a su hermana.
La Nuria en cambio, no vería nada de eso, y solo asentiría con fervor a las palabras de Alicia. Pronto comenzaría a desfilar por la casa subida en los tacones de esta. Se miraría al espejo y vería lo que tan a menudo le repetía su madre, y quería creer.
Su cara redonda de ojos agua marina y mejillas sonrosadas, pensaba, que a la fuerza debía causar furor.
En realidad la Nuria era una niña guapa, pero nunca tan esplendida como su madre trató de hacerla creer, ni tan monstruosa como su padre y finalmente su hermano, veían a todas las mujeres. Pero para cuando tubo edad de pensar por si misma, ya tenía una imagen propia bien definida.
Se imaginaba a si misma, como en las películas antiguas de las que tan aficionada era. Con vestidos largos de raso, entrando en fiestas de etiqueta donde las lámparas de araña pendían  por doquier, y donde una pista de baile esperaba el paseo de su belleza, a la que un montón de hombres acudirían prestos.
Nunca sintió tanta emoción como cuando le vino la regla o cuando estrenó su primer sujetador. Todo aquello que la hacía sentirse femenina la complacía.
Con el tiempo, en cambio, iría viendo que no todas las cosas eran rosa y plata, y que lo cierto era que una vez llegado el periodo, otras niñas como Marina o Ruth terminaron pasándola en estatura.
La verdad comenzó a reflejarse en sus cartucheras y en su pandero de los que tanto se mofaría su hermano, y que nunca la dejarían cumplir sus sueños.
Y de ese modo necesitaría de la compañía de su inseparable Bea, y beber de sus halagos. Sentirse apreciada y admirada, la ensanchaba y la llenaba de orgullo.
Más adelante, cuando algunos chicos comenzaron a interesarse por sus escotes y minifaldas, que engañaban a la vista con el quiero y no puedo ver, encontró en ellos la sensación de los aplausos de un público que siempre quiso tener. Una manera de sentir sobre si misma la admiración con la que siempre había soñado.
Mientras tanto veía ensombrecer sus sueños bajo el manto de figuras prominentes, que sin el menor esfuerzo, ni la mitad de las ilusiones, conseguían lo que ella más anhelaba. Figuras como la de Marina, a la que de bien niña, había confiado todos sus secretos, y la cual se los había arrebatado de golpe, y sin avisar.
En un mundo metafórico que representara sus sentimientos, Marina era la estrella y ella solo la sombra que se movía a lo lejos, donde nunca se la distinguiría bien. Una motita vulgar volando perdida y sin rumbo en el gigantesco universo.

3

El viaje de estudios de cuarto, fue como una oleada de adolescencia febril que nos inundo a todos. En aquella semana en Benidorm el que nunca hacía, de pronto hacía siempre. Y todo se convirtió después en un remolino de acontecimientos que pasara el tiempo que pasase, seguiríamos sin poder recordar al completo, pero de alguna forma nos iluminaría una sonrisa al pensar en ello.
Ruth pasó mucho tiempo de aquella semana con Nekane, pues sus amigas, acentuando ya aquel hecho que se venía avecinando lentamente, pasaron casi todo el viaje separadas. Y aunque dormían en la misma habitación, sin querer o a propio intento no parecían coincidir casi nunca.
El hotelucho en el que nos alojábamos era una ruina a falta de renovación. Al parecer este se reservaba para adolescentes con hormonas disparadas, a quienes a penas les importaba el estado de las cañerías y los colchones, y de la misma manera, estropearlos en cada viaje un poco más.
El calentador de la ducha por ejemplo era un desastre, aunque supongo que a estos desperfectos debiera de agradecer Ruth, el sabor de su primer beso.
Creo que aquí debiera de tratar de describir la situación lo mejor que pueda, porque marcaría un antes y un después en aquella chiquilla rubia.
Fue como si de alguna manera aquello ya se hubiera escrito antes, como si estuviera preparado. Como si Ruth fuera la Sofía del mundo de Sofía, y todo se tuviera que desarrollar a su alrededor.
La chica había bajado a la recepción por los problemas con el calentador. Estaba frente al mostrador con los pantalones de media caña negros y aquella camisa de flores que le regalara su madre. Y el hombre de la recepción había cogido el teléfono diciendo que los D de todas las plantas tenían el mismo problema. Y entonces notó su silueta a su espalda, como esa brisa ligera, que pone los pelos de la nuca de punta. Un olor a fruta, a cerezas. Ruth nunca adivinaría porque siempre le parecería que olía a cerezas. Quizá porque era de Cáceres y llevaba aquello pegado a su piel, corriéndole por las venas.
Ruth se volvió movida por un huracán que de pronto sentía haberse desatado en su interior, al son de una musiquilla que solo parecía poder oír ella.
Y de pronto ahí estaba. Guapo y bien plantado. Siempre fue guapo. Todo color miel. El pelo, la piel y los ojos, se acompañaban de aquel color a caramelo. La sonrisa pícara, de aquel que sabe lo que se hace, pero la mirada blanca de ángel.
A veces hablarían de aquel momento, de lo que vieron y sintieron. Entonces el le restaría importancia a ese instante que más adelante tendrían que fingir olvidar. Pero Ruth nunca le creería. Porque aún guardaría en su memoria el brillo de aquella ilusión en su rostro, como el de quién se encuentra con el sueño que ha estado durmiendo todas sus noches. Allí, materializado de sonrisa fresca y juventud.
Cuando el colapso ilusorio hubo pasado, Ruth se encontró saludando a aquel desconocido.
-Ruth.
-Antonio-dijo con voz gastada-Tono para los amigos.
La chica asintió sin saber que decir. Aunque las relaciones con otros chicos no solieran avergonzarla, en aquel momento sintió que las palabras que tantos años de literatura la habían dado, entonces no pensaban acudir en su ayuda. De pronto se sentía completamente alucinada, con la sensación de que alguien estuviera apretando a dos manos su corazón. Tono en cambio parecía tener para dar y tomar.
Sin saber como, en el tiempo en el que el conserje tardó en arreglar el asunto del agua, les basto para saber que aquel encuentro aparentemente casual, había sido en realidad sellado por el destino.
Tono dijo, que venían de Cáceres, del Valle del Jerte, también de viaje de estudios. Pero el hacía segundo de bachiller, y aquello representaba su último año en el instituto. Después, dijo, tenía intención de estudiar periodismo, pues era un apasionado de la retórica.
A Ruth, a falta de dos años para llegar a la misma posición, le bastaron cuatro frases de futuro para hacerla soñar despierta. Admiración era una palabra demasiado pobre como para describir lo que le hizo sentir aquel chico entonces. Le bastó con sentir, que aquel sería su primer gran amor. Creo que nunca exageró al decirlo, aunque más adelante, en ocasiones sintiera que todo fue fruto de la cursilería de unos quince años inexpertos.
Pero supongo que el primer amor, siempre es así; cursi e inexperto. Después del primero, el color de rosa suele declarar la retirada, y los nervios imparables se paran, porque más o menos ya sabemos lo que viene o lo que toca. Pero quizá deba de ser así, para que realmente nos demos cuenta de lo bonito del momento, de la sonrisa que sale a flor de piel de manera continua sin poder evitarlo, y ese gusanillo que se mueve dentro de nosotros.
Aún así Ruth aún no era capaz de descifrar esas señales, si no que simplemente se sentía aturdida y nerviosa, con un remolino de sentimientos e ideas cruzadas en su cabeza. Sin saber que significaba aquella nueva y desconocida sensación.
Pero aquella noche, al relatar lo ocurrido a Bea y la Nuria, y escuchar sus grititos chillones de emoción, sintió que aun no podría contarle a Marina lo que había sentido, porque habría de ser algo extraño en ella. Un gesto irracional que no se atrevería mostrar a aquella Marina que para entonces ya no se permitía hacer el ridículo, y que se mostraba burlona hacía ese tipo de cosas. Y de pronto se sentiría completamente avergonzada de expresar sus sentimientos, y trataría de ocultarlos, incluso de engañarse a si misma.
Pero lo cierto sería que cuando se despidiera de Tono con aquel casi inaudito, ya nos veremos, sintió que la sangre de sus venas corría a más velocidad de lo que lo había hecho nunca.

