Ricardo


Cuentos del autor Ricardo (Jorge Asterión)
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Hojas en blanco:

Con el reconocimiento escrito de los eruditos, finalicé el último taller literario al que había asistido. Realmente, a pesar de los deseos de aquellos y de mi inconmensurable voluntad, francamente, no pensaba que las técnicas incorporadas me ayudarían a vencer el desafío de la página en blanco.

Aún no recuerdo bien en cuál recodo de mi vida tomé la decisión de intentar el sagrado arte de las letras. Lo cierto es que lo hice y de a poco fui incursionando en la literatura. Empecé con cuentos cortos, en su mayoría de corte fantástico. Luego fui agregando solapadas denuncias sociales a los relatos que, en alguna medida, eran parte de mi vida o, por lo menos, de alguien de mi entorno.

Para ello había perfeccionado mi capacidad de estereotipar a los personajes. Cuando hizo falta, los despersonalicé o los humanicé para darle más emoción a los cuentos. Algunos los había escrito en tercera persona, otros en primera, de acuerdo a la reacción que esperaba lograr en el lector. Todos, eso es algo que nunca me faltó, estaban elaborados con gran creatividad. De hecho recibí numerosos elogios al respecto.
Sin embargo, del primer ejemplar que decidí publicar apenas se vendieron 50 libros, contando los que compró mi abuela.

Fiel a mi decisión de no encerrarme en razonamientos necios, entendí que, sin lugar a dudas, algo estaba haciendo mal. Comenzó entonces mi recorrido por los talleres literarios. Los primeros, de poco prestigio, y luego ascendí en la categoría. Todos ellos me alentaron a seguir por que coincidieron en que tenía las condiciones apropiadas para ser un buen escritor.
Debo reconocer que aprendí a utilizar recursos literarios que, poco a poco, enriquecieron mis relatos. Incluí el sarcasmo, la sátira humorística y hasta me animé a hacer intertextualidad con algunos clásicos, para darle más nivel a la narrativa. Me atreví, entonces, a escribir una novela. En ella volqué absolutamente todo lo aprendido e incluso integré historias paralelas con personajes muy distintos que, al final, se relacionaban a pesar de sus diferencias. Le incorporé agilidad a la narración, intercalando metáforas y descripciones detalladas de los escenarios.

Convencido de que ahora sí esta evolución me abriría la puerta de la literatura masiva, volví a los avatares de la edición. No sin esfuerzo, artístico y material, obtuve un ejemplar bien logrado, de buena calidad y hasta atractivo a la vista. No se vendieron más de 30, pero esta vez mi abuela no compró.

Nunca dejé de insistir a pesar de las miradas críticas de mi entorno, en las que, si bien se notaba una cierta cuota de solidaridad con mi frustración, también asomaba algo así como: ¿Por qué no haces algo productivo y dejas de perder el tiempo?

Retomé los cursos de escritura y los talleres literarios. Algo en mi interior me decía que había nacido para escribir, y sin dudas estaba equivocando el camino. Decidí cambiar de género y volqué mi esfuerzo en un ensayo sobre la actualidad en nuestro país. Eso me llevó a incorporar técnicas de investigación y a revisar distintos textos históricos. También, a consultar archivos periodísticos, a realizar consultas a sociólogos, psicólogos, economistas, políticos, en fin un recorrido por las distintas aristas de la sociedad para recabar información y conocimiento sobre el tema que pensaba abordar. Aunque parezca una exageración, todo eso me llevó casi un año de trabajo y más de seis meses para la elaboración del texto.

Con esto, no sólo había logrado incursionar en un tipo de literatura bastante rentable y requerida por los lectores, que cerrar razonamientos en la búsqueda de explicaciones coherentes sobre nuestra actualidad sino que, también, abrió un horizonte distinto a mi postura frente a la sociedad.

Luego de tanto esfuerzo y de un sometimiento de la ansiedad volví, a invertir para la edición del texto. Durante la primera semana, se vendieron más de 60 ejemplares, una progresión en aparente ascenso que casi logró reavivar en mí los sueños de gloria tan ansiada. Los finales felices de mis cuentos no se filtraron a la realidad y tras de más de dos meses, sólo se habían vendido 80 libros. La ascendente progresión del comienzo terminó en forma tan inexplicable como repentina. No se vendió un solo ejemplar más del texto, a pesar de que una revista de crítica literaria lo había calificado como: “un interesante razonamiento contemporáneo”.

La frustración me llevó a alejarme por más de seis meses de las páginas en blanco. Me dediqué a leer distintos autores de diferentes épocas y estilos. Tal vez, en busca de alguna llave y, por que no, de alguna explicación a lo que ocurría. De hecho, mientras más leía, más afirmaba mi lógica de que mis libros podían estar en la galería de los buenos pero, evidentemente, ésta no era la de los editores, que me evitaban disimuladamente o la de los lectores, que no se sentían atraídos por lo que yo quería contar. Decidí continuar con los talleres de escritura; quizás allí lograría encontrar el camino.
A pesar de las críticas maquilladas de mis allegados volví a llenar espacios en blanco con delicados arpegios léxicos y desarrollé una novela quemando las naves de mi imaginación y técnica. Llevó más de seis meses terminarla. Nunca había leído una con tantos personajes, lugares, historias relacionadas y referencias geográficas tan detalladas. Casi podría afirmar que, en este caso, no existía motivo alguno para que no fuera esa novela que había buscado desde el principio.
Apenas se vendieron 40 ejemplares. En verdad ya había perdido el gollete y en este infinito sólo obtenía la sortija de la frustración. De alguna manera, la vida me estaba llevando por la senda de la intrascendencia y no había un faro complaciente.
Dejé de escribir nuevamente e intenté buscar en mi interior alguna muletilla creativa que me permitiera deshacer la rutina a través del arte. Lo que vi no podía colmar las expectativas de nadie, ni las mías. No sé si fue por afán de gloria o esa desconocida naturaleza humana, sólo sé que arremetí con todas mis fuerzas con una historia forjada en lo más hondo de mí. Inexorablemente, terminó en otro rotundo fracaso comercial. Alguien podría decirme que la flama literaria no pasa por vender un libro más o menos pero en esta humanidad el éxito está asociado a la fama mediática que solo se logra con un best seller, que no tiene nada que ver con el mejor libro… al menos en la mayoría de los casos.

