Santiago Silva Jaramillo


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Las Caderas de Leonora (link para descargar)

Las caderas de leonora

El pórtico frente al polvoriento camino, el mar golpeando las rocosas costas a lo lejos, las dos mecedoras, el aire viciado del tabaco barato, la pequeña mesita entre las dos balanceantes figuras, la botella de ron medio vacía sobre ésta. La invitación a la melancolía que el ocaso de un domingo siempre trae… un suspiro.
-¿Se acuerda de Leonora, compadre? ¿Compadre?
-¿Qué?
-¿Qué si se acuerda de Leonora?
-¡Hombre! ¿Cómo no hacerlo? Con esas caderitas que tenía… ¿Se acuerda de las fiestas en “la tiendita”?
-Claro, hombre.
-Ella nunca faltaba a ninguna y bailaba toda la noche, como si sus piernas nunca se cansaran, salía de allí siempre empapada de sudor ¿Se acuerda si ella tomaba ron, compadre?
-Claro, “bogaba” ron, compadre, como ninguna otra, era impresionante. Pero así como lo tomaba, lo sudaba, con tanta bailadora, nunca la vi borracha, nunca.
-Era una belleza, esa Leonora. ¿Qué fue de ella, compadre? Refrésqueme la memoria.
-Se fue el año que se apareció la virgen cerca de la ciénaga.
-¿Ese año? ¿Estas seguro?
-Hombre, yo ya no puedo cumplir con muchas funciones, pero mi memoria esta intacta, compadre.
-¿Ese año no fue el mismo en que llego aquel hombre del interior?
-¿Morales?
-Si, ese ¿El que compro la vieja casa de los gringos?
-Si, fue ese mismo año.
-¿Ya ves? Mi memoria no anda tan mal a fin de cuentas.
-Si… yo, sin embargo, recuerdo muy poco de él ¿Cómo llego al pueblo?
-Llego de la nada, no dijo quien era, ni de donde venía, menos aun el porqué, solo compró la casa y mandaba a los niños de la cuadra a que le compraran el mercado al pueblo.
-Imposible esconderse de esa forma en nuestro pequeño pueblo ¿No crees? ¿Era alguna especie de loco?
-No, no, solo era raro, pero como dijiste, esas cosas no pasan desapercibidas en un pequeño pueblo pesquero. Así pues, la gente empezó a ponerse nerviosa y curiosa y no tardó mucho para que comenzaran a indagar.
-¿A indagar o a chismosear?
-Un poco de las dos, compadre, un poco de las dos.
-¿Y de que se enteraron?
-Pues hombre, como usted dijo; unos se enteraron, otros solo inventaron. Se decía, por ejemplo, que era viudo y que huía de la justicia, pues su condición era autoprovocada. También se hablaba de negocios turbios, pues el hombre parecía tener bastante dinero, según las propinas que les daba a los niños que le hacían el mercado. Algunos también dijeron, con respecto a lo último, que habían oído hablar de un tal “El pantera” que administraba un grupo criminal en la capital y respondía a la descripción del hombre. Otros dijeron que en la casa de los estadounidenses había escondidas varias “guacas”; joyas y dinero dejado por sus antiguos inquilinos, y que una vez el hombre se fuera, los hoyos y excavaciones en la pared y el suelo comprobarían esta teoría.
»Eldemir Morales se llamaba el hombre, rechoncho, bajito, con un poblado bigote negro y escaso pelo, llevaban siempre una vieja bermuda y chanclas, y como buen hombre del interior, sudaba a cantaros, “comido” por los mosquitos.
-¡Si, compadre! ¡A los mosquitos les gusta la sangre de los “cachacos”!
-Bueno ¿Y que pasó entonces con él?
-¿No se acuerda, compadre?
-Por algo le pregunto.
-Pues hombre, una tarde, después de algunas semanas de numerosas intrigas en el pueblo. Usted formo una turba, con la valentía que otorga una botella de ron blanco, para ir a confrontar al “cachaco”. ¿Todavía nada, compadre?
-Recuerdo lo que me dice, pero no lo que sucedió después.
-Pues que el hombre casi se muere de un susto cuando vio acercarse a la multitud y se intentó escapar por la puerta de atrás con un par de maletas, pero lo agarraron, para llevarlo ala mitad de la calle, donde usted lo interrogó, frente a todo el pueblo.
-…el hombre lloraba ¿verdad?
-Así es, inconsolable.
-…y finalmente habló, no era nada parecido a lo que pensábamos.
-No, en efecto, el “cachaco” se había ganado la lotería ¡el premio mayor! Y había recibido muchas amenazas.
-…por eso se escondía en el pueblo…
-…mientras le tramitaban la visa los gringos.
-Hasta ahí me acuerdo, compadre, no sé que pasó entonces.
-Pues que el hombre se fue del pueblo, temeroso de que alguien pudiera amenazarlo, pero de camino al sur, lo interceptaron los hombres de “El pantera” y le robaron todo, antes de lanzarlo a una zanja…
-Ya decía yo, compadre… ya decía yo que no me acordaba de nada de eso…
-Nunca hubiéramos podido saber…
-Es verdad, pero aun así…
Un ademán, acompañado de una amarga sonrisa, reemplazo el “pasó”.
-Es una triste historia, compadre, una de tantas…
-¿Y con el tal “Pantera”, que fue de él?
-Lo asesinaron hace unos años, uno de sus secuaces, porque se extendió el rumor de que estaba planeando entregarse y hablar sobre todo lo que sabia para reducir su tiempo en prisión.
-Bien merecido lo tenia ¿no cree?
-Así es.
-…
-¡¿Y entonces, compadre, alguna vez bailó con Leonora?!
-Por supuesto, varias veces, aunque a ella le gustaban era los hombres con dinero y usted sabe que la pesca de pargos no lo da.
-Pero lo pudo hacer, “compa”, yo me quede con las ganas.
-Lo compadezco, pues le aseguro, con el corazón, que sentir el movimiento de esas caderas bajo los brazos era como estar en el cielo…