4

Creo que aquella noche los primeros haces púrpuras de nuestro atardecer comenzaron a asomar. A veces me preguntó si no fuimos nosotras mismas las que lo propiciamos todo con nuestros miedos e inseguridades de quien no entiende bien donde esta su sitio. A fin de cuentas los viajes de estudios no hacen si no mostrar a inquietos adolescentes retazos de la libertad que tanto anhelan, pero para la que no siempre están preparados.
Y entonces todo pareció desbordarse.
La noche era fresca, en comparación con el calor que había pretendido derretirnos durante todo el día. Y apenas si salimos en camisetas de tirantes dispuestas a comernos un mundo que nos quedaba pequeño.
En primera línea de playa, bajo un manto de estrellas eclipsadas por las luces de todos los locales, estaba la clamorosa zona de fiesta. Por allí decidimos perdernos gran parte de los alumnos del instituto, movidos en masa de un lado para el otro.
Encontramos un bar de nuestro gusto, decorado con motivos marineros, peces espada en las paredes, tablas de surf, cuerdas atadas por el techo, y una terraza trasera con choza de playa.
Allí bailaríamos al ritmo de Shakira y Chayane, hasta que sudaríamos tanto que las camisetas se nos pegaran a la piel hasta el punto de parecer parte de nuestro cuerpo.
Supongo que nosotras aún no lo sabíamos, o quizá a penas acertáramos a sospecharlo. Pero desde allí, con la inocencia de las palmas y el baile agarrado con las amigas, los cruces de piernas y el contoneo de nuestras caderas al vaivén de las faldas de vuelo, éramos un plato suculento para los ojos de lobo que seguían nuestros movimientos.
Un cerco de malicia, que rodeaba el grupo de medio-niñas, que despertaban los instintos más hambrientos a las fauces de quienes ya habían abandonado todo aquello. Un soplo de ingenuidad deliciosa.
Recuerdo que para esas alturas de la noche, Marina ya había comenzado a irritarse. De algún modo daba a entender que se sentía robada de su protagonismo habitual, pues aquella noche, todas, y no solo ella, éramos estrellas enormes en el cielo.
Solo más adelante, me daría cuenta, que lo que realmente sentiría doler en su interior, sería el no poder compartir esa noche con sus amigas. Porque para entonces, para ella, aquel ambiente en el que se saboreaba la mayoría de edad, no era nuevo. Hacía tiempo que sentía haberlo descubierto, siempre un paso por delante. Y sin embargo nosotras estábamos pletóricas, y sonreíamos sin parar ante la divinidad de la vida.
Por otro lado, se sentía aún más apartada, ya que era evidente que Ruth compartía un secreto con las otras, del que no la habían hecho participe.
-Bea, no bebas más-la aconsejó Ruth, cuando la vio apoyarse en la barra para pedir otro trago.
-Déjala que se emborrache a gusto-dijo Marina con un deje de amargura.
Bea se volvió con el ceño fruncido, pero Marina ya se había vuelto y ahora hablaba con David, que también andaba por ahí.
Antes de que Ruth se encogiera de hombros, la Nuria la agarró del brazo para indicarle que Tono había cruzado el local con unos amigos hacía la terraza trasera, y la arrastró tras ellos.
El grupo de Tono se había sentado en una esquina, alrededor de una mesa. La Nuria las condujo hasta la barra de la choza tanto a Ruth, como a Bea que las había seguido con las copas en alto.
-¿Qué hacemos aquí?-preguntó extrañada repartiendo los tragos.
-Las Suecas-contestó la Nuria sonriendo con las mejillas rojas por el calor-manteneos de espaldas al grupito.
Las dos obedecieron apoyándose en la barra. Bea dijo;
-Pues si que están buenos. ¿Cuántos años tienen?
-Diecisiete o dieciocho, creo-dijo Ruth cada vez más nerviosa.
-¡Anda que no has fichado a uno bueno!
-Shhhhh-la chistó la Nuria a la derecha- Queremos pasar desapercibidas.
Entonces empezó a reírse escandalosamente, y a golpear a Ruth como si esta fuese la monda. Y entonces Ruth comenzó a sentirse realmente avergonzada. Le pareció que solo estaba haciendo estupideces plantada allí con aquella actitud que no era la suya. Deseó estar sentada en la playa, como sabía que estaban Nekane y sus amigas. Quiso buscar a Marina con la mirada pero sin saberlo ya la había perdido.
-Ruth.-oyó la voz de Tono.
La chica se quiso volver, pero de pronto estaba paralizada, y más nerviosa que nunca. Miró al cóctel verde lima que le había traído Bea y sin pensarlo demasiado se lo bebió de un trago.
La Nuria le daba codazos para que se volviera y al fin lo hizo.
Tono llevaba una camiseta azul cielo que acentuaba su moreno, y su pelo claro se revolvía en bucles húmedos. Estaba tan guapo que las palabras que tenía preparadas volaron.
-¿Qué tal?-le dijo este frunciendo el ceño y sonriendo ante su reacción.
La Nuria carraspeó y le sacó de aquel trance.
-¡Oh, Tono!-reaccionó al fin-Estas son dos amigas mías; Nuria y Bea.
-Hola.
-¡Hola!-le saludó excitada la Nuria y le planto dos besos al chico, que se los devolvió casi de manera inconsciente-Ruth ya nos ha hablado de ti. Eres de Cáceres, ¿No?
-¿Por qué no os sentáis con nosotros?- ofreció el chico a la risueña Nuria sin contestar.
-¡Claro!-abrió los ojos de par en par la Nuria mirando a Ruth, y tomando a la cortada Bea de la mano para acercarla hasta la mesa de los chicos.
Tono sonrió y le hizo un gesto a Ruth para que los siguiera. La chica se sentía tan violenta, que tubo que reprimir las ganas de correr en sentido contrario.
Al final acabaron sentadas con ellos, y cuando hubo pasado la tensión inicial, todos terminaron bromeando y riendo. Los chicos eran muy amables, y el ambiente era de risa y jolgorio. En un momento todo pareció tan natural como si fueran amigos de toda la vida.
Al cabo de un rato la Nuria, se había perdido en la garganta de uno de los amigos de Tono, y Bea reía más tontamente que nunca con otro, aunque Ruth sospechaba que era por todos los waikikis que se había tomado.
Ruth se relajó apoyándose contra el respaldo de su silla. Miró a Tono con quien llevaba hablando toda la noche, y que observaba a sus amigos, sonriente, y no pudo sino sonreír también. Reinaba la felicidad, y parecía que todos recordarían aquella noche como algo maravilloso. Poco sabían.
Cuando Marina hizo su aparición en escena, empujando violentamente a un chico que había intentado ligarla, captó la atención de todos.
Ruth se levantó como un resorte, la Nuria se despegó de su chico y Bea dejó de reír.
-¿Qué hacéis aquí?-dijo, y al momento supieron que estaba borracha.-Os he estado buscando.
La chica miró a Ruth, pero de la misma la ignoró. Creo que Marina nunca discutió con Ruth. Tal vez pensaba que perdería, o tal vez supo que sería discutir contra si misma. Contra su buena conciencia. Sea como fuera se dirigió a Bea, frente a las miradas de la gente que estaba sentada en la terraza.
Bea estaba seria, apoyada en la pared junto al chico con el que había estado hablando. Tal y como era ella, se la veía apocada, pero también estaba achispada, por lo que no parecía ir a cerrar la boca.
-¿Tu que haces?-dijo Marina mirando al chico de Bea, que sonrió sin saber que decir.
-Marina, lárgate-contestó Bea por el, aunque lo hizo sin mirarla-Estas borracha.
A Ruth le resultaría imposible olvidar aquella mirada que Marina le dedicaría a Bea, por donde dejaría pasar el rencor de aquellas palabras, el miedo a la soledad, el orgullo de su corazón, y sobre todo el dolor del rechazo. Un huracán de sentimientos que desde aquel día comenzaría a comerse los ya apolillados cimientos de su amistad.
-Mira quien habla-contestaría Marina con la mandíbula tan apretada que casi no acertaría a contestar.
Después de aquello no se quien comenzó a hablar. Si Bea reprochó a Marina el abandono al que las había sometido, o si Marina le había dicho que lo único que había hecho era crecer.
Toda una escena para la gente del local que miraba con curiosidad a las dos chicas que se gritaban.
Durante todo el tiempo la Nuria y Ruth permanecieron calladas, sin saber como silenciarlas, como pararlas. Se despellejaban sin compasión olvidando por completo que hacía un tiempo habían sido amigas.
De pronto y sin previo aviso, Bea, harta, lanzó el contenido de su baso a Marina inundándola de aquel liquido verde, y silenciando aquella marabunta que se había desatado.
Marina se quedaría entonces muda, chorreando, y Bea estallaría a llorar, horrorizada por lo que acababa de hacer. Y tapándose la cara echaría a correr hacía la salida.
-Bea-susurraría entonces Marina sin moverse.
La Nuria continuaría anonadada mientras pasaba unas servilletas a Marina, y trataba de asimilar la situación. Como, en un instante, todo el veneno que había ido haciendo tragar a su amiga había estallado, y dado sus frutos. Y de pronto se planteaba si eran los deseados.
Ruth, entre tanto había tratado de hacerse hueco hacía la salida tras Bea, pero había demasiada gente, y nadie parecía estar dispuesto a hacer sitio para que ella pasara.
Se sentía cansada y había comenzado a llorar de angustia y rabia. Estaba parada en medio de toda aquella gente a quien su vida le podía importar bien poco, con la música a todo volumen y sin poder llegar a la salida.
Sola, igual que ellas.

5

Alguien la agarró de la cintura y al volverse vio a un chico bastante mayor que ella.
-¿Bailas, bonita?
-Déjame en paz-contestó con los ojos enrojecidos, tratando de desprenderse de el.
-No, no, no-canturreó él sin soltarla y acercando su cuerpo pestilente-Tu te quedas conmigo.
Ruth trató de soltarse sin ningún éxito, y sin las fuerzas que le había robado la soledad. Pero de pronto el chico que la acosaba cayó al suelo propinado por el empujón de alguien y pudo enderezarse.
-No me gusta nada que se abuse así de una chica-dijo Tono cogiéndola de la mano y ayudándola a salir del local.
Una vez fuera miraron a ambos lados del paseo pero no pudieron distinguir a Bea entre el gentío. Parecía imposible que pudieran encontrarla. Entonces Ruth reparó en los pequeños hoyitos que se dibujaban en la arena de la playa, junto al paseo, y que continuaban hasta la lejanía.
-Solo Bea caminaría por la arena con tacones-le dijo a Tono señalando triunfal sus huellas.
Se descalzaron y caminaron tras la lejana silueta de Bea hasta que la tuvieron lo bastante cerca.
-¡Bea!-gritó Ruth para que parara.
En lugar de eso Bea se volvió un instante, para luego acelerar el paso.
-Espérame-le dijo a Tono que asintió y la dejó correr hasta su amiga.- ¡Bea!
Al fin corrió lo suficiente como para alcanzarla y la sujetó del brazo.
-¡Bea!-la gritó para después susurrar-Bea.
Bea paró frente a ella, con la cabeza gacha, hasta que Ruth se la alzó entre sus manos. Por su rostro corrían lágrimas en una carrera infinita hasta su barbilla. Aquella noche no llevaba las gafas y sus ojos brillaban como luceros. La semana pasada le habían quitado el aparato que tanto tiempo la había acompañado, y solo entonces, bajo la luz tenue de la luna, Ruth comprendería que Bea nunca estaría tan hermosa como en aquel instante. La oruga de la que tanto se había lamentado doña Violeta, esa noche era la mariposa más bonita de nuestro pequeño universo.
-Bea-repitió Ruth de nuevo sin saber que decir-¿Por qué…?
Pero ella solo negó con la cabeza, mientras continuaba llorando, y moviendo las pupilas continuamente en aquel vaivén de inseguridad.
-Siempre he sido yo, Ruth-dijo después sin darla tiempo a preguntar-Todo este tiempo… ¡Joder!, que ella tenía razón. ¡No tengo ideas propias! ¿Qué es lo que me gusta a mí? ¿Qué es lo que quiero de la vida? No tengo aficiones, ni tengo nada. No tengo personalidad. Solo…me dejo llevar por la puta marea.
Continuaba llorando, pero Ruth no quiso interrumpirla. De pronto ella también se sentía mal. Sabía que la culpa de semejante situación en todas ellas tenía mucho que ver con el alcohol para el que no estaban preparadas, pero que sin embargo, había un terrible fondo de verdad en todo aquello. Bea era una de sus mejores amigas y no había sido capaz de ver todo el sufrimiento que corría dentro de ella. Siempre perdidas en sus propios universos de dudas, y allí tan cerca…
-Siempre viviendo a la puta sombra de otros. De mi madre, de Nuria, de la imagen de Marina, de tus palabras…-hizo una pausa en la que aprovechó para retirarse el pelo tras la oreja y mirar al oscuro horizonte entre el mar y el cielo-¡Pero  se acabó! ¡Mando a la mierda todo! Me da igual, Ruth. Me da igual lo que pienses tú, y lo que piense cualquiera, ¡Me da todo igual! ¿No era eso lo que Marina quería? ¿No era eso…?
Rompió a llorar entonces en hipos e incontinencia, y se derrumbó cayendo al suelo de rodillas, gimiendo como la niña que aún llevaba dentro.
Ruth se arrodilló frente a ella llorando también y la abrazó, buscando las palabras que Bea decía esperar siempre de ella, pero ciertamente no llegaban. Solo acertó a pedirle que se calmara, mientras le acariciaba el pelo, y le decía estúpidamente que todo se arreglaría.
Al cabo de un rato Bea se separó y miró a lo lejos, donde sobre una pila de tumbonas, Tono continuaba esperando, mirando al mar. Entonces rió.
-¿Ha venido contigo?
Ruth asintió.
-Pues si después de la que hemos montado, aún te sigue sin asustarse, deberías de saltarle al cuello.
Ruth quiso sonreír, pero ya no le quedaban fuerzas.
-¿A dónde han ido, Ruth?-dijo entonces- ¿A dónde han ido todos los sueños que nos contábamos de pequeñas? Todos tus cuentos…siempre creí que serían reales. Que se cumplirían. ¿Tu no?
-No lo se-contestó Ruth negando con la cabeza-Pero aún es pronto para darlos por perdidos. Somos demasiado jóvenes.
Bea sonrió, pero no dijo nada más. Dejó a Ruth de rodillas en la arena, viendo como ella se levantaba y se iba con su silueta rezando al viento que era una sirena. Algo que nunca nadie más llegaría a saber, y que quedaría enterrado en las locuras de una noche de verano.
Ruth volvió la mirada entonces a Tono, y vio que este se había quedado en un ir y venir al verla arrodillada en el suelo. Así que Ruth le hizo un ademán con la mano, para que se quedara quieto, y se acercó a el.
-¡Arriba!-la aupó Tono para hacerla subir a la pila de hamacas.
Cuando consiguió subir, se quedó sentada junto a el, observando a la marea que subía y bajaba en un baile con la orilla.
Ruth se sentía agotada. Tenía sueño por lo aventurero de la noche, y porque siempre que lloraba notaba su cuerpo adormecerse. Le pesaban los parpados, y se sentía incapaz de mantener una conversación normal después de lo que había ocurrido.
Quería disculparse o decir algo coherente, tras lo que Tono comprendiera que aquello era algo inusual. Que su vida, no era lo que parecía entonces; Una balsa a la deriva sin rumbo ni tripulantes. Que tenía ideas bien definidas, y sueños que pretendía perseguir. Que no era la niña llorona que parecía ser aquella noche. Que ella también podía participar en la vida perfecta de aquel chico color miel.
-Menuda noche hemos tenido-dijo con esa misteriosa sonrisa que le caracterizaba- Me alegro de que no hubiera cuchillos a la mano.
Ruth se rió más por cortes que por ganas, y le dijo:
-Tono, siento lo que ha pasado.
-Tú no tienes que sentir nada, niña. Esas cosas pasan. Los amigos a veces se enfadan. Y se enfadan más si han bebido.
Ruth se preguntó si en el universo perfecto que debía de dirigir el, pasarían cosas como esa, pero realmente quería hacerle entender que se sentía avergonzada de aquel despilfarro de sentimientos incontrolables.
-Es solo que…Han sido amigas tanto tiempo…-empezó a llorar, y le dio una vergüenza horrible por lo que trato de calmarse, pero solo logró formarse un nudo terrible en la garganta.
-¡Eh!-le cogió por el hombro Tono, para animarla-¡Vamos! Van a seguir siendo amigas ¿O crees que por discutir una noche todo entre ellas acabará?
-No lo se-dijo.
Pensó en ello y aunque como todo lo que diría Tono siempre sonara coherente, en aquel instante le parecía imposible. Le miró de reojo aún sin valor para mirarle a los ojos y vio una figura prominente, y segura de si misma. Había sido su salvador aquella noche, como en los cuentos. Su príncipe azul…
Aún faltaba mucho tiempo para que bajara de su pedestal a aquel chico, a quién su inexperiencia había idolatrado antes incluso de conocerlo. Supongo que había esperado encontrar en el a su héroe de cuento, y aunque en cierto modo lo hizo, sus quince años olvidaron que a pesar de todo era mortal.
-Tal vez un día,-dijo interrumpiendo las ensoñaciones de la otra-os caséis, o quizá tampoco sea necesario eso, pero quizá encontréis a alguien que os quiera, y quiera dedicarse a pasar el resto de su vida con vosotras. Y todos seréis buenos amigos y planeareis cosas juntos, como iros de vacaciones, o salir a comer, y vosotras siempre lo dejaréis todo cuando alguna tenga crisis, y os juntaréis en casa de la protagonista a comer chocolate y a criticar a los hombres que en el fondo tanto adoráis. Y quizá algún día compréis casas vecinas, de esas con vaya blanca y caseta de perro en la entrada, todo muy americano, pero vuestro. Formaréis una familia, y vuestros hijos irán juntos a la escuela, y a su vez serán amigos entre ellos, y así el circulo continuara,…
No pudo seguir, en medio de la historia Ruth se había lanzado a besarle, con una necesidad que nunca antes le había ardido en su interior. Aquella historia improvisada era la mejor visión de futuro que nadie podía ofrecerle, y de pronto la llenó una mezcla de nervios e incontinencia, que podía haber resultado desastrosa, pero que afortunadamente salió bien.
Al principio Tono pareció sorprenderse pero después, creo que solo les cupo a ambos, esa extraña felicidad que hace sonreír por cualquier cosa. La sonrisa inocente del primer amor, que nunca después volvemos a saborear. Y de pronto todo parece pararse. El tiempo y la gente que nos rodea, y solo estas tú y tu corazón al galope, viviendo la intensidad fugaz del momento.
En infinitas ocasiones tras esa noche, Tono le contaría historias imaginarias que el inventara. Cuentos que Ruth soñaba fueran reales, y que el los hacía realidad por unos instantes. Solo con cerrar los ojos y escuchar los ecos de su voz o leer los giros de sus palabras.
Muchas veces me he preguntado si todo lo que dijo o hizo aquella noche, lo hizo para que ocurriera aquello, si fue todo fruto de la improvisación o fue algo bien planeado, aunque nunca lo sabré.
Puede que Tono se hubiera sentido enorme junto a Ruth. Tan grande como ella le imaginaba. Probablemente le encantó la sensación de que alguien quisiera beber los vientos por el, que alguien estuviera dispuesto a besar por donde el pisara.
Por eso entonces, y durante el millar de cartas que se escribirían, nunca cesaría en su intento de mantener embelesada a su pequeña admiradora.
Y aunque a Ruth le doliera pensarlo, creo que vivió mucho tiempo engañada con respecto a el, porque aunque nunca puso en duda sus sentimientos, pienso que el quiso siempre exagerar su figura ante ella. Trató de no perder nunca la sensación de ser bueno en todo lo que hacía ante sus ojos.
Ruth siguió queriéndole, y eso no lo puedo negar, pero con el paso del tiempo, a través de sus cartas, de sus llamadas, o de alguna corta visita, fue descubriéndole poco a poco. Y descubriéndose a si misma también supongo.
En cualquier caso, el recuerdo de aquella noche y las que precedieron a su viaje de estudios, no dejaron si no en su boca, el dulce sabor de los besos, de las caricias y los sueños velados de dos jóvenes.
Juntos allí sentados, no pudo dejar de pensar que quizá las ilusiones de cada uno, navegan por cauces diferentes del río. Lo único que Ruth aún esperaba adivinar era si el mar estaba próximo o aún le quedaba camino por recorrer.