En esta oportunidad, lejos de sentirme derrotado, decidí cobrarme cada una de las palabras impresas y, casi inconscientemente, me senté de nuevo al teclado y observé la pantalla que mostraba una página en blanco. Entonces, pensé, ¿Por qué no? Si los lectores me habían ignorado, en esta ocasión, yo haría lo mismo.
El título fue lo primero que se me ocurrió: “Hojas en blanco”. Realmente, me gustó por que no tenía magia alguna y a cualquier lector experimentado le anticipaba el contenido. En medio de la primera hoja, después del título, escribí con mayúscula: “Nada”.
En la segunda, a la misma altura y letra, “Nada”. Así, hasta la página 164, donde se me ocurrió, más por aburrimiento que por creatividad, que ya era la hora del epílogo, así que, en la página 165 escribí: “Y, por último, Nada”. Rematé al pie con Fin. Una locura total.
Imprimí las 172 palabras que completaban mi libro y corrí a la editorial. En verdad pensaron que se me había volado la última chaveta que me quedaba pero, al ver el dinero, pusieron manos a la obra. Volví a casa satisfecho, pensando: “ con que una sola persona compre el libro, mi venganza será completa ya que, a partir de allí, seré yo quien disfrutare con la frustración de la expectativa ajena.
Días después de que el libro llegara a la primera librería, me llamaron de la editorial y el editor en persona, me preguntó si quería una edición en inglés. Corté la comunicación: ¡no iba a permitir semejante chanza, sobre todo, por parte de un pulpo anacrónico e ignorante como él!
Llamó segundos después y me pasó con el representante legal, quien me aseguró que una editorial española quería introducir el libro en Europa y Estados Unidos. Alguien debía de estar mas grave que yo.
¡Pero era verdad! Minutos después comencé a recibir llamados de cronistas de los suplementos literarios más importantes. Me pedían notas en tono casi suplicante. En una semana, se vendieron más de dos mil ejemplares y se multiplicó por cuatro la cantidad de ediciones. Dos meses después, ya había asistido a casi todos los programas centrales de televisión. El libro se había convertido en un best- seller e, incluso, me invitaban a dar conferencias y para inaugurar seminarios. Yo, me limitaba a contar mi historia y la del libro. Eso, increíblemente motivaba aplausos y elogios. Hasta llegaron a decir que, en la literatura contemporánea había un antes y un después de mí.
Jamás lo entendí, ni lo entenderé. Tampoco volví a escribir ¿Para qué? En definitiva, ya había logrado mi libro, ése que había buscado toda mi vida.

FIN

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Yo no te hice nada:
Desde ya, no es caprichoso comenzar esta narración el viernes. Si bien hay cosas que puedo detallar de días anteriores, quiero ser expeditivo en la idea.

El viernes, al menos para mí, tiene algo especial. Es fácil entenderlo, si uno se pone en la órbita del empleado público. Es decir, el viernes, víspera de sábado y sábado, sinónimo de relajación, informalidad y, por qué no, de merecido placer.

Más allá de esas vicisitudes, hubo algunos hechos que hacen a la importancia de empezar por el viernes, no sólo porque es el comienzo del fin de semana.
Cuando llego a casa, hogar dulce hogar, mi hija mayor, Laura, me dice que no funciona el videocable. Aclaro que llegué a casa a las cuatro y media de la tarde y a las cinco y media debía partir para el Instituto donde, a la vejez viruela, estoy cursando la carrera de Comunicación Social.

Por supuesto, que ante tal requisitoria no tuve más remedio que marcar el 0810 y no sé cuántos, para aclarar la situación. Es verdad que había pagado con atraso, pero también es verdad que el lunes anterior, fecha en que pagué la bendita factura, me habían prometido no cortar el servicio. Es evidente que las promesas en este país valen tanto como un poroto en una bolsa de diamantes.

Luego de una larga discusión con una señorita, que, por cierto, parecía defender los intereses del Fondo Monetario Internacional, tuve que cortar abruptamente la charla sin llegar a un arreglo que incluyera mi reconexión al servicio. O sea sin cable vaya a saber por cuanto tiempo: el fin de semana, seguro.
Ya en el Instituto el panorama, lejos de mejorar, empeoró. Cómo explicar lo que se siente a las diez y media de la noche, tras haber empezado el día a las cinco y media de la mañana al tratar de retener alguna idea de la cátedra de economía, ante un catedrático al que le resultaría difícil comprender que a mí me importa un pito la gráfica del valor excedente. O sea el viernes pasó con más pena que gloria.
El sábado arrancó bien, hasta que la vecina de abajo vino a quejarse de que le llovía la cocina. No tuve más remedio que cortar el agua. Es decir, hasta ahora, sin cable y sin agua en la cocina.

Decidí ir a buscar la video casetera que estaba en reparación, antes de atacar el problema del agua. Pensaba que, por lo menos a la noche, ya que no había cable, podría alquilar alguna película interesante, dado que Patricia dedicaría el día y parte de la noche, a su trabajo: una clase para el lunes.

En lo del técnico, me encontré con la sorpresa de que no estaba en el local y la persona que lo reemplazaba, no tenía idea de lo que le hablaba, y menos del paradero de mi video. Decidí esperar. Cerca de la una de la tarde, sin noticias del técnico, de mi video y bajo la mirada bobalicona del anfitrión de turno, decidí emprender el regreso.
Pensé llamar a los teléfonos que figuraban en la tarjeta del técnico, y decirle que se comunicara conmigo para saber a donde podía ir a retirar la video.
En casa tomé la tarjeta y ¡oh sorpresa! , el primer teléfono “no corresponde a un abonado en servicio”, y el segundo, un celular, accedía a una casilla de mensajes. Deje el mensaje esperanzado…

Patricia seguía en lo suyo, así que decidí preparar algo de comer. Mis hijos, cuchillo y tenedor en mano miraban con cara de: “¿Y… para cuándo?”

Almorzamos, y después, al no recibir noticias del técnico decidí volver al local. Lo encontré cerrado y en un negocio lindero me informaron que, normalmente, los sábados por la tarde jamás abre el negocio. Retorné a casa, derrotado, pero no vencido y decidí intentar una solución con la pérdida de agua.