FIN

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Sobre las nuevas metodologías de negociación (link para descargar)

Sobre las nuevas metodologías de negociación

El hombre se balanceaba  entre las dos vías, en medio de éstas, frente a él, la caída deparaba veinticinco metros hasta el pavimento de la calle que trascurría debajo. El suicida, asido a un poste de electricidad, se asomaba peligrosamente al vacío.
La vía ya se encontraba acordonada y tanto bomberos y policías, como curiosos y morbosos transeúntes observaban al sujeto expectantes. Entre ellos, Carlos Giraldo, comandante de bomberos y Darío Zurriaga, capitán de la policía metropolitana, tertuliaban, con el calor de la media tarde sobre sus espaldas.
-¿Así que ya viene para acá?-inquirió el policía.
-Ya te dije que si; esta en camino, debería llegar en unos diez minutos-repuso el otro, en nada exasperado.
-¿Es verdad lo que dicen de él?
-¿Sobre que?
-Sobre sus métodos; sobre lo agresivos que son.
-Si, bueno, han hablado mucho sobre ello y quizás a tus oídos ha llegado algo distorsionado, sin embargo, si son bastante vanguardistas.
-Pues oí que normalmente reta a los locos a lanzarse al vacío-afirmo el Zurriaga espantado- que les grita e insulta y los reduce a las lágrimas; los desarma de tal forma que solo les queda rendirse a su voluntad y desistir.
-Así es, pero ese es solo parte de los métodos, yo presencie, por ejemplo, hace un par de semanas, en un el edificio del transito de el centro, otro mucho más impresiónate. El sicólogo se acercó a la ventana, observó al sujeto durante un par de minutos en silencio, mientras lo taladraba con esa profunda e inmutable mirada que solo los loqueros saben hacer.
»El suicida empezó a asustarse y estalló en gritos e insultos; preguntado quien era aquel hombre. Éste por fin hablo, su voz sentenciosa y agria, parecía mas la de un padre enfadado que la de un funcionario publico mal pago.
-¿Y que dijo?-preguntó Zurriaga, atento a la historia.
-“Debería darle vergüenza”, le reprocho, “Considerando hacer algo tan cobarde, tan patético, como quitarse la vida.”
-No puede ser…
-Créelo.
-¿Y el pobre loco, se lanzo, me imagino?
Giraldo meneo la cabeza, esbozando una media sonrisa.
-Pues no, incluso aguantó más provocaciones. El sicólogo se acerco entonces a la ventana y logro asomarse, miró hacia abajo y le dijo “Apuesto a que no lo haces, si eres tan cobarde como para dejar de vivir no eres tan atrevido como para lanzarte, para esparramarte contra la acera. Es mas”, siguió, “no tienes intención de hacerlo, nunca la has tenido, si fuera así, hace tiempo que estarías muerto, el suicidio verdadero no admite dubitaciones.”
Zurriaga parpadeaba, con la boca a medio abrir, mostrando la fuerte, pero amarillenta, dentadura. Perplejo exclamó:
-Pero ¿qué es lo que oigo? Si lo estaba alentado, no ¿qué digo? Retando a hacerlo ¿Qué clase de maniaco es?
-El mejor, amigo mío, el mejor… bueno y el único que lo hace por tan poco.