EL ATARDECER

1

Todo fue producto del alcohol, el mal sueño y el cansancio, o en eso quedaron Marina y Bea tras disculparse. Aparentemente tal y como Tono había predicho las cosas volverían a la normalidad, aunque en el fondo Ruth sabía que la herida ya estaba abierta.
Creo que de alguna manera, la Nuria estaba realmente decepcionada. Que durante el tiempo en el que Marina y ella se sonreían, lo hacían solo por Bea y Ruth. Eran lo único que unía a ambas, supongo.
Aún así, la vuelta a la rutina de las paredes de cemento de Basauri, amainó las cosas, y cuando ese año iniciamos primero de bachiller, toda aquella historia pareció menguar y perderse en el olvido. Aunque solo por el momento.
Aquel año, casi sin darnos cuenta, los acontecimiento separarían a Marina de las otras cada vez más. Las discusiones entre ellas cada día subirían más de tono, a pesar de que habían jurado dejar detrás todo aquello. Ruth casi siempre trataba de mantenerse al margen, pero a veces le resultaba imposible no posicionarse.
Marina salía ahora con un chico cuatro años mayor que ella al que no conocían, pero que al parecer en el pueblo era conocido como “el jeringa”, cosa que no resultaba nada alentadora.
Por otro lado, tanto Bea como la Nuria habían decidido cursar el bachiller de letras al igual que Ruth. En cambio Marina, siguió los pasos de su hermano por las ciencias.
Nunca he estado segura de que aquella decisión fuera realmente suya, o si al contrario de lo que ella siempre había predicho a Bea, se estaba dejando llevar por la marea. Quizá a fin de cuentas ella era la más indecisa de todas, la más insegura. Pero entonces, parecía imposible que alguien como Marina no tuviese las ideas claras después de todo lo que solía decir.
Tengo la sensación de que solo ahora se, que tras esa mascara de inflexibilidad y de madurez, no había más que una niña igual a Bea. A lo mejor, porque en el fondo se parecían demasiado era por lo que chocaban tanto, aunque tampoco lo se.
Con la vuelta a clase todo comenzó a tomar un tono de color diferente.
Ruth visitó, como hacía a menudo, al viejo Francisco, que cada día que pasaba parecía camuflarse más y más con la butaca de su despacho. Era como si a cada segundo que pasara, le resultara más difícil levantarse, y poco a poco hubiera dejado que las telarañas lo fueran envolviendo en su propia vejez.
Un aire de depresión parecía ir adueñándose lentamente de su persona, el cual solo lograba desvanecerse, cuando Ruth le obsequiaba con cuentos nuevos en alguna de sus visitas.
-Una ventana hacía otro mundo, a través de la que puedo viajar sin moverme-solía recitar, de esa manera pomposa que tanto le gustaba usar a el. Sonreía tristemente sabiendo que Víctor Hugo, y Dante eran los únicos que le quedaban en su soledad.
Aquel día cuando Ruth entró en el despacho, Francisco advirtió algo diferente en ella. Algo que ni siquiera su madre, siempre observadora, había logrado captar a su vuelta de Benidorm. Algo que cualquiera habría atribuido a un nuevo corte de pelo o la alegría juvenil.
Ruth estaba casi segura de haberse comportado como siempre, pero Francisco arrastraba ya muchos años de experiencia, o de vida recorrida, y supo adivinarlo en menos de un pestañeo.
-¿Cómo se llama?-preguntó con un gesto pícaro que ya no solía sacar casi nunca a paseo.
Ruth sonrió pero no se sintió cohibida.
-Antonio, Tono en realidad.
-¿El viaje de estudios?-preguntó frunciendo el ceño.
Ella asintió y procedió a contarle como había sentido conocerle desde siempre, y como la discusión de Bea y Marina parecía haberlo propiciado todo en parte. La creencia de que ahora era diferente. Que algo dentro de ella había cambiado después de aquello. Una experiencia que jamás pensó le fuera a abrir los ojos de esa manera.
El se permitió una carcajada burlona.
-¡Que bien se burla del dolor ajeno quien nunca sintió dolor!-recitó ella a Sehakspeare.
-Al contrario-dijo el-¿Crees que a mi edad, aún no se lo que es el primer amor?
Ruth veló una sonrisa, y no quiso decir nada. En lugar de ello le extendió un manojo de hojas, que el tomó con alegría, y las pasó lentamente como si solo el sonido de estas rasgando el aire, le causara placer.
-Más tarde-dijo después apartándolas-Dime Ruth, ¿Y tus amigas? ¿Se han arreglado ya?
-No lo se-dijo ella poniéndose de pronto tensa-Aparentemente si…
Pero frente a Francisco no podía mentir. Sentía que podía leer sobre su piel y sus ojos así que dijo;
-No. Ellas fingen que si, pero yo se que no.
La conversación parecía correr peligro de terminar en llanto y malestar, por lo que su profesor no quiso insistir más en ello, si no que cambio de tema.
-Aún estoy esperando tu primera novela. ¿Cuándo llegará? Ya has recopilado montones de experiencias en pequeños manuscritos. Incluso ahora sientes que puedes hablar de amor, desde la experiencia, ¿O no?
Ruth se sonrojó ligeramente ante la absoluta verdad de aquellas palabras, y lo fácil que parecía resultarle a su mentor adivinar su pensamiento.
-Ya puedes ponerte a escribir algo largo, Ruth.
-Pero no tiene que se simplemente largo-protestó ella, con la voz tomada de pronto por ensueños-Tiene que ser sublime, tiene que impresionar, y enseñar. Hacer soñar a quién lo lea. No quiero contar un cuento de cartón, sin base ni fuste. Quiero que sea perfecto y que cuando alguien lo lea, sienta que nunca antes había leído como en ese instante. Ha de ser perfecto, ha de enamorar al lector, y atraerlo sin posibilidad de escapatoria a una trama de pasión, desengaño,…Algo que le muestre una perspectiva diferente de lo que ha visto hasta entonces. Algo mágico que lo envuelva en fantasía y no lo deje escapar nunca, lea el libro que lea.
-Pides mucho, Ruth-contestó Francisco atusando su canosa barba- Y aún eres demasiado joven y te queda demasiado por aprender. No puedes pretender algo perfecto para la primera vez que te sientes a escribir.
-¿Por que no?-preguntó indignada Ruth ante aquel retazo de realismo que la obligaba a tocar tierra-Mozart componía a los siete años. Yo tengo casi diecisiete, y tengo el doble de conocimientos que cuando gane mi primer premio literario. Se que puedo hacerlo, solo me falta algo…
Francisco miró a la joven desde su butaca, con los huesudos brazos cayéndole lánguidamente por los costados. Quizá pretendiera adivinar la fuente de sus sueños, pero aquello ni siquiera la propia Ruth lo sabía, por lo que finalmente desistió, y abandono su intento de traspasar la mente de su aprendiz.
-¿Y que es eso que te falta, si se puede saber?-dijo al fin con un gesto cansado.
Ruth le miró un instante brillándole los ojos en un destello de imaginación, y solo dijo;
-Un final dramático.