Desarmé el bajomesada, y ya con lo caños a la vista puse manos a la obra. Comencé por cambiar cueritos, ajustando tuercas, pero la gota, lejos de disminuir aumentaba en tamaño e intensidad. La falla parecía provenir de la grifería, y para acceder a ella, debía desarmar la mesada completa. Dispuesto a dar batalla, encaré el trabajo. En un rato estuvo desarmada y con la grifería a la vista. Cerca del anochecer, había ajustado y creía reparado todo lo que, a mi criterio, podía estar generando la pérdida. No sin esfuerzo, armé nuevamente la mesada, conecté el agua y se produjo una catarata incontrolable. No me quedó más remedio que cortar otra vez el agua.

Juro que, hasta ese momento mi humor se mantenía dentro de la normalidad. Decidí suspender todo por un rato, preparé unos mates y me senté junto a Patricia, que seguía escribiendo, recortando cartelitos y todas esas cosas. Permanecí a su lado cerca de una hora cebando mate, tratando de no interrumpir su trabajo.

Después, tomé un baño y ya cerca de las nueve de la noche, hice un último intento con los teléfonos del técnico: aún albergaba esperanzas. Nunca contestó.

Entonces se me ocurrió llamar al plomero del edificio. ¿Por qué será que, en todos los edificios siempre hay un plomero? Le conté el problema y me dijo que, en cinco minutos venía a mirar. Evidentemente, el sentido del tiempo no es el mismo para el que espera, y los cinco minutos se transformaron en una hora y media. Los chicos ya habían retomado los cubiertos, y Patricia se quejaba que no terminaba nunca y que le dolía la cabeza.

El plomero revisó todo y me dijo que, si quería, el domingo por la mañana repararía la pérdida, no sin dejar de insinuar que trabajar un domingo no era lo mismo que un lunes o cualquier día laborable. No me quedó otra opción que aceptar porque el lunes no habría nadie en casa para recibirlo y no podíamos quedarnos tanto tiempo sin agua en la cocina.

Pedí un par de pizzas para acelerar el trámite de la cena y no complicarme la vida en la cocina; sin agua. Cenamos mientras mirábamos televisión, lo poco y malo sin el cable. Cerca de las doce, los chicos se fueron a dormir y Patricia a darse un baño. Mientras lo hacía yo me mentalizaba para esa esperada y merecida noche de placer. Como dije al principio, una de las virtudes del sábado, por lo menos de mí sábado.
Unos minutos después, regresó Patricia y dijo
– Ya sabía…Por eso me dolía tanto la cabeza; acabo de indisponerme. Mejor me voy a dormir, así mañana me levanto temprano y puedo terminar con esto de una vez por todas. ¿Vos qué vas a hacer?
– Nada, me voy a quedar a putear un rato.
– ¡Eh …que carácter ¡ ¿ Qué té pasa?, No te la agarres conmigo, que yo no te hice nada.
– Y tenía razón…no me había hecho nada.

Demás esta decirles, que no pienso relatarles el Domingo.

FIN

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La razón de las Bestias:

Nadie conocía, en realidad, la longitud de la muralla.
Las bestias no sabían calcular. Podría decirse que ninguno conocía dónde terminaba. Tampoco su altura. Los más viejos aseguraban que los fondos de la fortaleza culminaban en el mar. Quienes tenían más suerte se habían asentado cerca de la gran entrada. Ello les permitía el beneficio de llegar primero a los desperdicios que, semanalmente, arrojaban desde el interior. Cada vez que esto ocurría, se generaban grandes disputas. Los más fuertes peleaban por el alimento y los más débiles, jóvenes y ancianos, si lograban sobrevivir con lo poco que quedaba, seguramente, no soportarían los fríos del invierno.
Vivían o se agrupaban en clanes, no conocían la noción de familia; era solo una cuestión de supervivencia. De vez en cuando, alguno por desesperación o hambruna, intentaba escalar la gran muralla. La mayoría no lograba llegar a la cima y quienes lo conseguían jamás retornaban.
Las bestias tenían historia, una larga historia. No lo sabían pero, cientos de años atrás se enseñorearon de la tierra, y ahora apenas algún que otro grupo, principalmente quienes habían protegido a sus ancianos, tenían cierta organización y hasta algún tipo de lenguaje, por llamarlo de alguna manera.
La diversión de los más jóvenes era observar a los desesperados en su intento de escalar el muro, y si caían, como eran más rápidos, llegaban primero al cuerpo y lo despojaban de cuanto pudiera ser útil. La escena se repetía cientos de veces por día.
Sólo la razón de las bestias movía sus acciones. No se apreciaba algún tipo de sentimiento, solo instintos. La vida continuaba sin más inquietudes que la supervivencia por lo que no podría sospecharse que en algún momento futuro, cierto tipo de organización natural se desplegara en la horda. Eran millones, y el hecho de vivir o, por lo menos, convivir, resultaba un problema insoslayable.
En algún momento de la historia, se había perdido su propia historia. Estaban allí.
Una tarde, cuando los jóvenes observaban a los desesperados y jugaban el macabro juego del despojo, incrédulos vieron descender de la muralla a una de las bestias. Logró llegar al suelo. Los jóvenes acostumbrados a la rutina cayeron sobre el desprevenido y lo atacaron salvajemente. Lo mataron a golpes y lo despojaron de cuanto había podido rescatar del interior. Tomaron los alimentos, las ropas y algún que otro utensilio, esto último más por curiosidad que por entender su posible utilidad.
Uno de los jóvenes se apoderó, entre otras cosas, de algo que había sido descartado por sus competidores. Lo llevó hasta su refugio donde los mayores se apoderaron de todo el botín. El objeto fue descartado pero no lo tiraron, a pesar de que no le veían utilidad alguna. Los primeros fríos del invierno habían comenzado a azotar a las bestias y una de sus prioridades era buscar cosas que pudieran utilizarse para hacer fuego. No quedaba mucho por quemar: con el tiempo, habían desvastado casi por completo la vegetación. Se armaban grandes trifulcas por la competencia del fuego. Los mayores iniciaron la fogata de su clan, arrojando cuanto objeto tenía a mano. Alguien tomó el utensilio del joven y lo arrojo al fuego. Ardió de inmediato. Claro que, jamás se les habría ocurrido que estaban quemando era un libro de Isaac Asimov. Sólo les interesó que ardía rápido y fácil.
Comenzó a darse con más frecuencia la escena de bestias que descendían la muralla con alimentos y utensilios robados del interior y, por supuesto, también la escena del despojo. Su limitada inteligencia les impedía comprender que, tal vez, las victimas habían descubierto un lugar por donde ingresar a la fortaleza. Entonces sin más dilaciones, simplemente los ultimaban.
De alguna manera, esto se había convertido en una importante fuente de alimentos y otras cosas, como los libros, tan útiles para el fuego. El clan, gracias al joven, ya había acumulado una gran cantidad de libros. Se habían convertido en un elemento importante por su utilidad como combustible. Una simbiosis macabra había tomado forma. Los jóvenes se habían convertido en los proveedores más importantes de los clanes, gracias a los desesperados que habían tenido éxito para ingresar a la fortaleza y hacerse de algunas cosas. Sistemáticamente eran asaltados y casi siempre asesinados, ni bien tocaban el suelo. La muerte de algunos resultaba imprescindible para la supervivencia de otros. Muerte a cambio de vida. Instinto y naturaleza.
Se quemaron miles de libros. Ese invierno resultó más llevadero. En una de las cacerías de los desesperados el Joven se apoderó de un objeto parlante. Por supuesto jamás supo que era una radio .No ardió fácilmente y como arrojó un olor nauseabundo, no despertó el interés de las bestias. Sin duda, lo más apreciado aparte de los alimentos, eran los libros.
Una tarde como cualquier otra, mientras se aprestaban iniciar el fuego de la noche, uno de los ancianos, llamado HOC, tal vez el más longevo del clan, tomó uno de libros y lo miró con curiosidad. Los arabescos llamaron su atención, y lo separó de los que estaban destinados al fuego. Por la noche lo inspeccionó con curiosidad. Algo en su interior le decía que esos signos tenían algún sentido. Tardó más de dos días en rebuscar en su memoria. Quizás el destino o, esa vieja e inexplicable evolución le hizo recordar algo que sus abuelos le habían enseñado: la lectura. Y en ese laberinto mental reconoció algunas letras. R-L-C-O-N- F- A-C- S-A y continuó sin descanso. Algo le decía que su vida no podía terminar en forma intrascendente. Ya no aportaba comida. Su estado físico y su avanzada edad no se lo permitían y seguramente si había perdurado hasta allí, por algo era. La realidad así lo indicaba: nada que no fuera útil podía subsistir, pero eso estaba más allá de lo razonable o cotidiano.
En forma independiente y sin se apreciara algún tipo de organización, varios ancianos de distintos clanes habían coincidido en su inquietud por los libros. Una noche HOC, después de semanas de esfuerzo, logró descifrar el prefacio del libro que atesoraba .Era la historia de una revolución popular llamada “Revolución Francesa”. El libro tenía ilustraciones y lo que casi paralizó al viejo fue la increíble similitud entre las bestias allí retratadas y las de su propio clan. Un día, sin saber bien por qué le pidió al joven que tratara de seguir a alguno de los desesperados que tuviera la suerte de sobrevivir al ataque de la horda para ver dónde vivía su clan. El joven, que tenía gran respeto por HOC, así lo hizo.
Días después, le comentó al anciano, que uno de los desesperados había logrado sobrevivir y lo había seguido hasta su morada. No supo explicar la distancia o si era al norte o al sur de la muralla, pero aseguró que sabía cómo llegar nuevamente hasta el lugar. HOC quedo conforme y le encomendó una nueva misión. El Joven debía asechar al desesperado para ver por dónde ingresaba a la fortaleza.
Luego de un tiempo el joven llegó al clan muy excitado y, con más torpeza que técnica, o sistema, explicó al anciano cómo el desesperado había ingresado nuevamente a la fortaleza. Según el joven, había utilizado ramas atadas con tientos que le permitían llegar casi hasta la mitad de la altura de la muralla. A partir de allí, había perforado la piedra para hacer agujeros que le permitían poner los pies y subir poco a poco hasta a la cima para, después perderse de vista.
Hoc meditó un momento y exclamó: ¡Escalera, eso! Eso es.
Casi sin saberlo, el Joven y el anciano estaban poniendo a funcionar la vieja rueca de la historia, que desde que el mundo es mundo, no ha cambiado un ápice a pesar de que las ciencias se ufanan de encontrar respuesta a las actitudes de los hombres. El anciano convocó a todos los mayores del clan y expuso todo lo que había descubierto. La mayoría lo miró sin interés, otros recordaron las viejas fábulas que les habían contado sus abuelos. Sólo algunos se interesaron en el tema pero fue suficiente para las viejas disputas entre los clanes disminuyeran. Incluso, comenzaron a organizarse para lo que podría interpretarse como un asalto a la fortaleza. Por primera vez en cientos de años, las grescas habían pasado a un segundo plano y cierta organización comenzó a vislumbrarse en sus acciones. Alguien propuso fabricar escaleras improvisadas, otros se dedicaron a conseguir tientos, otros, a construir elementos contundentes que sirvieran para golpear.
La voz se corrió a lo largo de la muralla y a muchos kilómetros de ella. En poco tiempo miles, millares de bestias se agolparon en sus alrededores. Ya no atacaban a los que lograban retornar del interior. Los esperaban e interrogaban respecto de todo los que sus pequeñas mentes hubieran logrado retener. La palabra que reconocían para las reuniones era “Revolución”. Casi nadie sabía su significado, pero funcionaba como un llamado a la unión y a la organización. Una tarde, alguien gritó ¡Revolución! y, casi en forma intempestiva, miles de escaleras se apoyaron en el muro. Las bestias, munidas de distintos objetos contundentes, iniciaron el ascenso. Desde el interior comenzó la resistencia pero por cada bestia que caía se sumaban cuatro. Algo les decía que del otro lado estaba el bienestar.
La muchedumbre no tenía fin: se agolpaban al pie de las escaleras y nadie sabía desde que época ancestral no sentían esa unión. Se ayudaban unos a otros, se empujaban y se alentaban al grito de “!Revolución, Revolución!”. Cada vez más bestias lograban ingresar a la fortaleza. Se escuchaban gritos, corridas, explosiones, hasta que la gran entrada se abrió. Seguramente, alguna de las bestias había descubierto la forma. La horda ingreso sin dilaciones, gritando y aullando. La poca resistencia que encontraron fue eliminada. Claro, quienes vivían en el interior no estaban preparados para algo así: ¿qué podría haber fuera de los muros que los amenazara? Solo las bestias. La horda invasora se asombró e incluso se sintió confundida cuando escuchó que los habitantes de la fortaleza también gritaban: ¡Revolución, Revolución!. Pensaron que también habrían visto el libro que atesoraba HOC.
En verdad no sé si todo esto fue el fin o el principio de algo. Sólo lo cuento como me lo contaron mis abuelos.