Un auto Beige paso el reten que los policías habían instalado a uno de los extremos del puente y se detuvo a unos pocos metros de Giraldo y Zurriaga. Descendió entonces un hombre de mediana edad, con los efectos de una temprana alopecia tanto en su frente como en la corona de la cabeza. Llevaba la barba descuidada de un par de días y contaba con la contextura corpulenta que solo podría significar en la venia de la genética. Vestía de forma sencilla, pero limpia, con saco y pantalón que coreaban el color de su auto. Su pulcro desorden, por así decirlo, era extrañamente atrayente. Se acercó primero al bombero, a quien conocía.
-Comandante Giraldo, ¿como esta?
El otro le estrechó la mano mientras sonreía.
-Algo incoado, vera, ese sujeto no quiere bajar de la baranda- se volvió hacia el policía- los presento; capitán Zurriaga, éste es el doctor Javier Restrepo.
Los dos hombres intercambiaron saludos y formulas mil veces repetidas. Entonces Restrepo hablo:
-Bueno ¿puedo proseguir?
-Claro-respondió Giraldo.
-De acuerdo ¿Cuál es el nombre del paciente?
-Mario Soler, es empleado en una fundadora, un trabajo menor, no sabemos con seguridad, no hemos encontrado familia y él se niega a hablar más de lo que le hemos dicho.
-¿Cuánto tiempo lleva allí?
-Unos cuarenta minutos.
Restrepo se mordió el labio interno, concentrado en dubitaciones.
-¿Tienen un plan b?-preguntó por fin.
-“¿Un plan b?”-intervino el policía.
-si, por si acaso fallo.
-Pues el hombre se lanza, hay poco más que hacer en esta situación.
-Piense en algo, capitán- aconsejo condescendiente el sicólogo- un plan b nunca sobra.
Y dejo a Zurriaga con la palabra en la boca, dirigiéndose hacia el tope del puente. Allí, ordenó que lo dejasen solo con el señor Solis. Pronto solo se vio a los dos hombres hablando separados uno del otro por unos cuatro metros. Nadie podía oír lo que se decían.
El capitán Zurriaga se inquietaba más con cada palabra que los hiperactivos labios del loquero pronunciaban; intentaba descifrarlos, pero leer los labios, y a esa distancia sobre todo, era más difícil de lo que creía. Una duda recurrió a su mente.
-No me dijiste que paso con el hombre del edificio del transito-preguntó al comandante de bomberos que permanecía junto a él.
-Finalmente bajo, ahora el estado le paga un costoso tratamiento.
-Bien por él-hubo de admitir Zurriaga.
-Así es-concordó Giraldo, antes de percatarse de la angustia pintada en la cara del policía.
-No te preocupes, él lo hará bajar.
-Solo espero que no lo haga para el lado que da al abismo.
Enfrente, la escena seguía su curso como era de esperarse; el suicida se desesperaba cada vez mas mientras el sicólogo se le acechaba cauteloso. Hubo manotazos, de lado y lado, luego un grito por parte del señor Solís. Todos los que presenciaban se sobrecogieron, pero no paso nada. Entonces el doctor Restrepo volvió sobre sus pasos; de vuelta a donde se encontraban el capitán de la policía y el comandante de bomberos. Ya frente a ellos permaneció en silencio, los dos hombres desesperaron, Zurriaga estalló:
-¡¿Y bien?!
-¿Qué hay de ese plan b?-preguntó impávido el sicólogo.
-¿Por qué? ¿Que ha hecho?
-Hombre yo de ustedes lo ponía en marcha-dijo el hombre, como si no hubiera escuchado-porque ese loco se va a matar.
Tanto el policía como el bombero emprendieron la carrera, en uno y otro lado impartían órdenes, mientras con el rabillo del ojo observaban al suicida.
Mientras tanto, el sicólogo subía a su auto y se alejaba. Antes de pasar el reten uno de los policías le preguntó, extrañado:
-¿No se quedara a ver que sucede?
Restrepo señalo a varias camionetas que estaban descargando en ese preciso momento, a unos metros de allí, equipos, camarógrafos y engalanados periodistas, y dijo.
-Lo veré en las noticias de la noche.
Y se fue.
El teniente Bustamante se acercó al suicida con cautela, como si caminara por un campo lleno de escorpiones; de puntillas y cuidando cada uno de sus pasos.
-Tranquilícese-dijo el policía con extrañeza, recordando las palabras del capitán «Distráigalo como pueda, necesitamos tiempo», el teniente desesperó, «¡Pero ¿Cómo?!» habría querido gritarle entonces. Sin estar seguro de las palabras que saldrían de su boca, prosiguió-todo va a estar bien ¿cual es su nombre?
El señor Solís lo miro con suspicacia, como un animal recién privado de su libertad exhibiéndose por entre las barras de su jaula, su brazo aflojo el poste, su pie derecho se asomo amenazante al vació. El policía palideció y se ahogo en una negación.
El suicida cumplió su amenaza y se dejo caer, entonces, justo en ese instante u bombero, atado a una cuerda por la cintura que otros cuatro sostenían del otro extremo, se lanzo sobre el hombre, empujándolo a caer al otro lado, sobre la vía, los dos cayeron sobre el pavimento dando un par de vueltas sobre si mismos.
El señor Solís estallo en sollozos, mientras acudían a él  paramédicos y demás personal.   Lo envolvieron en una manta y cojeó, con algunos aplausos de fondo, hasta una ambulancia, donde una inyección calmo brumosamente su angustia.