2

Bea estaba tan seria que finalmente Ruth consiguió convencerla para saltarse la última clase y que le contara lo que le ocurría.
Casi no podía con su alma, cuando empezó a hablar. Le podía la vergüenza de lo que iba a contar, el malestar y las dudas. No se lo había contado a nadie, ni siquiera a la Nuria, y de ese modo, parecía haberse tragado todo el mal que se había guardado.
-Fue el miércoles por la mañana-le dijo con la voz de angustia de aquel que no había llorado cuando lo necesitaba y ahora le resultaba imposible hacerlo- Me había dejado en casa el trabajo de literatura, y me salte la clase de latín, para ir a por el. Creí que a esa hora no habría nadie. Carmelo trabaja de mañana, y mi madre estaría en el solarium del gimnasio. Pero me equivoque. Mi madre si estaba, y no sola.
Al parecer Bea había entrado por la puerta de la cocina y había subido a su dormitorio en busca del trabajo. Una vez arriba, había oído algo, y extrañada, había seguido los sonidos hasta el dormitorio de su madre.
La escena que había visto le había resultado insoportable de presenciar y tratar de describir. Su madre, con un extraño traje de cuero y charol que dejaba a la vista todas sus vergüenzas, estaba a cuatro patas en la cama, mientras un hombre de piel dorada y pelo platino, la sacudía violentamente por el ano, y le palmeaba las nalgas de tanto en tanto.
Bea, apenas había tenido que entornar ligeramente la puerta para ver aquello, y le había bastado para sentirse completamente paralizada. Hubiera sido desagradable encontrar a su madre haciendo el amor con Carmelo, pero aquello la desbordaba. La situación, y la idea del engaño, que a pesar de haberlo imaginado en su fuero interno, nunca había llegado a figurarse tan gráficamente, se materializaban de pronto frente a su mirada ingenua.
Con los ojos más abiertos de lo que nunca los había tenido, retrocedió sobre sus pasos, hasta que hubo salido. Una vez fuera, había caminado despacio, como ida, sumergida en un mundo que acababa de descubrir. Tratando de asimilar lo que sus sentidos acababan de presenciar.
Finalmente había sacudido la cabeza, dispuesta a olvidar aquella locura, como hacía a menudo con las tonterías de su madre. Aquello no había pasado, se dijo. Y recordando eso de que si nadie lo ha visto no ha sucedido, se marchó a clase.
Había transcurrido una semana desde aquello, y aún seguía colapsada por la imagen de aquellas manos sujetando las cachas de su madre. Aquel hedor a sudor llenando la habitación, y el total descuido de ambos, habiendo dejado la puerta abierta.
Una pequeña parte de si misma le susurraba muy bajito, que a su madre probablemente le hubiera gustado que los hubiese cogido juntos. Que hubiese montado una escena de histeria, y que hubiese amenazado con contarlo todo. Incluso…tal vez la hubiera animado a participar. “Así quizá se te quite esa cara de mojigata”se había imaginado. Pero aquello solo permanecía en la cabeza de Bea, y no se atrevería a pronunciarlo en alto. Ni siquiera a la Nuria.
-Es su monitor de aeróbic-dijo mirando al suelo-Pero no descarto que haya más. ¡Dios, es que me muero del asco!
-¿Y Carmelo?-preguntó Ruth procurando no mostrar ni un mohín que delatara su escándalo interior, aún con esas imágenes en su cabeza, y sin saber muy bien por donde orientar la conversación-¿Crees que lo sabe?
-No lo se-dijo cambiando el tono-Esta realmente encoñado con mi madre, le permite todos los caprichos. Tal vez este no sea más que otro de los antojos que le pasa por alto, o quizá se lo imagine, pero por no perderla… ¡Que asco, que asco, que asco!-repitió ella.
Ruth guardó silencio, y dejó que Bea, la siempre inocente Bea, volviera de nuevo a su lado, y reemplazara a la desconocida que tenía entonces junto a ella. El tiempo la estaba cambiando de forma absoluta. Desde el viaje de estudios ya apenas quedaba de la sumisa y obediente niña, que nunca había tenido autoridad sobre nada ni nadie. Quizá aún no estuviera segura de lo que quería, pero desde luego ahora sabía lo que no quería.
Observaron las hojas caídas de los árboles, y de cómo aquel aire otoñal barría las aceras en aquel susurro que nos decía que el invierno estaba de camino. Aquel cielo plomizo, que auguraba frío y desesperanza. Que nos pintaba el verano más lejos que nunca con sus colores grises.
-Ya se que es una tontería pedírtelo,-dijo-pero no se te ocurra contarle nada de esto a nadie. A nadie. Ni a Nuria, ni a Marina, no quiero que lo sepa nadie.
-¡Descuida!-se apresuró a contestar Ruth. Luego añadió-¿Vas a hablar con tu madre de todo esto?
-No lo se-dijo-supongo que a su debido tiempo.
Y sin decir nada más, esperaron sentadas en aquel banco del parquecillo de maestría, a que llegara el final de las clases, para poder subir a casa.
Creo que nunca un silencio fue tan doloroso como aquel, en el que sin querer, vieron perecer en el viento todas las lejanas ensoñaciones de escuela.

3

Tono escribía Ruth a menudo preguntándole como estaba y diciéndole que la echaba de menos. Y por su diecisiete cumpleaños tubo el detalle de enviarle una caja entera de cerezas con una enorme felicitación, que su madre miró con desaprobación.
-Ese chico no te conviene.
-Déjala, mujer-defendía su padre-cerezas del Jerte ni más ni menos.
Según Azucena, a su marido le gustaba la relación que mantenía su hija con el cacereño, porque no se veían y de ese modo era imposible que ultrajaran a su niña.
No se hasta donde aquello sería cierto, pero de serlo, el padre de Ruth estaba siendo un iluso. Tono significaba mucho para su hija, pero desde aquellos besos robados en Benidorm, otros chicos habían pasado por sus brazos, aunque ninguno con mayor importancia. Todos ellos en general, la acababan decepcionando.
Tal vez Nekane a fin de cuentas siempre había tenido razón, y si realmente existía el chico perfecto, nosotras nunca lo conoceríamos. Aún así, a Ruth no le gustaba hablar de todo aquello con Nekane, la cual continuaba sin haber sido besada, y cada día que pasaba se sentía más acomplejada por ello.
Solo una noche, habiendo decidido la Nuria que por fin iba a cazar al escurridizo David, tuve que reconocer, que nunca terminamos de conocer a nadie realmente.
La Nuria que desde aquellos lejanos doce en los que se paseara con su bañador de margaritas, frente a un David distraído, había evolucionado notablemente. Acostumbrada ahora a desprender sexualidad por todos lo poros de su piel, esperaba conquistar al fin a aquel chico de cara pillo.
Ruth que había compartido pupitre con este durante los cuatro años de la ESO, sabía que la Nuria no conseguiría su propósito, pues conocía a David, y sabía que este llevaba dándole largas a la chica durante todos aquellos años.
Pero a pesar de todo, la muchacha intentaría por todos los medios quedarse a solas con el, y para ello se valdría de Ruth.
Recuerdo aquella noche. Eran fiestas de Basauri, y todas salimos vestidas de aldeanas, como mandaba la tradición. Cada cual con las ropas oficiales de su cuadrilla, haciendo resonar los cascabeles de los pololos y las medias. Chalecos verdes, negros, rojos, faldas multicolores, boinas, y albarcas se cruzaban arriba y abajo repartidos por las calles.
Las luces de fiesta brillaban sobre nuestras cabezas junto a banderines de colores y farolillos. El aire estaba impregnado de una mezcla de olores única de las verbenas, donde se podían percibir el de los churros y las rosquillas, junto al del talo, y la chistorra.
Al caminar se perdía la música de una txosna, para verse tapada por la de la siguiente, o quizá por el de una verbenilla, y uno nunca sabía donde parar. La gente bebía el únicamente anual y tradicional zurracapote de sus porrones. Desde les alturas deslizándose en un hilo escarlata hasta las gargantas de los jóvenes. Mareas de Basauritarras que se disponían a gozar de la noche de octubre esperando que esta fuera  esplendida.
Ruth había llamado a David, íntimo amigo suyo desde que leyera más de la mitad de sus historias durante los primeros años de instituto. Y tal y como le había pedido la Nuria casi de rodillas, le invitó a que tomaran un trago juntos. El accedió aunque le dijo que estaba con unos amigos.
-¡Diles que vengan a todos!-aplaudió Bea, escuchando a través del móvil de Ruth.
Esta miró a Marina inquisitivamente, pero la chica se encogió de hombros indiferente y dijo:
-Haced lo que os de la gana. Yo he quedado con Josué.
¡Oh, si! Josué. Pensó Ruth. El maldito jeringa. Aún no se lo había presentado pero se lo había descrito de forma muy explicita; Sexy, decía ella.
-De esos tíos un poco macarras a los que se lo darías todo. ¡Todo!-añadía después.
A veces, no se si con intención de martirizar a Ruth, le decía que la llevaba con el coche a sitios rarísimos, sitios cutres y sucios a las afueras de Bilbao que llegaban a darle algo de miedo, pero que no le importaba. Que aquello le daba un morbo horroroso.
Ruth la miraba asustada, pero creo que en el fondo era esa la reacción que buscaba en ella. Impresionarla aunque no fuera de forma favorable. Ver en sus ojos la preocupación, y carcajearse de sus miedos.
-¡Ay, Ruth! ¿Y que es la vida sin un poco de emoción? ¡Que ganas tengo de que espabiles, para que me comprendas!
En cualquier caso, la chica había decidido que lo mejor era ignorarla, e invitó a David y a sus amigos.
-Estamos en los pórticos de Arizgoiti-le dijo a través del teléfono-Os esperamos aquí.
Para cuando llegaron, Marina ya se había ido, pero les dio igual. Por esas alturas la fiesta les resultaba más divertida, cuando carecía de la presencia de su amiga, cada día más incoherente.
-¡Hola!-les saludó David todo de azul, vestido con el traje marinero del Hogeta-¿Qué tal? A ver, que no se si os conocéis todos. Voy a presentaros.
Les presentó a sus amigos, unos chicos de segundo de bachiller que conocían de vista, mientras la Nuria ya había empezado a colgarse del cuello del pobre David.
En un momento Ruth miró a uno de los chicos, y le descubrió observándola. Ella sonrió y bajó la cabeza sonrojada. “…y este es Iker”le oyó presentar a David.
Decidieron moverse hasta el parque de Bizcochalde, donde estaban instaladas las txosnas, muy cerca de las barracas.
Al principió Bea y Ruth permanecieron rezagadas, la una agarrada al brazo de la otra, como si su alma pendiera de este. Hablando solo la una con la otra sin acercarse a los demás. La Nuria en cambio, sin vergüenza alguna, se presentaba a todos lo chicos y bromeaba con ellos.
David caminó al lado de las otras dos, charlando tranquilamente, hasta que poco a poco, todos fueron perdiendo la vergüenza inicial, y se atrevieron a hablarse los unos a los otros. Incluso al cabo de un rato algunos se llamaron por el nombre y comenzaron a bromear. Los amigos de David se reían de las insistencias de la Nuria, compartiendo las bromas con las chicas. Bea comenzó a hablar con dos chicos que al parecer veraneaban en Torrevieja, al igual que ella, y Ruth se atrevió a soltar a Bea y empezó a hablar con el tal Iker sobre las asignaturas que habían escogido aquel año, y los profesores que tenían en común.
Se animaron a subir a los autos de choque, y Ruth se subió con Iker. Aquello fue divertido. Iker dejó que Ruth condujera el auto a toda la velocidad que ella quiso, moviendo el volante en todas las direcciones, y chocando fuertemente contra el coche de la Nuria y David más de lo debido. La chica reía sin parar, agradeciendo aquel aumento infantil de adrenalina.
Después de aquello, (en el futuro Bea y Ruth aún se preguntarían como lo había conseguido) la Nuria logro irse a dar una vuelta con David a solas. Los chicos se quedaron sin el eslabón que los unía, pero para entones daba igual, pues ya se habían hecho amigos.
La noche fue estupenda, e Iker y Ruth acompañaron a Bea hasta su casa, para después caminar juntos hasta Urbi. La colmena, donde la fiesta, al igual que los rayos de sol, tampoco llegaba.
Se despidieron en el portal de esta, solo de forma amistosa, pero con la presión en el pecho de querer hacer algo para evitarlo. Pero no ocurrió. Ruth supuso que la desvergüenza que solía concederles algunos tragos de alcohol, a esas horas de la mañana se habría evaporado por completo. Y sintiéndolo mucho, aunque sonriendo para si misma, se fue a dormir, deseando que la Nuria hubiese tenido más suerte que ella.