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Algún día tenia que pasar:
Abrochó su traje. Subió la estrecha escalera de todos los días, y se preguntó ¿cuántas veces lo habría hecho en 14 años? Ya en su oficina, abrió el armario y, con sumo cuidado, colgó el saco. Lamentó las manchas carmesí en su mejor camisa pero como estaba atrasado no se permitió mayores dilaciones. Abrió su cajón, sacó la planilla del personal e introdujo su código en la computadora. El silencio y la ausencia de sus compañeros llamaron su atención, pero tampoco perdió tiempo en ello. Su responsabilidad estaba primero, en definitiva, para eso le pagaban.

Afuera del edificio muchos no lograban salir del estupor. Algunos estaban fuera de control y entre los más allegados se escucho una voz que repetía: ¡Qué locura! … ya lo decía yo…algún día tenía que pasar….

Javier se levantó temprano. Siempre lo hacía. No soportaba que el tiempo fuera su verdugo, por lo que, desde su ingreso a la institución había adquirido la costumbre de tomarse más del necesario. Ese día era particularmente especial. Así, por lo menos, lo sentía él. De hecho separó su mejor traje y camisa. Se duchó y afeitó displicentemente. Hoy debía ir mejor que nunca. Hasta lustro minuciosamente sus zapatos. Luego desayunó como todos los días y regó el helecho de la entrada. Cerró la llave de gas y desconectó todo lo que pudiera generar algún tipo de inconvenientes. Era muy minucioso con esas cosas. No podría perdonarse que a causa de un descuido suyo algún vecino pudiera sufrir un accidente o algo peor.

Llegó a la cochera. Saludó al encargado y como todos los días, realizó la rutina de revisar cuidadosamente su automóvil. Ya le habían robado algunas cosas anteriormente. Cosas sin un valor importante. Pero lo que más le molestaba del hecho era la invasión a su privacidad, y por sobre todo, que los responsables seguramente eran del edificio. Tal vez alguien que a diario lo saludaba afablemente cuando compartían el ascensor.

Encendió el auto y lentamente salió del lugar. Tomó por calle Peña y, como todos los miércoles, se detuvo en Laprida para comprar “Le Monde”. Le encantaba ese semanario, lo leía desde hacía años y jamás se había perdido una edición. Luego dobló por Pueyrredon y, a las pocas cuadras se detuvo para cargar combustible. Le quedaba poco y, hacerlo al final de la jornada, seguramente le resultaría incomodo. A unas dos cuadras de su trabajo aminoró la marcha para identificar a los vehículos que, normalmente a esa hora, se retiraban y le dejaban el lugar para estacionar. Desde hacía años que usaba esa técnica. Nunca fallaba. De hecho conocía incluso hasta los cambios de modelo que habían realizado sus dueños. Algunos de sus compañeros consideraban que esa actitud era obsesiva pero ellos tardaban más en encontrar un lugar para estacionar, que lo que a él le llevaba trasladarse desde su domicilio hasta allí. Como siempre, el vehículo seleccionado se puso en marcha. No falla – pensó-.

Bajó del auto, se colocó el saco y caminó lentamente hacia su trabajo. Maquinalmente se detuvo en el quiosco de la esquina y compró cigarrillos, luego se dio cuenta de que tenía un atado recién empezado y le causo gracia… ¡ah la rutina!, reflexionó…como corroe. Ingresó, saludó como de costumbre al personal de seguridad e incluso intercambió algunas chanzas referentes al partido entre River y Boca. Cuando caminaba por el pasillo que lo llevaba a la escalera de acceso a su oficina, se detuvo frente al gran espejo que se encontraba en la antesala de las oficinas del personal jerárquico. Allí notó los bultos a los costados de su cintura. Abrió su saco y vio, enganchado en su cinturón, del lado izquierdo, el 38 especial y en el lado derecho su 45. ¡Ah!, dijo en voz alta…era eso. Así será entonces. Sacó ambas armas y de un empellón abrió la puerta del despacho del Gerente General. Sin mediar palabra le disparó cuatro veces a quemarropa y luego dos a la secretaria. Inmediatamente hizo lo mismo con el Sub-Gerente y a una persona que se encontraba con él. Cuando salió de la oficina se encontró de frente con dos de los empleados de seguridad, con quienes había estado haciendo chanzas minutos antes, que venían a la carrera alertados por los disparos. No les dio tiempo a nada, les disparó por sorpresa y antes de que sus cuerpos tocaran el suelo, reinició su marcha, y, a medida que se abrían las puertas de las distintas oficinas, le disparaba a cuanta persona se le pusiera a tiro. En pocos segundos, todo era un caos. La gente corría espantada buscando la salida, incluso muchos de sus compañeros pasaron a su lado y ni siquiera los reconoció. Solo se detuvo cuando se quedó sin municiones. Desechó las armas arrojándolas al piso como cáscaras vacías, ya sin utilidad alguna. Luego continuó hacia su oficina.

Allí lo encontró la policía. No tenía idea de lo que le hablaban o decían. Tampoco porqué le ponían esposas y lo sacaban a empujones . Solo repetía ¡ahora no…ahora no…tengo que terminar la lista de novedades del personal. Cuando salió a la calle vio a sus compañeros que lo miraban azorados y, mientras lo introducían en el patrullero los saludó afablemente…como todos los días.

Cuando se alejaban los vehículos volvió a escucharse entre la gente…”Algún día tenia que pasar”.

A Javier…

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La invitada:

…a esa señora…

El ruido fue estridente y quedo retumbando en sus oídos. La puerta – pensó- ¿Ya llegó? La Mujer, se paró a su lado y lo miró inquisitivamente.