FIN

SIGUIENTE CUENTO:

El último dia del resto de nuestras vidas(link  para descargar)

El último día del resto de nuestras vidas

-¿Gordo?
-¿Jiménez?
-No me lo creo, ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Ah?
-¡Hombre! No se, unos diez años quizás, mierda, no ha cambiado nada gordo, esta igualito que el día que nos graduamos.
-Usted también ¿y que ha sido de usted? ¿Como va todo?
-Bien, ahí trabajando bastante.
-¡Ah! Si, oí que salio elegido como concejal, felicitaciones a propósito.
-Gracias hombre ¿Y usted como va?
-Pues ahora bien, la situación había estado difícil, después de graduarme no encontré trabajo durante varios meses, y luego solo pude trabajar como mesero o secretario, cosas por el estilo.
-Perdón ¿Qué fue lo que estudio usted?
-Ingeniería civil.
-Si, ¿y complicado entonces trabajar?
-Hombre al principio, es una cuestión de persistencia. Aunque en la facultad, el primer día lo reciben a uno diciendo: “bienvenidos, espero que tengan la licencia para el taxi ya tramitada”
-¡No puede ser!
-Es verdad
-Pero dijo que las cosas habían mejorado.
-Si, si, en cierta forma. Estoy trabajando en una constructora como consultor, si, es buen trabajo, pagan bien y… pues esta bien. Las cosas van mejorando ¿me entiende?
-Me alegro, hombre.
-Si, yo también lo haría… ¿Y usted? “Político corrupto” ¡Ah! ¿Así le decíamos en el colegio? ¿Se acuerda? ¿Cómo va eso de ser concejal?
Jiménez dudo un poco, esbozando una casi imperceptible sonrisa nerviosa.
-Bien-por fin respondió- se vive constantemente presionado, pero es lo que yo quería ¿no? Así todo es más fácil.
-¿Y  a sido lo que esperaba?
-No… bueno, siempre se tiende a idealizar las cosas ¿verdad? Es normal desilusionarse un poco con la realidad. Pero, era el juego político lo que a mi me atraía finalmente y de ese estoy teniendo bastante.
-De acuerdo, me alegro-dijo con sinceridad el Gordo, luego sacó de su maletín un papel y un lapicero y mientras garabateaba algo siguió- Ahora tengo que irme, pero aquí tiene el número de mi teléfono celular, llámeme y nos tomamos unos aguardientes como en los viejos tiempos.
-Listo, adiós Gordo, nos vemos.