4

La Nuria gritaría indignada a la mañana siguiente en casa de Bea.
-¡Es que no lo entiendo! ¿A ti te parece normal?
Estaba realmente enfadada, porque David, no solo había terminado pasando de ella una vez más, si no que además lo había hecho por otra.
-Ósea, vamos, ¿No? Por fin consigo quedarme con el a solas-comenzó a recitar por enésima vez-¡Nos lo estábamos pasando de miedo! Y yo le dije “Vamos al concierto” y no se que más. Y el tío que vale, que bien. No te jode que nos topamos, con toda la cuadrilla de Nekane y estas ¡Que son unas mojigatas!-añadió exaltada haciendo que sus bucles castaños le taparan la cara con el movimiento-Y yo pienso “Bueno, son amigos. Han estado juntos en clase mogollón de tiempo” ¿No? ¡Igual que tú, Ruth! ¡Como iba a imaginarme yo, que a mi primer descuido se iba  enrollar con la insustancial de Nekane! ¡Es que no me lo creo!
Bea y Ruth se empezaron a reír tras la perorata de la Nuria, siempre con sus prioridades mal organizadas, dándole importancia a lo que no la tenía.
Cuando la Nuria les había contado por primera vez lo ocurrido se habían quedado con la boca abierta. ¿Nekane? Jamás lo habrían imaginado, pero después de haber oído la historia varias veces, no habían podido si no alegrarse.
-Bueno, ¿Y tu que?-le preguntó Bea-Que menudo buen rollo tuviste ayer con Iker, ¿Eh?
Ruth se rió pero no quiso decir nada. Sentía un cosquilleo extraño en la nuca, cada vez que se acordaba de la noche anterior, y desde que se había despertado no había dejado de sonreír.
Aún así, había comenzado a inquietarse, porque eran las siete de la tarde e Iker no le había mandado ni un triste mensaje.
-¿Por qué no le llamas tu?-preguntó la Nuria-Me parece una tontería tener que esperar siempre.
-¿Que dices? ¡Que vergüenza!-dijo Ruth.
-¿Y si le mandaras un mensaje?-sugirió Bea.
-No.-contestó Ruth-Si le llamo, lo hago bien.
Se quedaron en silencio un instante, echándose cómplices miradas y casi al instante se empezaron a reír, y la Nuria corrió a coger el móvil de Ruth, en una juguetona pelea con esta y con Bea.
Alcanzó el móvil y lo alzó en el aire buscando e número de Iker, mientras Bea sujetaba a Ruth.
-¡Dame eso!-forcejeó con Bea, que se reía.
La Nuria tecleaba el móvil a toda velocidad, buscando el número hasta que lo encontró.
-¡Da tono!-gritó la Nuria lanzándole el teléfono a Ruth.
Esta lo cogió sin saber que podría decir, con la respiración agitada del juego y hecha un manojo de nervios.
Un tono…Pensó en colgar antes de que fuera tarde.
Dos tonos…La Nuria y Bea la miraban sonrientes respirando aún con dificultad por la pelea.
Tres tonos…Iba a colgar, colgaría,…
-¿Si?-la voz de Iker.
-Eh…-se quedó en el aire un segundo, mientras Bea y la Nuria agitaban los brazos en el aire, haciendo aspavientos para que hablara-¿Iker?
-Si.
-Soy Ruth. Esto…Nada, que te quería preguntar, si…-le empezó a dar la risa.
-¿Qué?-preguntó el empezando a reírse también, lo que le terminó de dar la confianza que le faltaba a la chica.
-Perdona-dijo aún riendo, pero más segura-Que…Si te apetecía salir algún día a tomar algo, o no se…
-Claro-dijo casi al instante-¿Mañana?
-Ah…-trató de articular sorprendida-¡Bien! ¿Dónde?
Bea y la Nuria daban saltitos de alegría por la habitación, cuando Ruth colgó aún en las nubes. La auparon entre las dos y se cayeron en la cama riendo y golpeándose con los cojines. Se sentía feliz y risueña, como si nada fuera capaz de apagarle la sonrisa.
A la mañana siguiente Ruth esperaría un rato en la plazoletilla de Venta. Apoyada en la pared del colegio San José, procurando no mirar el reloj, ni a los dos o tres conocidos suyos que estaban sentados en el borde de la fuente.
Estaba cada vez más nerviosa, y cada vez más segura de que no vendría, cuando al fin lo vio doblar la esquina con aquella camiseta verde que desde entonces siempre sería su favorita. El pelo negro perfilando su piel morena. Alto, cortando el viento.
Dieron una vuelta, pero no se tocaron. No se cogieron de la mano, supongo por el miedo al rechazo. Nunca se esta seguro de nada con diecisiete años, y uno siempre termina pensando que a desaprovechado su juventud, precisamente por culpa de esta misma. Alguien me dijo alguna vez que la juventud debía de ser para los viejos.
Caminaron sin rumbo, guiados apenas por el propio camino que los llevaba a su merced, girando a derecha o a izquierda sin que la pareja a penas lo notara. Hablando de banalidades, aunque todo lo que se decían parecía estar medido al dedillo. Ninguno de los dos se mostraba completamente como era, por miedo a mostrar su peor lado, pero se divertían con aquel cuidado que debían de poner a la conversación y a sus gestos. Ese nuevo yo que podían presentarse.
En algún momento los pies les llevaron por el paseíllo del parque de Soloarte y terminaron sentándose en un banco, mirando hacía el río y los edificios que desde la otra orilla trepaban monte arriba. Basauri a fin de cuentas siempre fue una cuesta. Un monte de asfalto que ascendía ladera arriba hasta la punta del Malmasin.
Eran días fugaces de otoño, que la proximidad de Noviembre amenazaba con llevarse. Los primeros días de un curso, que obligan a olvidar el verano y a pensar en el frío que se avecina. Todos los días que aún nos quedaban para madrugar y estudiar, lejos de los días de playa y sol. Días grises e insípidos que volaban en aquel calendario bajo miradas indiferentes.
Y sin embargo la silenciosa aparición de aquel chico dio color a aquellos monótonos días del principio de las clases.
Cuando se besaron por primera vez, Ruth aún no lo sabía, pero en aquel beso estaría saboreando todo un futuro de sonrisas, caricias, enfados, cariño, celos, necesidad, confianza, y finalmente amor.
Todo un paraíso de sensaciones que iría descubriendo con el paso del tiempo. Una forma que nunca antes hubiera sospechado, le serviría para madurar, y para ver el mundo de una forma completamente distinta, averiguando un tanto nuevo de él cada día.
Pequeñas cosas, como el sentirse incomodo al entrar en un café en el que nunca antes había estado, su pasión por las palmeras de coco, y como le gustaba enredar sus dedos entre el pelo rubio de ella. Cosas que aprendieron ambos. Como él, más tarde supo que a ella le encantaba que la abrazara por la espalda de forma protectora, y el miedo absurdo que le daban las arañas, o que le gustara coleccionar marca-páginas.
Una infinidad de detalles, que les sirvieron para sonreírse sin tener que articular sonido alguno, o terminar diciendo las mismas cosas a la vez.
A veces sentirse tan en conexión, también originaba discusiones por cosas como; “Sabía que ibas a decir eso”, “Muy típico de ti” o “No me mientas que te conozco”.
Siempre hay malas rachas, claro. Es algo inevitable. Pero por encima de todo se trata de mantener el equilibrio, con la ayuda del respeto.
Durante el tiempo que siguió a aquel día, Ruth ya no supo encontrar a nadie con quien remplazar, o siquiera llegar a comparar a Iker. Ni siquiera Tono, su dulce primer amor, logró quedarse a la altura, apenas titilando en la lejanía, como la estrella fugaz que había sido.
Después de aquello perderían el contacto, no al completo, pues siempre se sabrían especiales el uno para el otro. Pero si en la frecuencia de este mismo. Ya nunca volverían a sentirse como entonces, como cuando se conocieron. Ya nunca sentirían las mariposas en el estomago de un primer amor. Las habrían reemplazado por diferentes sentimientos, y terminarían obligándose a olvidar aquello que vivieron en Benidorm. De alguna forma, sus vidas nuevas, las que continuaban sin esperar al otro, se les antojarían traicioneras en sus subconscientes. Y con el tiempo, aquellas fantasías que una vez compartió con Tono, fueron evaporándose para dejar paso a aquellas nuevas que construiría con Iker. Diferentes, sin duda, pero de ambos.
Y aquel día, cuando se despidieron a la altura del bar “Cinco estrellas”, creo que los dos tenían esa sensación de bienestar que solo ocupan a aquellos que sienten los cosquilleos de un amor temprano. Ayudando al destino en sus tejemanejes.
Quizá ninguno de los dos lo sabía cuando al separarse, ambos sonreían aún para sí mismos. Pero ya entonces, mientras el sol se diluía como un enorme melocotón en almíbar tras los edificios de Etxebarri, una semilla de esperanza había comenzado a florecer en los dos jóvenes que caminaban risueños.
Algo, que debiera durar toda una eternidad.