– ¿Qué haces aquí tan temprano?
– Vos me pediste que viniera
– No… no fue así
– Vamos, no me tomes por ingenua, tal vez no lo hiciste directamente, pero sabes bien que lo hiciste.
– Pero aún no estoy listo, como veras sigo en la cama y no tengo apuro por levantarme.
– ¿A, no?
– No. Me voy a quedar un rato más, y, luego si tengo ganas me levantare.
– Pero…se te hará tarde para el médico
– ¿Al médico…para que?
– ¿ Cómo para que?, vos lo sabes bien
– Esto ya lo viví, no yo claro, pero bien sabes que esto es lo mismo que le pasó a mi padre y ambos sabemos en que termino. Yo no voy a acabar de ese modo, dando lástima, contando con la solidaridad forzada de todos, molestando a todos y por sobre todo, odiándose por la situación.
– Deberías haberlo pensado antes, ahora ya es tarde. No hay vuelta atrás, así que es mejor que te levantes, te arregles un poco y te hagas cargo de tus decisiones como un hombrecito. Además ya estoy perdiendo la paciencia, no tengo todo el día para perder contigo.
– ¿ Ves lo que te digo? Ya estoy molestando y esto apenas empieza. Mira mi pie, estoy seguro que lo van a amputar y después todo lo que sigue.
– A mi no me conmueven tus razonamientos, no te tengo lástima, solo vine para que hagamos lo que tenemos que hacer, además tu pie es lo que menos interesa en este momento
– Insisto, aún no, no pienso ir, al menos por el momento.
– ¿Ah no?, que ridículo, sabes bien que tenemos que irnos
– ¿Por qué, y si me arrepentí?
– Ya es tarde para eso
– Un rato más, por favor, quiero descansar y pensar… solo un rato más – suplicó-.
– Está bien, está bien, no quiero que después hables mal de mí, aunque bien sabes que estuve esperando mi oportunidad desde hace años y creo que llegó el momento de que me permitas hacer algo por ti.
– Gracias, solo un momento más y salimos
– Te espero afuera, pero que no sea mucho
El hombre se quedo solo. Unas lágrimas corrieron por su mejilla. Miró la habitación. Cuantos recuerdos…, fijó la vista en un punto y su brazo, hasta ahora apoyado en su pecho, se deslizó y colgó al costado de la cama, su mano, aún, sostenía la pistola…
FIN

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A miguel:

¿Licencia poética? Tal vez. ¿Licencia literaria? Alguien sabrá perdonar este pecado de soberbia. Aún no tengo claro si las cosas llegan a uno o si uno arremete sobre las cosas.
Lo cierto es que tengo a mano una botella de whisky, son las once de la noche y, por más voluntad que ponga, no me queda más remedio que verla medio vacía. No hay actitud positiva en mí ¿Por qué habría de haberlo?
Hace muchos años vi, por primera vez, un cartel, a media altura sobre un paredón descascarado. Era un cartel simple, sobrio, libre de pomposidades y que decía simplemente: “Aquí yacen los restos de quienes nos precedieron en el camino de la vida”. Palabras huecas en ese momento, inconmensurables a esta altura de mi existencia, cuando me toca asistir a lo que podría interpretarse como una de las últimas batallas que un hombre… ese hombre, está dándole a la muerte.
Alguien escribió que la muerte está tan segura de ganar la batalla, que nos da una vida de ventaja y creo que es tan cierto como el propio milagro de existir.

Lo cierto es que conocí a Miguel. Si es que en realidad llegamos a conocer a alguien. Hijo de inmigrante español y comerciante. Un pequeño almacén fue su entorno. Repartió mercaderías en una de esas viejas y pesadas bicicletas garraferas. Trabajó en alguna fabrica; símbolo de una Argentina pujante. Pero, al final, se decidió por la milicia. Militar de alma, profesión controvertida y vapuleada si las hay, que de hecho abandono cuando vislumbro que se avecinaba una época nefasta. Estuvo en el sur, como dicen, “haciendo Patria”. Cuando el sur aún no era un polo turístico y, lejos de serlo, apenas afloraba un paraíso natural donde sus pobladores, a fuerza de penurias y aislamiento, lograron construir ese Edén que hoy disfrutan mayormente los turistas y los egresados.
Luego volvió a Buenos Aires. Formó su familia y simplemente, vivió, a su modo lo mejor que pudo. Las paredes de su departamento ostentan con honra replicas de fusiles, sables corvos y otros objetos, símbolos de su orgullo castrense.
Acunó a sus hijos. Fueron tres. El del medio siempre recuerda cuando jugaba a pasar por el hueco que dejaban sus piernas, mientras las cruzaba. También las excursiones de pesca, las vacaciones estivales y, por qué no, las frustraciones de algunas iniciativas que no fueron entendidas. Claro, no guardaban la menor lógica en su estructura.

Ahora Miguel está viejo, derrotado por la vida, ésa que, como dije, siempre pierde la batalla ante la muerte. No es un héroe, un personaje público o un ser trascendente más allá de su descendencia. Para la mayoría, es simplemente Miguel.
No sé si habrá sido el mejor padre, pero estoy seguro de que yo tampoco he sido el mejor hijo y aún recuerdo cuando disfrutaba al pasar por el hueco de sus piernas.

Con Amor…
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Burocracia:

Burocracia… ¿ Qué saben lo que es la burocracia?. Y ahora, en su nombre quieren deshacerse de mí.

Los ignorantes de siempre, se llenan la boca con razonamientos falaces y tratan de justificar su ineptitud, echándole la culpa a la burocracia de las instituciones estatales.

Ni siquiera se dieron cuenta que los que integramos esta casta, somos los verdaderos gobernantes. Los que, en realidad conocemos el funcionamiento de todos los organismos del estado. Ellos apenas son, algo así, como elementos descartables, con cierto poder heredado del gobierno de turno. Hipócritas agrandados que normalmente llegan en paracaídas y se van por las ventanas.

Yo sí conozco esto. He visto pasar cientos de estos personajes, que no se animaron a desecharme, por que soy el único que conozco el trabajo. Cada expediente de este lugar pasó por mí. Cada memo, cada nombramiento, cada pase de sección. Absolutamente todo y, a pesar de ello, ni siquiera conocen mi nombre. Apenas soy un número con historia.
Desde que estoy acá, en el Ministerio, he visto tantos llegar y a tantos irse, que la lista sería interminable y estoy seguro que me olvidaría de nombrar a algunos.

Desde aquí podría escribir la historia. Compartí horas de trabajo con personas de distintas ideologías. Algunos parecían interesantes, otros absolutamente imbéciles.
Recuerdo a Hipólito. ¡Que joven emprendedor! . Tenía ideas revolucionarias para la época. De hecho se sentó conmigo y participé en muchas de sus charlas. Cuando le escuchaba sabía que iba a llegar lejos, y no me equivoqué. Más tarde condujo los destinos del país. Fue un buen gobierno, lástima que se olvido de mí. En el fondo pensaba que, después de haber compartido tanto me iba a llevar con él. Pero no, no fue así, me quedé acá en la oficina y aprendí la lección. Fue una de las pocas veces en que realmente me sentí desilusionado. Tampoco fue la última y ante eso, uno se endurece. Por ello siempre dije que mi espíritu es de roble y eso es lo que me permitió soportar en pie tanto maltrato y tantos años de injusticias.