Un apretón de manos y una palmada en el hombro marcó su despedida. El Gordo tomó su viejo y roído maletín de cuero y bajó por una calle que dirigiéndose hacia el sur se alejaba del parque. Dobló a la derecha en el primer desvío y subió por una empinada callejuela que atravesaba unos rededores poco prósperos. Sacó sus llaves del bolsillo izquierdo de su saco verde oscuro, aflojó un poco el nudo de su corbata marrón y abrió, no sin cierta dificultad, la puerta de su hogar. Ya dentro, dio un pequeño salto y se dejó caer con desaliento sobre el pequeño catre, encendió el televisor con el control remoto y pensativo, observó las noticias del medio día.

Jiménez entró en el edificio del consejo con el corazón en un puño. Viejos retratos de ilustres personajes adornaban el vestíbulo y más allá, en el pasillo, se encontraban tertuliando los concejales, haciendo tiempo antes de que iniciara la sesión.
-¡Jiménez! –Lo recibió bullicioso el concejal Mauricio Gomes- ¡Venga para acá!
Jiménez saludó con ademán retraído y se acercó lentamente.
-Buenas tardes –saludó a los cuatro hombres presentes- ¿Ya almorzaron?
-No -respondió uno de ellos, de avanzada edad y burdas maneras- pero para eso ya habrá tiempo, ahora hay que hablar de negocios. Estábamos viendo que la mejor forma…
-¡Hombre!-lo interrumpió Gomes- déjeme los presento a todos. Vea Jiménez, este señor-señalo al viejo que hablara antes- es mi contador, Jaime Rodríguez, un experto con los números y las maniobras burocráticas.
-Mucho gusto- Jiménez apretó la mano del hombre, que no imito su gesto.
-Y estos otros… ¡Estos otros dos no merecen presentación!
Los cuatro hombres rieron. Jiménez esbozo una forzosa sonrisa. El contador tomo la palabra, mirando fijamente a Jiménez.
-Entonces, Gomes me dijo que usted ya sabía sobre el negocio, pero que quería saber los detalles. Vea, se lo digo yo, no quiere saber los detalles, no se meta esa información en la cabeza, ningún bien le hace. Nosotros nos encargamos de eso, usted solo tiene que ser ponente del proyecto y, claro, votar por él. La situación es propicia, entre más rápido lo haga, mejor. Los papeles ya están listos, solo dígame a donde se los mando.
Jiménez dudó, todos sus temores se volvieron palpables, estaba allí, donde tanto había querido estar, haciendo lo que tanto había tratado de evitar. Su memoria se lleno de imágenes. Concejales, alcaldes, diputados, gobernadores, representantes, senadores y presidentes, todos con las manos esposadas, entrando a una cárcel de mínima seguridad; criminales de cuello blanco, pero condenados a la pena de la muerte política.
-Bueno, la verdad he estado pensando mucho sobre esto, y hay temas que aun me producen dudas, quisiera estudiarlo mejor si es posible…
-¡Momento!-estalló el contador- nosotros no estamos jugando Jiménez, esta operación debe realizarse ahora, si no queremos perder la oportunidad. La ocasión para la vacilación ha pasado, por mucho. Sabe, por que lo hace, las consecuencias de desistir en este momento. ¡Yo quiero mi dinero, no voy a renunciar a él, porque a un niño le entró el miedo o lo atacó la moralidad!
Jiménez intentó buscar apoyo en los ojos del concejal Gomes, éste evito su mirada, viendo el piso. El joven desesperó. Se arrinconó, como si fueran lobos los que lo rodearan, hienas, carroñeras hienas. Entonces volvió a su cabeza como había llegado allí, pensó en su campaña, en su entusiasmo juvenil, recordó, desanimado, como se vio obligado a acudir a uno de los partidos, después que tanto lo evitara, por problemas de financiación. Recordó como ellos tomaron el control desde ese momento, lograron su elección, si, pero él había vendido su autonomía muy cara. Ahora, algunos meses después, Gomes, el rechoncho, burdo y desagradable personaje, lo chantajeó, con la formula cien veces oída, “Acuérdese de cómo llegó a donde esta”, para presentar y votar por un proyecto que construiría una larga carretera que uniera dos municipios, la empresa