5

La Nuria nunca perdonó a Ruth. Como no había perdonado a Marina, y como más tarde tampoco haría con Bea.
Aunque aquel día, en casa de Bea, se alegró de su triunfo con Iker, más tarde solo se arrepentiría de habérselo puesto fácil, y el mismo rencor que la había carcomido con Marina comenzaría a tragársele las entrañas.
Una vez más se sentiría abandonada por sueños más brillantes. Una vez más la dejaban atrás, sin poder abrir esas alas que tanto ansiaba tener. Para viajar a aquellos lugares a los que solo había conseguido acceder a través de sus fantasías o los cuentos de Ruth, en los que todo era siempre posible.
Aquellos romances que algún día nos había contado querer vivir en la Italia más bucólica. Como, aquel héroe aún sin rostro, le cantaba poesía de rodillas en una góndola de Venecia mientras agitaba una amapola entre sus dedos. Ella volaría desde su balcón hasta aquel ser misterioso, porque el amor, dicen, da alas. Se dejaría llevar por los canales en sus brazos, mientras alguien tocaba un violín en la lejanía.
Pero aquello era una ensoñación, Y nada de aquello parecía ir a cumplirse, si no al contrario. Todos aquellos amantes a quienes tal vez por una noche había conseguido arrebatar la respiración, a la mañana siguiente siempre huían, y la dejaban en la sombra con el corazón, hacía apenas una hora bullendo esperanza, hecho añicos una vez más.
Y la Nuria no lograba comprender, no entendía el porqué de aquellos abandonos. ¡Si ella se desvivía por los chicos que se le acercaban! No sabía decirles que no a nada, porque sentía que de ese modo la querrían más. Les escuchaba y les asentía a todo cuanto decían, aunque le importara un pimiento lo que estaban diciendo. “Una chica bonita no esta hecha para hablar” le había oído decir alguna vez a su madre.
Les dedicaba carantoñas, besos, y atenciones. Les dedicaba poesías, tratando de atrapar a alguno de ellos. Pero los chicos que se habían fijado en su físico, terminaban sintiéndose atosigados. Y los que sentían que podían encontrar algo bueno en ella, terminaban sintiéndose decepcionados por la superficialidad de la chica, a la que al final le daba lo mismo un chico que otro, con tal de que la admirara. Sea como fuera, todos terminaban alejándose de ella.
Hacía tiempo que había conseguido tomar a broma aquellas situaciones, fingir indiferencia hacía todos ellos, y así canalizar ese dolor, repitiéndose que ella no era una chica de ataduras. Que ella tomaba esas decisiones de separarse de todo los chicos que se le acercaban. Creer que era siempre ella la que los despachaba y no al revés. Que ella era un alma errante y libre.
Pero en el fondo no se lo creía. En el fondo solo veía perecer todos sus sueños de chiquilla, mientras que otros, todos, alzaban el vuelo olvidándose de ella.
Ella era el gusanillo de seda que se queda en tierra, fofo y sin esplendor ni colorido. Vulgar. Y mientras, otras mariposas abrían sus brillantes alas a la mañana primaveral, y aleteaban hermosas hacía una vida llena de luz. En tanto, ella, se quedaba en la sombra, sin nadie que la mirara o la prestara la más mínima atención.
Al final, su padre parecía ganar la guerra de sexos que había abierto en su casa tiempo atrás. Le demostraba que a fin de cuentas no tenía más valor que ninguna otra persona.
Hasta su madre parecía más vencida ante este tema, y ya casi nunca le regalaba ropa o maquillajes nuevos a su hija. Ya no le decía casi nunca que lo lograría, que llegaría lejos.
Su madre se había rendido, y hacía tiempo que no hacía otra cosa que pasear por la casa de aquí para allá con la bata puesta, y la mirada perdida. Salía a fumar al balcón lamentándose de la vida que llevaba, y de aquel marido que hacía ya tanto solo se dirigía a ella con gruñidos. Cansada de lavar y cocinar, sin llegar a nada. Ahora siquiera sus hijos la necesitaban, o eso pensaba ella. Y mientras, la Nuria lamentaba la melancolía en la que se había sumido su madre, olvidándose, como todos, de ella.
Incluso Bea, su fiel Bea, no sentía ninguna gana de rechazar su amistad a Ruth, como una vez si insinuó hacerlo con Marina en el pasado. Ahora Bea había cambiado, y de pronto no parecía necesitarla, o a menos su presencia cada día parecía resultarle más indiferente. Había dejado de beber los vientos por ella, sumergida en sus propias preocupaciones.
Y aunque la relación de Iker con Ruth, ciertamente limó su trato con Bea de forma inevitable, con ella no perdería la amistad de la misma manera que lo haría con la Nuria.
Con Ruth sería diferente, pues a pesar de llevarse bien con ella, nunca conseguiría conservar la confianza que una vez tuvieron. En algún momento del camino, Ruth se había dado cuenta de que no tenía tiempo para todos aquellos que ocupaban su vida, y a había decidido que el trato con la Nuria sería lo primero que tendría que suprimir.
Mientras tanto, la Nuria se iría llenando de malestar y soledad, que seguiría sin llenar en brazos de desconocidos. Y a veces, en altas horas de la madrugada, sabiéndose sola, rompería a llorar en hipos que reprimiría con la almohada, para que sus padres no la oyeran.
Y sin embargo tenía la sensación que aunque gritaría a pleno pulmón, nadie la oiría.

EL ANOCHECER

1

Y cuando ya casi toda la luz del día se hubo ido estalló la tormenta.
Fue una tarde de Enero, al salir de clase. Bea no había venido desde la mañana, y Marina y Ruth esperaban bajo el pórtico de la entrada, a que la chaparrada bestial que había estallado de repente amainara, para bajar juntas a Urbi.
La Nuria, con un milagroso paraguas de bolso había conseguido atravesar la riada, tras despedirse de ellas.
Algunos con nuestra misma suerte habían decidido esperar, pero poco a poco, el pórtico se había ido vacilando, y Marina y Ruth habían empezado a sopesar la posibilidad de mojarse, cuando Bea, pareció surgir de la nada.
Empapada hasta los huesos, pero con los ojos y la boca secos, se había parado frente a ellas.
Las chicas la miraron extrañadas, sin entender la expresión que llevaba la chica en la cara.
-Bea, ¿Qué?…-empezó Ruth sin comprender.
Bea comenzó a negar con la cabeza, con aquel mohín amargo. No había forma de parar el terremoto que se había desatado en su interior. Se sentía llena de rabia.
-Puta zorra de mierda.
Marina y Ruth se miraron sin saber a quien se dirigía, ni porqué.
-¡Tu lo sabías!-gritó entonces señalando a Marina-Tu sabías toda la mierda que se traían entre manos, ¡Y no me lo dijiste!
-Bea, te aseguro que no…-trató de decir Marina retrocediendo.
-Pero ¿Qué pasa aquí?-preguntó Ruth sin comprender.
Las gotas de lluvia empapaban a Bea de arriba abajo que continuaba llorando amargamente con los puños apretados. Los dientes le rechinaban de rabia, de traición. Tenía las cejas apretadas en una arruga infinita que la atrapaban en su propio suplicio. No había rastro del tic de sus pupilas. Solo había furia.
-No me lo dijiste, no me lo dijiste-repitió.
Marina había retrocedido un par de palmos y contraía la cara en un gesto de culpabilidad y de tristeza, pero no acertaba a decir nada.
-¿El que?-preguntó Ruth agarrando a Bea por un hombro.
Bea alzó la vista y la miró, como si antes ella no hubiera estado allí, y de pronto pareció darse cuenta de donde estaba. Miró desorientada a sus ropas empapadas, y al pórtico del instituto, como si no supiera que podía estar haciendo allí. Tragó saliva, y se dirigió a su amiga.
-Hable con ella, Ruth-le dijo, súbitamente embargada por la vergüenza-Hable con mi madre. Y es una tarada. Siempre lo ha sido, pero ahora con Carmelo tiene el doble de medios para demostrarlo. Esta metida en rollos muy raros. En Galdacano debe de haber un centro de variedades, o algo así. Intercambian parejas, y montón de fiestas raras… ¡Esta loca!
Ruth miró asustada a Bea, y después a Marina alternativamente. Aquello le parecía una locura sin sentido. Pero ninguna de sus dos amigas parecía escéptica. Si no más bien cansadas y tristes.
-¿Y que tiene que ver Marina con todo esto?-preguntó Ruth incapaz de relacionar a esta con aquella extravagante situación.
Bea cada vez lloraba más, ofuscada mirando al suelo.
-¡Ella lo sabía!-gritó señalando a Marina
Esta negaba con la cabeza, mientras mantenía los ojos muy abiertos, pero no profería sonido alguno.
-Mi madre me dijo que le sorprendía que aún no lo supiera, porque una vez se había encontrado allí a Marina, y creía que me lo habría dicho ella.-gimió Bea-Así, me lo dijo con esa naturalidad.
-Bea-atajó Marina angustiada tratando de decir algo coherente-¿Cómo iba a decirte…? ¿Qué esperabas que hiciera?
Bea dejó de llorar, y miró a Marina con una cólera infinita, con toda la ponzoña que durante tanto tiempo se había estado tragando. Tanto tiempo enfadada, sin saber porque. Tanto tiempo infeliz, fingiendo que la vida era buena…y durante todo aquel tiempo, solo había tenido fe en una cosa a pesar de todo: sus amigas.
Ni su madre a la que hacía tiempo solo alcanzaba a odiar, ni a ninguna de las personas que se le habían llegado a acercar desde que tenía memoria. Sentía que había sido traicionada tantas veces, que solo podía fiarse de ellas. Eran las únicas que habían estado a su lado en lo bueno y en lo malo. Con las que había jugado, hablado reído y llorado. Era de las únicas de quienes sentía, podía esperar algo bueno, y por lo tanto no quería dejarlas escapar.
Solo en ellas había podido depositar su confianza, solo en ellas, porque nadie más se había preocupado por ella. Y aunque esa afirmación le parecía triste, la ayudaba a mantenerse en pie.
Y sin embargo ahora se encontraba ante una nueva traición del hombro en el que se había apoyado, una nueva decepción de las que veía poblada su vida. De pronto se daba cuenta de que la única sincera en todo aquel tiempo había sido su madre. La que le había dicho siempre la verdad, le doliera o no. La que le había demostrado que la vida no es siempre como una la sueña, o como otros la escriben o la cuentan. Que es difícil lograr la felicidad, y no sencilla como Ruth había tratado de engañarla a través de sus cuentos. Como Ruth se engañaba a si misma.
Y aunque odiara a su madre más que a nadie, no tenía más remedio que agradecerle aquella bofetada de despertar.
Pero Marina…
-¿Esperar?-dijo entonces Bea, con el rostro contraído por el dolor, pero tratando de adoptar una actitud serena-¿Y que voy a esperar de ti? ¡Nada!
De pronto se lanzó contra ella arrastrada por todo el odio contenido por su piel, que ahora se desbordaba, y la empujó al suelo con todas sus fuerzas. Con esa marea de dolor que la venía incitando.
Marina cayó de espaldas sobre el suelo de baldosas, y la miró alucinada desde el pavimento pero sin hacer un amago de defenderse. Sin poder comprender todo el odio que cruzaba por el corazón de su amiga, pero aceptando que aquel sufrimiento cayera sobre ella como un castigo.
-¡Bea!-la gritó sorprendida Ruth, y corrió a arrodillarse junto a Marina.
-Esperaba que fueras mi amiga-dijo Bea dolida, en un solo hilo de voz.
Y después de aquello, se dio la vuelta y se marchó por la cuesta, bajo aquel manto de lluvia que caía como un telón impenetrable.
Ruth miró a Marina que aún permanecía en el suelo con los ojos encogidos, no sabría decir si por el dolor del golpe o el de la perdida.
La ayudó a levantarse sin pronunciar palabra, y solo caminaron, sin correr, sin protegerse de la lluvia, como si creyeran merecer aquel aguacero sobre ellas, hasta la casa de Marina. No se dijeron nada, aún sumergidas en las dudas, y colapsadas por lo que acababa de ocurrir. Pero cuando la embotada mente de Ruth comenzó a despejarse, no pudo contenerse.
-¿Se puede saber que hacías tu en un local como ese?-estalló al fin.
Marina había colgado sus ropas mojadas en la calefacción sin mirarla siquiera, y ahora se secaba el pelo oscuro con una toalla. Esta la miró un instante desde el sofá, y luego encogiendo los ojos y con la boca abierta en una mueca empezó a negar con la cabeza.
Ruth ya conocía ese gesto en su amiga. No era viejo, desde luego lo había empezado a desarrollar en los últimos años. Lo adoptaba cada vez que quería demostrar que estaba como el aceite, por encima. Una actitud de suficiencia, que sospecho solo pretendía esconder una inseguridad que entonces nadie podía ver en ella.
-No íbamos a hacer nada-dijo desdeñosa.
-¿Íbamos?-preguntó la otra empezando a comprender.
-Josué y yo-contestó sin mirarla, y aún con ese tonito de voz de prepotencia que a pesar de todo no solía usar muy a menudo con Ruth-Me contó lo que se cocía allí, lo que había oído, y nos picó la curiosidad. Pero no pensábamos hacer nada.
Parecía repetir mucho aquello, como queriendo reafirmarse a si misma.
-Además es demasiado caro como para permitírnoslo-añadió-Solo queríamos entrar y ver, ya sabes. Hacer un poco el tonto.
Se rió, pero no pareció una risa sincera. Luego la miró, y por fin a Ruth le dio la sensación de que la verdadera Marina volvía hablar, ajena a las palabras que había pronunciado aquella desconocida.
-¡Como iba a saber que me iba a encontrar allí a Violeta!
Ruth no dijo nada, y ella continuó.
-Al principio pareció sorprenderse.-dijo pensativa.
Luego se quedo un instante mirando a la nada, como repasando mentalmente lo ocurrido. Después tomo aire, y reanudo la historia;
-Josué estaba preguntando bobadas al de la entrada, y entonces ella había entrado por la puerta con Carmelo, y se había quedado ahí, mirándome fijamente…Como sopesando la posibilidad de salir corriendo en dirección opuesta. Ella nos conoce desde que había vivido en la colmena, desde que era una tía corriente y moliente. Y supongo que si la hubiéramos pillado en semejante situación entonces, habría tratado de esconderse.-hizo una pausa en la que chasqueó la lengua en señal de negación-Pero ahora se ha crecido, y ya no debe de estar dispuesta a esconderse. Incluso creo que se alegró de encontrarme allí, por que me preguntó si era la primera vez que iba. Yo le dije que si, y entonces me recomendó la habitación rosa.
Ruth enarcó las cejas.
-No me preguntes que es.-dijo la otra con una mueca- Yo alucinaba. ¡Alucinaba! Luego pasó por una cortinilla a otra habitación, y yo salí de allí pitando. ¡Josué flipaba al saber que era la madre de una amiga mía!
Se quedaron en silencio tras el relato. Ruth no sabía muy bien que decir, pero las palabras brotaron solas antes de que pudiera detenerlas.
-Debiste contarlo.
-¿Qué?-preguntó la otra sorprendida-¿Pero que dices?
-¡O al menos a mi, Marina!-continuó sin poder evitarlo-Pero, ¿Cómo te callaste una cosa así? ¿Y si hubiera sido mi madre o mi padre? ¿Qué cosas sabes de nosotras que no nos cuentas?
-¿Pero de que estas hablando?-se enfadó ella-¡Yo no se lo podía contar! Tenía que decírselo su madre. No era cosa mía, y sinceramente me parece fatal que Violeta me haya metido en toda esta historia. ¿Qué hubiera ganado Bea con que yo se lo dijera?
-¡LA VERDAD, MARINA!-gritó Ruth y la hizo callar-La verdad. Para eso estamos, ¡Joder!
Se quedaron calladas, llorando, la una en cada extremo del sofá.
-Crees que lo sabes todo-le dijo entonces Marina entre lagrimas y sin mirarla-Y solo eres una pedante consentida. Te gusta jugar a la psicología con la gente, te divierte pensar que sabes lo que quieren, o porque lo quieren. No se. Quizá esa idea te haga sentirte mejor, pero…En realidad sabes menos que yo. Y eso es lo que realmente te asusta.
La casa estaba siendo aplastada por un silencio totalmente opresor. Ruth oía las palabras de Marina como un murmullo lejano hundido por la quietud. Ruth había hecho muchos diagnósticos en su vida, a cerca de la gente que la rodeaba, pero nunca había oído el suyo propio.
-Te empeñas en creer que la vida te saldrá bien, que los problemas son para los demás, y que tú vives ajena a ellos. Pero no es así, y en el fondo lo sabes. “Deberías haber hecho esto o lo otro”dices, “Yo lo habría hecho bien”piensas. No tienes ni idea…-se le apagó la voz- La verdad, dices. La verdad no impulsa a nadie a sonreír. Y tú lo deberías saber mejor que nadie. Siempre amparada tras tus cuentos de fantasía. Tú lo deberías saber mejor que nadie.
El discurso termino limpiamente. Sin un descansó para pensar la siguiente frase, sin un “eh…” dubitativo. Como si hubiera sido construido hacía mucho tiempo. La verdad…
-Marina-susurró Ruth dolida.
Ella se corrió en el sofá hacía Ruth y la abrazó, como nunca antes se habían abrazado. Fusionadas en el dolor mutuo de la rendición. Resignadas, cansadas de luchar por los sueños que nunca llegaban.