Después de Hipólito, el país entró en una época nefasta de graves enfrentamientos sociales y golpes de estado. Pero yo siempre aquí firme con mis convicciones. Más de una vez, participé sin quererlo, de reuniones fragoteras y de organizaciones golpistas contra el gobierno de turno. Revolucionarios de izquierda o botas pro-nazi. Todos sin excepción, en alguna medida, incurrieron en esas prácticas tan recurrentes en la historia de nuestro país. ¡ Habrase visto… Tanta ideología tirada a la basura… Tanta utopía cercenada y tanto puñal artero después de la mano tendida! . Pero yo seguí aquí, haciendo mi trabajo, tal vez el único que se tomó en serio sus funciones.

Luego volvió la democracia. Sinceramente pensé que las cosas mejorarían, pero no fue así. La Globalización y el Primer Mundo entraron por la puerta grande. Como dije, las cosas siguieron igual, los negociados están a la orden del día y la corrupción se institucionalizó, hasta en el más insignificante de los cargos públicos.
La oficina se llenó de jovencitas, con apariencia de modelos, que solo sirven para alimentar la doble vida que llevan esos inmorales que hoy me quieren desechar.
Si no fuera por mí, nada en este lugar funcionaría. Así y todo dicen que estoy viejo, que hay que modernizar y achicar el presupuesto. Y, claro, ¿ Cómo va a alcanzar, con los sobres que se llevan por debajo de la mesa?. A mí jamás me dieron nada, nunca les di gastos y ahora que no cierran bien mis cajones, me quieren tirar en el depósito.

Válgame Dios ¿ A dónde vamos a ir a parar?…
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El agugero

No había terremotos, inundaciones, corralitos financieros o Golpes de Estado. Era un miércoles común. Terrago y yo pasábamos, de las nimiedades a la ingenua intención de de rebatir a los grandes pensadores. En fin, filosofía barata en el histórico Británico, pegadito a Parque Lezama. Pero no había nada mejor que hacer. De hecho consumíamos tiempo, y lo hacíamos casi profesionalmente.

Ella encendió su cuarto cigarrillo y me regaló una sonrisa, luego siguió mirando por la ventana del bar.
Ya te vio – acotó Terrago- Mientras no cejaba en su intento de que largara toda la mediocridad que consumía mis horas y lo acompañara a España. Allá seguro que la embocas – insistió- tengo buenos contactos.   Sabes bien que aquí se vive de la apariencia, una cultura pacata y en decadencia, herencia de un sistema al que solo le queda la agonía de la subsistencia.
Pensalo – dijo- yo me voy el sábado, pero creo que no escuchaste nada de lo que te dije.
–  Si, si, contesté, mientras observaba al rubio que luego de ingresar saludo afablemente a la mujer y se sentó con ella.
¿Que vas a hacer?
–    No se, todavía no se.
–    Me refiero a la mina, porque a mi ni no me diste ni cinco
–    No, te escuche, de veras
–    Te volvió a mirar
–    Si la vi, pero sabes como soy, además esta acompañada.
–    Ya se. Siempre fuiste encarador , salvo que la mina te guste mucho ¿ será algún trauma ¿
–    Yo que se
–    Si queres un consejo. Encará nomás. Se sincero
–    Que significa que sea sincero. ¿Que le diga que me muero por acostarme con ella?
–    ¿Por que no?
–    Y con el rubio que hago.
–    Algo se te va a ocurrir.
Ella seguía regalándome miradas. Pensé en hacerle una seña, y lo hice, solo conseguí una nueva sonrisa.
–    Esperala afuera, si hay onda seguro que se lo saca de encima enseguida.
–    ¿Te parece?
–    Si, de todas formas no creo que me des más bola y para serte franco no me gusta hablar solo.

Salí, me pare en la esquina, elegí un lugar desde  donde pudiera verme. Si venía para éste lado estaba todo dicho, sino, solo otro miércoles más. Esperé unos quince minutos. Desde allí vi como se paraban, salían y se saludaban en la puerta. Ella miró y luego  caminó hacia mí. Mis casi diez lustros, no impidieron que me temblaran las piernas.
–    Hola, dijo ¿y ahora? Juro que no estaba preparado para esa pregunta. Se dio cuenta. Me invitó a caminar. Poco a poco fui ganando confianza  y la charla fluyó espontáneamente. Cruzamos el Parque Lezama y nos adentramos en San Telmo. No se porqué pero escuche que de mi boca salio una invitación a cenar.
–     ¿A las siete de la tarde? –preguntó-
–     Tengo hambre,¿ no es una buena excusa?
–    Sonrió- y aceptó

Buscamos un bolichón de la zona. Recién estaban bajando sillas, pero no nos importó.
–    ¿Que queres tomar? – pregunte-
–     Lo que tomes – me contestó-
–    Borgoña entonces.
Bebió a la par mía, nos destripamos dos botellas antes de la comida. Era de las mías. No, No soy alcohólico. Recuerdo cuando con Terrago le hicimos un homenaje al pene. Esa vez si, él dibujo un enorme pene en la Plaza de los Dos Congresos y yo escribí un poema en su honor. Nunca nos hubiéramos imaginado que saldría en la tapa de los diarios.
Charlamos de todo. Ella me contó, entre otras cosas, que el rubio era su representante. Ella dibujaba. También que estaba separada y que estaba en juicio con su ex por la tenencia de los chicos. Tenía dos y por el momento estaban a cargo de él, por su problema con las drogas, pero que estaba recuperada. Yo, bueno,  le conté que escribía, sobre la propuesta de Terrago, en fin de todo un poco. Tal vez fue el vino o el consejo de mi amigo “se sincero”. De pronto me sumergí en la profundidad de sus ojos y dije: mirá, si hoy no me acuesto con vos, te juro que me masturbo en el baño de este piojoso restaurante-
Me miro seria. Luego tuvo un pequeño estertor, otro, otro, y después  casi se ahogó de la risa. Salimos, entramos en el primer Hotel y juro que la vida quedo afuera. No hubo parte de mi cuerpo y el de ella que no  se sintiera amado.

Ridículamente nos propusimos no vivir juntos, pero casi podría decirse que no concebíamos la vida el uno sin el otro. Terrago volvió e España. Fuimos a despedirlo. Él, amplió la propuesta, nos esperaba a ambos.

Poco a poco fui conociendo su entorno. Sus amigos no me caían muy bien, a pesar de que hablábamos en la misma frecuencia y, que en verdad, me trataban como si me conocieran de toda la vida. Pero no estaba de acuerdo con sus excesos. La mayoría  le daba al porro y se pinchaba. No, no soy moralista y mucho menos me siento juez, pero temía por Raquel.
En una oportunidad tuve la ingenua idea de comentarle lo que pensaba de ellos.
–    Sabés que respeto tu individualidad, pero  tus amigos no parecen una buena influencia, sobre todo si estas tratando de dejar las drogas.
–    ¿De veras?… ¿No será que estas discriminando y que solo respondes a tu propia inseguridad?
–    No, no lo creo.
–    A mi me parece que si, sin contar con que me parece un razonamiento infantil viniendo de vos, que siempre criticas la moralina reinante.
No supe que contestar, pero juro que sentí como si me hubiera gritado  que me guardara mi moralina en el tujes. No lo hizo, pero juro que lo sentí.

Una tarde encontré varios porros en un cajón.
–    ¿ Y esto ¿ – pregunte-
–    Son viejos, hace tiempo que no los fumo.
–    ¿Qué tan viejos? … ¿Un año, una semana, un día?
–    Viejos. Mira si logre dejarlos fue justamente por el apoyo de mis amigos. Además están mis hijos.
Entre sollozos, me  confesó que ya había aprendido la lección, que su ex le había ganado la pulseada usando el argumento de la adicción y que no pensaba perder la partida nuevamente.  Le creí.  La acompañe a varias audiencias por la tenencia de los chicos.
–    ¿Queres que lo amasije?
–    No seas payaso.
–    -De veras, soy muy creativo.
Ella sonreía, confiaba en que todo saldría bien. Días después, su representante, del cual me enteré que era gay, le consiguió una exposición en Córdoba. En una galería de muy buen nivel. Festejamos la buena nueva, buen vino, champán de medio pelo pero en el remate  ella acepto un porro de su amigo, mientras éste se inyectaba sabrá Dios que sustancia. Espere el momento oportuno y traté de que recordara su juramento, respecto a la droga, utilice el argumento de sus hijos. Ella como siempre, Ella. Esa vez no se enojó solo me miró con dulzura y refutó que estaba todo bien, que ya habíamos hablado del tema, que estaba bastante grandecita como para no entenderlo, de la misma manera que entendía mi exceso con el alcohol y no por eso me trataba de alcohólico.
Tuve que cerrar mi boca, me había despanzurrado en el festejo como cuatro botellas de borgoña.

-Solo quiero que me prometas, que si vas a fumar, lo hagas cuando yo esté presente.
– ¿Para soportar después tu reprimenda?
– No, para cuidarte… Aceptó, esbozando una sonrisa y acariciando mis cabellos maternalmente.
Yo había comenzado a escribir de nuevo y a enviarle todo a Terrago, él no podía creer tanta creatividad. Me auguraba un futuro promisorio en la madre patria.
Un compromiso inesperado me impidió acompañarla a Córdoba. Tenía que viajar a Mar del Plata, para asistir a un evento literario. Ella no se hizo problema, y yo le prometí estaría allí para el cierre de su exposición.

Viaje a Mar del Plata, cuando estaba por ir a Córdoba, sus amigos me llamaron. Raquel había muerto a causa de una sobredosis. Trataron de consolarme. Me contaron que en verdad nunca había superado su adicción a las drogas; que dejaba y retomaba con más fuerzas, pero por sobre todo que no pudo soportar la noticia de que su ex  se llevaría los chicos fuera del país. Me sentí inútil, ignorante y por sobre todo egoísta. Ante el miedo a su adicción y al no poder acompañarla le había puesto un ultimátum “La droga o yo y tus hijos”, no te olvides, fueron mis palabras antes de su partida. ¡Que pequeñez la mía!

Dios, y la puta madre ¿Por que? Y este tremendo agujero en el pecho que cada día se agranda más…

FIN

4 comentarios to “Ricardo”

  1. patricia 5 febrero 2009 a 06:38 #

    Muy Buenos:
    Había leido algunos en su libro. Mordaz, de vocabulario sencillo y creo que no necesita hacer alarde de ello para llegar hasta donde nos llega, al menos a mi. Lo recomiendo.

  2. hayser 7 febrero 2009 a 14:10 #

    Hola Ricardo.Hasta que he visitado tu sección no sabia como interpretar tu comentario, y ahora que lo he hecho, debo darte las gracias por la critica, ya que siempre son constructivas.Me encantaría que me dieran consejos , en parte por eso estoy subiendo mis textos a esta pagina.
    se que mi escritura no es muy destacable , pero vuelco en ella todo mi entusiasmo por eso se que algún día llegaré a algo,, a lo que sea, pero llegaré.Sin duda eres un gran escritor, yo te doy mis ánimos para que seas aun mejor, pero no soy nada en comparacion. Muchísimas gracias.
    te dejo mi msn por si quieres hablar.
    steel_hayser_5@hotmail.com

  3. hayser 25 febrero 2009 a 19:34 #

    hola Ricardo:
    he leído tu comentario de la pagina inicial,y me he dado cuenta de una cosa, te tomas muy enserio esto, como tiene que ser, pero me da la sensación de que nosotros no lo hacemos tanto,tu idea es muy buena, yo la apoyo, pero quiero decirte que quizá entorpecemos tus planes.Disculpen que hable en plural, es solo una opinión, si hay algún aludido , lo siento.
    Dentro de mis posibilidades,puedes contar con migo.espero respuesta

  4. Ricardo 26 febrero 2009 a 22:27 #

    Hola Hayser:
    En verdad, no tengo planes. Como dije en el comentario, es solo una idea. No tengo expectativas económicas. solo amo las letras. No se, lo de conectarnos más tiene que ver, tal vez con buscar más espacios y atraer a más gente, que no muera solo en esto. Tal vez cafes literarios. Lugares que sirvan para despertar el interés y mantener vivo esto de contar, crear y compartir experiencias. No se. De todas maneras agradesco tu comentario. Un gran saludo y yo tambíen estoy abierto a las propuestas e ideas
    Ricardo

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