escogida cumpliría con todos los requisitos, menos el de existir, una asociación de ingenieros fantasma, tan autentica como un político en campaña. Volvió su mirada a uno de los cuadros del vestíbulo, un hombre de largos y canos bigotes le observaba inquisitivamente, algún político republicano, alcalde o gobernador; el pequeño letrero dorado estaba demasiado lejos para saber con seguridad. Quizás él también había malversado fondos, repartido puestos o vendido y comprado votos, no importaba, el juicio de un posible criminal a un principiante del delito es igual de agobiante a el que levantara un hombre honesto sobre éste.
-Le repito-Continuó Rodríguez- ¡No es el momento de indecisiones!
-En estas cosas no se puede alardear de valentía, tienen que ser pensadas con detenimiento.
-Vamos-intervino por fin Gomes, conciliador- no es momento de tener reservas en temas que son de dominio publico, ¿Cómo crees que llegamos todos aquí? ¿Cómo crees que nos mantuvimos? ¿Ah? Considera tu carrera en peligro si te echas para atrás en este negocio, no pretendo amenazarte, pues no seré yo quien se encargue de cumplirla, me caes bien, incluso trataría de disuadirlos, pero mas allá de una molesta vocecilla entupida no puedo ser, seria inútil, seria tu fin, y uno no muy agradable. Sé que eres un idealista, es admirable, de veras. Pero solo ensuciándote las manos un poco puedes conseguir el apoyo político y los recursos para hacer cambios y proyectos que beneficien a las personas, solo así.
-Pero…-trató de imponerse Jiménez.
-No seas iluso, no trates tanto de luchar contra la tentación, te ofrezco tu futuro, aquí, solo un proyecto, solo eso, y tendrás todo lo que soñaste alguna vez.
«Menos mi alma» pensó Jiménez amargamente, pero a fin de cuentas, convencido.
-Lo presentaré-dijo finalmente.
-Buena decisión chico, buena decisión.
Los cuatro hombres parecieron descansar, golpearon la espalda de Jiménez como si de pronto se encontraran en un ambiente jovial y amistoso. Él bajó su cabeza, luego entró a tomar su puesto en la asamblea, los otros hombres lo siguieron eventualmente. La reunión fue larga mientras se discutían temas de planeacion municipal, Jiménez apenas si oyó y supo, de la degeneración de la discusión, que pronto se convirtió en una pelea ideológica, algunos concejales abandonaron el recinto y la reunión se canceló.
Cuando Jiménez entró en su casa, se recostó en su cama, el televisor sintonizaba las noticias de la noche, apenas si las observó, abrió la carpeta con mas prevención que curiosidad, como si con algún elemento explosivo se tratara. Leyó y releyó. Sabía las consecuencias, sabia como se realizaría la jugada, calculó la porción de cada uno de los involucrados, para él no pareció tanto. Un riesgo enorme, una ínfima ganancia. No valía la pena hacerlo por el dinero, él estaba seguro de esto, pero su posición política tambaleaba, no por las amenazas de Gomes, que finalmente era solo un peón, sino por el rechazo que había obtenido al presentar sus proyectos, el desaliento y la decepción se empezaban a ver en los rostros de sus partidarios. «Un peón» pensó esbozando una mueca de resignación, él también era un peón. Guardó los papeles en su mesa de noche, estiró sus entumidos miembros y con la luz azul que desprendía el televisor encendido y la arrulladora música que el canal transmitía al final de la programación, se durmió.

FIN

2 comentarios to “Santiago Silva Jaramillo”

  1. Ricardo 13 febrero 2009 a 05:13 #

    Bien Santiago:
    Te felicito, muy creativo y con buen trabajo en la ironía. Segui escribiendo, vas por buen camino.
    Ricardo

  2. Ricardo 21 febrero 2009 a 13:35 #

    para santiago:
    Hola espero que hayas leido mi mensaje de bienvenida. Francamente, esperaba, alguna reaccón de o que usan esta página. Tal vez no lo hiciste. Leelo, me gustaría tu opinion, buena o mala, de todo se aprende.
    Saludos Ricardo

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