2

En aquellos días de invierno Ruth escribía más que nunca. Con el alma hecha guijarros, esperaba poder escapar a través de sus cuentos. Pero la realidad parecía mucho más fuerte que su imaginación aquellos días, y el dolor no encontraba obstáculos para verse reflejado en sus páginas.
Tras el discurso de Marina, había decidido deshacerse de aquella mascara a la que se había referido, y entonces no veía el mundo que la rodeaba de otro color que no fuera el gris.
-Eres demasiado joven para traerme siempre esa cara tan triste-le había dicho el viejo Francisco en una de las continuas visitas que le hacía por entonces.
Ahora pienso que tenía razón. Que en la juventud esta el placer de la risa. Pero entonces no lo podemos ver. Creemos que nuestras vidas son tristes y sin sentido, la inseguridad nos hace ver las cosas de ese modo. Así se sentía Ruth. Y el pobre Francisco tenía que oír sus peroratas de fatalidad y desilusión, cuando probablemente él solo esperaba que ella le llevara frescor y alegría de vivir. Sin embargo nunca rechistaba, si no que se limitaba a escucharla con una mirada de niebla, una sonrisa triste. Quizá pensando en su juventud, y en la manera en la que todos terminamos desaprovechándola, con nuestra incertidumbre.
También Iker se preocupaba. No entendía que era lo que iba tan mal en su mundo. Un mundo en el que la rodeaba gente que la quería, y en el que el sol seguía saliendo todos los días.
Procuraba animarla contándole chistes y banalidades. Siempre tenía una sonrisa preparada para ella, pero a pesar de todo, chicos menos listos se hubieran dado cuenta que aquel dolor no era nada exterior, si no algo que se había agarrado a sus entrañas.
-La felicidad va dentro de uno mismo-solía decir Francisco-Solo hay que buscarla.
Y Ruth había buscado con esmero. Todos la buscamos directa o indirectamente, pero supongo que en la vida de Ruth aquel era su principal propósito. Y después de haber pasado tanto buscándola sin conseguir encontrarla, se había cansado de perseguirla. La felicidad, donde quiera que estuviese, estaba demasiado bien escondida.
Había decidido dejarse llevar por la marea, de la misma manera en la que el tiempo atrás lo habían hecho sus amigas. Ruth había querido convencerse de que podía luchar contracorriente, y que ellas eran unas necias por no intentarlo. Solo había logrado cansarse.
Y ahora, cuando definitivamente todo había acabado, se daba cuenta del esfuerzo inútil que había gastado.
La Nuria rota de humillación y de soledad, se avergonzaba de todo aquello en lo que había creído. En todas aquellas cosas que habían soñado y que tantas críticas le acarreaban. “Nadie ha dicho que ser una diva sea fácil.” Había comentado de broma en alguna ocasión. Lo que nunca había llegado a plantearse era, si era posible siquiera.
Bea ya casi no hablaba, y sus notas cada día eran más bajas. Algo realmente doloroso se había desatado en su corazón y ahora parecía no ir a cerrarse nunca. Había dejado de ser sumisa e indiferente como la habíamos conocido todas. El golpe que había estado persiguiéndola, amenazando con despertarla, de aquel sueño que se había dedicado a vivir, ya había caído. Ya no quedaba nada de sus ilusiones y su inocencia, pues se los habían arrebatado de una estocada. Miraba con asco a todo lo que la rodeaba, especialmente a Marina, a quien no se dirigía.
Marina no había vuelto a mencionar nada de aquello desde que hablaran en su casa. Cada día la veía menos y sabía menos de ella, pero también sabía que algo malo le ocurría aunque ya se sentía incapaz de adivinar el qué. Hacía mucho que la chica se había alejado de Ruth, o quizá había sido Ruth la que se había alejado de ella. Pero ya parecía imposible adivinar, lo que antaño habrían logrado hacer con tan solo una mirada.
-Escribe, Ruth-le repetía Francisco.
-¿Qué escriba el que?-respondía ella sin entender.
-Quiero leer algo tuyo antes de irme de este mundo. Ver algo tuyo publicado, algo que pueda posar en la vitrina con orgullo, antes de que sea tarde.
Para Ruth, a sus diecisiete años, la idea de la muerte le resultaba absurda, incluso en un hombre tan viejo como Francisco.
-Usted no va irse de este mundo aún-contesta entonces enfadada.
-Escribe-decía cada vez más entumecido en el butacón de su despacho.
Cuando un par de meses más tarde se lo encontró su señora de la limpieza, creyó que estaba dormido y no quiso despertarlo.
Junto a su mesilla de noche había una carta para Ruth.

3

Las desgracias nunca vienen solas. La noche de carnavales llovía. Fue un invierno lluvioso aquel, como haciendo juego con nuestros estados de animo.
Ruth no sabía porque había salido. No tenía ganas, ni ánimos para hacerlo, incluso tubo un mal presentimiento cuando Iker la llamó. Pero al fin, obedeció al destino que tan tozudamente la obligaba a salir.
Iker tocó su puerta vestido de vaquero con dos pistolitas plateadas enganchadas en las cartucheras. Dijo con voz gorda “¡Ey, vaquera!”Y ella se rió y le empujó fuera.
Se había disfrazado de pájaro. Un disfraz increíble que le había prestado una amiga de su madre. Una fantasía de plumas doradas, verdes y violetas.
Se fueron en su coche a Bilbao. Tenía que estudiar el domingo, dijo, y no quería beber nada. Durante el transcurso de la noche se topó con un duende que decía ser Bea, con la Nuria vestida de diablesa y a Nekane como no, en vaqueros, de la mano de un David disfrazado de pirata. No vio ni rastro de Marina.
Al fin, se cansó de deambular por los bares abarrotados del casco viejo de Bilbao, y bajo la persistente lluvia, y le pidió a Iker que la llevase a casa.
-¿Estas bien?-le preguntó una vez en el coche.
Ruth asintió mirando por la ventanilla.
-Vamos a dar una vuelta-sentenció girando el volante, tomando la carretera que subía a Artzanda.
Ruth no se negó. Lo cierto era que había llegado a la conclusión de que necesitaba hablar. Soltar todo ese malestar que llevaba acumulando en el corazón. No es que no lo hiciera habitualmente. Guardarse para si todo lo que le dolía, pero últimamente le dolía más de lo debido. Y creía que si no sacaba fuera algo de aquel veneno que ahora le corría malévolamente por las arterias, este se la iría consumiendo lentamente.
Cuando aparcaron en el alto mirador junto a un par de coches que se movían sospechosamente, Iker se rió y comentó que aquello era un autentico picadero.
Ruth sonrió, pero sentía que la cara le dolía al hacerlo. Iker la abrazó y dejó que llorara y moqueara en su chaleco de flecos, mientras le acariciaba el pelo.
Habló de todo; de Bea, de la Nuria, de Marina, y sobre todo de la muerte de Francisco.
Le contó el contenido de la carta. Persistía en que llegaría lejos, en que solo tenía que intentarlo. Escribir. ¡Y ni siquiera había escrito una línea desde que había muerto!
No podía sentirse bien, ni levantar cabeza de aquella horrible racha. Sabía que a Francisco le hubiera gustado verla feliz, y no en aquel estado, pero no podía remediarlo. Tenía diecisiete años, y una prospera vida por delante, estaba en la flor de la vida, y sus problemas no eran más que pequeñeces, pero sin embargo aquel estado de depresión parecía haberla atrapado sin remedio.
Lloraba como nunca antes sentía haberlo hecho, y aunque temía estar asustando a Iker, el mantuvo en todo momento la estabilidad de la que Ruth tanto necesitaba beber entonces.
Llegó un instante en el que sintió que ya no podía seguir lamentándose, y se separó de el. Le miró a entonces a los ojos, y vio la calma que estos reflejaban. Vio a Iker tranquilo, y con el corazón sano y limpio de desgracias, y no porque no las tuviera. Desgracias tenemos todos. Si no porque había aprendido a vivir de su felicidad, y no de sus miedos. Si no porque el no era capaz de comprender tanto malestar en una vida que en realidad se le antojaba buena. Y de pronto la inundo una paz increíble.
Se relajó, y dejó de llorar, hasta que su respiración volvió a la normalidad. Entonces le besó, y al separarse sintió que las palabras salían solas, y le dijo que le quería. El se quedó colgado un segundo, sorprendido. Probablemente era lo último que había esperado oír, pero en seguida se repuso;
-Yo a ti también, Ruth.
Se quedaron un instante mirándose. Un instante mágico, en el que si la lluvia siguió repiqueteando con insistencia en los cristales, ellos no lo advirtieron, porque de pronto se sintieron en un lugar mejor. Un lugar como el de los cuentos de Ruth. Un lugar en el que cualquier fantasía era posible, y la sensación de bienestar se expande por toda la atmósfera. Un lugar en el que solo cabía comprenderse. Sentirse bien junto a esa persona, pensar que uno no podía concebirse mejor en ningún otro lugar. Fue solo un instante.
Fuera se oyó un golpe, y una puerta de coche cerrándose.
Iker y Ruth se sobresaltaron, mecidos como estaban en aquel sueño, y quisieron mirar fuera, pero para entonces el cristal ya se había empañado. Lo frotaron, y vieron la silueta de un chico vestido de blanco, de pie, bajo la lluvia. Pero había algo más…Había alguien en el suelo.
-¿Qué…?-dijo Ruth.
Abrió la puerta y salió fuera.
-¿A dónde vas?-le preguntó Iker, que al parecer no había visto lo que ella.
Llovía a cantaros, lo que anulaba su visibilidad, y su audición, porque al acercarse al chico de blanco, pudo ver con mayor nitidez y empezó a oír una especie de gemidos.
-¡Eh!-llamó.
El chico de blanco se volvió hacia ella, pero de la misma escupió de manera grosera y se volvió de nuevo hacia la figura del suelo. Entonces se dio cuenta. ¡Estaba golpeando a alguien!
-¡Eh!-Se acercó Ruth deprisa, aunque asustada, para abalanzarse sobre el.
El chico la apartó de un empujón.
-¡Metete en tus asuntos, zorra!
-¿Estás loco?-dijo reponiéndose al momento del empellón, y enganchándole de nuevo para que dejase de golpear a la figura, mientras la lluvia continuaba empapándole el pelo y el traje-¡Déjale en paz!
-¿Qué ocurre?-preguntó Iker que se había acercado hasta ellos, y había tomado a Ruth por los hombros.
Esta le señalo el bulto del suelo, y el se acercó.
El chico de blanco continuaba de pie a un metro de ellos riéndose. Pronto la otra pareja que estaba en otro coche salió parapetada por un paraguas.
-¿Qué pasa?-preguntaron.
-Pasa que vamos a llamar a la policía-dijo Ruth, sin quitar la vista del chico de banco.
-¡Y una mierda!-dijo este, y sin dar tiempo a más, se dio la vuelta para subirse a un Axtra rojo completamente tuneado.
El chico de la otra pareja lo asió antes de que se fuera, pero el otro logró zafarse con facilidad, y salió huyendo, mientras hacía un peligroso trombo en la curva.
-Ruth-le llamó Iker.
Esta se acercó a tientas en la oscuridad, hacía ellos. El bulto del suelo resultó ser una chica que yacía en el regazo de Iker con un vestido de princesa rosa, ahora manchado de barro. Tenía una tiara de plástico brillante rota entre su pelo enmarañado. Ruth se lo retiró de la cara, y unos ojos almendrados la miraron entre hematomas. Al ver a Ruth, la chica le brindó una sonrisa sangre, y quiso decir algo, pero las palabras parecieron perdérsele en un cerrar de parpados.
-¡Llamad a una ambulancia!-gritó Ruth entonces a la pareja, que rápidamente llamaron por un móvil.
Alzó la vista para mirar a un Iker que se mordía los labios. La chica del suelo era Marina.

4

Marina había aprendido desde muy pequeña a apañárselas sola.
Su padre transportaba medicinas en una furgoneta por toda Euskadi o incluso a veces, Cantabria, Burgos, o La Rioja. Era difícil verle parado por casa.
En cuanto a su madre; había trabajado limpiando portales, de camarera en una infinidad de bares, de vendedora por teléfono, o a veces a domicilio de productos de belleza, revistas y aspiradores.
La casa de Marina solía estar llena de catálogos y de cajas repletas de productos absurdos, pero nunca de gente.
De más niña, pensaba que el porqué de todo aquello era bien sencillo: sus padres solo querían ofrecer a ella y a su hermano una vida mejor. Y para ello sacrificaban todo su tiempo y energía.
Sus padres nunca vieron un solo desfile de carnaval, ni la grabaron en video ni un solo año de los que salieron a cantar Santa Águeda. Nunca la llevaron a ver la cabalgata de los Reyes Magos, o la del Olentzero. En su casa, los álbumes de fotos eran ajenos al hecho de que en aquella casa había dos niños.
A veces miraba con envidia a otros niños de clase. Como les llevaban de aquí para allá, como reían con sus padres, como les contaban cuentos, o les hacían disfraces.
Comenzó a sospechar entonces, que el que sus padres siempre estuvieran pluriempleados, no podía ser otra cosa que una estratagema para pasar el mínimo tiempo juntos.
Aunque Lourdes y Imanol, procuraban que sus hijos no tomaran parte en sus discusiones y problemas, lentamente dejarían de ser tan cuidadosos para ir contagiando sin querer a Marina y a Gaizka, un continuo dolor de cabeza.
Y aunque Gaizka, mayor y por lo tanto con más facilidad para comprender la situación, logro quedarse al margen, a la pequeña Marina la cogió todo en medio.
Tenía que soportar continuamente los largos silencios que se dedicaban sus padres. A veces pasaban meses si apenas mirarse. Despertar por la mañana y encontrar a su madre durmiendo en el sofá, u oír a su padre llegando a casa de madrugada.
-¿Dónde has estado?-preguntaría Lourdes enfadada, aunque limitándose a los susurros.
Imanol nunca respondía, si no que caminaba hasta la habitación en silencio y de puntillas, y se echaba a dormir. Luego Lourdes se derrumbaba en el sofá de la sala o en el mismo suelo, y lloraba amargamente, teniéndose que tragar los gritos que hubiera deseado soltar, sin saber que su hija pequeña lo observaba todo desde la puerta entreabierta de su habitación.
-¿Qué haces aquí?-la descubriría en ocasiones Gaizka habiéndose despertado. Entonces la agarraría en volandas y la metería en la cama- A dormir enana.
En aquellos días su hermano sería quien mejor la entendería y quien más la consolaría. Y aquel cariño, sería el que haría saber a Marina, que había formas mejores de querer que la que sus padres le dedicaban. Ellos no se preocupaban por ella. No sabían nada de ella. Vivían atrapados en su propio mundo sin molestarse siquiera en asomar las narices a la vida de su hija. Y a Marina eso le parecía muy injusto.
Sentía su vida llena de dudas. Hacía ver que no era así, pero tenía más miedo que valor. Le hubiese gustado poder preguntar en casa, poder explicar lo que sentía. Pero nunca lo había hecho, y ahora la idea le resultaba absurda. “No me escucharán” se decía. Le daba vergüenza, y le resultaba horrible pensar en ello.
Ella necesitaba cariño y comprensión. Eso era lo que hacían los padres; preocuparse pos sus hijos. No dejarlos olvidados como lo habían hecho con ella.
Poco sospechaba Marina, que sus padres, aparte de ser su madre y su padre, eran Lourdes e Imanol. Dos seres con vidas distintas, que habían tenido una infancia y una adolescencia al igual que ella. Que tenían problemas y dudas, igual que ella, y que sin que ella lo supiera, a menudo se preguntaban si estaban criando bien a sus hijos. Nadie les decía como debían hacerlo, y a veces, o quizá muy a menudo se equivocaban.
Entonces Gaizka consiguió una beca que le llevó a estudiar a Londres. El nunca lo dijo, pero Marina pensó que entonces, su hermano solo pretendía huir de allí, como ella llevaba pensando hacer hacía tanto tiempo. Salir de aquella casa en la que uno siempre tenía migraña.
-Llévame contigo-le llegó a pedir Marina el día que le despidieron en el aeropuerto.
Lo dijo como si nada. Lo llevaba pensando desde que supo que su hermano se iba. Sabía que no lo haría, pero sin embargo lo dijo. No se dio cuenta entonces, en la mirada triste de su madre, que se sentía abandonar casi tanto como su hija. Sus pequeños se iban del nido, y terminarían dejándola sola.
Marina, quiso entonces buscar amistad en aquella niña soñadora que se había acercado a ella en el campamento escolar. Ruth derrochaba ganas de vivir, justo aquello que a ella le faltaba. Y sus cuentos la ayudaban a volar a mundos mágicos donde uno siempre tenía la seguridad de que todo iba a salir bien.
Se parecían cual dos gotas de agua. Decían las mismas cosas a la vez, una mirada bastaba para saber lo que la otra estaba pensando. Tenían los mismos sueños, y en la distancia sabían oír los latidos de la otra.
Cuando el tiempo y sus circunstancias las quisieron distanciar, no supieron encajar la situación. De pronto comenzaron a sentir celos la una de la otra, porque ya no tenían las mismas cosas, ya no eran tan iguales. Y sin querer y en cierto modo, se dejaron llevar por el rencor y la sensación de vacío. Y lo mismo que Ruth la veía volando sobre su cabeza, Marina la había visto a ella. Se había sentido abandonada y olvidada.
Cuando conoció a Josué sintió un amago de la comprensión que había encontrado en Ruth tiempo antes. Alguien que la llegaba a necesitar de una manera peligrosa. Que la quería solo para el, sin compartirla con nadie. Pero sabía que no era real.
Aquel chico solo era algo peligroso disfrazado de la seguridad que andaba buscando. Pero aquel peligro la llamaba. Sentirse protagonista de algo diferente, ser especial, estar por encima de todo. “No me he quedado en tierra, yo también puedo volar”. Aquel subidón de adrenalina, de ese…no se lo que viene ahora.
El chico, lo mismo la trataba a las patadas, que le ponía pétalos de rosa por donde pasaba. Pero nunca se lo contaba a nadie ¿A quien? A veces pensaba en dejarle, pero tampoco estaba segura de querer perderle. Si le decía adiós. ¿Qué le quedaría? ¿Quien estaría a su lado? ¿Quién le daría esa seguridad que entonces tenía? Se quedaría sola.
Y para cuando se dio cuenta de la pesadilla en la que se había metido, y quiso desengancharse, ya era tarde. Ahora lo sabía demasiado bien. El chico se había convertido en su celda, y deshacerse de el le costaría prenda.

EPÍLOGO

Se agacha junto a su cama, desde la que la mira con un labio partido y un pómulo roto.
Los médicos han dicho que tiene rotas seis costillas y un brazo, pero que con rehabilitación se va a recuperar, y que los golpes de la cara aunque duros, tendrán arreglo.
Se sentía tan triste mirándola…no sabía que decirle. Tal vez que le hubiera gustado poder ayudarla, que le hubiera contado lo que le ocurría. Aunque quizá tampoco era necesario hablar. Ella la entendía y la perdonaba. Solo en un momento trata de decirle en un susurro.
-Ruth…
-Shhh-la chista ella suavemente-No hables. Tus padres están de camino.
Pero Marina niega con la cabeza, y vuelve a hablar, tan bajo, y con tanta dificultad, que Ruth tiene que pegar su oreja a la boca de esta.
-¿Quieres…ser…mi mejor…amiga?
Ruth se separa muy despacio entonces, recordando aquella pregunta que ella le hiciera hacía tanto tiempo, y la respuesta que le había dado Marina entonces. “Yo no tengo mejores amigas”le había dicho.
Ruth se queda un instante en silencio mirando a su dolorida amiga, y simplemente deja escapar una sola palabra:
-Claro.
Ella la sonríe, y no dice nada más. Los padres de Marina llegan y Ruth se retira, mientras su amiga la sigue con la mirada, desde la cama.
Cuando llega fuera, Iker la esta esperando y la abraza.
-Lo siento-le dice.
-No importa.-dice Ruth relajada bajo su contacto-Todo va a salir bien.
El se separa y la mira sin entender, pero ella solo mira a la ventana del final del corredor.
Las farolas se han apagado, dejando a la ciudad sumida en una luz tenue que la obliga a desperezarse de la noche que está abandonando. Una brisa mañanera ha comenzado a soplar entre las ramas de los abetos, y la luz, la luz de un nuevo amanecer, se filtra suavemente por el cristal empañado.

FIN

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: